El camino al Lugar Santísimo
Las cosas inconmovibles

Capítulo 32 · 12 min de lectura · 15 min de escucha

Las cosas inconmovibles

Y esta frase: “Aún una vez”, indica la remoción de las cosas movibles, como de cosas hechas, para que queden las inconmovibles.» —Hebreos 12:27.

¡Cuánta majestad hay en estas palabras! Llevan el sello de acuñación de la Deidad. Ningún hombre podría atreverse a pronunciarlas; pero son dignas del augusto orador. Su marco original es aún más magnífico, tal como las hallamos en el libro de Hageo: «Así dice el Señor de los ejércitos: Aún una vez, de aquí a poco, haré yo temblar los cielos y la tierra, y el mar y la tierra seca; y haré temblar a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las naciones».

Estas palabras se pronunciaron primero para alentar a los desterrados judíos a su regreso de Babilonia a su templo y su ciudad en ruinas. Los ancianos lloraban al pensar en las glorias desaparecidas de días anteriores, y Dios los consoló, como se complace en consolar a los abatidos. «Consolaos», les dijo en efecto, «se acerca una crisis que probará y derribará todas las estructuras materiales; y en esa convulsión la forma exterior pasará, por hermosa y costosa que sea, mientras que la gloria interior y escondida se hará más evidente que nunca; más aún, en medio de todos los ruidos de ruina y de cambio, vendrá el Deseado de todas las naciones, la sustancia de la cual estos objetos materiales no son más que la anticipación pasajera e incompleta».

Estos cristianos hebreos vivían en medio de una gran sacudida. Era un tiempo de prueba casi universal. Dios estaba sacudiendo no solo la tierra, sino también el cielo. La posesión judía de Palestina estaba siendo sacudida por los romanos, que la reclamaban como conquista suya. La interpretación que los rabinos daban a la Palabra de Dios estaba siendo sacudida por la nueva luz que habían traído las palabras, la vida y la muerte de Jesús. La supremacía del templo y de su ritual estaba siendo sacudida por quienes enseñaban que el verdadero templo era la Iglesia cristiana y que todos los sacrificios levíticos se habían cumplido en Cristo. La observancia del sábado estaba siendo sacudida por quienes deseaban sustituirla por el primer día de la semana.

Los primeros síntomas de esta sacudida comenzaron cuando Jesús empezó a enseñar y a predicar en las populosas ciudades de Palestina, y todo el pueblo se agolpaba en torno a él. Las sucesivas convulsiones se hicieron más evidentes cuando los dirigentes judíos procuraron silenciar a los apóstoles y detener el avance de la Iglesia. El libro de los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas están llenos de pruebas de la intensidad de aquella revolución, que debió de hacer temblar a muchas personas piadosas por el arca de Dios. Y el punto culminante de todo llegó con el terrible sitio de Jerusalén, cuando, de una vez para siempre, el sistema judío quedó hecho pedazos, el templo fue incendiado, los vasos que quedaban fueron hundidos en el Tíber, y los judíos fueron expulsados de la ciudad que era absolutamente indispensable para la celebración de sus ritos religiosos. Todo el Nuevo Testamento es testigo de las convulsiones de una de las más poderosas revoluciones espirituales que jamás hayan ocurrido, tan grande en la esfera espiritual como lo fue la Revolución francesa en la temporal.

Fue en medio de estos fuegos donde se escribió esta epístola. «¡Ánimo!», dice el escritor inspirado; «estas sacudidas vienen de la mano de Dios». Escucha sus propias palabras: Yo conmoveré. Y no durarán para siempre: aún esta vez; ni dañarán nada que tenga valor y verdad eternos. Él sacude todas las cosas para que lo material, lo sensible y lo temporal pasen, dejando que lo esencial y eterno se destaque con una belleza mayor que la de antes. Pero ni un grano de metal puro se perderá en los fuegos; ni un fragmento de la obra de cantería del cielo se desmoronará bajo el golpe.

En un tiempo así vivimos ahora. Todo está siendo sacudido y probado. Pero en todo ello hay un propósito divino: que su verdad eterna se destaque con más claridad y de modo inconfundible cuando todas las tradiciones y añadiduras humanas hayan caído, incapaces de resistir la fuerza del golpe. ¿Y quién lamentará esto con demasiada amargura? ¿Quién llorará porque los vientos despojan a los árboles de sus viejas hojas muertas, con tal de que el nuevo verdor de la primavera pueda mostrarse? ¿Quién se lamentará de que el golpe fuerte haga añicos el molde, con tal de que la imagen perfecta aparezca en completa simetría? ¿Quién se afligirá por el paso del cielo y de la tierra si, al deshacerse, revelan debajo de ellos la belleza imperecedera de los cielos nuevos y la tierra nueva, en los cuales mora la justicia?

LOS SISTEMAS TEOLÓGICOS ESTÁN SIENDO SACUDIDOS. Hubo un tiempo en que los hombres recibían sus creencias teológicas de sus maestros, de sus padres o de su Iglesia sin una palabra de duda ni de controversia. No había quien moviese ala, ni abriese boca, ni piase. Ya no es así; el aire está lleno de interrogantes. Los hombres echan al crisol toda doctrina que nuestros antepasados tenían por preciosa. No se muestra veneración alguna por los credos consagrados por el tiempo, ni por las distinciones teológicas, ni por las fórmulas doctrinales. Los temas más elevados, como la naturaleza de la expiación, la necesidad de la regeneración y la duración del castigo futuro, se critican en la prensa pública.

Muchos hijos de Dios están muy angustiados por esto y temen por la verdad del evangelio. Hablan como si en el conflicto no hubiera otros agentes que los de nacimiento mortal. Pierden de vista lo eterno que está en juego y las fuerzas invisibles que intervienen en el conflicto. ¿Es probable que Dios permita que su precioso evangelio sea eclipsado o despojado de todos sus elementos esenciales? ¿Lo ha mantenido íntegro durante todos estos siglos, y ahora se ha vuelto de repente como valiente que no puede salvar? Cuando en el siglo XVI parecía que la doctrina evangélica se había extinguido en el mundo, porque solo sobrevivía entre algunos santos humildes y oscuros, él levantó a un hombre que hizo retroceder las mareas del error y alzó una vez más el estandarte de la verdad del evangelio; ¿y no puede hacerlo de nuevo?

En estas terribles sacudidas no perecerá ni una jota ni una tilde de la Palabra de Dios; no caerá a tierra ni un grano de verdad; no será removida ni una piedra de la fortaleza. Pero se permite que vengan, en parte para probar la paja y el trigo como un aventador, pero sobre todo para que todo lo temporal y pasajero desaparezca, mientras la sencilla verdad de Dios se hace más evidente y resplandece, sin que la oculten los andamios y escombros con que los constructores han oscurecido su simetría y su belleza. «Las cosas inconmovibles permanecerán.

LOS SISTEMAS ECLESIÁSTICOS ESTÁN SIENDO SACUDIDOS. No basta con que un sistema religioso exista; se le exige, con cierta rudeza, que demuestre por qué debe seguir existiendo. El espíritu de la época es utilitario, y se resiste a considerar cualquier súplica de clemencia que no se base en una prueba clara de servicios prestados a sus apremiantes necesidades.

Las señales de esto son sobradamente evidentes. Ahora se propone la separación de la Iglesia y el Estado, propuesta que llena de horror a quienes consideran la Iglesia oficial necesaria para el mantenimiento del cristianismo entre nosotros. A los maestros de religión se les exige que justifiquen por qué asumen su oficio o reclaman prerrogativas especiales. Los métodos de trabajo están siendo pesados en la balanza; los planes misioneros, criticados con dureza; los servicios religiosos, transformados. El cambio amenaza las costumbres más venerables; y todo esto es muy angustioso para quienes han confundido la esencia con la forma, la joya con el estuche, el espíritu con el templo en que habita. Pero no temamos. Todo esto se permite con los fines más sabios. Hay mucha madera, heno y hojarasca en todas nuestras estructuras que necesita ser quemada; pero ni una onza de oro o de plata será destruida jamás. Las olas podrán arrancar el alga que se ha adherido al muro del puerto, pero no lograrán mover una sola de las piedras que lo forman. La sencillez de la vida de la Iglesia primitiva ha quedado sin duda cubierta por muchas añadiduras que estorban el avance de la Iglesia e impiden su obra; y bien podemos saludar cualquier visitación, por drástica que sea, que la deje libre. Pero la Iglesia misma está fundada sobre una roca, y las puertas del infierno nunca prevalecerán contra ella.

Bien le fue a la Iglesia de Cristo cuando los días de persecución pesaban duramente sobre ella. Nunca fue tan pura ni tan poderosa espiritualmente como entonces. Y si alguna vez se permitiera que volvieran tales días, y Dios sacudiera su edificio con los fieros torbellinos del martirio, no habría motivo de ansiedad. Los oportunistas, los que solo profesan la fe, las criaturas de la moda quedarían al descubierto; pero los que hubieran experimentado la obra de Dios en su alma perseverarían hasta el fin, y su verdadero carácter se pondría de manifiesto. «Las cosas inconmovibles permanecerán.»

NUESTRO CARÁCTER Y NUESTRA VIDA ESTÁN SIENDO SACUDIDOS CONSTANTEMENTE. ¡Qué sacudida nos dio aquel sermón que mostró que todas nuestras justicias, en las que tan ingenuamente confiábamos, no eran más que hojas marchitas! ¡Qué sacudida fue aquel desastre comercial que barrió de un golpe los ahorros y el crédito de años, que absorbían el corazón, y nos dejó solo lo que teníamos de valor espiritual! ¡Qué sacudida fue aquella tentación que mostró que nuestra supuesta impecabilidad era un sueño vacío, y que éramos tan sensibles a la tentación como aquellos ante quienes nos habíamos jactado!

¿Cuál ha sido el resultado final de todas estas sacudidas? ¿Ha perecido un solo cabello de nuestra cabeza? El viejo hombre ha perecido; pero el hombre interior se ha renovado de día en día. Cuanto más se ha desgastado el mármol, más ha crecido la estatua. A medida que se han derribado las cimbras de madera, la sólida obra de cantería se ha destacado con creciente perfección. «Las cosas inconmovibles han permanecido.»

«Sigue adelante, gran Espíritu de Dios: sacude con tus terremotos aún más violentamente este carácter nuestro, para que todo lo que no es de ti, sino de nosotros, y por tanto falso y egoísta, sea revelado y derribado, a fin de que aprendamos cuáles son nuestras verdaderas posesiones. Y al verlas salvadas para nosotros del naufragio general, sabremos que, habiéndonoslas dado tú mismo, han de participar de tu propia permanencia y eternidad. Enséñanos lo peor de nosotros mismos, para que aprendamos a apreciar lo mejor tuyo.» A lo sumo, estas sacudidas son temporales. «Solo esta vez», ¡hijo de Dios! ¡Y después, nunca más!

HAY UNAS POCAS COSAS INCONMOVIBLES. La Palabra de Dios. El cielo y la tierra podrán pasar; pero la Palabra de Dios, ¡jamás! Toda carne es como la hierba, y toda la gloria del hombre —sus opiniones, sus pretensiones, su pompa y su orgullo— como la flor de la hierba, hermosa pero efímera; pero la palabra del Señor permanece para siempre, y esta es la palabra que por el evangelio se está anunciando. No temamos a la crítica moderna; no puede robarnos ni una jota ni una tilde de la verdad de Dios. La Escritura se la sacudirá de encima, como el apóstol sacudió la víbora que se le prendió en la mano, y ningún mal padeció.

El amor de Dios. El amor de nuestros amigos puede ser sacudido por un rumor, un momento de descuido, un cambio en nuestra situación; pero el amor de Dios es como él mismo, inmutable. Ninguna tormenta puede elevarse lo bastante para tocar el empíreo de su amor. Él nunca empezó a amarnos por algo que hubiera en nosotros, ni dejará de amarnos por lo que descubra que somos. El amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro, es inexpugnable ante el cambio o el golpe.

El reino eterno de Dios. «Recibimos un reino inconmovible.» En medio de todas nuestras revoluciones y cambios políticos, ese reino está viniendo. Va tomando cuerpo, forma y poder. Ahora está en misterio, pero pronto será revelado. Y no puede ser alcanzado por ningún ataque repentino ni por ninguna revuelta de la pasión humana. «El Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido.»

Contemos nuestros tesoros inalienables e imperecederos; y aunque a nuestro alrededor haya el terror de las tinieblas o la pestilencia del mediodía, seremos guardados en completa paz; como cuando algún pequeño soberano contempla con serenidad a la turba que se levanta para saquear su palacio, porque hace mucho tiempo envió todos sus tesoros a guardar en las sólidas bóvedas del Banco de Inglaterra.

Este mundo de cambios y terremotos no es nuestro reposo ni nuestro hogar. Estos nos esperan donde Dios vive, en la ciudad que tiene fundamentos, y en la tierra donde la tormenta no ruge, sino que el mar de vidrio reposa en paz al pie del trono de Dios. Bien podemos armarnos de fortaleza y paciencia, de reverencia y temor piadoso, pues tenemos en nosotros y allá arriba aquello que participa de la naturaleza de Dios, y ni el tiempo ladrón puede robarlo, ni la polilla corromperlo, ni el cambio afectarlo.

Es desde un espíritu así como podemos ofrecer un servicio que agrade a Dios. Con demasiada frecuencia hay una presunción, una vanagloria, una energía de la carne que deben de resultar sumamente reprobables a sus ojos santos y amorosos. Participa tanto de la inquietud y el roce del mundo que nos rodea. Pero cuando respiramos el Espíritu del Eterno e Infinito, nuestra mano se vuelve más firme, nuestro corazón más sereno, y aprendemos a recibir su gracia. No agonizamos por ella; la reclamamos y la usamos, y servimos a Dios agradándole, por los méritos de Jesucristo nuestro Señor.

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