Capítulo 24 · 13 min de lectura · 17 min de escucha
Una vez
«Una vez en la consumación de los siglos se presentó para quitar el pecado por el sacrificio de sí mismo». Hebreos 9:26. (Véase también 9:27, 28; 10:2, 10.)»
HAY aquí una palabra que se repite, como una nota del órgano bajo el tumulto de un sonido majestuoso. Cinco veces, por lo menos, hace retumbar su trueno, resonando a través de todas las edades, haciendo eco por todos los mundos, anunciando a todo el universo de Dios la finalidad de una redención consumada: «¡UNA VEZ!».
Y hay otra frase que debemos unir a ella, pronunciada por los labios resecos del Salvador moribundo, pero a gran voz, como si fuera el grito de un conquistador: «Cuando Jesús, pues, hubo tomado el vinagre, dijo: “Consumado es”; e inclinando la cabeza, entregó el espíritu». Muy rara vez puede el hombre mirar atrás a la obra de una vida terminada. El cincel cae de la mano paralizada antes de que la estatua esté completa; los dedos que se enfrían se niegan a guiar la pluma por una línea más, aunque el libro esté casi acabado; el estadista ha de dejar sus planes y sus proyectos de largo alcance para que los complete otro, quizá su rival. Pero cuando, desde su cruz, Jesucristo nuestro Señor contempló la obra de la redención que había emprendido, y en relación con la cual había sufrido hasta el ocultamiento del rostro de su Padre, no pudo descubrir ni una puntada, ni una piedra, ni una partícula que faltara. Por incontables miríadas, por ti y por mí y por todos, se hizo aquello que nunca necesitaría hacerse de nuevo, sino que quedó como un hecho consumado para siempre.
EL «UNA VEZ» DE UNA OBRA CONSUMADA (9:26). En estas palabras hay un suspiro de alivio. Por un momento había cruzado la página soleada de la Escritura un pensamiento que sugería un horror infinito. Al seguir los paralelos entre los sucesos del gran día de la expiación y el gran día en que Jesús murió, de pronto se nos había recordado que aquel solemne espectáculo se presenciaba una vez al año: «Entra el sumo sacerdote en el santuario cada año con sangre ajena» (v. 25). Cada año se cumplían los mismos ritos, se derramaba la misma sangre, se hacía la misma propiciación. ¡Supón que, según la misma analogía, Jesús hubiera sufrido cada año! ¡Cada año la agonía del huerto sombrío! ¡Cada año la amarga angustia de la cruz! ¡Cada año la sepultura en la tumba del huerto! ¡Entonces la tierra habría quedado cubierta de medianoche, y la vida habría sido una agonía! ¡Quién podría soportar verle sufrir muchas veces!
Pero no había necesidad de que sufriera más de una vez, porque la repetición significa imperfección, y en su obra no hay señal ni rastro de ella. La repetición de los sacrificios de la ley judía significaba que no podían quitar el pecado ni hacer perfectos a los que se acercaban. Una y otra vez se congregaba la multitud de judíos piadosos, empujados a buscar liberación de la conciencia de pecado que se cernía profunda y oscuramente sobre sus almas. Quizá recibían un alivio momentáneo al ver el elaborado ceremonial y sentir que estaban incluidos en la confesión y en la bendición del sumo sacerdote. Y así emprendían el camino de regreso a casa; pero antes de mucho volvía a apoderarse de ellos una fatigosa sensación de insatisfacción: reflexionaban en la insuficiencia de una expiación que consistía solo en ofrecer la vida de bestias degolladas. Los pecados eran recordados, pero no quitados; era imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos hiciera eso (10:4). Y así, sin duda, en los más reflexivos los corazones desfallecían, y las conciencias gemían su cansado lamento, sin quedar satisfechas. Por eso los sacrificios tenían que presentarse continuamente.
Por otra parte, la obra de Cristo no necesita repetición. Es definitiva porque es perfecta. Su perfección queda atestiguada porque nunca se ha repetido. «En cuanto murió, al pecado murió una vez». Nuestro Salvador puso su mano para salvarnos: no pensaba fallar; vino a nuestro mundo con ese propósito definido; murió para cumplirlo; y, habiéndolo cumplido, volvió a casa, a Dios. Pero si desde la ventajosa altura del trono, al repasar su obra, hubiera discernido alguna deficiencia o falla, habría vuelto para repararla; y, puesto que no lo ha hecho, podemos estar seguros de que la muerte de la cruz es perfectamente suficiente. «Ahora, una vez en la consumación de los siglos, se presentó para quitar el pecado por el sacrificio de sí mismo». ¡Oh, medita en estas palabras maravillosas! Una vez. Vive por los siglos de los siglos, y nunca más pasará, ni por un momento, bajo la oscura sombra de la muerte.
Se presentó (o fue manifestado). ¿Qué se sigue de ello? Que debía de existir antes. La encarnación no fue sino la expresión en forma visible de Aquel que existía antes de todos los mundos; y la muerte de la cruz fue el despliegue, en un solo acto, de hechos eternos de la naturaleza de Dios. Así como el gran disco del sol puede reflejarse en un diminuto lago de montaña, así en el único día de la crucifixión se presentaron a los hombres, a los ángeles y a los demonios el amor, el sacrificio y la misericordia redentora, que forman parte de la esencia misma de Dios. Maravilloso, en verdad, el rasgarse del velo por el cual se revelan tales maravillas.
En la consumación de los siglos (o de las edades). A Dios se le llama el Rey de los siglos. El tiempo es probablemente tanto una creación como el espacio, la distancia o la materia. Es una acomodación al pensamiento finito; un paréntesis en la eternidad; un arco iris tendido a través de la inmensa edad de la Deidad. Nosotros dividimos el tiempo en horas; Dios lo divide en edades. Hay edades detrás de nosotros, y edades por delante. Estamos sobre un estrecho istmo de tierra entre dos mares. La primera edad de la que sabemos algo es la de la creación. La segunda, la del Paraíso. La tercera, la del mundo antes del diluvio. La cuarta, la de los patriarcas. La quinta, la de Moisés, que termina con la caída de Jerusalén y la muerte del Mesías. La sexta, la de los gentiles, en la que vivimos. Y delante de nosotros podemos vislumbrar confusamente las formas de la Edad del Milenio; la Edad de la Regeneración y la Restauración; la Edad del Juicio; y la Edad en que el reino será entregado al Padre. Hay, pues, una analogía completa entre la creación del mundo material y la creación de los nuevos cielos y la nueva tierra.
A los geólogos les encanta enumerar los estratos de la formación de la tierra a través de los cuales avanzaron los procesos de la construcción del mundo; y probablemente descubriremos algún día que Dios ha estado edificando la nueva creación a lo largo de sucesivas edades de historia y desarrollo. Aquí se dice que la muerte de Cristo tuvo lugar en la consumación de los siglos; y veríamos enseguida la fuerza de esto, aun cuando queden por cumplirse varias grandes edades antes de que el tiempo termine su curso, si tan solo supiéramos cuántas edades la han precedido. Comparada con el número de las que han sido, esta es el fin, el clímax, la cresta de la fatigosa subida; lo que queda más allá son las leguas de superficie llana, hasta el repentino descenso de los acantilados frente al océano de la eternidad.
Ha quitado el pecado. ¡Oh, palabra maravillosa! Podría traducirse por aniquilar, hacer como si nunca hubiera existido. La guirnalda de nube puede desaparecer, pero las gotas separadas siguen flotando en el espacio. La burbuja puede romperse sobre la ola coronada de espuma, pero la película de agua ha ido a sumar su tenue aporte a la profundidad del océano. Pero Jesús ha quitado el pecado como cuando se paga una deuda, se cancela una obligación, o como cuando en los antiguos días de Moisés una víctima cargada de pecado era degollada, quemada y sepultada. Todo pecado, el pecado del mundo, el pecado acumulado de la humanidad, fue hecho recaer sobre Jesús. Fue hecho pecado. Estuvo ante el universo como si hubiera atraído sobre sí todo el pecado humano que jamás ha desgarrado el aire, o ensuciado la tierra, o hecho ruborizarse a las estrellas de la noche; y, llevando la vergüenza, el horror y la pena durante aquellas horas terribles que le arrancaron el grito de su desolado desamparo, lo quitó y lo borró para siempre; y, al hacerlo, quitó las consecuencias penales de la caída de Adán.
Las tendencias heredadas al mal permanecen en toda la raza; pero la pena espiritual en que Adán incurrió por sí mismo y por todos nosotros, como nuestro representante y cabeza, ha sido cancelada por los sufrimientos y la muerte de nuestro glorioso representante y cabeza, el Segundo Adán, el Señor que es del cielo. Los hombres todavía tendrán que sufrir la pena de los pecados que cometen voluntariamente, y por los cuales no buscan perdón y limpieza por medio de la sangre; pero no tendrán que sufrir la pena que de otro modo les habría correspondido como miembros de una raza caída, caída con sus primeros padres y su primer padre, porque Jesús quitó eso cuando murió. Y así es como las multitudes de dulces niños pequeños, de los privados de razón y de otros que pertenecen a la raza de Adán, pero que no han tenido ocasión de transgresión personal, pueden entrar sin estorbo ni impedimento en la tierra donde no entra ninguna cosa que contamine.
Por el sacrificio de sí mismo. No por su ejemplo, por hermoso y amable que fuera. No por su enseñanza, aunque es el alimento del mundo. No por sus obras, fuente y manantial de la filantropía moderna. Sino por su muerte, y por su muerte como sacrificio. Si quieres entender a un escritor, debes conocer el sentido en que usa sus palabras características, y debes estudiar con cuidado las definiciones que da de ellas. Y si quieres entender el significado de la muerte de Cristo, debes volver a las definiciones, dadas con minucioso detalle en Levítico, del significado de sacrificio, expiación, y propiciación, términos con los cuales se describe después esa muerte; y solo hasta ahí te atreverás a interpretar. Lo que sacrificio significaba en Levítico, eso significa cuando se aplica a la muerte de la cruz. Y seguramente no puede haber controversia en que antiguamente significaba la sustitución del culpable por el inocente; la cancelación de la pena merecida porque otro la había llevado; la eliminación del pecado mediante el derramamiento de sangre. Todo esto ha de significar cuando se aplica a la muerte de Cristo, con esta diferencia: que antiguamente el sufrimiento se padecía y la muerte se soportaba involuntariamente; pero en el caso de nuestro bendito Redentor, Dios en él tomó sobre sí, voluntaria y libremente, las consecuencias acumuladas del pecado de un mundo, y las sufrió, y las hizo como si nunca hubieran existido. «Quitó el pecado por el sacrificio de sí mismo».
¿Qué fue la muerte de Cristo? «Un martirio», clama el pensamiento moderno. «Un percance en una época sin luz», responde el crítico. «Un resultado de todos los esfuerzos semejantes por combatir el mal», dice el maestro de la iglesia amplia.
«¡UN SACRIFICIO!», truena este Libro. ¡Un sacrificio voluntario! Un sacrificio voluntario por el cual el pecado ha sido llevado y quitado. Aquí descansamos, contentos de permanecer, en un mundo de misterio, al pie de un misterio más, que, a pesar de todo su misterio, responde al clamor de una conciencia convicta y derrama la paz del cielo en nuestros corazones.
EL «UNA VEZ» DE LA MORTALIDAD (9:27). Con unas pocas excepciones mencionadas en las páginas de la Escritura, donde se relatan milagros de resurrección, los hombres mueren una sola vez. Para aquellos hubo una cuna y dos ataúdes; un nacimiento y dos sepulturas. Pero para la mayoría está misericordiosamente dispuesto que la agonía y el dolor de la disolución se experimenten una sola vez. Y esto, que es la suerte común de la humanidad, le tocó también a Jesucristo. No podía morir muchas veces, porque era verdaderamente hombre, y habría sido incoherente violar en su caso la ley universal. Tenía que hacerse hombre, porque solo por la puerta del nacimiento podía llegar a la frontera de la muerte; pero, habiendo nacido y asumido nuestra naturaleza, debía obedecer las leyes de esa naturaleza y morir una sola vez.
EL «UNA VEZ» DE LA DEIDAD (9:28). Tuvo que haber algo más que mortal en aquel que, con su única muerte, pudo llevar los pecados de muchos. Han muerto hombres buenos y grandes que habrían hecho cualquier cosa por cancelar o expiar los pecados de su nación, de su familia y de sus seres amados; pero en vano. ¡Cuán maravilloso debe ser, pues, el valor de aquel cuyos sufrimientos y muerte contrapesan el pecado de un mundo!
Y podemos ver la necesidad imperiosa de que nuestro Salvador fuera Dios manifestado en carne; y de que aquel que se hizo obediente hasta la muerte de cruz fuera también aquel que, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios. Si es verdad que su muerte «una vez» ha quitado el pecado, entonces traed aquí vuestros cánticos de adoración, vuestras coronas de imperio, vuestras atribuciones de la más humilde alabanza; porque él tiene que ser Dios. Ningún ser de condición inferior podría hacer por el hombre lo que él, en aquella breve pero terrible oscuridad, ha hecho una vez por todas, y para siempre.
EL «UNA VEZ» DE UNA CONCIENCIA PURIFICADA (10:2). No estamos en la situación de los judíos, que necesitaban repetir sus sacrificios año tras año, en triste monotonía; nuestro sacrificio ha sido ofrecido una vez para siempre. Por tanto, no tenemos, como ellos, la conciencia perpetua de pecado. Nuestros corazones están, una vez y para siempre, purificados de mala conciencia (v. 22).
No hay necesidad de pedir una y otra vez perdón por los pecados que una vez fueron confesados y perdonados. Dios no nos acusa de ellos; no necesitamos acusarnos a nosotros mismos. Dios no se acuerda de ellos; bien podemos olvidarlos, salvo como incentivos para la gratitud y la humildad. Hay una necesidad diaria de nueva confesión del pecado reciente; pero cuando el alma comprende de una vez la plenitud de la obra de Cristo a su favor, exclama con gran gozo: «Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones».
EL «UNA VEZ» DE UN PROPÓSITO CUMPLIDO (10:10). La falta de espacio nos impide detenernos más. En nuestro próximo capítulo podremos mostrar cuán completamente se ha cumplido en Jesús el propósito de Dios, y que, por tanto, no hay necesidad de repetir su obra sacrificial. La voluntad o el propósito de Dios para la redención del hombre no pide nada más que lo que se le ha dado en la vida y la muerte de nuestro Salvador. No se requiere nada más para la gloria de Dios, para el cumplimiento de los consejos divinos, ni para la perfecta liberación y santificación de los que creen.
«Una vez para siempre, pecador, ¡recíbelo!
Una vez para siempre, hermano, ¡créelo!
Aférrate a la cruz, la carga caerá;
Cristo nos ha redimido una vez para siempre»»
Capítulo 24 completado
Una vez