El camino al Lugar Santísimo
La grandeza suprema de Cristo

Capítulo 18 · 11 min de lectura · 15 min de escucha

La grandeza suprema de Cristo

«Puede también salvar hasta lo sumo a los que por él se allegan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.» —Hebreos 7:25.

ESTE capítulo necesita leerse bajo un profundo sentido del pecado para ser debidamente entendido y apreciado. Es el pecador consciente de serlo quien necesita al Sacerdote. Podemos arreglarnos muy bien con Cristo como Maestro, Filántropo, Hombre ideal, hasta que nos vemos tal como somos a los ojos de Dios; pero cuando se nos concede esa visión, nuestro corazón clama con un clamor muy grande y muy amargo por el Sacerdote que pueda presentarse por nosotros ante Dios, y por Dios ante nosotros.

Hay una necesidad urgente de una conciencia y una convicción renovadas de nuestra condición de pecadores, tanto entre los incrédulos como entre los que profesan ser cristianos. Una idea ligera del pecado produce ideas superficiales del sacrificio del Calvario, de la necesidad de la propiciación y del temible castigo futuro de la maldad voluntaria. Si los hombres entendieran realmente lo que es el pecado, no hablarían con tanta soltura de su completa liberación de él; confundiendo, como lo hacen, los pocos pecados de que tienen conciencia con la masa de maldad que yace todavía en su naturaleza, como el lodo en el fondo de un lago cristalino, que solo necesita ser removido para mostrarse. Y si los hombres sintieran de verdad sus pecados, habría una carrera unánime hacia la preciosa Sangre y hacia el único Sacerdote, en busca de absolución y perdón.

Es poco probable que estas pobres palabras puedan torcer el curso de la corriente; pero, si fuera posible llegar a la gran masa de los predicadores de hoy, uno los instaría a dejar a un lado sus ensayos literarios, sus discusiones con los evolucionistas, su poesía y su retórica, y a aplicar la enseñanza cortante de la Palabra de Dios a la conciencia y a la vida de los hombres. Que ataquen el pecado como pecado. Que traten los pecados de sus congregaciones de manera concreta, como el bóer señala a su hombre para su bala. Que muestren lo que Dios piensa de los pecados que nosotros tratamos tan a la ligera. Y tan pronto como volvamos al estilo de predicación de antaño, veremos un avivamiento de conversiones como las de antaño. De nada sirve quejarse, cuando la culpa es nuestra. La naturaleza humana no ha cambiado. La ley de Dios no ha cambiado. El clamor de la conciencia está sofocado, no silenciado. Otra vez oiremos de multitudes compungidas de corazón y clamando por misericordia. Y entonces el sacerdocio de Cristo, tal como aquí se describe, adquirirá un nuevo valor.

ES UN GRAN SUMO SACERDOTE (v. 4). Cuán grande es, se ve por el episodio al que aquí se alude. Animado por la victoria, trayendo consigo todos los cautivos y bienes que Quedorlaomer se había llevado de Sodoma, el patriarca Abraham casi había llegado a su campamento. Pero al acercarse a Salem, donde la paz y la justicia moraban bajo el gobierno de Melquisedec, le salió al encuentro esta figura santa, llevando en sus manos los sagrados emblemas del pan y el vino: tipo adecuado de aquel que a menudo nos sale al paso en el camino de la vida, cuando estamos cansados del conflicto o cuando entramos en una tentación sutil, y nos refresca con el pan de su carne y el vino de su sangre. Y Abraham se arrodilló para recibir la bendición de su mano, y le dio los diezmos de todo (Génesis 14:19, 20).

¿No prueba esto la grandeza de Melquisedec? A los levitas y sacerdotes se les permitía, en efecto, tomar los diezmos de sus hermanos; pero este glorioso sacerdote no siente reparo en tomar los diezmos de uno de otra raza. Se elevó por encima de las estrechas fronteras de raza o de sangre, y estaba dispuesto a ejercer su oficio con igual cuidado para con un extranjero que para con los suyos. Esta visión de sus obligaciones hacia el hombre como hombre, libre de sectarismo, universal y generosa, es una verdadera señal de grandeza. Y en esto manifiesta un rasgo de la grandeza de nuestro amado Señor, cuyo sacerdocio salta por encima de los límites que pudieran fijar la nacionalidad o el nacimiento, y trata con el hombre como hombre; contigo, lector, y conmigo, con tal que acudamos a él.

Además de esto, puesto que lo menor es bendecido por lo mayor, es evidente que Abraham, con ser tan grande y tan bueno, amigo de Dios y receptor de las promesas, debió sentir que Melquisedec era superior a él, pues de otro modo nunca lo habría tratado con tan señalado respeto (Hebreos 7:6, 7). Ciertamente, pues, este santo varón era un representante adecuado de nuestro bendito Señor, ante quien todo lo más noble del cielo y de la tierra dobla la rodilla, confesando que él es el Señor y consagrándole no solo la décima parte, sino la totalidad de lo que tienen y de lo que son.

ES UN SUMO SACERDOTE MAYOR QUE AARÓN O SUS HIJOS. Cuando Abraham se arrodilló bajo aquella mano real y sacerdotal, no lo hizo solo por sí mismo, sino como hombre representativo. Primero y cabeza de su raza, sus descendientes quedaron identificados con él en su acto. Leví, pues, que recibe los diezmos, pagó los diezmos en el patriarca; y, al hacerlo, tomó para siempre el segundo lugar, como inferior y de segundo rango.

«Alto ahí», exclama un objetor; «si afirmas esta inferioridad del sacerdocio judío respecto al de Melquisedec, haces una aserción de consecuencias tan vastas que necesita alguna confirmación más. ¿Estás completamente seguro de que es como dices?»

«Ciertamente», es la respuesta; «si no, ¿por qué se haría en los Salmos de David un anuncio tan enfático de la venida de otro Sacerdote, mucho después de que el sacerdocio judío estuviera en funciones? “Si pues la perfección era por el sacerdocio levítico, ¿qué necesidad había aún de que se levantase otro sacerdote según el orden de Melquisedec, y que no fuese llamado según el orden de Aarón?”»

«Pero espera», interpone de nuevo el objetor; «si vas a sustituir el sacerdocio levítico, forzosamente estás cambiando toda aquella ley ceremonial que descansaba sobre el sacerdocio como un arco sobre su clave. ¿Estás dispuesto a barrer un sistema tan venerable, tan religiosamente mantenido, baluarte de la religión, institución de Dios?»

«Estoy dispuesto a ello», es la respuesta; «los mandamientos precedentes que tienen que ver con sacrificios, ritos y ceremonias tendrán que desaparecer. Eran temporales e imperfectos. Figuras, no realidades; moldes, no las verdaderas vasijas; sombras, no la sustancia. Nada perfeccionaron. Su oficio era introducir una mejor esperanza; pero, ahora que esta ha venido, pueden ser abrogados y puestos a un lado.»

A nosotros nos parece cosa ligera; pero era de la mayor gravedad para aquellos a quienes se dirigía la epístola. Para ellos el sacerdocio y el ceremonial judíos eran más que una religión de Estado: eran la religión misma. La tradición, la costumbre, la veneración por los antepasados, la admiración y la adhesión personales: todos estos lazos tuvieron que romperse con violencia cuando se vieron obligados a admitir la fuerza de este argumento inspirado e irresistible. Si Jesús era de veras el Sacerdote de quien habló David en el Salmo 110 —y de esto no parecía haber duda, porque con tanta frecuencia se le aplicaba a él (Mateo 22:44; Hechos 2:34)—, entonces no podía caber duda de que su sacerdocio era mejor que el de Aarón; y de que todo el sistema del cual el sacerdocio levítico era el rasgo esencial debía desaparecer ante aquel sistema que se reúne en torno a la persona y la obra del Señor Jesús.

Debemos distinguir entre la ley moral y la ceremonial: la segunda es pasajera, y se cumplió en Jesucristo; la primera, por supuesto, tiene fuerza permanente y eterna, escrita en la conciencia del hombre y en el gobierno del mundo.

Solo podemos detenernos aquí un momento para mostrar cuán absurdo es que el sacerdote romano o el anglicano funde sus pretensiones en el ejemplo del Antiguo Testamento. Hacerlo es confesar su inferioridad respecto al único sacerdocio que se reconoce en la era presente. Están en mala situación. Exígeles la credencial de su existencia. Si citan Apocalipsis 1:6, entonces todos tenemos el mismo derecho a llevar sus vestiduras y desempeñar su oficio. Si citan Levítico, entonces están perdidos sin remedio, porque aquel sacerdocio ha sido sustituido. Se acerca el tiempo en que todo su pueblo tendrá que desligarse de esos hombres cuyas pretensiones carecen de fundamento, o, peor aún, son engañosas, y constituyen una intrusión injustificable en los oficios sagrados de Cristo. ¡Ay, pobres almas, engañadas y esquilmadas por ellos!

ES EL MAYOR DE LOS SUMOS SACERDOTES. Porque fue hecho sacerdote por el juramento de Dios (vv. 20, 21). Los sacerdotes ordinarios no tenían tal sanción para su nombramiento; pero él, con juramento. Juró el Señor, y no se arrepentirá. Su nombramiento es definitivo, absoluto, inmutable. Jamás podrá ser sustituido, como lo ha sido el de Aarón. El cielo y la tierra pasarán, pero él no pasará.

Porque permanece para siempre. Suyo es el sacerdocio en que palpita la virtud de una vida indisoluble (v. 16). De él se da testimonio de que vive. «He aquí», dijo, «que vivo por siglos de siglos.» ¡Qué contraste con todos los sacerdotes humanos, sobre cuyas tumbas puede inscribirse siempre este epitafio: «Por la muerte no podían permanecer»! Uno tras otro envejecen y mueren: el ojo, tantas veces empañado de lágrimas, se cierra; el corazón se detiene; las manos, tantas veces alzadas para absolver, se cruzan mansamente sobre el pecho, como pidiendo perdón. Pero él vive siempre. Y de esta vida perpetua se siguen dos benditos resultados. Por una parte, tiene un sacerdocio intransferible (v. 24); por otra, puede salvar hasta lo sumo a los que por él se allegan a Dios (v. 25). Su salvación no tiene límite, no hay barrera más allá de la cual no pueda pasar. Aunque estés en lo sumo del tiempo, del carácter y de la desesperación, en uno de los confines de la tierra, serás levantado hasta el grado sumo de la gloria. Hasta lo sumo: de los pecados de pensamiento tanto como de palabra y de obra; hasta lo sumo, limpiando los pensamientos y las intenciones del corazón.

Por su carácter intachable. Santo para con Dios; inocente para con el hombre; limpio de corazón; apartado de los pecadores en su vida. Sin necesidad de ofrecer sacrificio por sí mismo, como lo hacían siempre los sacerdotes antes de ofrecerlo por el pueblo; sin necesidad de repetir cada día ni cada año aquel sacrificio y oblación perfectos que se ofrecieron una sola vez en la cruz (vv. 26, 27).

Por la dignidad de su Persona (v. 28). El oficio de la mediación ya no está confiado a un hombre, ni a un grupo de hombres, rodeados de flaqueza. ¡Mira! Por entre las filas resplandecientes de los seres avanza el Hijo, Luz de Luz, Compañero del Señor, igual a Dios, uno con el Padre y el Espíritu en la siempre bendita Trinidad. Es solemnemente consagrado a esta tarea de reconciliar y salvar a los pecadores. Todo el cielo oye y ratifica el juramento. Y bien podemos ponderar cuál ha de ser nuestro valor en el pensamiento de Dios, y cuál nuestro destino, cuando nuestra causa es asumida, en medio de tales solemnidades, por Uno tan augusto, tan glorioso, tan divino como el Sumo Sacerdote, que ahora aguarda la súplica del más humilde penitente de la raza humana. «Tal sumo sacerdote nos convenía.»

«HASTA LO SUMO.» Quizá estas palabras caigan bajo los ojos, cansados de llorar, de quienes han sido llevados casi a la desesperación por la grandeza y la virulencia de sus pecados. No solo el registro del pasado parece demasiado negro para ser perdonado, sino que los viejos hábitos vuelven a imponerse sin cesar, burlándose de las resoluciones más firmes y derribando por tierra la vida interior del alma. En tales momentos nos sentimos inclinados a envidiar al mundo vegetal y animal, que no es capaz de pecar, o a las miríadas de dulces niños que han sido llevados al hogar de Dios antes de que el tiempo de la rebelión consciente y de la guerra pudiera desgarrar su corazón infantil. Pero la grandeza de nuestro pecado es siempre menor que la grandeza de la gracia de Dios. Donde abunda el uno, sobreabunda mucho más la otra. Aunque descendamos a las raíces de los montes y toquemos el corazón del abismo, más profunda que todo es la misericordia redentora de Dios. El amor, la gracia y el poder de Jesús son mayores que nuestras indecibles necesidades. Solo confía en él: «puede salvar hasta lo sumo»; y está tan dispuesto como es capaz.

Hay muchos en estos días llenos de interrogantes acerca del corazón limpio, del grado en que podemos ser librados del pecado y de otras especulaciones semejantes. A ellos les decimos: Deja de pensar en la limpieza y considera al que limpia; abstente de especular sobre la liberación y trata con el Libertador; no te afanes tanto por la naturaleza de la salvación, sino deja entrar al Salvador en tu corazón; y ten por seguro que, mientras él tenga posesión, ejercerá un efecto tan saludable que el pecado, por poderoso que sea, perderá al instante su poder sobre el alma azotada por la tempestad que por medio de él se acerca a Dios, la fuente de la santidad.

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