Capítulo 9 · 11 min de lectura · 14 min de escucha
La ayuda misericordiosa y fiel de Cristo
«Misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere». Hebreos 2:17.
¿TE maravillas de que tu Señor fuera tentado y estuviera triste? Es en verdad la maravilla de la eternidad; y sin embargo, no lo es tanto cuando consideramos a los seres que él escogió socorrer, ayudar y salvar, y de los cuales cada uno de nosotros es uno.
Si hubiera decidido echar mano de los ángeles caídos, con el fin de levantarlos de su estado de perdición, sin duda habría tomado sobre sí la naturaleza de ellos y habría descendido al abismo; identificándose con sus miserias, y abriendo, con sus sufrimientos, un camino a través de la gran sima establecida que se interpone entre su estado de perdición y el Paraíso. Pero en verdad no echó mano de los ángeles, sino de la simiente de Abraham; y por eso no tenía otra alternativa que asemejarse en todo a la naturaleza de aquellos a quienes, en su infinita misericordia y gracia, hizo hermanos suyos.
Hay dos cosas que tú necesitas, lector; y no solo tú, sino todos los hombres: reconciliación, y socorro en la hora de la tentación. Estos anhelos instintivos del alma son tan poderosos e irreprimibles como el ansia que el cuerpo tiene de sueño o de alimento; y se manifiestan tanto en medio de nuestro lujo y refinamiento como en los bosques primitivos o a orillas de los ríos históricos de la antigüedad: el Nilo, el Indo, el Éufrates.
Para satisfacer estas dos necesidades, los hombres han constituido a uno de los suyos en sacerdote. Esa palabra suena ominosa a nuestros oídos, porque ha estado asociada con inmoralidades y crueldad. El mundo nunca ha visto tiranos más inescrupulosos ni más rapaces que sus sacerdotes, ya fueran de Baal o de Moloc, del judaísmo o del papado. A lo largo de los siglos ha parecido imposible que los hombres reciban poder en el ámbito espiritual sin abusar de él en perjuicio de quienes buscaban su ayuda. Estudia la historia del sacerdocio que asesinó a Cristo porque arrojaba una luz demasiado fuerte sobre sus hipocresías y vilezas, y tendrás la historia de toda clerecía que ha oscurecido el mundo con crímenes y ha empapado su suelo con la sangre de los hombres más nobles y más santos.
Y, sin embargo, la idea del sacerdote es natural y hermosa. Es natural que los hombres conscientes de que el pecado les cierra el acceso a la presencia de un Dios santo, y de que exige sacrificio para alcanzar la paz, digan a uno de sus semejantes: «Nuestras manos están manchadas de sangre y tiznadas por el trabajo; nuestras vestiduras, salpicadas de inmundicia y de polvo; nuestras vidas, demasiado ocupadas para dedicar tiempo a esos ritos que son los únicos que pueden habilitar al pecador para estar en pie ante los ojos de Dios: haz por nosotros lo que no podemos hacer por nosotros mismos; prepárate con ritos sagrados, con vigilias y con ayuno del pecado, para poder estar en la cámara de audiencia del Santísimo; y cuando hayas obtenido el derecho a ser recibido por él, habla por nosotros, haz expiación por nosotros, haz reconciliación por nuestros pecados; y luego sal a nosotros, socorriendo y bendiciendo a los que no pueden alcanzar tu posición, sino que han de luchar siempre como mejor puedan con el mundo fuerte, áspero y malo en que están condenados a vivir».
Este parece ser el pensamiento de fondo del vasto sistema que ha edificado templos en toda tierra, ha levantado altares en todo suelo y ha constituido un sacerdocio tanto entre las razas más degradadas como entre las más civilizadas de la humanidad.
Y hay gran hermosura en la obra y el ministerio de un verdadero sacerdote. No siempre ocupado en la obra más sombría de sacrificar rebaños de ovejas lanudas, único medio por el cual, en aquellos días rudos, podía calcularse el costo del pecado, el verdadero sacerdote tendría otra obra, quizá más de su agrado. Sería el pastor de las almas tímidas que lo rodeaban; escucharía las confesiones susurradas sobre la cabeza de las víctimas mudas; se compadecería de los errantes y extraviados; consolaría a los que atravesaban escenas de dolor, hasta que los rostros ensombrecidos por las lágrimas comenzaran a resplandecer con una luz santa; detendría la mano soberbia del opresor, como hizo Ambrosio en días sin ley, para librar al pobre del golpe del puño acorazado. Sin buscar nunca su propio interés; sin consultar nunca su comodidad, su placer o su ganancia; sin descansar nunca mientras un pobre extraviado estuviera lejos, entre la nieve o en el páramo. Sí, y más aún: sería el portavoz de las almas, orando por los que no oraban por sí mismos; orando por los que no sabían qué pedir ni cómo pedirlo; intercediendo por toda la raza humana. ¡Ah, cuántas veces un hombre así se habrá visto obligado por el peso de la carga a apartarse de las multitudes atareadas a algún lugar solitario, para derramar delante de Dios la larga letanía de necesidad, dolor y tentación que había sido derramada en su corazón! ¡Hermoso ideal; ah, y qué pocas veces realizado!
Todo esto es Jesucristo, y más. En verdad, faltan las palabras para decir todo lo que él es en sí mismo, o todo lo que puede ser para los que confían en él. Y precisamente por eso puede dar una ayuda tan bienaventurada a todos los que la necesitan. Consideremos esa ayuda.
ES UNA AYUDA SOBERANA E INESPERADA. Los ángeles cayeron. En otro tiempo eran los nobles del cielo. Cantaban sus cánticos, cortaban sus flores de amaranto y bebían su serena dicha. Amaban a su Rey y le servían, como el rayo de sol, con un resplandor sin mancha y una dirección sin desvío. Pero, ¡ay!, cayeron del cielo al infierno. Y para ellos no hay ayuda, hasta donde podemos saber. «Dios no echa mano de los ángeles».
Pero ha puesto su corazón en nosotros, los pobres hijos del polvo, criaturas de los momentos pasajeros del tiempo, que habíamos caído por el mismo pecado de la voluntad propia. ¡He aquí un tema para la meditación! No podemos penetrar el misterio ni comprender todo su alcance. Pero podemos, con fe y gozo maravillados, aceptar el cáliz rebosante de gracia inmerecida, inesperada, no ganada, y apurar sus tragos de dicha.
ES UNA AYUDA HUMANA. «Hecho semejante a sus hermanos». Lo peculiar de esta expresión da testimonio de la preexistencia y la gloria de Cristo, e indica cuán grande fue el abajamiento que le supuso llegar a ser semejante al hombre. Tuvo que ser hecho semejante al hombre; es decir, no era semejante al hombre en la constitución original de su ser. No podemos resolver el misterio de la santa encarnación. Y, sin embargo, su idea nunca ha sido del todo ajena al corazón del hombre. Más de un mito griego e hindú descansaba en un anhelo instintivo de la presencia de Dios en carne humana, que engendró la creencia de que tal cosa había sucedido y podía volver a suceder. Aun en las tierras altas de Galacia, la explicación más inmediata de los milagros de Pablo fue que los dioses habían descendido en semejanza de hombres.
Pero aunque sobre este tema repose un misterio tan profundo, la unión del Todopoderoso con una vida humana no es, al menos, más incomprensible que la unión de un principio espiritual e inmaterial, como el alma, con un organismo material, como el cuerpo humano. Cuando se hayan desentrañado los secretos de nuestra propia naturaleza, será tiempo de exigir al Todopoderoso que, al asumir nuestra naturaleza, se despoje de todo misterio. ¡Qué exquisita disposición la de que la ayuda de Dios nos llegue por medio del Hijo del Hombre; que nuestro Ayudador derrame verdaderas lágrimas humanas y sienta verdadera compasión humana! Aunque era judío, hijo del más exclusivo e intolerante de los pueblos, la humanidad, que es mayor que el judaísmo, nos hace olvidar todo lo demás salvo que él es nuestro Hermano.
ES UNA AYUDA SUMOSACERDOTAL. El pleno sentido de esta expresión se irá viendo a medida que avancemos. Baste decir aquí que todo lo que los hombres han procurado realizar, en vano, en los sacerdocios humanos, se realiza con trascendente hermosura en él. Ni hay otra manera de apartar a los hombres de los sacerdocios humanos que engañan sino presentarles el sacerdocio inmaculado y todo glorioso de Cristo.
De poco sirve limitarse a denunciar a los sacerdotes que están regresando a la Inglaterra protestante por mil canales encubiertos, o a la gente que acude a ellos. Hay en su corazón un anhelo que los impulsa. De nada sirve luchar contra la naturaleza. Pero satisfácela; dale su verdadero alimento; suple sus necesidades con la realidad; y se contentará con dejar lo falso por lo verdadero, el diamante de imitación por las piedras de Golconda, lo humano por lo divino. Los hombres necesitan un sacerdote; y están volviendo a las ceremonias vacías de Roma porque en nuestros púlpitos se ha presentado con demasiada escasez el sacerdocio de Jesús.
ES UNA AYUDA MISERICORDIOSA Y FIEL. Cuando estamos en necesidad, queremos ayuda unida a la misericordia. Al paciente de la enfermería no le gusta que lo traten como a un reloj roto. ¡Ojalá estuviera otra vez en casa, cuidado por las suaves manos de su madre, que siempre le parecen tan hábiles, delicadas y suaves! Necesitamos una ayuda misericordiosa, que no reprocha, que no tiene demasiada prisa para escuchar y que de buena gana toma en cuenta todas las circunstancias atenuantes. Tal misericordia hay en el corazón de Jesús. Y su ayuda es siempre fiel, además. Esta palabra tiene un fino matiz de sentido, casi perdido en nuestra traducción, que da la idea de uno que acude corriendo al primer grito de angustia. No se adormece ni duerme. Nos vigila con una mirada que no se aparta de nosotros ni por un instante. Nos ve a través de la tormenta. Está sentado junto al metal fundido. Nos ayudará muy de mañana, es decir, al despuntar el día. Quizá te veas privado de toda capacidad de pensar con orden, incapaz de pronunciar una sola frase inteligible, enloquecido de angustia y de remordimiento; pero con tal que puedas gemir, él te responderá al instante. «El que tiene misericordia se apiadará de ti; al oír la voz de tu clamor te responderá».
ES UNA AYUDA FUNDADA EN LA RECONCILIACIÓN POR EL PECADO. El pecado es uno de los hechos más grandes de nuestra historia. Es imposible pasarlo por alto. No se puede explicar al hombre sin tenerlo en cuenta. Por eso el mundo se ha cubierto con el aparato del sacrificio; y ha resonado en monótona desesperación el clamor: «¿Cómo se justificará el hombre con Dios?»
Pero Jesús satisfizo las demandas de la conciencia, eco de las de una ley quebrantada, cuando en el Calvario, como Sumo Sacerdote, se ofreció a sí mismo como víctima e hizo un sacrificio del todo suficiente, satisfactorio y completo por el pecado del mundo.
Tú que andas cargado, gimiendo bajo el peso del pecado, recuerda que él mismo llevó tus pecados en su cuerpo sobre el madero. Acércate al Dios santo recordándole ese hecho, y atrévete, a causa de él, a presentarte sin vergüenza y aceptado delante de él.
ES UNA AYUDA COMPASIVA PARA LOS TENTADOS. «A los que son tentados». Dentro de ese círculo estamos todos. Cada uno es tentado en formas más sutiles, si no más groseras; de maneras extraordinarias, si no ordinarias. Has estado esforzándote, ¡oh, cuánto!, por ser bueno; pero te ha sorprendido alguna ráfaga repentina y has sido vencido. ¡Tentado a la desesperación! ¡Tentado a ceder ante la mujer de Potifar! ¡Tentado a volverte un bruto! ¡Ningún prado sin el lazo del cazador! ¡Ningún día sin su dolor! ¡Ninguna noche sin su pestilencia que anda en oscuridad! ¡Ninguna rosa sin su espina!
¿No necesitamos socorro? Ciertamente; y él es poderoso para socorrer a los tentados, porque ha padecido lo peor que la tentación puede hacer. No que hubiera jamás un solo indicio o pensamiento de ceder; pero sí padeció, bajo la prueba, hasta el punto de una angustia extrema.
Oh tú que sufres, tú que eres tentado, desolado y sin consuelo, reclina tu cabeza en el pecho del Dios-Hombre, cuyos pies han pisado cada palmo de tu senda de espinas; y cuyas experiencias del poder del mal lo capacitan plenamente para fortalecerte a fin de que estés firme, para levantarte si has caído, para decirte palabras que sanen el dolor de la herida recién abierta. Si él fuera impasible, y nunca hubiera llorado ni luchado en las sombras del Huerto, ni clamado desamparado en la cruz, no lo habríamos sentido tan cerca como podemos sentirlo ahora en todas las horas de amarga pena.
¡Oh Salvador incomparable, sobre quien Dios nuestro Padre ha puesto nuestro socorro! Podemos prescindir de la compasión humana, de la ayuda sacerdotal, del consuelo y el sostén de muchos oficios santos; pero ¡tú nos eres indispensable, en tu vida y en tu muerte, en tu resurrección y en tu hermandad, y en tu compasiva intercesión ante el trono de Dios!
Capítulo 9 completado
La ayuda misericordiosa y fiel de Cristo