Capítulo 2 · 12 min de lectura · 15 min de escucha
La Palabra de Dios
«DIOS, habiendo hablado muchas veces y en muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo». Hebreos 1:1, 2.
DIOS». ¡Qué palabra podría encabezar con más propiedad la primera línea del primer párrafo de esta noble epístola! Toda estructura debe descansar sobre él como fundamento; todo árbol debe brotar de él como raíz; todo propósito y toda empresa deben tener en él su origen y su fuente. «EN EL PRINCIPIO, DIOS» es un lema digno de inscribirse al comienzo de todo tratado, sea un pesado volumen o un efímero folleto. Y con ese nombre comenzamos nuestro intento de recoger algunas de las lecciones resplandecientes que se dirigieron primero a los hebreos perseguidos y vacilantes de la era primitiva, pero que siempre han sido sumamente apreciadas por los gentiles creyentes en toda la Iglesia universal. El banquete se preparó originalmente para los hijos de la raza de Abraham; pero ¿quién nos disputará el derecho a las migajas? En nuestro empeño por recogerlas, sé tú, oh Dios, el Alfa y la Omega, el primero y el último. En el griego original, la palabra «Dios» va precedida de otras dos palabras, que describen la variedad y la multiplicidad de su revelación al hombre. Y todo el versículo está lleno de interés, pues detalla el origen y la autoridad de la Palabra de Dios, e ilustra la gran ley que aparece en tantas partes de las obras de Dios y que con razón se ha llamado la ley de la VARIEDAD EN LA UNIDAD.
Esa ley actúa en la Naturaleza. El primer libro de Dios. Ningún hombre reflexivo puede mirar a su alrededor sin quedar detenido por la infinita variedad que le sale al encuentro por todas partes. «Toda carne no es la misma carne; . . . y cuerpos hay celestiales, y cuerpos terrestres; mas ciertamente una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrestres. . . . Una estrella es diferente de otra en gloria». No puedes hallar dos rostros iguales en una multitud, ni dos hojas iguales en un bosque, ni dos flores iguales en las arboledas de la primavera. Parecería que los moldes en que se forman los productos naturales se rompen y se desechan en cuanto se ha obtenido un resultado. Y esto es lo que ofrece un campo tan infinito para la investigación y el gozo, y descarta todo temor a la monotonía o al hastío del alma.
Y, sin embargo, en medio de toda la variedad natural, hay una unidad maravillosa. Cada parte del universo se enlaza con todas las demás mediante vínculos sutiles y delicados. No puedes alterar el equilibrio en ningún punto sin enviar una sacudida de perturbación a través de todo el sistema. Así como en alguna majestuosa catedral gótica la misma idea se repite en formas más audaces o más ligeras, así también los mismos grandes pensamientos reaparecen en el árbol y en la flor, en la molécula y en el planeta, en la diatomea y en el hombre. Y todo esto porque, si penetras hasta el corazón de la Naturaleza, te encuentras con Dios. «De él, y por él, y en él, son todas las cosas». «Hay diversidad de operaciones; mas el mismo Dios es el que obra todas las cosas en todos». La unidad que impregna el templo de la Naturaleza es el resultado de haberse originado en una sola mente y de haber sido realizado por una sola mano: la mente y la mano de Dios.
Esa ley actúa también a lo largo de todas las Escrituras. Hay en ellas tanta variedad como en la Naturaleza. Fueron escritas en épocas diferentes: unas en los días de «los padres»; otras «en estos postreros días» para nosotros. En los capítulos iniciales, bajo la guía del Espíritu de Dios, Moisés incorporó fragmentos de una tradición sagrada que pasaba de boca en boca en las tiendas de los patriarcas; y los últimos capítulos se escribieron cuando la santa ciudad, Jerusalén, ya había sido derribada por tierra por la mano acorazada de Tito.
Fueron escritas en países diferentes: estas, en los desiertos de Arabia; aquellas, a la sombra de las pirámides; y otras, en medio de las mareas de vida que recorrían las mayores ciudades de Grecia y de Roma. En algunas puedes percibir la sencilla vida pastoril de Palestina; en otras, la magnificencia del imperio de Nabucodonosor. En una se oye el murmullo del azul Egeo; y en varias, el ruido de los grilletes en la celda de la prisión romana.
Fueron escritas por hombres pertenecientes a diversas clases, oficios y modos de pensar: pastores y pescadores, guerreros y reyes; el salmista, el profeta y el sacerdote; unos empleaban el majestuoso hebreo religioso, otros el dialecto caldeo, otros el pulido griego; toda clase de estilos, desde la carta amistosa o el proverbio sentencioso hasta la historia nacional o el tratado cuidadosamente elaborado, en que el pensamiento y la expresión resplandecen como en el fuego; pero todos aportando su parte a la simetría y la belleza del conjunto.
Y, sin embargo, a lo largo de toda la Biblia hay una unidad indudable. ¿Qué otra cosa podría haber llevado a la humanidad a considerar estos sesenta y seis pequeños tratados tan inconfundiblemente relacionados entre sí que debían encuadernarse juntos bajo una misma cubierta? Ha habido algo tan singular en estos libros que siempre se han sostenido o han caído juntos. Desintegrar uno ha sido perderlos todos. Creer en uno ha llevado a creer en todos. Sus manos están enlazadas y trabadas con tanta fuerza que adonde va uno, todos tienen que seguirle. Y aunque hombres sabios e ingeniosos lo han intentado con todas sus fuerzas, nunca han podido producir un solo tratado que posea esa cualidad indefinible que da a estos su misteriosa unidad; cualidad cuya ausencia es fatal para la pretensión de cualquier libro de ser incluido con ellos o de reclamar la veneración y el homenaje especiales de la humanidad.
El mundo está lleno de libros religiosos; pero el hombre que ha alimentado su vida religiosa con la Biblia percibirá al instante la diferencia entre ellos y las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento. El ojo detecta al instante la ausencia de vida en la flor artificial; la lengua detecta de inmediato y con certeza la ausencia o la presencia de cierto sabor en lo que se le da a probar; y el corazón del hombre, su sentido moral, percibe enseguida la ausencia, en todos los demás libros religiosos, de cierto sabor que impregna la Biblia, desde el Génesis, el libro de los comienzos, hasta los anuncios del Apocalipsis sobre la pronta venida del Rey.
Y en la posesión de este misterioso atributo, el Antiguo y el Nuevo Testamento son uno. No puedes decir que haya más de él en los ardientes párrafos del apóstol Pablo que en las espléndidas profecías y exhortaciones del gran profeta evangélico, Isaías. Ciertamente está en los Evangelios; pero no menos en el relato del Éxodo. De principio a fin hay silencio sobre temas que solo satisfacen la curiosidad, pero sobre los cuales otras supuestas revelaciones se han extendido copiosamente. De principio a fin no hay intento alguno de instruir sobre la ciencia o la naturaleza, sino que toda la energía se concentra en exponer los derechos de Dios sobre los hombres. De principio a fin se ve con claridad el cordón carmesí del sacrificio, en el que los libros están ensartados como cuentas en un hilo. Y de principio a fin está siempre presente esa cualidad sutil, misteriosa e inefable llamada Inspiración: un término que se explica por las majestuosas palabras de este versículo inicial: «Dios, habiendo hablado en otro tiempo a los padres, en estos postreros días nos ha hablado».
La Escritura es el habla de Dios al hombre. Esto es lo que le da su unidad. «El Dios de dioses, el Señor, ha hablado, y convocado la tierra». Los amanuenses pueden ser distintos; pero la mente que inspira es la misma. Los instrumentos pueden variar; pero en cada caso es la misma mano maestra la que toca el mismo tema. Deberíamos leer la Biblia como quienes escuchan el habla misma de Dios. Bien puede llamarse «la Palabra de Dios».
Pero la Escritura es el habla de Dios en el hombre. El tesoro celestial está en vasos de barro. «Habló a los padres en los profetas. . . nos ha hablado en su Hijo». Es muy notable estudiar la vida de Jesús y escuchar sus constantes declaraciones sobre la fuente de sus maravillosas palabras. Tan completamente se había despojado de sí mismo que nada originaba por sí mismo, sino que vivía por el Padre, del mismo modo que nosotros hemos de vivir por él. Declaró claramente que las palabras que hablaba no las hablaba de sí mismo, sino que tanto las palabras como las obras procedían del Padre, que moraba en él. Por aquellos labios de barro hablaba el Dios eterno. ¡Bien podía llamarse también él «la Palabra de Dios»!
Y aquí las palabras de los profetas del Antiguo Testamento se elevan al mismo plano que las palabras de Jesús en el Nuevo. Sin detenerse a hacer la menor distinción, nuestro escritor nos dice, bajo la enseñanza del Espíritu, que el que habló en el uno habló también en los otros. Pensemos, pues, en el Antiguo Testamento con la misma reverencia que en el Nuevo. Era la Biblia de nuestro Salvador. Era el alimento que Jesús amaba y del que vivía. Estaba dispuesto a ayunar de todo otro alimento con tal de tener este. Era su única y suprema apelación en el conflicto con el diablo, y al rematar sus argumentos y exhortaciones ante los hombres. Y aquí descubrimos la razón. La voz de Dios hablaba en los profetas, cuyo mismo nombre los compara con el chorro del géiser que brota de su fuente oculta.
Puesto que Dios habló en hombres, es evidente que los dejó expresar sus pensamientos en el lenguaje y según el método que les eran más familiares. Hablarán de la Naturaleza tal como estaban acostumbrados a encontrarla. Usarán la forma de expresión, sea poesía o prosa, más habitual a su manera de pensar. Harán alusiones a los acontecimientos que ocurrían a su alrededor, de modo que sus semejantes los entendieran con facilidad. Pero, aunque se les dejó así expresar los pensamientos de Dios a su manera, es indudable que el Espíritu divino debió de supervisar cuidadosamente sus palabras, para que estas transmitieran con exactitud sus mensajes a los hombres.
En muchas partes de la Biblia hay dictado absoluto, palabra por palabra. En otras hay una supervisión divina que guarda del error y guía en la selección y disposición de los materiales: como cuando Daniel cita registros históricos, y Moisés incorpora los relatos sagrados que su madre le había enseñado a orillas del caudaloso Nilo. En todas hay la plena inspiración del Espíritu de Dios, por quien ha sido dada toda la Escritura. Pues los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados del Espíritu Santo, . . . escudriñando cuándo y en qué punto de tiempo significaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos» (2 Timoteo 3:16; 2 Pedro 1:20, 21; 1 Pedro 1:11).
No necesitamos negar que otros hombres hayan sido iluminados; pero entre la iluminación y la inspiración hay tanta distancia como cuanto está lejos el oriente del occidente. Tampoco decimos que Dios no haya hablado en otros hombres, o en estos mismos hombres en otras ocasiones; pero sí decimos que solo en la Biblia ha dado Dios la revelación suprema de su voluntad y la regla autorizada de nuestra fe y nuestra conducta. El corazón del hombre da testimonio de ello. Sabemos que hay en estas palabras un tono que no se oye en ninguna otra voz. Las cuerdas superiores de este instrumento le dan un timbre que ningún otro puede igualar.
La revelación del Antiguo Testamento se dio en fragmentos (o porciones). Este es el sentido de la palabra que la antigua versión inglesa traduce muchas veces, y la Revisada en diversas porciones. No se refiere a las sucesivas épocas a lo largo de las cuales se extendió, sino a las numerosas «porciones» en que estaba dividida. Ningún profeta podía pronunciar toda la verdad. A cada uno se le confiaron una o dos sílabas de las poderosas frases del habla de Dios. En el mejor de los casos, la visión de Dios que se captaba y se transmitía a los hombres por medio de los profetas, aunque verdadera, era parcial y limitada.
Pero en Jesús no hay nada de esta revelación fragmentaria. «En él habita toda la plenitud de la Divinidad corporalmente». Él nos ha dado a conocer al Padre. Quien le ha visto a él ha visto a Dios; y oír sus palabras es recibir la revelación plena y completa del Infinito.
La revelación anterior se dio en muchas formas. El terremoto, el fuego, la tempestad y el silbo apacible y delicado: cada uno tuvo su ministerio. Símbolo y parábola, visión y metáfora, tipo y prefiguración histórica: todos sirvieron a su vez al propósito divino, como el rayo de luz que se descompone en muchos matices prismáticos. Pero en Jesús está el resplandor constante del rayo puro de su gloria, un único método de revelación, uniforme e invariable.
¡Oh Libro incomparable y glorioso, Palabra de Dios a los hombres, a nosotros; que revelas no solo a Dios, sino a nosotros mismos; que explicas estados de ánimo para los que no teníamos clave; que nos tocas como ningún otro libro puede hacerlo, y en momentos en que todas las demás voces se debilitan y callan; que nos cuentas hechos que no habíamos podido descubrir, pero que reconocemos al instante como verdad; pan del alma, llave de la vida, que descubres mayores profundidades a medida que ascendemos en la experiencia cristiana: te hemos probado demasiado tiempo para dudar de que eres lo que Jesús dijo que eras, el don indispensable y precioso de Dios!
Capítulo 2 completado
La Palabra de Dios