El camino al Lugar Santísimo
El ancla del alma

Capítulo 16 · 10 min de lectura · 13 min de escucha

El ancla del alma

«Sed imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas.»

Hebreos 6:12.

¡LAS PROMESAS DE DIOS! Esa es aquí una palabra clave. Heredan las promesas (v. 12); prometiendo Dios (v. 13); alcanzó la promesa (v. 15); los herederos de la promesa (v. 17). Pero quizá la repetición de la palabra no despierte el interés ni conmueva el corazón de quienes la leen. Nos es tan familiar; y, sobre todo, no estamos en circunstancias que hagan especialmente preciosas las promesas divinas. Es necesario que la noche del dolor oscurezca nuestro cielo, o jamás llegaremos a divisar ni a apreciar las estrellas de la promesa que centellean como gemas en el firmamento de la Escritura. Los que son ricos y están enriquecidos y no tienen necesidad de ninguna cosa no pueden comprender lo que de verdad significan las promesas de Dios.

Cuando se posee una buena renta, que garantiza la provisión de toda necesidad, poco importa que Dios se haya comprometido a proveer todo lo necesario a quienes buscan primeramente su reino. Cuando uno está rodeado de multitud de amigos fieles, como otras tantas líneas sucesivas de defensa atrincheradas en la sólida fortaleza de la posición y el rango, interesa menos la seguridad de que Dios será escudo y adarga, fortaleza de rocas, amparo contra el turbión para sus santos. Pero cuando las riquezas menguan, y los amigos faltan, y la salud decae, y amenazan la dificultad, la persecución y la prueba, entonces el alma se refugia en las promesas de Dios, y las repasa una y otra vez, estudiándolas durante horas enteras, hasta que despierta para hallar minas de tesoro bajo páginas que antes estaban tan vacías como los páramos bajo los cuales yacen los yacimientos de carbón. Bien les iría a algunos de nosotros que Dios nos despojara de todas esas cosas en que ponemos tanta confianza, para que nos viéramos obligados, quizá por primera vez en la vida, a buscar en él mismo todo lo que ahora solemos buscar en sus dones. ¡Oh bendita pérdida, que nos enseñaría cuál es nuestra verdadera riqueza! ¡Oh dichosa privación, que nos revelaría nuestros recursos inagotables! ¡Oh amorosa disciplina, que rompería las cisternas que guardan el agua salobre de la lluvia, y nos obligaría a acudir al río de Dios, que sale del trono de Dios y del Cordero!

La manera descuidada y superficial con que leemos páginas engastadas de promesas divinas se debe en gran parte a que nunca nos hemos visto en tales apuros de dolor y privación como para apreciar su valor. Una sola prueba aplastante abriría regiones enteras de promesas que ahora son como las puertas cerradas de un corredor en un palacio real. Esta es una de las razones por las que un hombre como el héroe cristiano Gordon pasaba horas enteras sobre la Palabra de Dios, contando las promesas de su Padre, levantándolas como joyas a la luz del sol y regocijándose en ellas como quien halla muchos despojos. Hombres como él han tenido poco más; no han tenido otros recursos a los que acudir; se vieron obligados a asirse de ellas para poder siquiera existir. Y así cumplieron el enigma del apóstol: «Como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo». Los que son conscientes de su pobreza son los que llegan a ser ricos en fe, y herederos del reino.

Precisamente en esa condición se hallaban los hebreos a quienes aquí se dirige la epístola. Habían sufrido el robo de sus bienes; habían soportado gran combate de aflicciones; con vituperios y tribulaciones habían sido hechos espectáculo; todo aquello en que los hombres suelen apoyarse les había sido arrebatado; y por eso el Espíritu Santo, en estas páginas, dirige su mente a las preciosas y grandísimas promesas, en las cuales Dios se comprometió a suplir todo lo que les faltaba, y a darles de sus propios tesoros todo, y más que todo, lo que habían perdido; no dándoles estas cosas en posesión visible, sino supliéndolas a medida que las necesitaban, y en proporción a su fe. ¡Ciertamente era un buen intercambio perderlo todo y recobrarlo todo en Dios!

LAS PROMESAS DE DIOS SON DIGNAS DE CONFIANZA. La palabra de un hombre de bien es su garantía. Y cuando alguien así ha dado una promesa, nuestra ansiedad se calma, nuestros temores se aquietan, tenemos un fuerte consuelo. Pero si, además de la promesa, nuestro amigo se ha obligado solemnemente con un juramento, poniendo por testigos al cielo y a la tierra, y a Dios para ratificarlo, la afirmación es tan trascendental, la apelación tan sobrecogedora, la impresión que deja en la mente tan honda, que, pase lo que pase, el alma se resguarda en la inmutabilidad de su decisión. Le es doblemente imposible cambiar o engañar. Y este es el vínculo con que Dios se ha obligado a sí mismo.

En su trato con Abraham, Dios le dio repetidas promesas: primero de la tierra, luego de la descendencia, y también de la bendición que por medio de él alcanzaría a todas las generaciones de los hombres. En una ocasión siguió el rito de hacer pacto que se usaba entre los pueblos vecinos (Génesis 15:17). Pero en el monte Moriah, cuando el fiel patriarca hubo dado aquella única y asombrosa prueba de fe y obediencia, hasta la muerte, Dios juró, y «no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo». «Por mí mismo he jurado, dice el Señor» (Génesis 22:16).

Y así sucede con nosotros. Los que por la fe somos la simiente espiritual de Abraham somos bendecidos con él. «La promesa es firme a toda simiente, no solamente al que es de la ley, mas también al que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros» (Romanos 4:16). Todas las promesas de Dios son Sí y Amén. Él no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Ha calculado bien sus recursos antes de comprometerse; y una vez que lo ha hecho, es imposible que falle. Échate de lleno sobre las promesas divinas; aférrate a ellas como el náufrago al madero que flota; arriésgalo todo en ellas; su cumplimiento está garantizado por pacto y juramento; por sangre, agonía y muerte; por la luz de la mañana de la resurrección y la gloria del monte de la ascensión; por la experiencia de miríadas que jamás las han visto fallar. Si algún hombre en la tierra ha hallado que una sola promesa no era digna de confianza, publíquelo al mundo; y los cielos se vestirán de cilicio, y el sol, la luna y las estrellas vacilarán en sus sitiales, el universo se estremecerá, y un viento hueco gemirá por toda la creación llevando la noticia de que Dios es mudable, de que Dios puede mentir. Y esa voz será el heraldo de la disolución universal. Pero eso jamás, jamás podrá ser. ¡Herederos de la promesa! El poder de Dios es eterno, su consejo es inmutable. El cielo y la tierra pasarán, pero su palabra jamás pasará. Por tanto, pueden tener un fortísimo consuelo; aunque lo pierdan todo, su herencia en la palabra y el juramento de Dios permanecerá intacta, por los siglos de los siglos.

LAS PROMESAS DE DIOS, ASÍ ASEGURADAS, SON UN FONDEADERO PARA EL ALMA. Pocas cosas importan más al marino que hallar un buen fondeadero, donde el suelo no ceda bajo el peso de la nave y el empuje de la tormenta. Y con todas esas inclinaciones a ir a la deriva que ya hemos considerado, necesitamos con urgencia descubrir algo permanente, inmutable y que satisfaga, a lo que podamos asirnos con el ancla de nuestra esperanza.

La facultad de la esperanza en el cristiano no es distinta de la del hombre mundano. Es la misma facultad o cualidad en ambos. Pero hay una diferencia inmensa en el suelo en que se fija el ancla. En el caso del hombre mundano, es el suelo suelto, ligero e inseguro de los quizás y las especulaciones. En el caso del cristiano, es la promesa y el juramento inflexibles e inmutables del Dios eterno. Por eso la esperanza del primero se ve a menudo oscurecida por el recelo y el temor, mientras que el segundo exclama, sin sombra de duda: «Yo sé a quien he creído, y estoy cierto».

La esperanza es algo más que la fe. La fe acepta y da crédito al testimonio; la esperanza anticipa. La fe dice que el fruto es bueno; la esperanza lo arranca y lo come. La fe es el capullo; la esperanza, la flor. La fe presenta el cheque; la esperanza dispone de la suma recibida. Y tal esperanza es el ancla del alma. La comparación entre la esperanza y el ancla es familiar aun a los escritores paganos, y es fácil ver cuán acertada es. Da estabilidad al alma. Toma un ejemplo de la vida común. Un joven da su palabra de matrimonio a una muchacha pobre pero noble. Es llamado al servicio en el extranjero y se despide por largos años. Entretanto, ella queda para sostenerse como mejor pueda. El trabajo escasea, el jornal es bajo, y a veces es tentada y probada con dureza. Pero, en medio de todo, se mantiene fiel a su amado ausente, y a lo más noble de sí misma, por la delgada hebra de esperanza que la une a un futuro feliz y compartido. Así también, cuando sufrimos, somos tentados o nos desanimamos, nuestra esperanza se adelanta hacia el bendito porvenir, pintado con vivos colores en las páginas de la Escritura y prometido por la palabra de aquel que no puede mentir; y la anticipación de él llena el alma de valor y de paciencia, para soportar las pruebas del tiempo con la mira puesta en la segura bienaventuranza de la eternidad.

EL FONDEADERO EN LAS PROMESAS TIENE UN TRIPLE VALOR. Es segura: no hay temor de que falle; segura como las misericordias firmes a David; segura como el «pacto perpetuo, ordenado en todas las cosas, y seguro»; tan segura como Dios puede hacerla. Es firme, pues su influencia sobre el alma es mantenerla estable: «Firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre». Y entra hasta dentro del velo. En el mundo antiguo, cuando no había agua suficiente para que un barco entrara flotando en el puerto, un hombre llevaba el ancla por encima de los bajíos y la fijaba en las aguas tranquilas de la dársena interior. De un modo semejante, nuestro Señor Jesús, cuando, como el sumo sacerdote en el tabernáculo judío, atravesó el velo azul que oculta de nuestro mundo el mundo celestial, llevó consigo nuestra esperanza, y allí la sostiene. El Señor Jesús es nuestra esperanza (1 Timoteo 1:1; 1 Juan 3:3). Él es nuestro precursor. Nos ha precedido a la presencia de su Padre, primicias de los que durmieron. Ha ido allí como nuestro representante y sacerdote. Cuando majestuosamente se apartó de la vista de sus discípulos, y quedó oculto a los ojos que lo seguían con anhelo, entró dentro del velo. Allí vive siempre; y por eso nuestras esperanzas lo siguen, se centran en él, y nos unen ya con aquel hogar luminoso del cual él es el centro radiante.

HAY CIERTAS CUALIDADES QUE DEBEMOS APRENDER A EJERCITAR. Solo la fe y la paciencia pueden heredar las promesas (v. 12). Abraham tuvo que esperar con paciencia antes de alcanzar la promesa (v. 15). No es fácil esperar, ni dejar que la paciencia tenga su obra perfecta; y solo es posible para la fe. No hay ejemplo más sublime de larga espera que la historia de Abraham, para la cual su fe le dio vigor, y en quien la promesa se cumplió al pie de la letra. Y así volverá a suceder. Ten paciencia, corazón cansado y ansioso. Llegará el tiempo en que pondrás mano sobre tu capital; pero conténtate entretanto con disfrutar de los intereses. Se apresura el momento propicio en que conocerás y gustarás toda la bienaventuranza del paraíso recobrado; pero mientras tanto, regálate con las uvas de Escol, las granadas y los demás frutos de la tierra. Reclama la paciencia de Cristo, de la cual habla con tanta dulzura el último de los apóstoles, que la necesitó para sostenerse en la larga espera (Apocalipsis 1:9). «Tened paciencia; confirmad vuestros corazones, porque la venida del Señor se acerca.» «Corramos con paciencia la carrera que nos es propuesta, puestos los ojos en Jesús.» Así manifestaremos «la paciencia de los santos»; y así, como los que nos precedieron, heredaremos finalmente las promesas.

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