El camino al Lugar Santísimo
La muerte de la muerte

Capítulo 8 · 10 min de lectura · 13 min de escucha

La muerte de la muerte

«Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre». Hebreos 2:14, 15.

TEMEMOS la muerte con un doble temor. Está, en primer lugar, el temor instintivo, que compartimos también con la creación animal; pues hasta los brutos tiemblan cuando se acerca el momento de la muerte. Ciertamente este temor no es malo. Con frecuencia es congénito e involuntario, y aflige a algunos de los santos más nobles de Dios; aunque sin duda estos confesarán algún día que era del todo injustificado, y que el momento de la partida fue sereno, dulce y bienaventurado.

Es una opinión cada vez más extendida entre los hombres reflexivos que el momento de la muerte, cuando el espíritu deja su tabernáculo terrenal, es probablemente el más indoloro y el más feliz de toda su historia en la tierra. Y si esto es así en general, ¡cuánto más lo será en el caso de aquellos ante cuya vista se abren las glorias del Paraíso! El niño cuyos ojos se deleitan en una radiante perspectiva de flores y frutos que lo invitan a cruzar la puerta del jardín apenas repara, al pasar de un salto, en la tosca madera de la puerta misma; y probablemente el alma, al percibir la hermosura del Rey y las glorias de su hogar, está demasiado absorta para advertir el acto de morir, hasta que de pronto se encuentra libre para subir, remontarse y gozarse en la luz que amanece.

Pero hay otro temor de la muerte, que es espiritual. Tememos su misterio. ¿Qué es? ¿Adónde conduce? ¿Por qué viene precisamente ahora? ¿Cuál es la naturaleza de la vida del más allá? Vemos los movimientos al otro lado de la espesa cortina que se mece de un lado a otro; pero no alcanzamos a distinguir forma alguna. Los moribundos perciben visiones y sonidos que nosotros en vano tratamos de captar con los ojos y los oídos.

Tememos su despedida. El poeta pagano cantó con tristeza el dolor de dejar la tierra, el hogar y la familia. La larga costumbre nos hace querida la suerte más humilde y los compañeros más rudos: ¡cuánto más los de corazón leal y afín! Es duro separarse de ellos. Si tan solo pudiéramos irnos todos juntos, no sería nada. ¡Pero este desprenderse por separado, este partir uno por uno, este irse a la deriva lejos del fondeadero, a solas! ¿Quién puede negar que es algo solitario?

Los hombres temen lo que viene después de la muerte. « El aguijón de la muerte es el pecado». El pecador teme morir porque sabe que, al otro lado de la muerte, ha de encontrarse con el Dios contra quien ha pecado, y comparecer ante su tribunal para dar cuenta y recibir la justa paga de sus obras. ¿Cómo podrá hacer frente a aquella gloria ardiente? ¿Cómo podrá responder a una cosa de mil? ¿Cómo se justificará el hombre mortal con Dios? ¿Cómo podrá escapar del infierno y hallar su lugar entre las multitudes dichosas y festivas de la Ciudad de Oro?

Cristo conocía muchos de los temores del hombre. Y sabía que los sentirían muchos que habían de estar estrechamente unidos a él como hermanos. Si, pues, le movían sentimientos comunes de compasión hacia las grandes masas de la humanidad, con mayor razón se sentiría movido a aliviar a aquellos con quienes tenía una afinidad tan estrecha, como lo despliegan estos versículos maravillosos. Él y ellos, de uno son todos (v. 11). Los llama hermanos por boca del salmista y del profeta (v. 12). Toma su lugar en la Iglesia reunida y canta la alabanza de su Padre en compañía de ella (v. 12). Incluso se asocia con ellos en su humilde confianza de niños (v. 13). Se atreve a afrontar la mirada de todos los mundos cuando se presenta llevándolos de la mano (v. 13). ¡Oh, identificación maravillosa! ¡Oh, comunión arrobadora! ¡Mucho más asombrosa que si un serafín cultivara amistad con un gusano! Pero lo precioso de esta relación está en que Jesús hará todo lo que pueda para aliviar ese temor a la muerte, que en mayor o menor medida es común a todos nosotros.

Pero para hacerlo, él tenía que morir. No podía ser la muerte de la muerte sin haber gustado personalmente la muerte. Necesitaba cumplir la ley de la muerte muriendo, antes de poder abolir la muerte. Nuestro David tenía que bajar al valle de Ela, luchar cuerpo a cuerpo con nuestro gigante enemigo, arrebatarle su poder y matarlo con su propia espada. Así como en la antigua fábula Prometeo no podía matar al Minotauro sin acompañar el cargamento anual de víctimas, así Jesús tenía que ir con las miríadas de nuestra raza a los oscuros confines del sepulcro, para que la muerte hiciera lo peor en vano; para que el sepulcro perdiera su victoria; y para que el siniestro carcelero quedara manifiestamente impotente para retener a la Resurrección y la Vida. Si Cristo no hubiera muerto, podría haberse afirmado que, al menos en un lugar, la muerte y el pecado, el caos y las tinieblas, eran supremos. «Así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día». Y, como otro Sansón que se lleva las puertas de su prisión, salió, demostrando para siempre que la luz es más fuerte que las tinieblas, la salvación más que el pecado, la vida más que la muerte. Oye su grito triunfal, cuando el Maestro resucitado y ascendido exclama tres veces: «Estuve muerto, y he aquí que vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves del Hades y de la muerte». La muerte y el infierno escogieron su propio campo de batalla, el más fuerte que tenían; y allí, en la hora de su debilidad, nuestro Rey los derrotó, y ahora lleva para siempre el trofeo de la victoria en su cinturón. ¡Aleluya!

Pero solo podía morir haciéndose hombre. Quizá no haya en el universo otra raza que pueda morir sino la nuestra. Así también puede que no haya otro lugar en el vasto universo de Dios surcado de sepulcros, ensombrecido por las alas extendidas del ángel de la muerte o marcado por la llaga del pecado. «El pecado entró en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos». Para morir, pues, Cristo tenía que tomar sobre sí nuestra naturaleza humana. Otros mueren porque nacen; Cristo nació para poder morir. Es como si dijera: «De ti, madre humana, he de nacer; y he de sufrir los achaques, los dolores y las penas de la vida mortal; y he de apresurarme a la meta señalada de la vida humana; he venido al mundo para morir». «Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre».

POR LA MUERTE CRISTO DESTRUYÓ AL QUE TENÍA EL IMPERIO DE LA MUERTE. La Escritura no tiene ninguna duda acerca de la existencia del diablo. Y quienes conocen bien su propia vida interior, y los asaltos repentinos del mal a que estamos expuestos, no pueden dejar de percibir su terrible poder. Y de este pasaje deducimos que ese poder era aún mayor antes de que Jesús muriera. «Tenía el imperio de la muerte». Era una de las armas principales de su arsenal infernal. El pavor a la muerte era tan grande que empujaba a los hombres a ceder ante cualquier exigencia de los sacerdotes de las religiones falsas, con sus oscuras impurezas y sus ritos espantosos. Así las ovejas tímidas son empujadas al matadero del carnicero a fuerza de gritos horribles y de golpes.

Pero desde que Jesús murió, el diablo y su poder han sido destruidos. Reducidos a la nada, no extinguidos. Todavía asalta al guerrero cristiano, aunque esté armado de pies a cabeza; y anda alrededor buscando a quien devorar, y engaña a los hombres para su ruina. Satanás no es impotente, aunque esté encadenado. Ha recibido la herida que anula su poder, pero esta todavía no ha llegado a destruirlo.

Su poder fue quebrantado en la cruz y en el sepulcro de Jesús. La hora de Getsemaní fue la hora y la potestad de las tinieblas. Y Satanás debió de contemplar la Resurrección con desesperación. Fue el toque de difuntos de su destino. Selló su condena. El príncipe de este mundo fue juzgado y echado fuera del trono del poder (Juan 12:31; 16:11). La cabeza de la serpiente fue herida sin remedio.

¡No temas al diablo, hijo de Dios; ni a la muerte! Hacen mucho ruido, pero no tienen poder. El que abre caminos ha ido delante de ti, despejándote la senda. Solo mantente cerca, detrás de él. ¡Escucha! Él te da potestad sobre toda fuerza del enemigo, y nada te dañará (Lucas 10:19). Ningún ladrón te arrebatará de la mano de tu Pastor.

Por LA MUERTE CRISTO LIBRA DEL TEMOR DE LA MUERTE. Un niño solía jugar en un jardín grande y hermoso, de prados soleados; pero había una parte de él, un sendero largo y sinuoso, por el que nunca se aventuraba; de hecho, temía acercarse, porque alguna niñera necia le había dicho que en su sombría oscuridad habitaban ogros y duendes. Por fin su hermano mayor se enteró de su temor y, después de jugar un día con él, lo llevó a la entrada enramada de la arboleda y, dejándolo allí aterrado, la recorrió de punta a punta cantando, volvió y razonó con el niño, demostrándole que sus temores no tenían fundamento. Por último tomó al muchacho de la mano y la recorrieron juntos, y desde aquel momento huyó el temor que había rondado aquel lugar. Y el recuerdo de la presencia de aquel hermano ocupó su lugar. ¡Así lo ha hecho Jesús por nosotros!

¡No temas el misterio de la muerte! Jesús ha muerto, y nos ha mostrado que es la puerta de entrada a otra vida, más bella y bienaventurada que esta: una vida en la que las palabras humanas se entienden, los rostros humanos sonríen y los afectos humanos perduran todavía. Los cuarenta días de su vida de resurrección resolvieron muchos de los problemas e iluminaron la mayor parte del misterio. Morir es ir al instante a estar con él. Ningún abismo, ningún intervalo, ninguna fatigosa demora en un purgatorio. Ausentes del cuerpo, presentes al Señor. Un momento aquí, en condiciones de mortalidad; al siguiente, más allá de las estrellas.

¡No temas la soledad de la muerte! El alma, en el valle oscuro, percibe a otro a su lado: «Tú estarás conmigo». La muerte no puede separarnos, ni siquiera por un momento, del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. En la hora de la muerte Jesús cumple su propia promesa: «Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo». Y al otro lado entramos en un vasto círculo de espíritus amorosos, que dan la bienvenida al recién llegado con cantos de fiesta (2 Pedro 1:11)

¡No temas lo que viene después de la muerte! Él ha llevado la maldición y la pena del pecado. La muerte, la sentencia suprema sobre los pecadores, la ha sufrido por nosotros nuestro Sustituto. En él hemos pasado de verdad al otro lado de la condena que justamente nos corresponde como miembros de una raza pecadora. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó».

¡La muerte! ¿Cómo han de morir los que ya han muerto en Cristo? Lo que otros llaman muerte, nosotros lo llamamos sueño. No lo tememos más que al sueño. Nuestros cuerpos se acuestan, rendidos por la larga jornada de trabajo, para despertar con la energía renovada de la mañana eterna; pero entretanto el espíritu es presentado irreprensible delante de su gloria con gran alegría.

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