El camino al Lugar Santísimo
Advertencia contra la incredulidad

Capítulo 10 · 16 min de lectura · 20 min de escucha

Advertencia contra la incredulidad

«Mirad, hermanos, que en ninguno de vosotros haya corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo». —Hebreos 3:12.

EL contraste entre los capítulos tercero y cuarto de esta epístola es muy marcado. El primero es como un sombrío día de noviembre, cuando la lluvia arrecia y empapa todo el paisaje, y las hojas podridas caen a montones para hallar su sepultura en el suelo húmedo y fangoso. El segundo es como un día sereno y claro de pleno verano, cuando la naturaleza se deleita en una dicha apacible bajo las caricias generosas del sol. Hay entre ellos tanta diferencia como entre los capítulos séptimo y octavo de la Epístola a los Romanos.

Pero cada capítulo representa una experiencia de la vida cristiana interior. Quizá la mayoría de los cristianos viven y mueren en el capítulo tercero, con una pérdida infinita para ellos. Comparativamente pocos pasan al cuarto. Y sin embargo, lector, ¿por qué no habrías de cruzar hoy la línea fronteriza y dejar atrás para siempre las experiencias amargas e insatisfactorias que se han convertido en la norma habitual de tu existencia? Sube del desierto en el que has andado errante tanto tiempo. Tu estancia allí no se ha debido a ningún deseo por parte de Dios, ni a ninguna disposición arbitraria suya, ni a ninguna incapacidad natural de tu temperamento, sino a ciertas graves faltas de tu parte en el régimen de la vida interior.

Lo opuesto de tus experiencias, hasta ahora tan sombrías, es Cristo, las inescrutables riquezas de Cristo; ser hecho participante de Cristo: porque Cristo es la Tierra Prometida que fluye leche y miel, en la cual comemos el pan sin escasez y recogemos las uvas, las granadas y las aceitunas de una rara bienaventuranza espiritual.

EXPERIENCIAS DEL DESIERTO. Jamás ocupó nación alguna una posición más gloriosa que los hijos de Israel la mañana en que se hallaron victoriosos a orillas del mar Rojo. El poder del tirano había sido quebrantado por una serie de milagros maravillosos. La caballería de Egipto se había hundido como plomo en las impetuosas aguas de la muerte. Y cuando el sol se levantó tras los montes de Edom y trazó un sendero centelleante sobre el espejo bruñido del mar, dejó ver largas hileras de cadáveres arrojados a la orilla. Detrás, Egipto, dejado para siempre. Arriba, la nube blanca como vellón, carro de Dios, tabernáculo de su presencia. Delante, la Tierra Prometida. Más de uno soñaba ya con viñas y olivares, y con un hogar estable, todo lo cual estaba a dos o tres meses de cómoda marcha.

Pero de aquellos seiscientos mil hombres, enardecidos por la victoria y la esperanza, solo dos estaban destinados a ver la tierra que fluye leche y miel; y ni siquiera ellos hasta que hubieron pasado lentamente cuarenta años de fatiga. ¿Y qué fue de todos los demás? ¡Ay!, sus cuerpos cayeron en el desierto. En lugar de reposar en algún sepulcro familiar en la Tierra Prometida, sus cuerpos fueron levantados uno a uno y depositados en el yermo desolado: las arenas, su mortaja; la soledad, su mausoleo. Tardaron cuarenta años en morir todos. Y para que eso sucediera tuvo que haber un alto número de muertes. ¡Qué tristes aquellos funerales incesantes! ¡Qué monótonos los perpetuos sonidos del duelo oriental gimiendo por todo el campamento! ¿Qué tiene de extraño que el Salmo 90, escrito en medio de tales escenas, sea tan indeciblemente triste?

La experiencia del desierto es emblema, entre otras cosas, de inquietud, de falta de rumbo y de anhelos insatisfechos. Inquietud: las tiendas se desmontaban constantemente para volver a levantarse casi en el mismo lugar. Suyo era un cansancio perpetuo; y no se les permitió entrar en el reposo de Dios. Falta de rumbo: anduvieron perdidos por el desierto, por la soledad sin camino; no hallaron ciudad de población. Anhelos insatisfechos: hambrientos y sedientos, su alma desfallecía en ellos.

¡Pero qué fiel retrato de la vida de muchos entre nosotros! La vida se nos escapa con tanta rapidez, ¡y qué lejos está del ideal! ¡Qué pocos cristianos parecen haber aprendido el secreto del reposo interior! ¡Cuántos son víctimas de la murmuración y del descontento, o son mordidos por las serpientes de los celos y la pasión, del odio y la malquerencia! La experiencia casi universal habla de votos quebrantados y esperanzas marchitas, de andanzas sin propósito, de una monotonía de fracasos. ¡Siempre levantando y plantando el campamento! ¡Siempre rodeados del mismo horizonte monótono, arena, y aquí y allá una palmera! ¡Siempre alimentados con la misma comida, hasta que el alma la aborrece! La vida transcurre entre la irritación, el desengaño que exaspera y el hastío de vivir, hasta que decimos con Salomón: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad».

Uno de los azotes del desierto es la tormenta de arena, cuando el viento caliente va cargado de un polvo fino y ligero que se mete en los ojos, en la boca y en los pulmones; que penetra la ropa, pica la piel y hace la vida casi insoportable. Es una ilustración acertada de las pequeñas molestias, de las irritaciones mezquinas, del enjambre perpetuo de picaduras como de mosquitos, que invaden nuestras circunstancias más cómodas y nos hacen preguntarnos si vale la pena vivir.

Luego está también el espejismo. A lo lejos, unos prados verdes parecen atraer al viajero cansado, que, al llegar a ellos, ve frustradas sus esperanzas y burlada su sed. Emblema es este de los desengaños a que se exponen quienes andan siempre buscando algún bien terrenal que mitigue las penalidades y tristezas de su vida, en lugar de buscar la comunión y la bendita ayuda del Cristo vivo. Avanzan creyendo a cada paso que se acercan a un oasis en su marcha por el desierto; pero, a medida que se aproximan, el edificio de sus esperanzas se desvanece en el aire.

«Participantes de Cristo somos hechos». Estas palabras pueden significar o bien que todos los creyentes juntos participan de la plenitud de Jesús, o bien que todos participan con él de la plenitud de Dios. «Herederos de Dios, y coherederos con Cristo». Pero, sea cual sea la interpretación verdadera, el pensamiento es indeciblemente alentador. Jesucristo es nuestra Tierra Prometida, y nuestro Josué para conducirnos allá. Él nos da reposo. En él hay huertos y viñas, y toda clase de cosas preciosas. Su consuelo para nuestra tristeza; su reposo para nuestro cansancio; su fuerza para nuestra debilidad; su pureza para nuestra corrupción; su ayuda siempre presente para nuestra necesidad. ¡Oh bendito Jesús, sin duda es el asombro del cielo que hagamos tan poco caso de ti!

LA CAUSA DE LA EXPERIENCIA DEL DESIERTO. No pudieron entrar a causa de incredulidad. Mira cómo la incredulidad levanta una barrera que nos deja fuera de la bendición. Puede que te hayan dejado una fortuna; pero si no crees la noticia y no la reclamas, no te aprovechará. Un regimiento de ángeles puede estar pasando junto a tu casa, con bendiciones en las manos que podrían enriquecerte para siempre; pero si no crees el aviso de que están en marcha, no saldrás a saludarlos ni a darles la bienvenida. Un carácter noble puede alzarse en el vecindario donde vives o en la sociedad en que te mueves; pero si no crees en él, no recibirás estímulo ni consuelo de su influencia cordial y provechosa. Así, sea Cristo lo que sea, y esté tan cerca como esté, no será nada para ti a menos que hayas aprendido a confiar en él.

Hay tres condiciones en las que la incredulidad prospera en nosotros, como en los hijos de Israel: murmuraron.

El primer estallido ocurrió en el desierto de Sin (Éxodo 16), pocos días después del éxodo. No había pan. Las provisiones traídas a toda prisa de Egipto se habían consumido. Tenían sus artesas, pero no harina que amasar. No había intendencia organizada. «Y toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto; y les decían los hijos de Israel: Ojalá hubiéramos muerto por mano del Señor en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud».

El segundo estallido ocurrió en Refidim (Éxodo 17). No había agua. Los escasos arroyos del desierto eran montones de piedras abrasadas, y ni una hoja de vegetación temblaba bajo el sol ardiente. Y otra vez se oyeron los sordos rumores del descontento, mientras el pueblo murmuraba que lo habían sacado de Egipto para perecer allí.

Pero el estallido más grave se produjo poco después de que dejaran el Sinaí (Números 13). Por fin aparecieron a la vista las verdes colinas de Palestina, y se enviaron espías por delante para reconocer la tierra. Al cabo de cuarenta días volvieron cargados de frutos exquisitos; pero traían un relato de la fuerza y las fortificaciones de los cananeos que llenó de consternación al pueblo; y «se quejaron contra Moisés y contra Aarón todos los hijos de Israel, y les dijo toda la multitud: ¡Ojalá hubiéramos muerto en la tierra de Egipto!». «Pero aborrecieron la tierra deseable; no creyeron a su palabra, antes murmuraron en sus tiendas, y no oyeron la voz del Señor. Por lo que alzó su mano contra ellos, para postrarlos en el desierto» (Salmo 106:24-26). Un corazón que murmura y se queja es un corazón que ya ha empezado a dejar de creer en la guía sabia y amorosa de Cristo, y en él la incredulidad prosperará.

«Se apartaron del Dios vivo». Dios es el Hogar y la Fuente de la vida. De él, como de una fuente, todas las cosas reciben su ser, su fuerza y su belleza. Si Israel hubiera permanecido en unión viva con él, no habría faltado nada en sus provisiones; y habría habido gracia suficiente para mantener al pueblo sereno, reposado y fuerte en medio de aquellas privaciones y dificultades. Pero se apartaron de él. Pensaron que podían arreglárselas mejor por sí mismos. Dejaron la Fuente de agua viva y subieron a los montes a cavar para sí cisternas rotas, es decir, agrietadas, que no retienen agua. De la Roca que los engendró se olvidaron; y así llegaron a ser como la retama del desierto, que mora en parajes áridos y deshabitados, en contraste con el árbol cuyas raíces se nutren de los ríos y cuyas ramas dan sombra a generaciones.

Preguntémonos si ha habido alguna decadencia en la religión de nuestro corazón: menos oración, menos intimidad en nuestro andar con Dios, menos gozo en el culto de su casa; porque, si es así, la incredulidad se manifestará sin falta, como el hongo que engorda en el suelo húmedo y fétido. La incredulidad no puede vivir a la luz del sol de la comunión con Dios.

No aprendieron las lecciones del pasado. No negaban el pasado. Te habrían contado, con los ojos encendidos, la maravillosa historia de su liberación. Pero no confiaron en el amor y la sabiduría de Dios; no descansaron en sus repetidas promesas de que con toda certeza los introduciría, como ya los había sacado; no hallaron en el pasado la garantía de que él no les fallaría ni los abandonaría. En Sin debieron haber dicho: «Él nos dio estos cuerpos con estos apetitos y necesidades: podemos confiar en que les proveerá alimento. “Nuestro Padre celestial sabe que de todas estas cosas tenemos necesidad”». En Mara debieron haber dicho: «Él nos dio el maná; sin duda puede saciar nuestra sed». En Parán debieron haber dicho: «Dios ha prometido darnos la tierra; y así, aunque los cananeos sean fuertes y sus ciudades estén amuralladas hasta el cielo, nos atreveremos a creer en él». En lugar de esto clamaron: «He aquí ha herido la peña, y brotaron aguas, y los arroyos salieron desbordándose. ¿Podrá también dar pan? ¿Dispondrá carne para su pueblo?».

Al pasar por la vida, deberíamos atesorar cuidadosamente en el corazón el recuerdo de la gran bondad de Dios, y sacar de las liberaciones pasadas la seguridad de que nunca nos dejará ni nos desamparará. ¿Nos ha hecho cruzar el Atlántico para dejarnos ahogar en una zanja? ¿Ha estado con nosotros en seis angustias para abandonarnos en la séptima? ¿Nos ha salvado, y no puede guardarnos? ¿Nos ha redimido del infierno, y no puede llevarnos al cielo?

«Su amor del pasado nos impide pensar

que al fin nos abandone en la prueba a sucumbir;

cada dulce Ebenezer que volvemos a mirar

confirma que le place sostenernos hasta el fin».

Si queremos guardarnos de la incredulidad, debemos reforzar nuestra fe recapitulando constantemente la historia del trato de Dios con nosotros en el pasado; y así, por la corriente de la memoria, las tierras altas de nuestra vida enviarán sus depósitos de bendita ayuda para fortalecernos en nuestras ansiedades y perplejidades diarias. «El Señor se acordó de nosotros; nos bendecirá». «Porque si, siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida».

Fuiste feliz en tu niñez; tus primeros días estuvieron engastados en un marco de oro; pero los seres queridos se han desvanecido, como la sombra del roble sobre la maleza del bosque, y te sientes desamparado y solo: pero el Dios de tu niñez no pensará en ti menos que en aquellos días felices ya pasados.

Has salido a caminar sobre las aguas, y como la tormenta te amenaza, casi desearías estar de vuelta; pero el que estuvo contigo en el puerto tranquilo estará igual de cerca cuando rujan los vientos y las olas alcen su voz. Estás a punto de cambiar las ollas de carne de Egipto por la nueva tierra de Canaán, con su bendita promesa; y en el camino, el corazón y la carne desfallecen ante los escenarios nuevos y desconocidos que intimidan y desconciertan: pero el que te libró de Faraón puede protegerte de Amalec; el que partió el mar Rojo dividirá el Jordán.

ADVERTENCIAS INSPIRADAS. «Mirad, hermanos, que en ninguno de vosotros haya corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo». La incredulidad es hija, no de la cabeza, sino del corazón. Siempre conviene conocer el origen de la enfermedad; así el médico puede atacarla en su ciudadela. Si la incredulidad fuera criatura de nuestro intelecto, tendríamos que enfrentarla allí con argumentos; pero, puesto que es producto de un estado equivocado del corazón, de un corazón malo, es allí donde debemos enfrentarla.

«Esta», dice William Law, «es una verdad eterna sobre la cual nunca reflexionarás demasiado: que la razón sigue siempre el estado del corazón; y lo que es tu corazón, eso es tu razón. Si tu corazón está lleno de sentimientos, de arrepentimiento y de fe, tu razón tomará partido por tu corazón; pero si tu corazón está encerrado en la muerte y la sequedad, tu razón no se deleitará en otra cosa que en áridas objeciones y especulaciones».

Guárdate de un corazón malo. Si el corazón estuviera en buena condición, la fe le sería tan natural como las flores a la primavera, o como las sonrisas al rostro de una niñez sana e inocente. En cuanto el corazón cae en un estado malo —abrigando el pecado; acariciando cosas que no excusarías en otros pero que te consientes a ti mismo; permitiendo que pensamientos y deseos impuros permanezcan sin freno y sin juicio—, entonces, ¡cuidado!, porque un corazón así ya no es capaz de creer en Dios. Se le va la cabeza; se le ciegan los ojos; y está en peligro inminente de caer sin remedio.

Mirad, pues; velad y orad; examinaos a vosotros mismos si estáis en fe; ¡probaos a vosotros mismos! Exponte a la luz escrutadora del Espíritu de Dios. Cultiva el corazón bueno y recto. La mayor parte de la incredulidad de nuestros días nace de la renuencia del hombre a tener a Dios en su noticia. Más escepticismo puede atribuirse a un aposento de oración descuidado que a los argumentos de los incrédulos o a los salones de los secularistas. Primero los hombres se apartan de Dios; luego lo niegan. Y por eso, en la mayoría de los casos, la incredulidad no cederá ante ingeniosos sermones sobre las evidencias, sino ante estocadas certeras que atraviesan las junturas de la armadura hasta el alma que está dentro. «Sobre toda cosa guardada guarda tu corazón; porque de él mana la vida».

Guárdate especialmente del endurecimiento del corazón. Los corazones duros son corazones incrédulos; por tanto, cuídate de la osificación del corazón. Los corazones más duros fueron blandos alguna vez, y los más blandos pueden endurecerse. La creta que ahora encierra las conchas fósiles fue una vez cieno húmedo. La mano encallecida por el trabajo estuvo una vez llena de suaves hoyuelos. El asesino se estremeció una vez, siendo niño, al aplastar un gusano. Judas debió de ser en otro tiempo un muchacho tierno e impresionable.

Pero los corazones se endurecen gradualmente, como se congela un estanque en una noche de helada. Al principio, el proceso no puede detectarlo sino un ojo experto. Luego aparece una delgada película de hielo, tan fina que un alfiler o una aguja la atravesarían. Al cabo sostendrá un guijarro, y, si el invierno sigue reinando sin interrupción, seguirán un niño, un hombre, una multitud, una carreta. Nos endurecemos por los pasos de un proceso imperceptible.

El oír constantemente la verdad sin obedecerla. El conocer lo mejor y hacer lo peor. El acariciar cosas impías que parecen hermosas como ángeles. El negarse a confesar lo malo y a profesar lo bueno. Todas estas cosas endurecen. ¡Guárdate del engaño del pecado! ¡Mirad por vosotros! Exhortaos los unos a los otros cada día.

Guárdate de un corazón inconstante. Este es el pecado al que esta epístola se opone de modo especial. Hay muchos a nuestro alrededor que abrazan con avidez una novedad; pero cuando llega la presión, como siempre llega, igual que cuando una casa se asienta, hay un aflojamiento. Debemos retener firme hasta el fin la confianza y la gloria de nuestra esperanza. Solo podemos llegar a ser participantes de Cristo si conservamos firme hasta el fin el principio de nuestra confianza.

Debemos velar no solo por nuestro propio corazón, sino por el corazón de nuestros hermanos; y exhortarnos los unos a los otros cada día, cuidándonos mutuamente y procurando reavivar la piedad decaída y reanimar la esperanza desfalleciente. Atendamos a estas cosas hoy. Ahora es el tiempo de Dios. El Espíritu Santo dice: Hoy. Cada día de demora es peligroso, porque el proceso de endurecimiento se vuelve más habitual. Hoy restituye lo que has tomado injustamente; repara un agravio, promueve lo justo. Hoy renuncia a algún mal hábito, a algún pasatiempo profano, a alguna amistad ilícita. Hoy extiéndete hacia una realización más plena del hermoso ideal que te llama. Hoy deja el desierto para siempre y entra por la fe en la Tierra Prometida.

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