El camino al Lugar Santísimo
La fe y sus proezas

Capítulo 27 · 10 min de lectura · 13 min de escucha

La fe y sus proezas

Es pues la fe la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven». Hebreos 11:1.

LA sociedad descansa en la fe que el hombre tiene en el hombre. El obrero, que trabaja toda la semana por el salario que cree que recibirá; el viajero, que compra un billete para una ciudad lejana porque cree lo que dicen los horarios; el marinero, que gobierna su barco con precisión infalible en tiempo cerrado porque cree en las cartas y tablas náuticas; todo el sistema del crédito monetario, por el cual grandes sumas circulan de mano en mano sin que se use una sola moneda: todos estos son ejemplos de la inmensa importancia de la fe en los asuntos de los hombres. Nada, por tanto, es más desastroso para un individuo o una comunidad que ver menoscabado su crédito o quebrantada su confianza.

Parece haber tres requisitos previos necesarios para la fe. Primero, alguien debe contraer un compromiso o hacer una promesa. Segundo, debe haber buenas razones para creer en la integridad y la suficiencia de la persona que ha contraído el compromiso. Tercero, sigue una confortable seguridad de que así será; de hecho, el creyente puede contar con lo prometido como algo no menos seguro que si ya hubiera llegado a su efectiva posesión. Y este último estado de ánimo es precisamente el que señala el escritor de esta epístola cuando, guiado por el Espíritu Santo, afirma que la fe es la certeza de lo que se espera, la persuasión o convicción de lo que no se ve. En otras palabras, la fe es la facultad de hacer real lo invisible.

Estas tres condiciones se cumplen en la fe cristiana. La misma facultad se pone en acción respecto de las cosas de Dios. Para empezar, estamos seguros de que una Voz ha hablado al hombre desde la página de la Escritura; no voces, sino una Voz. Luego, estamos seguros de que este que habla es infinitamente digno de crédito. Nuestra seguridad descansa en varios fundamentos: hallamos que sus palabras se han cumplido siempre en la experiencia de las generaciones pasadas; las hemos visto acompañadas de fenómenos milagrosos que, en su beneficencia y su poder, revelaban la bondad y la gloria de quien los obraba; descubrimos en nuestro propio corazón el asentimiento de nuestra naturaleza moral a su evidente verdad; y por todas estas razones sostenemos que la Voz que habla merece nuestro crédito. Y, por tanto, finalmente, contamos con todo lo que se ha prometido tan seguramente como si lo viéramos, y podemos considerarlo con certeza como nuestro.

Subrayemos de nuevo lo que hemos dicho. Consideramos las palabras que Dios nos dirige desde las Escrituras como enteramente distintas de cualesquiera otras palabras que, salidas de labios humanos, reclamen nuestra atención; no solo por el carácter de los milagros que las acompañan, sino porque nos tocan como ninguna otra palabra, y arrancan el asentimiento y el consentimiento espontáneos de nuestra naturaleza moral, aunque a veces sea para condenarnos a nosotros mismos. Ha de ser el Libro de Dios aquel que coincide tan exactamente con las mejores emociones e intuiciones de nuestra naturaleza moral; y no solo de la nuestra, sino de los más nobles y mejores de nuestra raza

«El Dios de dioses, el Señor, ha hablado, y convocado la tierra desde el nacimiento del sol hasta donde se pone». Y si una vez estamos seguros de esto, no hay límite para la confianza reposada que no solo tiene la promesa por digna de crédito, sino que empieza de hecho a gozar por anticipado de los bienes que ofrece. La máxima de la experiencia humana dice así: Ver para creer; pero en el hijo de Dios ocurre lo contrario: Creer es ver. Estamos tan seguros de lo que Dios ha prometido como lo estaríamos si ya lo viéramos ante nuestros ojos. La vista no podría darnos más seguridad de la que tenemos de que Dios nos ama; de que hay una casa del Padre con sus muchas moradas; y de que algún día lo mortal en nosotros se vestirá de inmortalidad, para vivir para siempre en un estado de existencia absolutamente libre de pecado, de dolor y de noche.

Una fe como esta se engendra en nuestras almas, ante todo, por el estudio de la Palabra de Dios, que apela, como hemos visto, a nuestra conciencia moral; y esta, a medida que se desarrolla más y más, queda más y más satisfecha con el Libro que la llamó a la existencia y que tanto ha hecho por su educación. Pero a veces parece que se nos da fe respecto de algún asunto especial que la Escritura no señala directamente, pero que nos sentimos capaces de reclamar; sí, y a medida que oramos y meditamos en ello, nos sentimos aún más capaces de reclamarlo; y cuando hallamos que tal convicción se forma en nuestro corazón, podemos estar perfectamente seguros de ella. «Cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho». Así el hijo de Dios puede comenzar a alabar por bendiciones de las que no hay señal exterior alguna, tan seguro de ellas como si ya hubieran asomado sobre el horizonte, como aquella pequeña nube, no mayor que la palma de la mano de un hombre, en respuesta a la oración de Elías. «Tenemos las peticiones que le hayamos hecho».

¿Quieres una fe mayor? ¡Entonces considera las promesas, que son su alimento natural! Lee la historia de los grandes hechos de Dios en los días pasados. Abre tu corazón a Dios, para que él lo ilumine con su propia presencia reveladora. Pídele que te dé esta facultad maravillosa para la cual nada es imposible. Aparta de ti cualquier cosa que pueda estorbar el crecimiento de tu corazón en la fe y en el amor.

LA FE ENGRANDECE A LOS HOMBRES. Recorre esta lista de héroes. Tienes que admitir que aquellos cuyos nombres se mencionan están en las primeras filas de nuestra raza, resplandeciendo como estrellas. Pero su derecho a ser tenidos así no era, ciertamente, el genio natural. Enoc, por ejemplo, y su linaje, siendo setitas, quizá fueran inferiores a muchos de la familia de Caín en cuanto a logros meramente intelectuales o artísticos. Pero su fe lo levantó de las filas de la mediocridad a una especie de primacía entre los hombres; y si la fe llegara a ser el principio rector de tu vida y de la mía, ensancharía y enriquecería de igual manera todo nuestro ser.

LA FE INFLUYE PODEROSAMENTE EN NUESTRA VIDA HUMANA ORDINARIA. Con la mayoría de los hombres puedes determinar con bastante aproximación cómo actuarán en unas circunstancias dadas; puedes enumerar las influencias que obran sobre ellos y su peso. Pero nunca puedes estar seguro en el caso del cristiano, porque su fe hace reales muchas cosas en las que el mundo que lo rodea no piensa en absoluto. El tirano, deseoso de salvar a algún joven confesor cristiano, se le acerca con lisonjas y promesas, cosas que atraen a los jóvenes, y se sorprende al ver que no tienen ningún encanto para él; luego se le acerca con el sufrimiento, el oprobio y la muerte, cosas que entristecen a los corazones jóvenes, y se asombra igualmente al descubrir que no le causan ningún temor. La causa es inexplicable, y se atribuye a la obstinación; pero en realidad los ojos del corazón joven están abiertos a un mundo del que el tirano no se ha formado ninguna idea. La fe no descuida el tiempo, pero tiene más presente la eternidad. La fe no subestima el poder del hombre, pero engrandece la omnipotencia. La fe no es insensible al dolor presente, pero lo pesa frente al gozo futuro. Frente a las ganancias mal habidas, pone el tesoro eterno; frente al odio humano, la remuneración del galardón; frente al cansancio de la carrera, la corona de amaranto; frente a las lágrimas de la siembra invernal, los gritos de júbilo de las gavillas del otoño; frente a las incomodidades de la tienda, la ciudad permanente. Ninguno de estos hombres habría vivido las nobles vidas que vivió de no haber sido por la remuneración del galardón y por los destellos de la ciudad de oro que se les concedieron en medio de los dolores y las estrecheces de su vida.

LA FE ES POSIBLE PARA TODA CLASE DE PERSONAS. En esta lista hay mujeres además de hombres: Sara y Rahab, así como Abraham y Josué; la viuda de Sunem, y el poderoso profeta que devolvió a su hijo a la vida; Moisés, el estudioso de la sabiduría de Egipto; Gedeón, el labrador; Isaac, el ganadero; Jacob, el astuto criador de ganado; Barac, el soldado; David, el pastor; y Samuel, el profeta. Sus ocupaciones y circunstancias variaban infinitamente; pero no hubo uno solo de ellos que no viviera bajo la influencia de este principio rector. Sea cual sea la vocación lícita de un hombre, puede permanecer en ella con Dios, bajo la influencia de la fe. Como el abeto o el pino, la fe prospera en cualquier suelo.

LA FE ES COMPATIBLE CON GRADOS MUY DISTINTOS DE CONOCIMIENTO. Sería difícil enumerar más variedades de conocimiento religioso que las que se resumen en este catálogo de nombres. La idea que Abel tenía del sacrificio diferiría mucho de la de David. El grado de trato con Dios sería mucho más intenso en Moisés que en Sansón. Y, comparadas con la clara visión de la verdad que tenían estos cristianos hebreos, las de los canosos patriarcas del mundo no eran sino canastas llenas de fragmentos. Pero, a pesar de todas estas diferencias, el mismo principio de fe brotaba hacia lo alto de cada corazón. Y la mujer que tocó el borde del manto estaba animada del mismo espíritu que, en su hermana, arrancó a Jesús la exclamación de asombro: «¡Oh mujer, grande es tu fe!».

LA FE PUEDE VENCER DIFICULTADES INSUPERABLES. Es difícil ser distinto de los demás; pero la fe capacitó a Abel para ofrecer un sacrificio más excelente que el de Caín. Es difícil andar constantemente con Dios cuando la maldad es grande en la tierra y toda carne ha corrompido su camino; pero no es imposible, porque Enoc caminó con Dios al borde mismo del diluvio, y tuvo testimonio de haber agradado a Dios. Es difícil llevar una vida de peregrino, y tales dificultades probablemente las sentirían con igual intensidad los patriarcas; pero lo que la fe hizo por ellos lo hará por otros. Es difícil, en medio de los afanes de los negocios o de un cargo público, mantener el corazón fresco, devoto y joven; pero no es imposible para la fe, que mantuvo el espíritu de patriotismo y de devoción en el corazón de José, aunque fue duramente tentado a hundirse en la vida de un gran señor egipcio. Es difícil afrontar la pérdida de todas las cosas y el desagrado de los grandes; pero Moisés hizo ambas cosas, bajo el hechizo de la fe en lo invisible.

Todos tenemos por delante muchas dificultades. Mares tempestuosos nos impiden el paso; fortificaciones amenazantes cierran nuestro avance; reinos poderosos desafían nuestra fuerza; leones rugen contra nosotros; el fuego enciende su barricada de llamas en nuestro camino; la espada, los ejércitos extranjeros, las burlas, los azotes, las cadenas y las cárceles: todo esto amenaza nuestra paz, oscurece nuestro horizonte y ensaya contra nosotros su poder; pero la fe ya ha vencido todo esto antes, y volverá a hacerlo. Nos reiremos de lo imposible; pisaremos las orillas de los mares, seguros de que han de abrirnos camino; entraremos en las guaridas de las fieras y en los hornos de fuego, seguros de que son impotentes para dañarnos; evitaremos el filo de la espada, sacaremos fuerzas de la debilidad, pondremos en fuga ejércitos extranjeros y tendremos en nada todo el poder del enemigo: y todo porque creemos en Dios. Cuenta con la fidelidad de Dios. No mires los vientos y las olas, sino su carácter y su voluntad. Apártate a solas con él, empapando tu corazón y tu mente en sus preciosas y grandísimas promesas. Sé obediente hasta el último límite de tu luz. Anda en el Espíritu, uno de cuyos frutos es la fe. Así serás tenido por digno de unirte a esta compañía, cuyos nombres y proezas desbordan de esta página a las crónicas de la eternidad, y de compartir su gloriosa herencia.

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