Capítulo 20 · 11 min de lectura · 14 min de escucha
Los dos pactos
«Seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo». Hebreos 8:10.
UNA palabra nueva aparece en este maravilloso tratado, que quizá repela a algunos por su sonido teológico; y, sin embargo, encierra para todos nosotros nuevas profundidades de significado e interés. Es la palabra pacto. Todos entendemos con bastante claridad los pactos que los hombres celebran entre sí respecto a bienes u otros asuntos de los negocios diarios. Un hombre se compromete a hacer ciertas cosas, a condición de que otro se obligue a hacer otras. Una vez acordados esos compromisos respectivos, se escriben en pergamino, se firman y se sellan; y desde ese momento cada parte queda obligada por su honor a cumplir lo que le corresponde en el trato.
De un modo semejante, adaptándose a nuestras formas de pensar y de obrar, el Dios eterno ha entrado en pacto con las almas fieles y obedientes. Y no es posible exagerar la condescendencia de su parte, ni la honra y el provecho que tal relación pone a nuestro alcance. Parece demasiado maravilloso para ser verdad; y, sin embargo, tiene que ser verdad, porque solo sobre la base de su veracidad revelada pudo jamás llegar a ser materia de afirmación o de debate humano. El pacto entre un príncipe y un mendigo, o entre un hombre como William Penn y los rudos nativos de América, queda reducido a la más completa insignificancia y pequeñez cuando se menciona al mismo tiempo que el pacto entre Dios y el alma del hombre.
Los teólogos han distinguido varias clases de pacto en el curso de la historia humana, tal como la presenta la Biblia. Pero nos basta fijarnos en los dos pactos, el Antiguo y el Nuevo, que se mencionan en este pasaje. Y la base de todo el argumento está en Jeremías 31:31-34, donde se hace distinción entre el pacto hecho con los padres —cuando Dios los sacó de la tierra de Egipto— y aquel nuevo pacto que, en los días de Jeremías, era todavía futuro. Moisés fue el mediador del primero, como Jesús lo es del segundo.
EL PACTO MOSAICO. Fue reiterado muchas veces en tonos muy llenos de gracia y muy escrutadores. Tomemos, por ejemplo, la escena que tuvo lugar cuando la inmensa multitud desfiló hacia la llanura al pie del Sinaí, en el tercer mes del Éxodo. Todavía no había nube ni fuego sobre la cumbre del Sinaí; pero Moisés hizo al pueblo una propuesta: que si ellos, por su parte, obedecían la voz de Dios y guardaban su palabra, Dios, por la suya, haría dos cosas: los tendría por su especial tesoro sobre todos los pueblos, y los tomaría para sí como un reino de sacerdotes y una nación santa (Éxodo 19:5, 6). Y el pueblo, sin calcular apenas el costo ni darse cuenta de todo lo que implicaba, exclamó a una sola voz, ligera y unánime: «Todo lo que el Señor ha dicho, haremos». Así entraron en pacto.
Poco después, una vez dados los Diez Mandamientos, los términos del pacto por parte de Dios se ampliaron mucho. Con tal que el pueblo cumpliera la antigua condición de obediencia, Dios fue más lejos que nunca en sus promesas, que abarcaban una gran variedad de necesidades y constaban de muchas partes (Éxodo 23:22-31). Y otra vez el pueblo dio un poderoso grito unánime de asentimiento (24:3).
Ni fue esto todo; porque cuando, con el propósito de dejar constancia de estos solemnes compromisos, se asentaron en el Libro del Pacto y se leyeron públicamente, en medio de la solemne ratificación de la sangre rociada, el pueblo dijo otra vez: «Haremos todas las cosas que el Señor ha dicho, y obedeceremos» (24:7). ¡Pero qué poco se conocían a sí mismos! A las pocas semanas danzaban desenfrenadamente alrededor del becerro de oro; y a los pocos meses no había uno solo que se atreviera a afirmar que había guardado el pacto en cada jota y cada tilde. Al contrario: «porque ellos invalidaron mi pacto, dice el Señor». ¿Qué otra cosa podía esperarse de ellos? Y eso que Moisés les escribió una segunda y detallada exposición de las condiciones del pacto en el libro de Deuteronomio, con la exigencia reiterada, que vuelve como un estribillo: «Cuidaréis de ponerlo por obra».
Había dos grandes defectos en aquel antiguo pacto, que nacían de la debilidad de la pobre naturaleza humana: en primer lugar, no daba poder, ninguna fuerza moral, que capacitara a los hombres que pactaban para hacer lo que prometían; y, en segundo lugar, no podía proveer para quitar eficazmente aquellos pecados que nacían de su fracaso en cumplir los votos del pacto (Hebreos 9:9).
Sin duda la mayoría de los hombres que aspiran a una vida religiosa pasan por una experiencia como esta. Cuando somos redimidos por primera vez por la sangre del Cordero y sacados a la nueva vida, parece que estamos otra vez al pie del monte Sinaí; o, mejor aún, nuestra conciencia se convierte en nuestro Sinaí, y desde su cumbre nos parece oír la voz de Dios, que se compromete a ser nuestro Dios si en todo obedecemos su voz. Y esto nos comprometemos a hacerlo de inmediato. No somos insinceros; de veras queremos cumplirlo; estamos enamorados del ideal de vida que se nos presenta. No solo es deseable como condición para recibir bendiciones, sino que es sumamente atractivo y hermoso.
Pero cometemos un error profundo al comprometernos así; porque emprendemos algo que está totalmente fuera de nuestro alcance. Lo mismo podría un paralítico comprometerse a escalar el Mont Blanc, o un arruinado a pagar sus deudas. Pronto aprendemos que el pecado ha paralizado todos nuestros nervios motores morales. El bien que queremos, no lo hacemos; el mal que no queremos, eso hacemos. Somos llevados cautivos a la ley del pecado que está en nuestros miembros, la cual se rebela contra la ley de nuestra mente. Salimos a sacudirnos como las otras veces; pero no sabemos que la navaja ha pasado sobre los cabellos de nuestra fuerza, dejándonos sin poder y sin ayuda.
Parece una lástima que cada uno tenga que aprender por sí mismo la inutilidad de estos intentos, en vez de aprovechar la experiencia de otros y los testimonios del pasado. Pero así es. Uno tras otro se propone ganar el privilegio de la presencia, la sonrisa y la bendición de Dios siendo bueno, obediente y escrupuloso en el cumplimiento de reglas, formas y normas. Durante un tiempo todo marcha bien, pero pronto se viene abajo por completo. Quedamos desconcertados y vencidos, como las aves marinas que en la tormenta se estrellan contra la torre de un faro y luego caen heridas en la espuma agitada de abajo. Tardamos en aprender que, así como recibimos la justificación, así también hemos de recibir la santificación de manos de Dios, como su don gratuito.
Si algún lector de estas líneas está tratando de mantener una relación amistosa con Dios sobre este principio de intentar, hacer y cumplir, cuanto antes esa alma comprenda la certeza del fracaso —no por falta de voluntad, sino por la debilidad de la naturaleza moral— y se entregue a la gracia revelada en el segundo y mejor pacto, tanto antes hallará un lugar de reposo seguro y feliz, del cual no será perturbada ni arrojada por los siglos de los siglos.
EL MEJOR PACTO. Es mucho mejor que el de Moisés en este sentido: aunque compromete a Dios a promesas aún mejores (v. 6) que las del pacto anterior —promesas que reclamarán nuestra atención en un momento—, no se nos exige a nosotros ninguna promesa ni compromiso de ninguna clase. No hay si condicionales; no hay mandatos de cuidar de ponerlo por obra; no hay condiciones de obediencia que cumplir. De principio a fin consiste en los «yo haré» del Altísimo. Cuéntalos en esta maravillosa enumeración (vv. 10, 11, 12), y luego atrévete a reclamar que cada uno se cumpla en tu experiencia personal; porque este es el pacto bajo el cual vivimos, y por medio del cual tenemos acceso a Dios.
«Escribiré mis leyes en la mente de ellos.» Esto se refiere a la facultad intelectual, que piensa, recuerda y razona. Será de un valor inestimable tenerlas allí para consultarlas constantemente; de modo que estén siempre inscritas en los postes y dinteles de la vida interior, reclamando reverencia y exigiendo atención diaria.
«Sobre el corazón de ellos las escribiré». Este es el asiento de la vida emocional y de los afectos. Si están escritas allí, han de ganarse nuestro amor. Y lo que un hombre ama, es casi seguro que lo seguirá y lo obedecerá. «Un poco más abajo —dijo el veterano moribundo, mientras le buscaban la bala que se le había hundido en lo hondo del pecho— y encontrarán al Emperador»; y en el caso del cristiano que ha sido recibido en pacto con Dios, la ley está inscrita en los afectos más profundos de su ser. Obedece porque ama obedecer. Permanece al servicio de su Señor, no porque deba, sino porque así lo escoge él mismo, diciendo, mientras le horadan la oreja contra la puerta: «Yo amo a mi señor, no saldré libre».
«Seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo». La última cláusula es aún mejor que la primera, porque implica el poder guardador de Dios. Su pueblo escogido se apartó tanto de él que en una ocasión los llamó «Lo-ammi», No pueblo mío (Oseas 1). Pero si alguna vez hemos de ser su pueblo, un pueblo de su exclusiva posesión, eso solo puede resultar de la obra de su Espíritu lleno de gracia, que nos guarda, como el sol impide que los planetas se lancen al espacio para convertirse en estrellas errantes.
«Todos me conocerán». ¡Oh, gozo de los gozos! ¿Puede ser? ¡Conocer a Dios! Conocer las profundidades de Dios. Conocerle, o ser conocido por él. Conocerle como Abraham, a quien él contaba sus secretos; como Moisés, que hablaba con él cara a cara; o como el apóstol Juan, cuando lo contempló en las visiones del Apocalipsis. ¡Y que este privilegio esté al alcance del más pequeño!
«Seré propicio a sus injusticias». En el antiguo pacto había poco lugar para la misericordia. Era cuestión de un acuerdo voluntario; si una de las partes que pactaban fallaba en el más mínimo detalle, la otra no tenía obligación alguna de permanecer fiel al acuerdo mutuo. El fracaso de una parte anulaba todo el pacto. Pero aquí no hay tal rigor. Al contrario, la misericordia es admitida en la relación, y ejerce su dominio lleno de gracia.
«De sus pecados y de sus iniquidades no me acordaré más». Como se olvida una cuenta cuando se borra de la pizarra, así será el pecado, como si fuera borrado de la memoria de Dios. Será olvidado como una deuda pagada hace años. Será apartado de la mente tan por completo que será como si nunca hubiera existido. Si se busca, no se hallará. El acta clavada en la cruz. La piedra arrojada a las profundidades del mar. La nube absorbida por el calor del verano, mientras se desvanece del profundo cielo azul. Los hermanos de José, al acercarse a él por última vez tras la muerte de su padre, dejaron ver el temor de que, aunque su resentimiento estuviera disimulado, no hubiera sido abandonado del todo. Pero sus temores eran completamente infundados. Descubrieron que la ofensa se había borrado por completo del pensamiento de su hermano, y José lloró mientras le hablaban». De un modo semejante Dios deja de tener en cuenta nuestros pecados, y se entristece si no creemos en la plenitud de su abundante perdón.
¿Estás disfrutando de los términos de este pacto en tu experiencia diaria? Dios está dispuesto a cumplirlos al pie de la letra. Cuenta con que él hará lo que ha prometido. Confía en su fidelidad. Reclama que cada promesa se cumpla en ti hasta los límites más plenos de su riqueza y de tu necesidad. No intentes inventar condiciones o términos que él no ha establecido; antes acepta con alegría la posición de no hacer nada para ganar o merecer, y de recibir todo lo que Dios da, sin dinero y sin precio.
¿Preguntas cómo puede Dios llamar pacto a esto, en lo que no hay una segunda parte que pacte? La respuesta es fácil: Jesucristo ha ocupado nuestro lugar, y no solo ha negociado este pacto, sino que ha cumplido en nuestro nombre y a nuestro favor todas las condiciones que eran necesarias y justas. Ha cargado con la pena de la debilidad y la transgresión humanas. Ha satisfecho todas las exigencias de una obediencia perfecta e ininterrumpida. Se ha comprometido a asegurar en nosotros, por el don del Espíritu Santo, una santidad que jamás podría haberse obtenido por nuestros propios esfuerzos. Y como él se ha hecho nuestro Fiador y Garante, Dios puede entrar en estos términos generosos con nosotros, sin decir nada de todo lo que le costó a su Hijo, sino permitiéndonos participar de todos los beneficios; con esta sola condición: que nos identifiquemos con él por una fe viva, confiando en sus manos todos los asuntos espirituales y ateniéndonos a las decisiones de su voluntad. Este es el nuevo y mejor pacto, que ha reemplazado al antiguo.
Capítulo 20 completado
Los dos pactos