El camino al Lugar Santísimo
La gloria del oficio de Cristo

Capítulo 4 · 11 min de lectura · 15 min de escucha

La gloria del oficio de Cristo

«Alcanzó por herencia más excelente nombre». Hebreos 1:4.

AUN sin la Escritura, nos habríamos inclinado a suponer que, además del hombre, existen otros órdenes de seres inteligentes y espirituales. Así como el orden de la creación asciende hasta el hombre desde el organismo vivo más ínfimo, a través de muchas y variadas etapas de existencia, sin duda la serie ha de continuar más allá del hombre, rango tras rango de existencia espiritual, hasta las mismas gradas del trono eterno. La mente divina tiene que ser tan fecunda en formas de vida espiritual como lo ha sido en las de la vida natural.

Pero no se nos deja en el terreno de la conjetura. De todas partes de la Escritura nos llegan testimonios de la existencia de los ángeles. Se regocijaron cuando el mundo fue hecho, y se los describe anunciando con cánticos la nueva creación que anhelamos. Montaron guardia a la puerta de un paraíso perdido; y en cada una de las doce puertas de la Nueva Jerusalén hay un ángel (Apocalipsis 21:12). Pisaron las llanuras de Mamre y cantaron sobre los campos de Belén. Uno preparó la comida para Elías sobre las arenas del desierto; otro sacó a Pedro de la cárcel; y un tercero cruzó como un relámpago la tormenta para ponerse junto a la hamaca donde dormía el apóstol Pablo (Hechos 27:23, 24).

Pero en la mente del hebreo piadoso, la obra más grande que los ángeles realizaron jamás estuvo relacionada con la entrega de la ley. Los hijos de Israel recibieron la ley «por disposición de ángeles» (Hechos 7:53, Versión Revisada). Era necesario, por tanto, al mostrar la superioridad del Evangelio sobre la Ley, comenzar mostrando la superioridad de aquel por medio de quien fue dado el Evangelio sobre todos los órdenes de espíritus resplandecientes y bienaventurados que, en sus filas relucientes y con sus veinte mil carros, iban y venían mientras se daba el decálogo desde la cumbre del Sinaí (Salmo 68:17).

No es difícil probar la superioridad del Señor sobre los ángeles. Es doble: en Naturaleza y en Oficio.

En Naturaleza. «Alcanzó por herencia más excelente nombre que ellos» (v. 4). En el versículo 7, citado del Salmo 104:4 (Versión Revisada, margen), donde se habla expresamente de ellos como mensajeros y ministros, se los compara con vientos y llamas: vientos, por su rapidez e invisibilidad; llamas, por su amor ardiente. ¡Pero qué abismo media entre la naturaleza de ellos, que así puede compararse con los elementos de la creación, y la naturaleza de aquel Ser glorioso a quien se les manda adorar, y a quien se dirige el sublime título de Hijo! (Hebreos 1:6; Salmo 97:7.)

En Oficio. En el versículo 14 se habla de ellos como espíritus ministradores, «enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación» (Versión Revisada). Esta liturgia de servicio es un hecho literal. Cuando luchamos contra dificultades abrumadoras; cuando recorremos a solas el paso oscuro y agreste de la montaña; cuando estamos en peligro o en necesidad apremiante, nos rodean formas invisibles, como las que acompañaron el camino de Jesús, que le sirvieron en el desierto, le fortalecieron en el huerto, rondaron en torno a su cruz, velaron su sepulcro y le acompañaron a su hogar. Siguen el paso de los trenes más veloces en que viajamos. Atraviesan sin mancharse el aire más turbio. Allanan las dificultades más pesadas. Guarnecen de luz los sepulcros más oscuros. Nos llevan en sus manos, para que nuestro pie no tropiece en piedra. Más de un escape de un peligro inminente, más de una ayuda inesperada, más de un pensamiento luminoso y santo susurrado al oído sin que sepamos de dónde ni cómo, se debe a esos espíritus resplandecientes y amorosos. «Que el buen Señor me perdone», dice el obispo Hall, «porque, entre mis otras ofensas, me he permitido olvidar tanto la presencia de sus santos ángeles». Pero, por valioso que sea su oficio, no puede mencionarse siquiera al mismo tiempo que el de Cristo, que se nos expone en este capítulo.

Él es el Agente de la Creación. «Por el cual asimismo hizo los mundos». Hacer de la nada lo que se ve, eso es creación: es una obra divina; y la creación se atribuye a Cristo. «Por él fueron creadas todas las cosas que están en los cielos y que están en la tierra». «Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fue hecho» (Colosenses 1:16; Juan 1:3). Pero la palabra que aquí y en 11:3 se traduce mundos significa siglos. No solo el universo material fue hecho por él, sino que cada una de las grandes edades de la historia del mundo ha sido instituida por Jesucristo.

Cuando el genio aspira a la inmortalidad, deja el nombre del artista inscrito en la piedra o en el lienzo; y así la Inspiración, «mojando su pluma en la verdad indeleble, inscribe el nombre de Jesús en todo lo que vemos: en el sol y las estrellas, en la flor y el árbol, en la roca y la montaña, en las aguas inestables y en la tierra firme; y también en lo que no vemos, ni veremos hasta que la muerte haya descorrido el velo: en ángeles y espíritus, en la ciudad y los cielos del mundo eterno».

Este pensamiento aparece con claridad en la sublime cita del Salmo 102 que se hace en el versículo 10. Aquel poema inspirado está dirigido evidentemente a Jehová: «Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos». Pero aquí, sin la menor disculpa ni insinuación de que se acomoden las palabras a un uso inferior, se aplica directamente a Cristo. ¡Observa la certeza de este hombre inspirado de que Jesús es Jehová! ¡Qué seguro está de la Deidad de su Señor! ¡Y qué tributo tan espléndido a su inmutabilidad!

Observa cómo la Epístola resuena con la inmutabilidad de Jesús, en su amor humano (13:8), en su sacerdocio (7:24), y aquí en su naturaleza divina (vv. 10-12). Vivimos en un mundo de cambio. La tierra no es hoy la misma que era hace siglos, ni la que será dentro de siglos. El sol va desprendiendo su calor. La luna ya no arde ni resplandece como antaño; no es más que una inmensa ceniza opaca que refleja en su disco la luz del sol. Hay estrellas que se han apagado, y otras se apagarán. El universo envejece como los vestidos que, por el uso continuo, quedan raídos. Pero que el vestido se gaste no prueba que mengüen las fuerzas o se afloje la energía de quien lo lleva. Al contrario: cuando más pronto se gastan los vestidos suele ser en la época más robusta de la juventud o de la edad viril. Tú envuelves y guardas tu ropa cuando ha cumplido su propósito; pero eres el mismo con el traje nuevo que con el viejo. La creación es la vestidura de Cristo. Él se envuelve en sus amplios pliegues. Su decadencia no le afecta. Y cuando la haya dejado toda a un lado y la haya reemplazado por los cielos nuevos y la tierra nueva, él será el mismo para siempre.

¡Con qué nuevo interés podemos volver ahora al antiguo relato que cuenta cómo Dios creó los cielos y la tierra! Aquellas sublimes sílabas, «¡Sea la luz!», fueron pronunciadas por la voz que tembló en la agonía de la muerte en la cruz. Ríos caudalosos, mares crecientes, bosques ondulantes, flores que se abren, aves que cantan, bestias innumerables, estrellas que centellean como diamantes en el pabellón de la noche: todo recién hecho; todo palpitando con la vida misma de Dios; y todo bueno en gran manera; pero, sobre todo y gloriosamente, todo obra de aquellas manos que fueron clavadas, impotentes, a la cruz, la cual, lo mismo que el hierro que lo traspasó, era fruto de su voluntad creadora.

Él es el Dios de la Providencia. «Sustentando todas las cosas con la palabra de su potencia» (v. 3). Él es el puntal que sostiene la creación. Cristo, y no el destino. Cristo, y no la naturaleza. Cristo, y no una ley abstracta e impersonal. La ley no es más que el método invariable de su obrar. «En él todas las cosas viven, y se mueven, y son». «Por él todas las cosas subsisten». Él está siempre obrando, en la gran escala de la creación, los mismos hechos de su vida terrenal. Y si él no los hiciera, quedarían para siempre sin hacer. A su palabra, el agua de lluvia y el rocío se convierten en jugo de uva; unos puñados diminutos de grano llenan los graneros del otoño; las tormentas se apaciguan en calma; los peces son guiados por las sendas del mar; se envían arroyos entre los montes; y las estrellas se mantienen en sus órbitas, de modo que «ninguna faltará».

Toda potestad le es dada en el cielo y en la tierra. ¿Por qué, entonces, estás tan triste? Tu mejor Amigo es el Señor de la Providencia. Tu Hermano es el Primer Ministro del universo y tiene las llaves de los almacenes divinos. Ve a él con los sacos vacíos de tu necesidad; no solo los llenará, sino que los llenará gratuitamente, sin dinero y sin precio, como hizo José en la antigua historia de los días de los faraones.

Él es el Salvador de los pecadores. «Habiendo hecho la purgación de nuestros pecados». Tendremos muchas ocasiones de detenernos en este hecho glorioso. Jesús es Salvador, Redentor y Sumo Sacerdote. Este es su título más glorioso; en esta obra ningún ángel ni espíritu creado puede rivalizar con él. En la obra de la salvación está solo. Ningún ángel podría expiar el pecado, ni defender nuestra causa, ni librarnos de la esclavitud del mal.

Pero observa el carácter definitivo de este acto. «Hizo la purgación de los pecados » (véase el griego). Consumado está; completo para siempre; hecho de manera irrevocable y definitiva. Con tal que seamos uno con él por una fe viva, nuestros pecados, que eran muchos, quedan borrados, como una inscripción de una pizarra, como una mancha de una túnica, como una nube del azul del cielo. ¡Desaparecidos, como una piedra arrojada al abismo sin fondo! ¡Desaparecidos, para no salirnos nunca al encuentro, ni aquí ni en el más allá! «¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros» (Romanos 8:34).

Él es también Rey. ¿Y sobre qué descansa su reino? ¿Cuál es el fundamento de esa Realeza que cantamos constantemente con las nobles palabras de la Iglesia primitiva: «Tú eres el Rey de la gloria, oh Cristo»? Es un fundamento doble.

Es Rey por derecho de su naturaleza divina. «Tu trono, oh Dios, por los siglos de los siglos». Bien podría el Salmo 45 llevar por título el poema de los lirios, como para indicar sus bellezas puras, escogidas y sin igual. Celebraba las bodas de Salomón; pero, a la manera de aquellos cantores inspirados, sus autores pasaron pronto de lo terrenal a lo celestial; del tipo pasajero del reino terrenal a las realidades eternas e imperecederas de la realeza divina de Cristo.

Es también Rey como recompensa de su obediencia hasta la muerte. «Hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le ensalzó a lo sumo» (Filipenses 2:8, 9). Satanás le ofreció la soberanía a cambio de un solo acto de homenaje, y Cristo lo rehusó, y descendió del monte hacia la pobreza, la vergüenza y la muerte; pero por medio de estas cosas ha ganado para sí un Reino que todavía está en su infancia, pero que está destinado a permanecer cuando todos los reinos de este mundo se hayan desmoronado hasta el polvo.

Cuando Cristo salió de la cruz y del sepulcro, donde había hecho la purgación de nuestros pecados, pareció como si se le dirigieran unas palabras que David había captado siglos antes: «El Señor dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies» (v. 13; Salmo 110:1). Esta es la interpretación que el apóstol Pedro, en el fervor de la inspiración de Pentecostés, dio a estas palabras (Hechos 2:34). Y, en consecuencia, se nos dice: «Fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios » (Marcos 16:19). «Se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (v. 3).

«Se sentó». El amor reina. El Cordero está en medio del Trono. Contempla su majestad, y adórale con los ángeles y los arcángeles y con toda la multitud de los redimidos. Póstrate a sus pies, consagrándole todo lo que eres y todo lo que tienes. Consuélate también recordando que él no se habría sentado a descansar de sus labores en la redención y en la purgación de los pecados si no estuvieran tan completamente acabadas que no quedara nada más por hacer. Todo está cumplido; y todo es bueno en gran manera. Ha reposado de sus obras porque están terminadas; y por eso ha entrado en su reposo. Y esa palabra «hasta que» está llena de esperanza. Dios la pronuncia, y nos anima a esperar el tiempo en que él haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia, y en que la muerte misma, el postrer enemigo, sea destruida (1 Corintios 15:24-26).

Capítulo 4 completado

La gloria del oficio de Cristo

Página 1 / 1 · 11 min restantes en el capítulo
Anterior Siguiente