Capítulo 17 · 10 min de lectura · 13 min de escucha
El sacerdocio de Cristo
«Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.» —Hebreos 7:17.
DIVERSAS fantasías se han tejido en torno a la persona de Melquisedec, atribuyéndole cualidades extraordinarias; pero es mucho mejor pensar en él sencillamente como la cabeza o el jefe de una familia o clan numeroso, asentado en el lugar que, en años posteriores, sería conocido como la ciudad santa». Ya su nombre se anunciaba en el término «Salem», que designaba aquel grupo de toscas chozas o tiendas. En medio de la anarquía y la depravación casi universales que asolaban Palestina, la justicia y la paz parecen haber hallado refugio en esta pequeña comunidad, la única donde se tributaba la debida reverencia al Dios Altísimo, poseedor de los cielos y de la tierra.
No podemos decir cómo surgió este oasis en medio del desierto moral que lo rodeaba; pero quizá se debió a la imponente influencia personal del rey, quien, según la costumbre patriarcal, como padre de la familia, no solo gobernaba la vida familiar, sino que dirigía también su devoción; y así, siendo Melquisedec rey de Salem, era también sacerdote del Altísimo. Además, parece que llevaba una comisión especial, y que fue levantado con un propósito concreto, como mensajero ordenado entre Dios y los hombres, y como encarnación de un retrato notable del sacerdocio que el Hijo de Dios había de ejercer a favor del hombre.
Observa el significado de las palabras hecho semejante al Hijo de Dios (v. 3). El sacerdocio eterno de Cristo era la realidad arquetípica, a cuya semejanza fue modelado el de Melquisedec. Era como si el Padre no pudiera esperar el día en que su Hijo entraría como sacerdote dentro del velo, sino que necesitara anticipar las maravillas de su ministerio plasmando en miniatura sus rasgos principales. Estudiemos ahora algunos de ellos.
CRISTO ES REY ADEMÁS DE SACERDOTE (v. 1). La historia pronuncia su juicio unánime contra la reunión del poder temporal y el espiritual en un mismo hombre. En Israel los dos oficios se mantenían rigurosamente separados; y cuando, en cierta ocasión, un rey traspasó la barrera sagrada y, tomando un incensario, entró a grandes pasos en el atrio interior, al instante lo siguieron las protestas del cuerpo sacerdotal, mientras la blanca marca de la lepra escribía su sentencia en su frente; «y él también se dio prisa a salir, porque el Señor lo había herido». Pero el sencillo monarca del que escribimos, que vivió antes de que los abusos acumulados prohibieran esa unión, reunía en su persona el cetro real y el incensario sacerdotal. Y en esto prefiguraba al Cristo.
Jesús es Rey y Sacerdote. Es Rey porque es Sacerdote. Está sumamente exaltado, y reclama el homenaje de toda rodilla y la confesión de toda lengua, porque se hizo obediente hasta la muerte de cruz. Funda sus derechos reales no en la descendencia hereditaria, aunque la sangre de David corría por sus venas; no en la conquista ni en una fuerza superior; no en la legislación que sostiene el reino de los cielos entre los hombres; sino en esto: que nos redimió para Dios con su sangre. Él es el Rey de gloria, porque es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La cruz fue el escalón hacia su trono.
Y no puede cumplir su oficio de Sacerdote si antes no se le reconoce como Rey. Muchos no reciben toda la bendición que se ofrece a los hombres por medio del sacerdocio de Cristo, porque no están dispuestos a admitir sus derechos como Rey. No lo reverencian ni lo obedecen. No abren todo su reino interior a su cetro. Procuran servir a dos señores, y quedar bien con imperios tan distintos como la luz y las tinieblas, el cielo y el infierno, Dios y Satanás. Tiene que haber consagración antes de que pueda haber fe perfecta; coronación antes que liberación; el Rey antes que el Sacerdote.
El orden es invariable: primero Rey de justicia, y luego también Rey de paz (v. 2). «¡Paz, dennos paz!» es la exigencia insistente de los hombres; paz a cualquier precio; paz a toda costa. Pero Dios, en las aguas profundas, pone el fundamento de la justicia; «y el efecto de la justicia será paz; y la labor de justicia, reposo y seguridad para siempre». De nada sirve curar la herida a la ligera, diciendo: «Paz, paz», cuando no la hay. Es infinitamente mejor sondear hasta el fondo, y edificar desde un fundamento sano y saludable hasta la superficie de la carne. Y el Rey de paz nunca entrará en tu alma hasta que primero lo hayas reconocido como Rey de justicia, sometiéndote a sus justos derechos y renunciando a la justicia que es por la ley a cambio de la que es por la fe.
Es lamentable ver cuán pocos cristianos, en proporción, están comprendiendo el pleno significado o poder del cristianismo. Sin gozo, sin fruto, sin poder, son tropiezo para el mundo y burla para los demonios. ¿Y no está aquí la razón? No están en lo recto. Albergan traidores y extranjeros en su alma. Constantemente se condenan a sí mismos en lo que aprueban. Sin duda se excusan, e inventan razones especiales para atenuar sus faltas, de modo que lo que sería inadmisible en otros resulta perdonable en ellos. ¡Qué alegatos interesados! ¡Qué argumentos ingeniosos! ¡Qué proezas de gimnasia son las suyas! Pero todo en vano. Aprenda cualquiera de ellos que lea estas líneas que es imperativo hacer a Cristo Rey, y Rey de justicia, antes de poder apreciar la paz que nos viene de su sacerdocio a nuestro favor.
EL SACERDOCIO DE CRISTO NO FUE HEREDADO (v. 3). Esto también se ve con claridad en la historia del rey-sacerdote de Salem. El sacerdote levítico tenía que trazar cuidadosamente su relación con Aarón; de ahí las extensas genealogías de que están llenas algunas partes de la Biblia. Los sacerdotes que, en tiempos del regreso de Babilonia, no pudieron probar su linaje fueron suspendidos hasta que se levantara un sacerdote con Urim y Tumim. Pero el sacerdocio de Melquisedec evidentemente nada tenía que ver con su ascendencia. Era independiente de todo linaje sacerdotal. Por supuesto, no es necesario deducir que realmente no tuviera padres humanos ni conociera nacimiento ni muerte. Eso no se afirma ni se supone. El argumento se basa sencillamente en que se omite toda referencia a estos hechos de la vida humana ordinaria; y busca probar que, por tanto, este sacerdocio del mundo antiguo era del todo independiente de aquellas condiciones que tenían importancia primordial en la dispensación levítica. Era de un orden enteramente distinto del que oficiaba en el templo judío; y por eso era tan apto para representar el de Cristo.
Como Dios, nuestro Señor no tuvo madre. Como hombre, no tuvo padre. No procedía de una familia de sacerdotes; porque notorio es que el Señor nuestro nació de la tribu de Judá, sobre cuya tribu nada habló Moisés tocante al sacerdocio. Lo que de Melquisedec era verdad en figura, de Jesús fue verdad al pie de la letra: él no ha tenido ni principio de días ni fin de vida. Su sacerdocio, por tanto, es absolutamente único. Está entre los hombres sin rival. No ha habido nadie como él, ni antes ni después. Sus funciones no las recibió de nadie, no las comparte con nadie, no las transmite a nadie. Fue hecho lo que era desde toda la eternidad por la presciencia y el consejo de Dios.
El corazón sacerdotal de nuestro Salvador nunca tuvo principio. No hay fecha en el calendario del cielo para el surgir en él de la misericordia y la compasión, y del propósito de presentarse como Abogado e Intercesor de nuestra raza. Antes que naciesen los montes, o que fuesen hechos los cielos y la tierra, ya estaba en sus pensamientos el germen de aquel drama maravilloso que se va desplegando lentamente ante la mirada del universo. Él era Sacerdote, así como el Cordero inmolado, desde antes de la fundación del mundo. El amor es eterno. El sacrificio es uno de los principios radicales del ser de Dios. El sacerdocio forma parte de la textura misma de la naturaleza de la Segunda Persona de la adorable Trinidad. No hay que temer, pues, que alguna vez abandone su oficio, o lo deje a un lado por algún otro propósito, o deje de compadecerse de los ignorantes y extraviados, de los tentados y caídos.
EL SACERDOCIO DE CRISTO ES PERPETUO (v. 3). A los sacerdotes del linaje de Aarón la muerte no les permitía permanecer. Pero de él «está dado testimonio que vive» (v. 8). ¡Aleluya! Se ha levantado un Sacerdote «según la virtud de vida indisoluble» (v. 16). «Juró el Señor, y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre» (v. 21). «Por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable» (v. 24). «Viviendo siempre para interceder» (v. 25). «Hecho perfecto para siempre» (v. 28). ¡Qué testimonio tan explícito y abundante! Nuestro Sumo Sacerdote jamás subirá al monte Hor para ser despojado de las vestiduras de su oficio y morir. Los secretos que se le han confiado nunca tendrán que contarse de nuevo a un sucesor. El tierno amor que lo une a nosotros jamás será roto ni cortado por la muerte. Nadie más será llamado nunca a ocupar su lugar en el cuidado de nuestras almas.
Esta enseñanza reprende dos errores: (1) El error de quienes enseñan la impecabilidad en la carne. Es imposible exagerar el daño que están causando en estos días algunos que se aprovechan del anhelo universal de una experiencia más elevada, y ofrecen a almas crédulas la perspectiva de alcanzar una posición en la que ya no necesitarán confesar pecado, ni requerirán la limpieza continua en la sangre de Cristo, ni tendrán conciencia de su condición de pecadores.
Los que así hablan confunden el pecado con los pecados. Aplican el término flaqueza a actos y disposiciones que la Palabra de Dios llama con nombres más negros y oscuros. Esta enseñanza rebaja la norma que el hombre tiene del pecado para ajustarla a la doctrina errónea que ha absorbido. Es contraria a la enseñanza clara de la Escritura de que la carne del creyente todavía puede codiciar el dominio. Se opone a toda experiencia más profunda de la vida cristiana, la cual muestra que, aun cuando de nada tengamos mala conciencia, no por eso somos justificados; porque puede haber muchos males que, por falta de una luz más clara, ignoramos por completo, pero que resultan bien patentes a los ojos de aquel que nos juzga, el Señor que escudriña el corazón y prueba los riñones.
El error de quienes enseñan la perpetuidad de un sacerdocio sacrificador. Por supuesto, todos los creyentes son sacerdotes, en el sentido de que ofrecen el sacrificio de alabanza y oración, las ofrendas del amor abnegado. Pero hay muchos entre nosotros que persisten en afirmar que, además, están llamados a ofrecer constantemente el sacrificio perpetuo del Calvario en los elementos de la Cena del Señor. En medio del ceremonial de la misa, tal como la ofrecen en demasiadas de nuestras iglesias inglesas protestantes declarados que pretenden ser sacerdotes, es difícil ver rastro alguno de la sencilla institución de la Cena del Señor. Y uno se estremece de justa indignación al ver cómo estos ciegos guías de ciegos engañan a las multitudes para ruina de su alma. A veces uno anhela el sarcasmo demoledor de un Erasmo, el robusto sentido común de un Latimer, la vehemencia de un Knox, para desenmascarar las pretensiones antibíblicas de estos hombres, ataviados con los vistosos oropeles de vestiduras paganas y entregados a unas mojigangas que moverían a risa si todo el sistema no fuera tan indeciblemente triste. «¡Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo!»
Pero, después de todo, la verdadera manera de hacer frente a estos errores es insistir en la intercesión y el sacerdocio continuos e inmutables de nuestro Señor. Ciertamente, si él vive y continúa su obra, es una necedad impertinente y arrogante entrometerse en sus funciones. Debemos volver a los antiguos métodos de interpretación y exposición de la Escritura antes de que podamos prevenir a nuestros jóvenes contra los monstruosos errores de nuestro tiempo, o recuperar a quienes han sido tan desastrosamente extraviados.
Capítulo 17 completado
El sacerdocio de Cristo