El camino al Lugar Santísimo
El verdadero tabernáculo

Capítulo 19 · 10 min de lectura · 13 min de escucha

El verdadero tabernáculo

«Conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte».—Hebreos 8:5.

FUERON tres las etapas por las que Moisés, el varón de Dios, ascendió al monte. A la primera subió acompañado de Aarón, Nadab y Abiú, y de setenta ancianos de los hijos de Israel, los representantes escogidos del pueblo. «Y vieron al Dios de Israel; y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno; y vieron a Dios, y comieron y bebieron» (Éxodo 24:10, 11). Aquel comer y beber era evidentemente un símbolo de amistad y de paz, fundado en el derramamiento de la sangre que se relata en los versículos anteriores. También nosotros podemos ver a Dios, y comer la carne y beber la sangre del Hijo del hombre, sobre la base de aquella preciosa sangre por la cual hemos sido hechos cercanos.

Terminado este banquete, la voz de Dios llamó a Moisés a una región más alta, a una cuesta más empinada. Primero mandó a los ancianos que esperaran donde estaban; y luego, acompañado solo de Josué, se levantó y subió al monte de Dios, sobre el cual reposaba la nube, empapada y bañada en la gloria del Señor, como las largas franjas de nubes en el resplandor de un sol poniente.

Pero al séptimo día, aun Josué quedó atrás. Dios llamó a Moisés de en medio de la nube. Y Moisés subió más arriba en el monte, cada vez más adentro, hasta el corazón mismo de la gloria ardiente. Todos sus sentidos estaban intensamente despiertos a las escenas que lo rodeaban, y arrobados; cada uno era cauce de oleadas de gozo extático, sin dolor, sin conciencia de sí mismo, sin la parálisis del temor, como si uno fuera llevado siempre adelante por una marea de gloria y de música, cada uno de cuyos movimientos era un éxtasis. «Y estuvo Moisés en el monte cuarenta días y cuarenta noches».

Durante ese tiempo se dieron a Moisés instrucciones minuciosas acerca del Tabernáculo que había de levantarse en la llanura de abajo. Esas instrucciones se hallan en Éxodo 25, 26 y 27, y son sumamente detalladas. Nada se dejó a la fantasía humana. Comenzando por el arca y su propiciatorio, como trono de Dios, las instrucciones pasan por la mesa de madera de acacia, el candelero con sus siete brazos, las tablas, las cortinas y los cortinajes, hasta terminar en el gran altar de bronce del atrio del Tabernáculo, donde Dios y el pecador se encontraban. ¿No es este también el camino que recorrió el Señor mismo, la sustancia de todas estas figuras, que vino del seno del Padre a la cruz del Calvario, el altar de bronce donde quitó los pecados de los hombres?

Pero, además de la minuciosa descripción así dada, parece que se presentó a la mente de Moisés alguna representación de las cosas que se le mandaba construir. Fue como si las realidades eternas que habían morado desde siempre en la mente de Dios tomaran alguna forma visible ante sus ojos. Lo invisible se hizo visible. Lo eterno tomó forma. Se le mostró un modelo. Recorrió las naves del verdadero Tabernáculo. Contempló las cosas celestiales mismas. Y conforme a ese modelo se le instó y mandó repetidas veces que edificara. «Conforme a todo lo que yo te muestre, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus utensilios, así lo haréis» (Éxodo 25:9, 40; 26:30; 27:8).

EL RITUAL JUDÍO MERECE UN ESTUDIO DEVOTO. Siempre es interesante estudiar las formas del culto religioso, aunque los ritos hayan caído en desuso, los altares estén desiertos, y el polvo del sacerdote y del devoto se haya mezclado hace mucho con la arena del desierto o con el verdor del valle. ¿Quién puede contemplar sin emoción los gigantescos monumentos que se alzan en las densas selvas del centro de México, restos de una era de gigantes que pasaron sin dejar ninguna clave de los símbolos o jeroglíficos que tallaron? ¿Quién puede recorrer sin emoción los círculos de piedra de Stonehenge, Keswick o Penmaenmawr sin caer en meditaciones pensativas?

Por esta razón, si no por otra, el ritual levítico siempre tendría un interés propio. Cuando pensamos en los nobles espíritus que nos legaron nuestros más preciosos registros religiosos, que cantaron en los Salmos, que lloraron en las Lamentaciones, que centellearon con el éxtasis de la predicción y la profecía mesiánicas, y que todos fueron formados en el sistema cuyo foco y corazón era el Tabernáculo, no podemos dejar de examinarlo con una curiosidad santa y reverente, como quien visita la habitación de la infancia o la escuela donde maestros amados y honrados pasaron sus primeros años.

Pero aquí hay un interés más profundo todavía. Porque se nos dice que estas cosas fueron hechas conforme al modelo de las cosas que están en los cielos. Cada botón, cada corchete, cada cortina, cada vaso y cada mueble tenía alguna analogía, alguna contraparte espiritual de la cual era la expresión tosca y material. No cabe duda de que, a través de estas figuras y sombras, los santos antiguos alcanzaron a vislumbrar las realidades eternas. Lo deducimos porque hay una gran semejanza entre su vida religiosa, tal como se expresa en sus escritos, y la nuestra. Pero si ellos, que no tenían más que la figura para guiarse, pudieron discernir por su medio tantas lecciones profundas y santas, ¡cuánto más claramente deberíamos poder ver nosotros los grandes principios de la redención en el antiguo ritual, cuando ante nosotros han pasado las escenas de Belén, del Calvario, del huerto de José de Arimatea y del monte de la Ascensión!

A veces en una sombra podemos ver detalles de la obra que en la sustancia misma tal vez se nos habrían escapado. Uno de los logros más maravillosos de nuestros días es la fotografía solar, por la cual se obtienen, en ciertas condiciones, fotografías del disco del sol. Y es evidentemente mucho más fácil investigar la naturaleza del sol a partir de tales fotografías que estudiarlo en medio de la gloria insoportable de su presencia. El ojo puede proseguir tranquilamente sus investigaciones, sin deslumbrarse y sin turbarse. Así también podemos entender mejor algunos detalles de la obra de Cristo al estudiar Levítico que cuando estamos con los apóstoles en medio de las maravillas de la cruz, o con el Vidente en medio del resplandor celestial de la visión apocalíptica.

No te apartes, pues, a la ligera del libro de Levítico, que prefigura el Evangelio; y que, de hecho, aporta buena parte de la terminología, de las frases y los símbolos que se emplearían después. Bajo la enseñanza del mismo Espíritu Santo que enseñó a Moisés en la antigüedad, exploramos los sagrados significados que yacen bajo el arca y el propiciatorio; el lino torcido y el azul; el candelero y la mesa; el altar del incienso y el altar del holocausto; la fuente, los utensilios y las despabiladeras. Cada uno es como un gancho en la casa divina, del cual Dios ha colgado un significado sagrado, y que entregará su secreto a quienes con reverencia pidan, busquen y llamen. Adaptando unas palabras memorables, podemos decir: «Las cosas invisibles de Dios, desde la construcción del Tabernáculo, se echan de ver claramente, siendo entendidas por las cosas que fueron hechas, a saber, su eterno propósito de redención».

LAS VERDADES DEL EVANGELIO SON REALIDADES ETERNAS. No debemos pensar que estén destinadas jamás a desaparecer, como desaparecieron las figuras judías. No pueden. Son las cosas celestiales mismas. Son lo verdadero, lo ideal, lo divino. Siempre han sido lo que son. Siempre serán lo que son. Puede que aún tengamos que ver mucho más hondo en ellas; puede que necesitemos que se nos enseñen por medios aún más altos de comunicación divina. Puede que tengamos que ser elevados a una región más alta de experiencia para comprenderlas. Pero en esencia están establecidas para siempre: son el granito del hecho eterno. Todo edificio construido sobre ellas permanecerá para siempre. Los judíos tenían solo la figura; nosotros tenemos la realidad; ellos el cuadro, nosotros la persona; ellos la sombra, nosotros la sustancia.

Es interesante advertir que Moisés no vio en la revelación de Dios otra verdad que la que vio Pablo; aunque para Moisés tomó forma en el Tabernáculo con sus capas de pieles, mientras que para Pablo tomó forma en cadenas resplandecientes de espléndido argumento y retórica. Pero siempre ha existido en la mente y el pensamiento de Dios la misma distinción entre la santidad y el pecado; siempre la necesidad del sacrificio, aun hasta la muerte; siempre la exigencia de una vida derramada, como único medio por el cual el pecador puede acercarse a su santa Majestad; siempre el requisito del incienso de la alabanza, del pan de la obediencia, de la luz de un carácter iluminado; siempre el sacerdote para interceder; y siempre las naves, los atrios y los espacios dedicados al culto y a la comunión, tan elevados como la comunión entre el Padre y el Hijo.

El Calvario no es ninguna novedad, ni tampoco el sacerdocio, ni la obra de Jesús; representan el resplandor de hechos eternos que están en lo más profundo de la naturaleza de Dios. Desconocerlos es perder la unión con Dios en las leyes y los procesos más fundamentales de su ser. El Cordero fue inmolado antes de la fundación del mundo; y él aparece en el cielo llevando todavía las marcas de su muerte, «un Cordero como inmolado».

NUESTRO LUGAR DE CULTO. Es necesario que nos congreguemos en lugares de reunión con otros cristianos; pero, en realidad, ninguno de ellos es esencial para la verdadera adoración. La figura ha pasado, y sabemos que el Tabernáculo judío ya no existe. Pero ¿qué vemos? Hay quienes intentan reproducirlo, o inventar algo que lo sustituya. ¡Ah, cuán gravemente malinterpretan nuestra verdadera posición! Ciertamente no necesitamos ni el Tabernáculo judío ni sustituto alguno, porque hemos sido constituidos sacerdotes del tabernáculo celestial, que ninguna mano humana levantó jamás, y que es el lugar de encuentro entre Dios y todos los corazones sinceros, sí, entre Dios y todos los que lo aman. «Ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre». Cuando nos reunimos con un grupo de nuestros hermanos en la fe, no hemos de pensar en ellos como si fueran todos aquellos con quienes adoramos. El verdadero adorador es uno de una gran multitud festiva que llena el templo espiritual. No somos más que parte de una congregación formada por todos los santos que han muerto y todos los creyentes que viven, en todas las comuniones y a lo largo de todo el universo de Dios. El preso, el viajero, el enfermo, la madre, la enfermera: todos se encuentran allí al unísono, y adoran a Dios juntos. Todos son sacerdotes, y allí está el Sumo Sacerdote, que traspasó los cielos y vive siempre para interceder. «Ministro de aquel verdadero tabernáculo». ¡Qué ridículos parecen a tal asamblea quienes se arrogan pretensiones sacerdotales, y quieren hacernos creer que repiten el sacrificio de Cristo! En este templo, al menos, no hacen falta, porque Cristo está aquí para ofrecer él mismo el sacrificio.

AQUÍ SE NOS SUGIERE EL VERDADERO MODELO DE NUESTRA VIDA. Tenemos muchos planes, proyectos y modelos; ¡pero cuán a menudo fracasan y nos decepcionan! ¡Ojalá pudiéramos pasar largos períodos con Dios en el monte, recibiendo su modelo para nuestra vida y nuestra obra! No hay nada más alto para nosotros que edificar alguna semejanza del pensamiento eterno de Dios. Todo edificio construido según ese plan permanecerá para siempre. Y Dios siempre hallará material, más que suficiente, para quienes se atreven a ser singulares porque son fieles al modelo que él muestra en el monte. Y si se pregunta cuál es ese modelo que Dios nos mostrará en el monte de la comunión, podemos responder: es la vida, el carácter y la obra de Jesucristo nuestro Señor; el modelo, el ejemplo y el dechado de todo lo verdadero, lo justo, lo puro, lo amable y lo que es de buen nombre. Procura hacer tu vida conforme a este modelo, que Dios espera mostrarte en el monte. Dios te llama a ello, y él te capacitará para cumplirlo.

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