Capítulo 14 · 15 min de lectura · 19 min de escucha
Getsemaní
«El cual en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído por su reverencial temor; y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia». Hebreos 5:7, 8.
Ocho olivos antiquísimos señalan todavía el lugar de Getsemaní; no es improbable que fueran testigos de aquella escena memorable y misteriosa a la que aquí se alude. ¡Y qué escena fue aquella! Habría quedado sola, en una maravilla única e inaccesible, si no la hubieran seguido quince horas de un misterio aún mayor.
Para describir la aguda angustia por la que pasó el Salvador dentro de los muros de aquel huerto se emplean las palabras más fuertes de la lengua griega. «Comenzó a entristecerse»; ¡como si en todas sus experiencias pasadas nunca hubiera sabido lo que era la tristeza! «Se asombró en gran manera»; como si su mente estuviera casi aturdida y abrumada. «Se angustió en gran manera»: su espíritu se doblegó bajo el peso de sus dolores, como después su cuerpo se doblegaría bajo el peso de su cruz; o la palabra puede significar que estaba tan turbado por la tristeza que casi estaba fuera de sí. Y el Señor mismo no habría podido hallar una palabra más fuerte que la que empleó cuando dijo: «Mi alma está muy triste, hasta la muerte».
Pero el evangelista Lucas nos da la prueba más convincente de su angustia cuando nos dice que su sudor, como grandes gotas de sangre, caía en la tierra, tocada por una leve escarcha, en el aire frío de la noche. El toque final lo dan estas palabras, que hablan de su «gran clamor y lágrimas».
LO QUE PADECIÓ. ¿Qué fue? No fueron los padecimientos del Sustituto. El tenor de la Escritura muestra que la obra de la sustitución se consumó realmente en la cruz. Allí se tejió, de arriba abajo, el manto de nuestra justicia completa. Fue sobre el madero donde llevó nuestros pecados en su cuerpo. Fue por su sangre como nos acercó a Dios. Fue por la muerte del Hijo de Dios como fuimos reconciliados con Dios; y las repetidas referencias de la Escritura, y en especial de esta epístola, al sacrificio indican que en el acto de morir se hizo aquello que magnifica la ley y la engrandece, y quita todo obstáculo que de otro modo habría impedido al amor de Dios llevar a cabo sus propósitos de misericordia.
Nunca entenderemos plenamente aquí cómo el Señor Jesús hizo la reconciliación por los pecados del mundo, ni cómo lo que él llevó podía equivaler a la pena que debía una raza pecadora. No tenemos patrón de comparación; no tenemos cuerda lo bastante larga para descendernos a las profundidades de ese misterio inexplorado; pero podemos aceptarlo con gratitud como un hecho que la página de la Escritura afirma sin cesar: que él hizo aquello que quitó la maldición, expió la culpa humana y fue más que equivalente a todos los sufrimientos que, de otro modo, habría tenido que soportar una raza de hombres pecadores. El misterio desafía nuestro lenguaje, pero se aprehende por la fe; y el amor, de pie sobre sus cumbres más altas, discierne el significado de la muerte de Cristo por un instinto espiritual, aunque todavía no ha aprendido perfectamente el lenguaje con que expresar sus concepciones de los misterios que rodean la cruz. Puede ser que en miles de actos desinteresados esté adquiriendo los términos con los que un día podrá entenderlo y explicarlo todo.
Pero lo único que necesitamos sostener aquí y ahora es que los sufrimientos del huerto no han de incluirse en el acto de la Sustitución, aunque, como veremos, estaban estrechamente unidos a él. Getsemaní no era el altar, sino el camino hacia él.
El sufrimiento de nuestro Señor en Getsemaní difícilmente podía nacer del temor a los padecimientos físicos que se acercaban. Tal suposición parece del todo incompatible con la fortaleza heroica, el silencio majestuoso y el sereno dominio sobre el sufrimiento con que se condujo hasta que entregó el espíritu, y que arrancaron expresiones de respeto a un romano endurecido y mundano.
Además, si la mera perspectiva de los azotes y la crucifixión hubiera arrancado a nuestro Señor aquel gran clamor y lágrimas y aquel sudor de sangre, sin duda estaría en un nivel inferior al que alcanzaron multitudes de sus seguidores por la fe en él. Ancianos como Policarpo, tiernas doncellas como Blandina, muchachos tímidos como Átalo, contemplaron de antemano con una compostura imperturbable, y soportaron con una fortaleza inquebrantable, muertes mucho más terribles, más prolongadas y más atroces. Criminales degradados han subido al patíbulo sin un temblor ni un sollozo; y sin duda la fe más excelsa debería conducirse con tanta valentía como la indiferencia más brutal ante la solemnidad de la muerte y de la eternidad. Con razón se ha dicho que no hay pasión en la mente humana, por débil que sea, que no pueda dominar el miedo a la muerte; y es, por tanto, imposible suponer que el temor al sufrimiento físico y a la deshonra hubiera podido estremecer así el espíritu de nuestro Salvador.
Pero él preveía los sufrimientos que había de soportar como propiciación por el pecado. Sabía que estaba a punto de ser puesto en el más estrecho contacto con el pecado que asolaba la felicidad humana y afligía la naturaleza divina. Sabía, puesto que se había identificado tan plenamente con nuestra raza caída, que de una manera muy profunda y maravillosa había de ser hecho pecado y llevar nuestra maldición y nuestra vergüenza, desechado por los hombres y aparentemente abandonado por Dios. Conocía, como nosotros nunca la conoceremos, la extrema pecaminosidad y el horror del pecado; y lo que significaba ser el punto de encuentro donde convergerían las iniquidades de nuestra raza, convertirse en el chivo expiatorio cargado de una culpa que no era suya, llevarse los pecados del mundo. Todo esto era terrible sin medida para alguien tan santo y tan sensible como él.
Lo había previsto desde hacía mucho. Él era el Cordero inmolado desde antes de la fundación del mundo. Cada vez que un pecador con la conciencia herida sacrificaba un cordero, o se soltaba un macho cabrío en el desierto, o se mojaba una paloma en el agua corriente teñida de carmesí con la sangre de su compañera, se le recordaba lo que había de suceder. Sabía, antes de su encarnación, en qué lugar del bosque crecía la semilla que llegaría a ser el arbolito de cuya madera se haría su cruz. Incluso la nutría con su lluvia y su sol. A menudo, durante su ministerio público, era evidente que miraba más allá de los acontecimientos que ocurrían a su alrededor, hacia aquel acontecimiento supremo que llamaba su «hora». Y a medida que se acercaba, su alma humana se sentía abrumada ante la perspectiva de tener que sostener el peso del pecado de un mundo. Su naturaleza humana no rehuía la muerte como muerte, sino la muerte que había de morir como propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.
Seis meses antes de su muerte había afirmado su rostro para ir a Jerusalén, con tal expresión de angustia que llenó de consternación el corazón de sus discípulos. Cuando las preguntas de los griegos le recordaron que en breve había de caer en tierra y morir, su alma se turbó tanto que clamó: «¡Padre, sálvame de esta hora!». Y ahora, con gran clamor y lágrimas, suplicaba a su Padre, pidiéndole que, si era posible, pasara de él la copa. En esto hablaba su alma humana. En cuanto a su propósito de redención, obrado divinamente, no había vacilación ni titubeo. Pero, como hombre, preguntó si no habría otro camino para llevar a cabo la redención en la que había puesto su corazón.
Pero no había otro camino. La voluntad del Padre, que él había descendido del cielo para hacer, señalaba el camino áspero y pedregoso que subía al Calvario, lo atravesaba y bajaba hasta el sepulcro. Y al instante aceptó su destino, y con las palabras «Si esta copa no puede pasar de mí sin que yo la beba, hágase tu voluntad», avanzó sobre los pedernales que habían de herir aquellos benditos pies, haciendo brotar de ellos ríos de sangre.
SU GRAN CLAMOR Y LÁGRIMAS. Nuestro Señor acudió a aquel recurso que está al alcance de todos y que es especialmente precioso para los que sufren y son tentados: oró. Su corazón desfallecía dentro de él; y derramó toda su angustia en los oídos de su Padre, con gran clamor y lágrimas. Observemos las características de aquella oración, para que también nosotros podamos atravesar nuestras horas oscuras cuando lleguen.
Fue una oración secreta. Dejando a la mayoría de sus discípulos a la entrada del huerto, llevó consigo a los tres que habían estado junto a la hija muerta de Jairo y habían contemplado el resplandor que lo envolvió en su transfiguración. Solo ellos podían verlo pisar el lagar; pero aun a ellos los dejó como a un tiro de piedra, mientras él se adelantaba solo hacia la sombra más profunda. Se nos dice que el sueño los venció; de modo que ningún oído mortal oyó toda la carga de aquella oración maravillosa, de la que los Evangelios conservan algunos fragmentos entrecortados.
Fue una oración humilde. El evangelista Lucas dice que se puso de rodillas. Otro dice que se postró sobre su rostro. Hallado en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Y puede ser que ya entonces comenzara a recitar aquel salmo maravilloso que tanto estuvo en sus labios durante aquellas últimas horas, diciendo: «Mas yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo».
Fue una oración filial. Mateo presenta a nuestro Señor diciendo: «Padre mío»; y Marcos nos cuenta que usó el término cariñoso que pronunciaban a menudo los labios balbucientes de los niños judíos: Abba. Probablemente hablaba griego la mayor parte del tiempo; pero el arameo era la lengua de su niñez, la lengua del querido hogar de Nazaret. En la hora de la agonía mortal, la mente siempre vuelve a las asociaciones de su primer despertar. El Salvador, pues, como si sintiera que el griego, más solemne, no expresaba lo suficiente los hondos anhelos de su corazón, lo sustituyó por la lengua más tierna de sus primeros años. No solo «Padre», sino «¡Abba, Padre!».
Fue una oración ferviente. «Oraba más intensamente», y una prueba de ello se ve en que repitió las mismas palabras. Era como si su naturaleza estuviera demasiado oprimida para poder expresarse con variedad de frases, como las que podrían indicar cierto sosiego y libertad de pensamiento. Una sola corriente poderosa de angustia, en su punto más alto, solo podía hacer sonar una única nota monótona de dolor, como la nota de la tormenta o de la crecida. Una y otra vez volvían las palabras: copa . .pasar . . . voluntad . . . Padre. Y el sudor de sangre, exprimido de su frente como el zumo rojo de la uva bajo el pie pesado del campesino, daba testimonio de la intensidad de su alma.
Fue una oración sumisa. Mateo y Marcos citan esta frase: «Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú». Lucas cita esta otra: «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Jesús era el Compañero del Padre, igual a él en su naturaleza divina; pero para el propósito de la redención era necesario que se despojara temporalmente del uso de los atributos de su deidad y viviera una vida verdaderamente humana. Como hombre, observaba con cuidado cada indicio de la voluntad de su Padre, desde el día en que esta lo movió a quedarse en el templo, a espaldas de sus padres; y siempre cumplía al instante sus mandatos. «He descendido del cielo —dijo—, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió». Este era el yugo que llevaba, y al tomarlo halló descanso para su alma. Fuera cual fuera el peligro o la dificultad a que pudiera llevarlo tal obediencia, siempre siguió la nube-faro de la voluntad divina, seguro de que caería el maná de la fuerza diaria y de que las aguas profundas y dulces de la paz seguirían por donde ella abriera el camino. Aquel camino parecía ahora pasar por el corazón de un horno de fuego. No había otra alternativa que seguirlo; y él decidió hacerlo, más aún, se alegró, aun entonces, con un gozo que las frías aguas de la muerte no podían apagar. Al mismo tiempo aprendió lo que significaba la obediencia, y dio un ejemplo de ella que resplandeció con una majestad, una pureza y una belleza sin igual, sin paralelo en los anales del universo. Como hombre, nuestro Señor aprendió entonces cuánto encerraba aquella palabra: obediencia. «Aprendió la obediencia». Y ahora pide que le obedezcamos a él, como él obedeció a Dios. «Para todos los que le obedecen».
A veces el camino de la obediencia del cristiano se vuelve muy difícil. Sube cuesta arriba; la pendiente es cada vez más empinada; el punto de apoyo, cada vez más incierto; y, al caer la tarde, el ágil escalador de la mañana avanza lentamente a gatas. El día nunca es mayor que las fuerzas; pero, a medida que las fuerzas crecen con el uso, las exigencias son mayores y las horas más largas. Al fin puede llegar un momento en que se nos llame, por amor de Dios, a dejar algún círculo querido; a arriesgar la pérdida del nombre y la reputación; a renunciar a la ambición acariciada de toda una vida; a exponernos al oprobio, al sufrimiento y a la muerte; a beber la copa amarga; a entrar en la nube amenazante; a subir al monte humeante. ¡Ah, entonces también nosotros aprendemos lo que significa la obediencia, y no tenemos otro recurso que el gran clamor y las lágrimas!
En tales horas, derrama tu corazón en clamores audibles. Mezcla abundantemente el nombre de «Padre» con tus súplicas. No temas repetir las mismas palabras. No mires al hombre, que no puede entenderte, sino a aquel que está más cerca de ti que el ser más querido. Así te irás calmando y sosegando, hasta que descanses en su voluntad, como un niño agotado por una tempestad de llanto que se duerme sollozando en el pecho de su madre.
LA RESPUESTA. «Fue oído por su reverencial temor». Su santa reverencia y su entrega a la voluntad de su Padre hacían imposible que sus oraciones quedaran sin respuesta; aunque, como sucede tan a menudo, la respuesta llegó de otro modo del que sus temores habían sugerido. La copa no le fue quitada, pero la respuesta llegó. Llegó en la misión del ángel que estuvo a su lado. Llegó en la calma serena con que salió al encuentro de la turba brutal que pronto llenó aquel huerto tranquilo con sus voces groseras y el tropel de sus pies. Llegó en su triunfo sobre la muerte y el sepulcro. Llegó en su perfeccionamiento como mediador, para venir a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen, y sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.
Las oraciones que nacen del amor y que están en armonía con el temor reverente nunca se pierden. Podemos pedir cosas que sería imprudente y poco bondadoso que Dios nos concediera; pero en tal caso su bondad se muestra más en la negativa que en el consentimiento. Y aun así la oración es oída y contestada. Se infunde fuerza al corazón desfallecido. El fiel y misericordioso sumo sacerdote hace por nosotros lo que el ángel intentó hacer por él; ¡pero cuánto mejor, puesto que ha aprendido tanto del arte de consolar en la escuela del sufrimiento! Y de allí el camino desemboca finalmente en la vida, aunque hayamos dejado la mano y el pie derechos en la tumba tras nosotros. Descubrimos también que hemos aprendido el arte de llegar a ser canales de eterna salvación para los que nos rodean. Desde que Jesús sufrió allí, Getsemaní está atravesado por el camino real del Rey, que pasa por él hacia la Nueva Jerusalén. Y en su recinto Dios ha retenido a muchos de sus hijos, para que aprendan la obediencia por lo que padecen y aprendan el arte divino de consolar a otros, así como ellos mismos han sido consolados por Dios.
Son relativamente pocos aquellos a quienes Jesús no dice, en algún momento de su vida: «Ven y vela conmigo». Nos lleva consigo a las sombras tenebrosas del lagar, aunque hay rincones de sombra, a un tiro de piedra, adonde él debe ir solo. No malgastemos las horas preciosas en el pesado sopor de la insensibilidad. Allí hay lecciones que aprender que no pueden adquirirse en ningún otro lugar; pero si no atendemos su llamado a velar con él, puede ser que cierre la preciosa oportunidad mandándonos dormir ya y descansar, porque el plazo asignado ha pasado y ha sonado la hora de una nueva época. Si no aprovechamos para la oración y la preparación la hora sagrada que llega cargada de oportunidades para ambas; si dormimos en lugar de velar con nuestro Señor, ¿qué esperanza tenemos de poder desempeñar un papel noble cuando las luces centelleantes y el tropel de pies anuncien la llegada del traidor? ¡Malgasta los momentos de preparación, y quizá tengas que lamentar su pérdida durante todos los años venideros!
Capítulo 14 completado
Getsemaní