El camino al Lugar Santísimo
Una antigua costumbre hebrea

Capítulo 25 · 11 min de lectura · 15 min de escucha

Una antigua costumbre hebrea

«Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo». - Hebreos 10:5.

EN aquel antiguo mundo hebreo, que yace ahora tan lejos, en el tenue crepúsculo del pasado, había varias costumbres de un interés más que pasajero, una de las cuales reclama nuestra atención al brillar por un instante bajo el toque de esta epístola, como una ola mar adentro cuando la hiere por un momento la luz del sol.

Parece que si un israelita, por el apremio de malas temporadas y cosechas decepcionantes, llegaba a contraer graves deudas con algún vecino rico que le prestaba —tanto que le debía aun más de lo que valía la tierra de su heredad—, se le permitía no solo enajenar su tierra hasta el año del jubileo, sino también vender su propio servicio para saldar su deuda con su trabajo. Debió de ser algo muy doloroso para aquel pequeño labrador despedirse de su humilde hogar y de sus queridas posesiones, donde sus antepasados habían vivido y prosperado, y salir a servir a otro. Muy conmovedor debió de ser el paseo de despedida alrededor de la pequeña parcela, que quizá ni él ni los suyos vivirían para volver a ver. Y, sin embargo, la amargura de la separación debió de quedar muy mitigada y aliviada por la inmediata libertad de toda inquietud que le seguía. Ya no más sombríos presentimientos sobre el futuro; ya no más ansiosas preguntas sobre cómo mantener el hambre lejos de la puerta; ya no más una lucha desigual contra las temporadas adversas. Toda responsabilidad —el pago de otros acreedores, la provisión de alimento y vestido para él, su mujer y sus hijos— recaería desde entonces sobre los hombros de otro.

Así pasaban los seis años señalados, y al cabo de ellos el amo llamaba al trabajador a su presencia para darle la libertad. Pero en ese momento él podía, si así lo quería, obligarse al servicio de aquel amo para siempre. Si temía enfrentarse a las tormentas de la pobreza y la dificultad; si prefería el abrigo y la abundancia de la casa de su amo a la lucha por la existencia, de la que había sido tan felizmente protegido; si, sobre todo, amaba a su amo y no deseaba volver a separarse de él, tenía libertad para decirlo: «Yo amo a mi señor, no saldré libre». Entonces, solemnemente y delante de los jueces, para que la elección quedara deliberadamente ratificada, su amo le horadaba la oreja con una lesna contra el poste de la puerta, dejando una huella permanente e imborrable de la relación en que ambos habían entrado. «Y será su siervo para siempre» (Éxodo 21:6). Esta costumbre fue—

ALUDIDA POR EL SALMISTA (Salmo 40:6). Viviendo en medio de la rutina de los sacrificios diarios, mensuales y anuales, este santo sintió profundamente su incapacidad para quitar el pecado, y vio que la verdadera ofrenda a Dios tenía que ser de otra clase. ¡Qué podría hacer él para expresar dignamente lo que sentía ante las maravillosas obras y los incontables pensamientos de Dios! Sin duda, el sacrificio ofrecido de flor de harina o de sangre, el holocausto o la ofrenda por el pecado, no podían ser la expresión más elevada del amor y la devoción humanos; y entonces se acordó de un camino más excelente. Vendrá a Dios llevando en la mano el rollo del libro de su voluntad; su corazón se deleitará en aquel santo trasunto del carácter de su Padre; sí, traducirá sus preceptos en una obediencia pronta y amorosa. «El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado; y tu ley está en medio de mi corazón». «Y agradará al Señor más que sacrificio de buey, o becerro que tiene cuernos y pezuñas».

Y no es eso todo; recordando la antigua usanza a la que hemos aludido, se imagina a sí mismo repitiendo el voto del siervo hebreo, y de pie, manso y voluntario, a la puerta de Dios, mientras le horadan la oreja contra ella para siempre. Desde entonces casi puede clamar con el apóstol: «De aquí en adelante nadie me sea molesto; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús». «Mis oídos has horadado». «Ciertamente yo soy tu siervo; rompiste mis prisiones».

No debemos extrañarnos del alegre estallido que sigue (v. 10). Cuando, con frases enfáticas y repetidas, el salmista declara su intención de contar a la gran congregación lo que ha descubierto del amor de Dios, bien podemos entender el motivo de su júbilo. No hay vida tan libre como la que ha escapado de todos los demás amos al hacerse esclava de Jesús. No hay naturaleza tan rebosante de gozo y de paz inefable como la que ha sentido la punzada de la lesna, ha quedado teñida con la sangre del sacrificio de sí misma por amor de él, y ha pasado por la puerta abierta para no salir nunca más. No hay descanso tan indecible como el que ya no conoce otra preocupación, pues toda preocupación ha sido echada, de una vez y para siempre, sobre aquel que es el único capaz de soportar el peso del dolor y del pecado, de la responsabilidad y de la necesidad.

APROPIADA POR EL SEÑOR JESÚS. En su encarnación, nuestro bendito Señor hizo realidad todas las aspiraciones y afirmaciones más nobles que jamás hubieran salido de los labios de sus más ilustres santos. Por eso él puede apropiarse literalmente de las mismas palabras que ellos usaron, sin exageración alguna, salvo allí donde vacilan con las quebrantadas confesiones de pecado y de debilidad mortal. Entre otras, cuando entró en el mundo pudo hacer suyas aquellas antiguas palabras del Salmo cuarenta y, por medio de ellas, cumplir el sentido de la antigua costumbre hebrea.

Los sacrificios de Levítico habían cumplido un propósito muy necesario al familiarizar a los hombres con los pensamientos de Dios acerca del verdadero aspecto bajo el cual debía considerarse la muerte de nuestro Salvador; pero era evidente que no podían agotar su idea ni llenar la medida de su propósito redentor. Su voluntad iba mucho más allá de todos ellos y, por tanto, no podían ser sino incompletos; y, a causa de esa misma imperfección, necesitaban una repetición incesante; y aun así, aunque se repitieron durante siglos, no podían cumplir los propósitos en que la naturaleza divina tenía puesto su empeño. Tanto valdría llenar el océano con carretadas de tierra como cumplir la medida de la voluntad de Dios con la sangre de toros y de machos cabríos.

Pero cuando Jesús vino al mundo, se dispuso de inmediato a cumplir aquella santa voluntad. Este era su clamor constante: «¡He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad!». Y no solo procuró hacer la voluntad de Dios en cada pormenor y detalle de su vida, sino especialmente en lo que tocaba a la eliminación del pecado, la redención de los hombres, la santificación y perfección de los que creen. Fue para cumplir la voluntad de Dios en estos aspectos por lo que el Salvador murió en la cruz. Y porque tuvo un éxito perfecto, cortando el patrón entero de la mente divina en el paño de su obediencia, se ha puesto fin a los ineficaces sacrificios del judaísmo; mientras que su propio sacrificio no ha requerido la añadidura de un solo suspiro, ni de una lágrima, ni de una hora de tinieblas, ni de un estremecimiento de agonía. Por la ofrenda de su cuerpo hecha una sola vez hemos sido santificados, es decir, nuestra posición judicial delante de Dios es plenamente satisfactoria. Con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados, es decir, ha llevado a cabo toda la obra objetiva de nuestra redención de tal manera que en él estamos delante de Dios como santos aceptos, aunque todavía queda mucho por hacer en nuestra experiencia subjetiva e interior (Hebreos 10:10, 14).

La entera sumisión de nuestro Señor a la voluntad de su Padre se manifiesta con mucha dulzura en un ligero cambio que aquí se hace al citar el antiguo salmo. Puede ser que se recoja alguna versión más antigua, o alguna variante del texto, con la aprobación del Espíritu divino. En lugar de decir «Has abierto mis oídos», se presenta al Señor diciendo: «Me preparaste cuerpo». En realidad, aunque la oreja llevaba consigo el cuerpo —porque es notoriamente difícil mover la mano o el pie mientras la oreja está cautiva—, el esclavo hebreo solo entregaba su oreja a la lesna que la horadaba en señal de su entrega. Pero nuestro Señor Jesús no dio solo su oreja, sino todo su cuerpo, con cada facultad y cada poder. No retuvo nada, sino que entregó a Dios el Padre la totalidad de aquel cuerpo que el Espíritu Santo le preparó en el misterio de la santa encarnación. ¡Ah, bienaventurada es nuestra suerte, pues el santo propósito redentor de Dios se ha cumplido de manera tan completa y tan eficaz mediante la ofrenda de aquel cuerpo, clavado de una vez para siempre, no al poste de la puerta, sino a la cruz!

APLICABLE A NOSOTROS. Hay hoy entre el pueblo de Dios un fuerte anhelo de aquella vida «en abundancia» que el buen Pastor vino a dar. De este anhelo está brotando un poderoso movimiento que, si obedece a las reglas y condiciones siguientes, será sin duda una bendición para la Iglesia.

Debe ser natural. La santidad que no puede retozar y reír con los niños pequeños, que mira con recelo los grandes movimientos del mundo que la rodea y se encierra en un retiro de claustro, no es el ideal de Jesucristo, que miraba a los niños jugar en las plazas, los llamaba a sus brazos y se mezclaba libremente en las mesas de los ricos. Tal vez sea más fácil que la suya, pero es un error profundo suponer que satisfará su corazón. No; la santidad del verdadero santo debe hallar su lugar en los hogares y en los lugares comunes que frecuentan los hombres.

Debe ser humilde. En cuanto un hombre empieza a jactarse de lo que ha alcanzado, puedes estar seguro de que suple con palabras lo que le falta de experiencia vital. El tono con que algunos hablan de la perfección revela cuán lejos están de ella. Presumir de no tener pecado es ceder al orgullo, el peor de los pecados. Ningún rostro resplandece de verdad mientras su dueño lo sabe. Ningún corazón es como el de un niño si es consciente de sí mismo.

Debe poner el acento en el aspecto objetivo de la obra de Cristo. Tiene que haber examen interior para descubrir y quitar todo lo que se interpone entre el alma y Dios, así como a veces hace falta una descarga de pólvora para desprender el hollín acumulado en una chimenea sucia. Pero cuando ha terminado la obra necesaria del examen interior y de la confesión, debe haber un retorno inmediato a Dios, con la mirada devota del alma puesta en la persona y la obra del Señor Jesús. Nunca debemos fomentar el examen interior si no es con miras a una visión más ininterrumpida de Jesús.

Si se cumplen estas tres condiciones, el movimiento que ahora está en marcha no podrá sino estar lleno de bendición para la Iglesia universal; y probablemente tendrá el efecto de llevar a multitudes a pasar por una experiencia como la que indica el salmo. Antes quizá actuaban solo por un sentido de legalismo y de deber, presentando sacrificios y ofrendas tal como la ley los señalaba. Pero desde la hora gozosa en que comprendan todos los derechos de Jesús sobre sus naturalezas emancipadas y rendidas, exclamarán: «Amamos a nuestro Señor; no saldremos libres; horada nuestras orejas contra su puerta, para que le sirvamos para siempre; nos deleitamos en hacer su voluntad; su ley está en nuestro corazón; anhelamos hacer todas las cosas escritas en el rollo del libro de su voluntad».

¿Has pronunciado alguna vez palabras como estas? ¿Ha sido tu vida solo una monótona rutina de servicio ineludible, cuya palabra clave ha sido «tengo que»? ¡Ay!, todavía no has gustado cuán fácil es su yugo y cuán ligera su carga. Pero si tan solo desde este momento abrieras todo tu corazón a la obra del Espíritu Santo, rindiéndote plenamente a él, él derramaría el amor de Dios dentro de ti, encendiendo tu amor hacia él; y al instante harías por amor lo que has hecho por ley: estarías tan unido a Cristo que no querrías verte libre de él, aunque pudieras pasar sin él; llevarías para siempre la cicatriz de la esclavitud de Jesús grabada en tu misma naturaleza.

No hay nada en el mundo que dé tanto descanso al alma como hacer la voluntad de Dios, ya hable ella en la página de la Escritura, o por medio de las inspiraciones del Espíritu Santo en el santuario del corazón, o en la rutina diaria de la providencia ordinaria o extraordinaria. Si tan solo pudiéramos decir siempre: «¡Me agrada hacer tu voluntad; vengo, vengo!»; si tan solo pudiéramos ofrecer a Dios, como lo hizo Jesús, los cuerpos que él nos ha preparado, aunque sea hasta la misma amargura de la cruz; si tan solo estuviéramos tan resueltos a acabar la obra que él nos ha dado que hacer como lo están los hombres en alcanzar los fines de su ambición personal: entonces el espíritu del cielo, donde se hace la voluntad de Dios, envolvería nuestras vidas estériles y cansadas, como la corriente del Golfo envuelve alguna costa invernal, disipando la escarcha y cubriendo el suelo de flores de la más fina textura y de frutos del Paraíso. No intentes sentir la voluntad de Dios: quiérela, escógela, obedécela; y con el paso del tiempo, lo que comenzaste escogiendo acabarás amándolo con un afecto ardiente y aun vehemente.

Capítulo 25 completado

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