Capítulo 35 · 12 min de lectura · 15 min de escucha
El corazón afirmado
«Buena cosa es afirmar el corazón en la gracia, no en viandas, que nunca aprovecharon a los que anduvieron en ellas». Hebreos 13:9.
BUENA cosa es tener un corazón afirmado. En demasiados de nosotros la vida interior es variable e inconstante. A veces tenemos días de profundo fervor religioso, en los que nos parece imposible dedicar demasiado tiempo a la oración y a la comunión con Dios. El aire es tan claro que podemos ver, al otro lado de las aguas del mar que nos separa, los contornos mismos de las costas celestiales. Pero muy poca cosa basta para estropear nuestra paz y tender sobre el alma un velo de niebla que quizá nos envuelva durante largas semanas. ¡Oh, quién tuviera un corazón afirmado!
Ahora bien, hay una cosa que no producirá este bendito estado de firmeza. Y la indica la expresión «viandas», que representa el ritualismo de la ley judía. Hay siempre en el corazón humano una tendencia hacia una religión de ritos. Es mucho más fácil observar las prescripciones de un ceremonial externo que disponer el alma a la fe, al amor y al culto espiritual. Impón al devoto una serie de observancias externas, sin importar cuán rigurosas y exigentes sean tus demandas, y todo se cumplirá puntual y servilmente, con una secreta sensación de satisfacción por que se le permita así hacer algo para obtener la aceptación y el favor de Dios.
Hay entre nosotros un gran aumento de la observancia ritualista. Contemplamos con asombro la inclinación de nuestro tiempo hacia las genuflexiones, las austeridades de la Cuaresma, la cuidadosa asistencia a oficios prolongados e incesantes, y todas las exigencias de un ritual severo. Personas que no dan en su carácter ni en su conducta prueba alguna de verdadera religión son de lo más escrupulosas en estos ritos religiosos externos. Hay jóvenes que acallan su conciencia por un día de profanación del día de reposo asistiendo a una celebración temprana. En muchos casos estas cosas son resurgimientos de antiguas costumbres babilónicas, que pasaron a la iglesia profesante en los peores y más oscuros días de su historia. Pero su resurgimiento pone de manifiesto los fuertes anhelos religiosos de la naturaleza humana y la fascinación que ejercen los ritos externos en lugar de las realidades interiores.
Pero las «viandas» nunca pueden afirmar la vida interior. El ritualista más ardiente tiene que confesar la sensación de insatisfacción e inquietud interior, mientras el alma está condenada a recorrer sin cesar el árido desierto de un formalismo agotador, donde no llega a los delicados pastos ni a las aguas de reposo. «Nunca aprovecharon a los que anduvieron en ellas».
Otro obstáculo para un corazón afirmado surge de la curiosidad que siempre corre en pos de doctrinas diversas y extrañas. En todas las épocas de la Iglesia, los hombres han tomado aspectos aislados de la verdad, desfigurándolos fuera de la armonía del Evangelio y llevándolos a excesos exagerados y peligrosos; y en cuanto una verdad cualquiera se contempla fuera de su lugar en el equilibrio del Evangelio, se convierte en herejía, y extravía a las almas con el engaño de las luces falsas que los saqueadores de naufragios agitan a lo largo de la playa. Y una vez que empezamos a seguir los caprichos y las ocurrencias de maestros humanos, aparte de la enseñanza del Espíritu de Dios, caemos en un estado inestable e inquieto, que es precisamente lo opuesto al corazón afirmado.
Solo hay un fundamento que nunca se tambalea, una condición que nunca cambia. «Buena cosa es afirmar el corazón en la gracia.» Ante todo, por supuesto, el corazón afirmado es don de Dios. «El que nos confirma con vosotros en Cristo es Dios». «El Señor te confirmará por pueblo suyo santo». «El Dios de toda gracia os perfeccione, confirme, corrobore y establezca». Necesitamos, pues, pedirle que nos dé un corazón afirmado en la gracia. Pero en este contexto se indican también ciertas condiciones que haremos bien en cumplir.
DEBEMOS ALIMENTARNOS DE CRISTO. La misma negación del versículo diez prueba que hay un altar del cual tenemos derecho a comer. No solo los judíos, sino también los cristianos, dan importancia al comer; pero, ¡ah, qué distinto es el alimento que compone su dieta! En aquel antiguo sistema del que estos cristianos hebreos acababan de salir, los sacerdotes comían una porción considerable de los sacrificios que el pueblo ofrecía sobre el altar de Dios. Este era su medio de sustento. En consideración a que estaban apartados por entero para el servicio divino y no tenían heredad en la tierra, «vivían del altar». Pero nosotros, que somos sacerdotes por un derecho más divino, hemos dejado atrás el tabernáculo, con su ritual y sus sacrificios, y no podemos alimentarnos de estas viandas externas sin traicionar la espiritualidad de la santa religión que profesamos.
Nuestro altar es la cruz. Nuestro sacrificio es el Salvador que muere. Nuestro alimento es comer su carne. «Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él comiere, no muera». «El pan es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo».
El comer consta de tres procesos: aprehensión, masticación y asimilación; y cada uno de ellos tiene su equivalente espiritual en ese alimentarse de Cristo que es la vida misma de nuestra vida. También nosotros debemos aprehenderlo mediante la lectura cuidadosa de la Palabra de Dios. La Palabra está en las palabras. Sus palabras son espíritu y son vida. No necesitamos estar leyéndolas siempre, como tampoco deberíamos estar comiendo siempre. Pero así como una buena comida sigue nutriéndonos mucho después de haberla tomado, e incluso cuando hemos dejado de pensar en ella, así un estudio prolongado y lleno de oración de la Palabra de Dios nutrirá nuestra alma durante mucho tiempo después.
También nosotros debemos cumplir el segundo proceso del comer meditando larga y reflexivamente en todo lo que la Palabra nos revela acerca de la persona y la obra del Señor Jesús. Solo cuando permitimos que nuestro corazón y nuestra mente se detengan pensativos en estos temas sagrados llegan a ser tan reales que nos nutren. Más vale leer menos y meditar más que leer mucho y meditar poco.
También nosotros debemos asimilar a Cristo, hasta que llegue a ser parte de nuestro mismo ser, y empecemos a vivir, mas no ya nosotros, porque Cristo vive en nosotros y se ha convertido en nuestra vida misma. Nuestro Señor dijo a sus discípulos que él vivía por el Padre; y dijo que, si deseaban vivir en ese mismo estado de dependencia de él, debían «comerlo» (Juan 6:57). En el caso de Cristo, su ser había alcanzado tal grado de unión con el de su Padre que verlo, oírlo o conocerlo era ver, oír y conocer a Dios. Y si tan solo pasáramos más tiempo a solas con él en una comunión amorosa y llena de oración, un gran cambio se produciría también en nosotros, y seríamos transformados a su semejanza en etapas sucesivas, de gloria en gloria.
A intervalos regulares nos reunimos en torno a la mesa del Señor para comer el pan y beber el vino. Pero nuestro alimentarnos de él debería ser tan frecuente como nuestras comidas ordinarias de cada día.
¿Por qué habríamos de alimentar el espíritu menos que el cuerpo? ¡Ay, cómo regalamos al segundo y matamos de hambre al primero, hasta perder el sentido del deseo! Echamos a perder el apetito alimentándolo con las golosinas empalagosas y los bocados de los sentidos. Nos contentamos con vivir como parásitos de los jugos de otros, en vez de adquirir alimento de primera mano por nosotros mismos. ¿Qué tiene de extraño que seamos llevados por doquiera de todo viento de doctrina y nos falte el corazón afirmado? Y quizá no habría nada mejor para todos nosotros, el pueblo cristiano, que un avivamiento del estudio de la Biblia, una nueva consagración de la hora de la mañana, y un mantenimiento regular y sistemático de tiempos de comunión prolongada con nuestro Maestro y Señor.
SI QUEREMOS ALIMENTARNOS DE CRISTO, DEBEMOS SALIR FUERA DEL CAMPAMENTO. En el solemne ritual del gran Día de la Expiación se ordenaba que los cuerpos de todas las víctimas que habían sufrido la muerte como sacrificios por el pecado, y cuya sangre había sido rociada delante del propiciatorio, fueran quemados fuera del campamento (Levítico 16:27). Y en esta misteriosa disposición probablemente se simbolizaban dos verdades: primero, que en el cumplimiento del tiempo Jesús, el verdadero sacrificio por el pecado del mundo, padecería fuera de la puerta de la ciudad; y segundo, que los hombres deben dejar atrás los principios y los ritos de los sistemas terrenales si quieren conocer toda la bienaventuranza de ser aceptados por Dios mediante el sacrificio de Cristo.
Si, pues, queremos tener a Jesús como nuestro alimento, nuestro gozo, nuestra vida, no debemos esperar encontrarlo en los campamentos que han levantado los hombres de este mundo. Debemos salir de todos ellos: del campamento de la religiosidad del mundo tanto como del de su sensualidad; de las tiendas de su formalismo y ritualismo, así como de las de su vanidad.
La norma de salir fuera del campamento es el único camino seguro para nosotros mismos, como es el único útil para el mundo mismo. Hay muchos que sostienen que la conducta más sabia es quedarse dentro del campamento, procurando elevar su moral. No se dan cuenta de que, si seguimos su consejo, tendremos que permanecer allí solos, porque nuestro Señor ya se ha ido. Ciertamente no es propio que encontremos un hogar donde él es expulsado. ¿Qué hay en nosotros que nos haga tan bienvenidos, cuando nuestro Maestro fue echado fuera a la suerte de los peores criminales? Además, no pasará mucho tiempo antes de que descubramos que, en vez de influir nosotros para bien en el campamento, la atmósfera del campamento nos contagiará con su mal. En vez de levantarlo nosotros a nuestro nivel, él nos rebajará al suyo.
El único principio para mover el mundo es imitar a Arquímedes y conseguir un punto de apoyo fuera de él. Todos los hombres que han dejado huella en la elevación de su tiempo se han visto obligados a unirse a la hueste peregrina que pasa constantemente por las puertas de la ciudad y se sitúa junto a la cruz en que murió Jesús. Al volver la vista a aquel lugar memorable, nos parece verlo lleno de los apóstoles, mártires, reformadores y profetas de todas las épocas, que nos invitan a unirnos a ellos. A nosotros nos toca decir si nos quedaremos entre el lujo y los encantos que nos atraen al campamento, o si nos atreveremos a tomar nuestra cruz y seguir a nuestro Maestro por la Vía Dolorosa, llevando su vituperio. ¡Ah, corazón joven, discípulo secreto, tú que vacilas entre dos opiniones, el resultado de tal elección no puede ser dudoso! Con el grito de Deus vult, te unirás a esta nueva cruzada y te pondrás al lado de Jesús, en el lugar de la cita, junto a su cruz.
SI SALIMOS FUERA DEL CAMPAMENTO, DEBEMOS LLEVAR SU VITUPERIO. Se cuenta del buen Charles Simeon, de Cambridge, que al comienzo de su carrera como clérigo evangélico en Cambridge se encontró con tan virulentos insultos y oposición que su espíritu parecía a punto de quedar aplastado. Volviéndose a la Palabra de Dios en busca de dirección y aliento, sus ojos se posaron en el siguiente pasaje: «Y saliendo, hallaron a un hombre de Cirene, que se llamaba Simón; a este obligaron a que llevase su cruz». La semejanza del nombre con el suyo lo detuvo, y se sintió movido a un nuevo valor al pensar en su comunión con los padecimientos de Jesús. Así sucede con todos nosotros. Si somos vituperados por el nombre de Jesús, bienaventurados somos; y debemos gozarnos en cuanto somos participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria nos gocemos con gran alegría.
¡Qué maravilloso es descubrir la estrechez de los lazos que nos unen a los santos del pasado! Cuando se nos vitupera por ser cristianos, sabemos algo de lo que sintió Moisés cuando en el palacio real de Egipto se burlaban de él por su origen hebreo; pero «tuvo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que todos los tesoros de Egipto, porque miraba a la remuneración».
PERO, MIENTRAS LLEVAMOS EL VITUPERIO DE CRISTO, ENCONTRAREMOS LA ÚNICA CIUDAD PERMANENTE. Es muy notable que, cuando nos arrancamos de la puerta de la ciudad y nos despedimos de lo que parecía ser un símbolo de las construcciones más duraderas de la permanencia terrenal, en realidad estamos saliendo de lo pasajero e irreal para llegar a ser ciudadanos de la única Ciudad duradera y permanente.
Las mayores ciudades de la grandeza humana no han permanecido. Babilonia, Nínive, Tebas, las poderosas ciudades de México: todas han pasado. Yacen sepultadas en montículos sobre los que la hierba crece exuberante, mientras las fieras se arrastran entre las ruinas desmoronadas del pasado. Pero, en medio de todo, se va levantando de edad en edad una estructura permanente, una Ciudad duradera, una confederación que se reúne en torno al Salvador inmutable y no tiene en sí elemento alguno de decadencia. ¿Vivimos lo suficiente en esta Ciudad en nuestra experiencia habitual? Es posible andar por sus calles de oro mientras caminamos con esfuerzo por las avenidas de las grandes ciudades de la tierra; mezclarnos con sus benditas compañías y participar de sus santos ejercicios, aunque en apariencia pasemos los días en oscuras oficinas de la ciudad y entre compañeros amantes del dinero. El verdadero peregrino hacia la Ciudad vive realmente en la Ciudad. No tardará mucho, y no será solo objeto de la fe y de la visión espiritual: se hará manifiesta. ¡Mira, ya viene, ya viene! La santa ciudad que desciende del cielo, de Dios, radiante con su luz, llena de cánticos, hogar de los santos, metrópoli de una tierra redimida, la Esposa del Cordero, para quien fue hecho el universo.
Capítulo 35 completado
El corazón afirmado