El camino al Lugar Santísimo
Despojarse para la carrera

Capítulo 28 · 14 min de lectura · 18 min de escucha

Despojarse para la carrera

«Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe». Hebreos 12:1, 2.

CUANDO, en su campaña de Egipto, el emperador Napoleón conducía a sus tropas por las inmediaciones de las Pirámides, señaló aquellos venerables restos de una remota antigüedad y dijo: «¡Soldados, cuarenta siglos os contemplan!». De modo semejante, en el capítulo anterior han desfilado ante nuestro pensamiento los buenos y los grandes, los mártires, los confesores, los profetas y los reyes del pasado. Se nos ha conducido por las galerías del mausoleo divino, y se nos ha invitado a leer los nombres y epitafios de aquellos de quienes Dios no se avergonzó. Hemos sentido fortalecerse nuestra fe al leer y meditar ese registro que tanto inspira; y ahora, con un solo trazo, esas almas santas aparecen como si hubieran pasado de la arena a las gradas atestadas, desde donde observan la carrera que nosotros recorremos hoy. Fueron testigos de la necesidad, la naturaleza y el poder de la fe. Son también testigos de nuestra vida y nuestras luchas, de nuestras victorias y derrotas, de nuestro pasado y nuestro presente.

Y se los compara con una nube. Uno de los cuadros más hermosos del mundo es la Madonna Sixtina de Dresde, que representa al Salvador niño en brazos de su madre, rodeado de nubes que no llamaron especialmente la atención hasta hace poco; pero cuando se quitó el polvo acumulado durante siglos, se descubrió que estaban formadas por miríadas de rostros de ángeles. Sin duda este es el pensamiento del escritor inspirado cuando habla de «tan grande nube de testigos».

En algunos de los anfiteatros más espaciosos de la antigüedad, los espectadores se elevaban grada sobre grada hasta sumar cuarenta o cincuenta mil; y al combatiente que paseaba la mirada por aquella vasta multitud de rostros humanos, engastada en un colorido variado y espléndido, esas inmensas congregaciones de su raza debieron de parecerle nubes, compuestas de unidades infinitesimales, pero que formaban todas un solo y poderoso conjunto, bañado en los matices que el sol, a ras del horizonte, derrama sobre las nubes al amanecer o al ponerse.

Si hasta entonces aquellos cristianos hebreos habían vacilado y se sentían inclinados a abandonar su fervor, sin duda se sintieron extrañamente conmovidos y avivados al pensar que vivían bajo la atenta mirada de los espíritus de los grandes que habían muerto. A nosotros también se aplica la misma exhortación.

LA VELOCIDAD DE LA VIDA CRISTIANA. «Corramos». No debemos quedarnos sentados para que la corriente nos lleve. No debemos entretenernos y rezagarnos como niños que vuelven de un paseo de verano. Ni siquiera debemos caminar como hombres de paso mesurado. Debemos correr. Y no se trata solo de correr como quienes doblan el paso hasta un trote cómodo; debemos correr como hombres que corren una carrera. La idea de una carrera suele ser la de competencia; aquí es solo concentración de propósito, unidad de objetivo, intensidad.

Una vida tomada en serio: esa es la idea. ¡Pero qué lejos parecemos estar de ella! ¡Y qué contraste hay entre nuestro empeño en todo lo demás y nuestra devoción a Dios y a los hombres! Estamos muy dispuestos a sumarnos a la carrera de la competencia comercial, a la carrera por la riqueza, a la acalorada discusión política y, en la vida social, a la búsqueda del placer; pero, ¡ay!, ¡qué pronto aflojamos cuando se trata de cuánto estamos dispuestos a hacer por Dios! ¡Con qué empeño trabajan los hombres a nuestro alrededor! Newton, inclinado sobre sus problemas hasta que el viento de medianoche esparce sobre sus páginas las cenizas de su fuego, apagado hacía mucho. Reynolds, sentado ante su lienzo, pincel en mano, durante treinta y seis horas seguidas, llamando a la vida formas de belleza que parecían contentas de acudir. Dryden, componiendo en una sola quincena su Oda para el día de Santa Cecilia. Buffon, arrancado de su amado sueño para volver a sus estudios, más amados aún. Y el biógrafo que relata estos rasgos, levantándose él mismo con el alba para atender a las exigencias de su cargo.

En un mundo como este, y con un tema como el nuestro, no deberíamos ser lánguidos ni indolentes, sino entregados, ávidos, consumidos por un santo amor a Dios y por una pasión por las almas de los hombres. Entonces progresaríamos en el conocimiento de la Palabra de Dios y haríamos nuestras las palabras de uno de los mayores atletas espirituales que jamás hayan vivido: «Una cosa hago… prosigo al blanco, al premio de la soberana vocación en Cristo Jesús».

DEBEMOS CORRER LIBRES DE PESOS. Esta velocidad solo puede mantenerse si corremos libres y sin estorbos. Desde luego, todos admitiríamos la necesidad de despojarnos de los pecados; pero en la vida de todos hay pesos que no son pecados. Un pecado es aquello que, por su misma naturaleza, siempre y quienquiera que lo cometa, es una transgresión de la ley de Dios, una violación de la voluntad de Dios. Pero un peso es algo que, en sí mismo o para otro, puede ser inofensivo y aun legítimo, pero que en nuestro caso es un estorbo y un impedimento.

Hay que dejar que cada creyente decida cuál es su propio peso. No podemos juzgarnos unos a otros. Lo que es un peso para uno no lo es para todos. Pero el Espíritu Santo, si se le consulta y se le pide que revele lo que estorba el fervor y la rapidez del avance del alma en las cosas divinas, no dejará de señalarlo con prontitud e infalibilidad. Y esta es la excelencia de la enseñanza del Espíritu Santo: siempre es precisa. Si tienes una sensación general e indefinida de desaliento, probablemente es obra del gran enemigo de las almas; pero si eres consciente de un estorbo concreto, de una carga que frena tu marcha, casi con seguridad es obra del Espíritu divino, que te está llevando a renunciar a algo que retrasa tu progreso en la vida espiritual.

A nadie se le ocurriría mantener una gran velocidad cargado de pesos. Los muchachos que corren por un premio dejan la pista sembrada de prendas que arrojan en su ansiosa prisa. Poco nos costaría mantener un espíritu intenso y ardiente si fuéramos más fieles en tratar con los hábitos y las complacencias que se nos adhieren y estorban nuestros pasos. Miles de cristianos son como barcos anegados. No pueden hundirse; pero están tan empapados de incoherencias, de mundanalidad y de males consentidos que solo con dificultad pueden ser remolcados hasta el puerto celestial.

¿Hay algo en tu vida que disipe tu energía y la aparte de las cosas santas, que te quite las ganas de orar y de estudiar la Biblia, que se alce ante ti en tus mejores momentos y te produzca una sensación general de inquietud y desasosiego? ¿Algo que otros consideran inofensivo y se permiten, en lo que tú antes no veías motivo de preocupación, pero que ahora miras con un sentimiento de condenación propia? Es muy probable que sea un peso».

¿Hay algo dentro del círculo de tu conciencia acerca de lo cual tengas que discutir contigo mismo, o que no te interese investigar, y que tratas como el quebrado trata los libros de cuentas en los que no tiene ningún deseo de entrar, o como el devoto del placer trata los primeros síntomas de una vitalidad que decae y que procura ocultarse a sí mismo? Con mucha frecuencia nos permitimos cosas que seríamos los primeros en condenar en otros. A menudo nos sorprendemos buscando razones ingeniosas por las que cierta conducta, que sería mala en otros, resulta justificable en nosotros. Todas esas cosas pueden considerarse pesos. Puede ser una amistad que absorbe demasiado; un hábito que va minando nuestra energía como la raíz pivotante agota la capacidad de un árbol de dar fruto; una ocupación, una diversión, un pasatiempo, un modo de leer, una manera de emplear el tiempo, demasiado fascinante y absorbente y, por tanto, dañino para el alma, que se ve tentada a caminar cuando debería correr, y a entretenerse cuando debería apresurarse.

Pero, preguntas, ¿no es señal de debilidad, y no conducirá a la debilidad, estar siempre renunciando a estas y otras cosas semejantes? Sin duda, exclamas, la vida quedará empobrecida y estéril si se la despoja así de sus cosas preciosas. No es así. Es imposible renunciar a algo por mandato de la vida interior sin añadir inmensamente a su fuerza; porque crece con la entrega y se fortalece con el sacrificio. Y por cada objeto indigno que se abandona sigue un enriquecimiento inmediato del espíritu, que es la compensación suficiente e invariable. El atleta renuncia gustoso a mucho de lo que otros hombres valoran, y que a él mismo le resulta agradable, porque su mente está fija en el premio; y considera que todas las penalidades del entrenamiento quedarán ampliamente recompensadas si se le permite llevárselo, aunque sea un cinturón que nunca se pondrá o una copa que nunca usará. ¡Con cuánta mayor alegría deberíamos estar dispuestos a renunciar a todo lo que estorba nuestro avance, no por la baratija incierta del atleta, sino por la recompensa segura, la corona incorruptible, la sonrisa y el «bien hecho» de nuestro Señor!

Hay un antiguo cuadro holandés de un niño pequeño que deja caer de sus manos un juguete muy querido; a primera vista su gesto parece incomprensible, hasta que, en una esquina del cuadro, la mirada descubre una paloma blanca que vuela hacia aquellas manos vacías y extendidas. Del mismo modo, estamos dispuestos a renunciar a mucho en cuanto vislumbramos las adquisiciones espirituales que nos llaman. Y este es el verdadero camino para llegar a la consagración y la entrega. No te detengas nunca en el lado de lo que se deja, sino en el lado de lo que se recibe . Ten presente el significado de la antigua palabra hebrea para consagración: llenar la mano. No costará mucho conseguir que los hombres vacíen sus manos de madera, heno y hojarasca, si ven que tienen la posibilidad de llenarlas con los tesoros que resplandecen en el rostro o en la vida de otros, o que los llaman desde las páginas de la Escritura. El mundo nos compadece, porque solo ve lo que dejamos; pero retendría su compasión si pudiera ver también cuánto recibimos: «medida buena, apretada y rebosando», dada en nuestro seno.

DEBEMOS DESPOJARNOS DEL PECADO QUE NOS ASEDIA. «Despojémonos del pecado que nos asedia» (según la Versión Revisada inglesa, «que tan de cerca se nos adhiere»). Citamos a menudo estas palabras; ninguna frase de la Biblia está con más frecuencia en nuestros labios; pero ¿no las citamos mal al separarlas de su contexto? Deberíamos leerlas como parte del gran argumento que recorre el capítulo anterior, del cual son la culminación y el brillante clímax. Ese argumento ha estado dedicado al tema de la fe. Se han aducido caso tras caso las hazañas de los héroes de la historia hebrea, y se ha mostrado que en cada uno la fe fue el motivo secreto y el poder suficiente. La estrecha conexión entre aquel ardiente panegírico y las palabras con que se abre el capítulo siguiente se muestra en las palabras «Por tanto», que desafían incluso la caprichosa intromisión de la división en capítulos que nos impone nuestra versión. Y sin duda lo más natural es sostener que el pecado que tan de cerca se nos adhiere no es otro que el pecado de la incredulidad, el polo opuesto de la fe tan altamente alabada.

Si esa exégesis es correcta, arroja nueva luz sobre la incredulidad. Ya no es una flaqueza: es un pecado. A veces los hombres llevan consigo sus dudas como los mendigos llevan a un niño deforme o enfermizo, para despertar la compasión de los caritativos. Pero sin duda hay una clase de incredulidad que no merece compasión, sino reprensión. Es pecado, y necesita que se arrepienta uno de él como pecado, que se le resista como pecado y que reciba, como pecado, la purificación de Cristo.

La incredulidad puede, como en el caso de Tomás, nacer de dificultades intelectuales o de temperamento. Pero estas no llevarán al alma a jactarse de superar a otros en discernimiento, ni a abandonar la compañía de otros de temperamento más dichoso, ni, sobre todo, a dejar la costumbre de la oración secreta. Más bien producirán una disposición de ánimo del todo opuesta a ese espíritu arrogante y seguro de sí que tanto prevalece entre los incrédulos de nuestro tiempo.

Pero mucha incredulidad nace de causas morales. El alma deja de estar a bien con Dios, y dice que no está segura de que haya un Dios. Se deja que las ventanas se cubran de mugre, y luego se duda de que el sol esté brillando. Las facultades de la vida interior se atascan por el descuido y se niegan a cumplir su función de revelar lo espiritual y lo invisible. Seríamos más sabios si tratáramos gran parte de la incredulidad de nuestro tiempo como una enfermedad de la vida espiritual más que de la intelectual. Su origen es en gran medida moral. No pongas a los agnósticos a estudiar pruebas; muéstrales más bien que la disposición de su corazón es la verdadera causa de su oscuridad e incredulidad. Dios nos ha dado a cada uno facultades para discernir su verdad, que ciertamente la percibirán y la amarán; y donde ocurre lo contrario, a menudo se debe a alguna desviación moral, a alguna viga en el ojo, a alguna complacencia secreta que destruye toda percepción espiritual. Aparta el pecado conocido. Lee la Biblia, aunque dudes de su inspiración. Espera. Ora. Vive conforme a toda la luz que tienes. Y la incredulidad caerá como caen en primavera las hojas viejas de los árboles de hoja perenne.

Habrá, desde luego, dificultades en la vida de todos que estorben nuestro avance hacia el cielo: dificultades por la oposición de nuestros enemigos; dificultades desde dentro de nuestro propio corazón. Necesitaremos paciencia y mucha longanimidad al recorrer el camino que se nos ha señalado. Pero tenemos a nuestro alcance dos fuentes de consuelo.

Recordemos que la carrera nos la ha puesto delante nuestro Padre celestial, que por tanto conoce todas sus asperezas y estrecheces, y hará que abunde en nosotros toda gracia, suficiente para nuestra necesidad. Hacer su voluntad es descanso y cielo.

Corramos «puestos los ojos en Jesús». Apartándolos de los fracasos y de los éxitos pasados; del aplauso y de la censura de los hombres; de las monedas de oro esparcidas por el camino y de las flores que lo bordean a uno y otro lado. No mires solo de vez en cuando, sino adquiere el hábito de mirar siempre, de modo que te resulte natural alzar la vista desde cada tarea cotidiana, desde cada habitación por pequeña que sea, desde cada calle por concurrida que esté, hacia su rostro amado, sereno y dulce; así como quien reside en la orilla norte del lago de Ginebra se siente continuamente inclinado a levantar la vista de cualquier libro o trabajo que ocupaba su atención, para contemplar el esplendor y la gloria de la noble cordillera de cumbres nevadas de la orilla opuesta. Y si te parece difícil adquirir esta actitud habitual, confía en que el Espíritu Santo la forme en tu alma.

Sobre todo, recuerda que por donde tú pisas pisó una vez tu Señor, haciendo frente a tus dificultades y tristezas, aunque sin pecado; y que dentro de poco estarás donde él está ahora. Mantén, pues, la mirada fija en él, que está de pie para recibirte y recompensarte; y sigue luchando a través de todo, animado por su sonrisa y atraído a su lado, y verás que los pesos y la incredulidad se desprenden casi sin que lo notes, por sí solos.

Este es el único modo de persuadir a las almas. Discute con ellas, apremíalas, intenta forzarlas, y se aferrarán con más fuerza a los estorbos que entorpecen sus pasos. Pero preséntales a Jesús en la belleza y el atractivo de su persona y de su obra, y los impedimentos se soltarán con naturalidad, como la nieve que doblaba las hojas hasta el suelo se desprende cuando el sol comienza a brillar. Y Dios nunca nos quita nada sin darnos algo mejor. Quita el símbolo para darnos la realidad; rompe la figura para darnos la sustancia; nos libra de lo natural y humano para darnos lo divino. ¡Oh, confía en él, alma! ¡Atrévete a soltar, para que puedas tomar; a ser despojada, para que seas vestida!

Capítulo 28 completado

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