Capítulo 31 · 9 min de lectura · 12 min de escucha
Sinaí y Sión
«Os habéis llegado al monte de Sión, y a la ciudad del Dios vivo, . . . y a la compañía de muchos millares de ángeles; a la asamblea general y congregación de los primogénitos; . . y a Dios el Juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos perfectos, y a Jesús; y a la sangre rociada, que habla mejor que la de Abel.» —Hebreos 12:22-24.
¡A cuánto esplendor se habían acostumbrado estos cristianos hebreos: atrios de mármol, multitudes de levitas vestidos de blanco, espléndidas vestiduras, la majestad y la pompa del símbolo, del ceremonial y del salmo coral! ¡Y a qué contraste se veían ahora reducidos: una reunión en alguna sala o escuela, con los miembros pobres, afligidos y perseguidos de una secta despreciada y aborrecida! Era, en verdad, un gran cambio, y el escritor inspirado lo sabía bien; y en estas magníficas palabras, sublime remate y corona de todo su argumento, se propone demostrar que, por cada una de las cosas a las que habían renunciado, habían entrado en posesión de una contrapartida espiritual, una realidad, una sustancia eterna, que era una compensación mil veces mayor.
«Os habéis llegado.» Se niega a admitir la idea de que se trate de una experiencia futura, reservada para algún gran día en que los atrios celestiales se llenen con las multitudes de espíritus redimidos y glorificados. Que habrá grandes días de sagrada fiesta en aquel estado bienaventurado se desprende claramente del Apocalipsis del amado apóstol. Pero a ninguno de ellos aluden estas palabras. Fíjate en ese tiempo presente: «Os habéis llegado». Perseguidos, cansados, humillados, estos cristianos hebreos ya habían llegado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo y a las multitudes festivas de los redimidos. Que no los vieran con los ojos ni pudieran tocarlos con la mano de los sentidos no era razón para dudar de que habían llegado a estas gloriosas realidades. Y lo que era verdad de ellos es verdad de cada lector de estas líneas que está unido al Señor Jesús por una fe viva.
PERTENECEMOS AL MONTE DE SIÓN. «No os habéis llegado al monte que se podía tocar, y al fuego encendido, . . . mas os habéis llegado al monte de Sión.» Al conjuro de estas dos palabras se alzan ante nosotros dos montes. Primero, el Sinaí, severo y desnudo, hendido por la tempestad, partido por el terremoto, centro y foco de los vastos pasos de arenisca que condujeron a la hueste peregrina, etapa tras etapa, hasta que se detuvo a su pie.
Pero, por grandioso que fuera el Sinaí por naturaleza, debió de serlo mucho más en aquel día memorable en que todos los elementos del terror parecían converger. Allí estaba el destello del rayo zigzagueante que salía de la negrura de las nubes amenazantes. Allí estaba la oscuridad de la medianoche; el estruendo del trueno, cuyas reverberaciones corrían en oleadas de sonido por aquellos corredores resonantes; el torbellino de la tempestad, y la voz de las palabras que ellos rogaron no oír más. Y todo se hizo para enseñar al pueblo la majestad, la espiritualidad y la santidad de Dios. El resultado fue el terror, clavado en el corazón de los pecadores, que temblaban ante el contraste entre la grandeza y santidad de Dios y el recuerdo de sus propias murmuraciones y faltas. Aun Moisés dijo: «Estoy asombrado y temblando».
En contraste con esto se alza el monte de Sión, la vieja roca gris sobre la que se levantaban el palacio de David y el templo de Dios, lugares sagrados para el pensamiento judío por sus santos recuerdos y sus vínculos divinos. «El Señor ha elegido a Sión; la quiso por habitación para sí. Este es mi reposo para siempre; aquí habitaré, porque la he querido.» Para el judío piadoso, el monte de Sión era el gozo de toda la tierra, el monte de santidad, la ciudad del gran Rey. Sus palacios, grises por los años, eran conocidos como la morada y el lugar predilecto de Dios. El solo aspecto de sus cerros venerables debía sembrar el pánico en el corazón de sus enemigos. Y sus hijos andaban orgullosos alrededor de sus murallas, contando sus torres, considerando sus baluartes, mirando sus palacios, mientras los padres contaban a sus hijos las historias de su gloria que ellos también habían recibido en su niñez (Salmo 48).
La contrapartida de esta ciudad sigue siendo nuestra, nuestra para siempre. La aureola de gloria se ha desvanecido de aquellas piedras antiguas y ha pasado a reposar sobre la verdadera ciudad de Dios, cuyos cimientos son Justicia, sus muros Paz y sus puertas Alabanza; que se alza más allá de las brumas y las nubes del tiempo, en la luz que no brilla del sol ni de la luna, sino del rostro de Dios. En otras palabras, en algún lugar de este universo hay una santa sociedad de almas, puras y amables, la flor de la familia humana, reunidas en un hogar que la mano del hombre nunca levantó y que el pecado del hombre nunca manchó. Sus muros son de jaspe; sus puertas, de perlas. En ella no puede entrar nada que contamine, o que haga abominación y mentira.
Los patriarcas vislumbraron esa ciudad en su peregrinación; brillaba ante su vista, llamándolos siempre hacia adelante y prohibiéndoles volver a la tierra de donde habían salido. Y el vidente de Patmos la contempló descendiendo del cielo, de Dios, bañada en la gloria divina.
A esa ciudad hemos llegado. Ha descendido a nuestro corazón; día tras día andamos por sus calles; vivimos en su luz, respiramos su atmósfera, gozamos de sus derechos. No tenemos en nuestra experiencia nada que corresponda al monte Sinaí, con su trueno y su terror; pero, gracias a Dios, tenemos la realidad del monte de Sión, con sus benditos y santos privilegios. El Sinaí es la ley, temporal e intermedia; Sión, el evangelio, eterno y permanente. El Sinaí está lleno de resoluciones y votos humanos, hechos para ser quebrantados; Sión es la elección de gracia. El Sinaí es terrible con el trueno de la ley; Sión es tierna con los ruegos del amor del corazón de Dios.
PERTENECEMOS A UNA GRAN MULTITUD FESTIVA. El judío convertido podía echar de menos las vastas multitudes que se reunían en las fiestas anuales, cuando subían las tribus del Señor, mientras parientes y conocidos se comunicaban dulcemente sus secretos al andar juntos hacia la casa de Dios. Pero, para los ojos abiertos de la fe, las salas donde se arrodillaban para adorar estaban tan llenas de multitudes resplandecientes y festivas como el monte de antaño lo estuvo de caballos y carros de fuego. Y estas son también para nosotros.
Hay una compañía de muchos millares de ángeles. Miríadas. Millares de millares sirven a nuestro Señor; millones de millones están delante de él. Por eso, cuando el alma piadosa sube las gradas del altar de la verdadera devoción, atraviesa una vasta hueste de espíritus afines, todos consagrados al mismo Maestro y unidos en el mismo acto de adoración. ¡Escucha! ¿No oyes la voz de muchos ángeles alrededor del trono cuando te acercas?
Está también la asamblea general y congregación de los primogénitos. Nos encontramos con la Iglesia de los redimidos cada vez que adoramos a Dios con sinceridad. Puede que pertenezcamos a alguna pequeña sección de la Iglesia visible, no reconocida y desconocida por la gran mayoría de nuestros hermanos en la fe. Puede que estemos aislados de toda comunión y trato exterior con los santos, presos en el cuarto del enfermo o desterrados por voluntad propia a algún lugar solitario por causa del evangelio; pero nada puede excluirnos de la comunión viva con almas santas de todas las comuniones y sectas y denominaciones y nombres.
Puede que tu nombre no esté escrito en ninguna lista de comulgantes ni en ningún registro de iglesia. Pero ¿está escrito en el libro de la vida del Cordero, en el cielo? Si es así, ¡gózate! Esto es más importante que si los espíritus se te sujetaran. Y recuerda que, siempre que adoras a Dios, estás subiendo las gradas del verdadero templo en compañía de vastas huestes de almas, ya sea de este lado o del otro del velo de los sentidos. Ni la vida ni la muerte, ni el rito ni el orden eclesiástico pueden separar a quienes, por ser uno con Cristo, son para siempre uno los unos con los otros.
Están también los espíritus de los justos hechos perfectos. Si la frase anterior habla más bien de los creyentes del Nuevo Testamento, esta puede entenderse como una descripción de los santos del Antiguo Testamento. O bien, si la una designa a los que aún sirven a Dios en la tierra, la otra probablemente se refiere a los que han pasado a la presencia de Dios y han alcanzado su consumación y su dicha.
¿Quién puede sentirse solo y desolado, quién puede lamentar el pasado, quién puede menospreciar el presente, una vez que el espíritu es capaz de percibir esa compañía gozosa, en la tierra y en el cielo, que gira alrededor del Salvador como los planetas alrededor del sol central y le envía mareas y torrentes de amor y adoración? Sí, ¿quién puede dejar de cantar cuando el oído percibe las poderosas armonías de toda criatura que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, diciendo: «Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la bendición, y la honra, y la gloria, y el poder, para siempre jamás»?
HEMOS LLEGADO A LA SANGRE DE JESÚS. No nos atreveríamos a acercarnos al augusto Juez de todos si no fuera por el Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo el justo. Ni él serviría para la obra a la que fue escogido si no hubiera derramado su preciosísima sangre, que ha ratificado el nuevo pacto, ha lavado nuestros pecados y ahora sigue siendo siempre eficaz para purificarnos de mala conciencia, quitando cada mancha de culpa tan pronto como el alma confiesa y busca el perdón, con lágrimas de arrepentimiento y palabras de fe.
Habla mejor que la de Abel. Aquella fue sangre de martirio; esta, de sacrificio. Aquella maldecía, al clamar desde la tierra; esta solo implora misericordia. Aquella denunciaba ira; esta proclama un amor que reconcilia. Aquella trajo un castigo que marcó al asesino; esta desemboca en salvación. Aquella era para muerte; esta es para vida.
Toda sangre tiene un clamor. Escucha el clamor de la sangre de Jesús. Habla al hombre de parte de Dios. Habla a Dios en favor del hombre. Nos dice que no hay condenación, ni ira, ni juicio, porque la tormenta estalló y se agotó en el Calvario. Y cuando vamos a nuestro Padre, intercede por nosotros desde las heridas del Cordero como inmolado.
¡Oh, sangre preciosa! Si eres mejor que la de Abel, ¡cuánto mejor que toda la sangre de todas las bestias jamás sacrificadas, que todos los sacrificios jamás ofrecidos, que todas las lágrimas u oraciones jamás presentadas en la fuerza de la virtud humana! No podemos, no queremos rechazarte, ni apartarnos de tu clamor suplicante, ni desechar a aquel que una vez habló desde la cruz y ahora habla desde el cielo.
Capítulo 31 completado
Sinaí y Sión