Esperando en Dios ·El Que Nos Espera

Capítulo 22 · 4 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

El Que Nos Espera

Día Vigésimo. ESPERANDO EN DIOS: El que nos espera.

«Por tanto, el Señor esperará para tener piedad de vosotros, y por tanto será exaltado teniendo de vosotros misericordia; porque el Señor es Dios de juicio: bienaventurados todos los que le esperan».—Isa. 30:18

NO solo hemos de pensar en nuestro esperar en Dios, sino también en algo todavía más maravilloso: en el esperar de Dios por nosotros. La visión de Él esperándonos dará nuevo impulso e inspiración a nuestro esperar en Él. Dará una confianza indecible de que nuestra espera no puede ser en vano. Si Él nos espera, entonces podemos estar seguros de que somos más que bienvenidos; de que se alegra de hallar a aquellos a quienes ha estado buscando. Busquemos ahora mismo, en este instante, en el espíritu de una humilde espera en Dios, descubrir algo de lo que significa: «Por tanto, el Señor esperará para tener piedad de vosotros». Y aceptaremos y devolveremos como eco el mensaje: «Bienaventurados todos los que esperan en Él».

Levanta los ojos y mira al gran Dios sobre su trono. Él es Amor: un deseo incesante e inexpresable de comunicar su propia bondad y bienaventuranza a todas sus criaturas. Anhela bendecir, y en ello se deleita. Tiene propósitos inconcebiblemente gloriosos acerca de cada uno de sus hijos, para revelar en ellos, por el poder de su Espíritu Santo, su amor y su poder. Espera con todos los anhelos de un corazón de padre. Espera para tener piedad de ti. Y cada vez que vienes a esperar en Él, o procuras mantener en la vida diaria el santo hábito de esperar, puedes levantar los ojos y verle dispuesto a salir a tu encuentro, esperando para tener piedad de ti. Sí, enlaza cada ejercicio, cada aliento de la vida de espera, con la visión que la fe tiene de tu Dios esperándote a ti.

Y si preguntas: ¿cómo es que, si Él espera para ser propicio, aun después de venir yo y esperar en Él, no me da la ayuda que busco, sino que espera más y más? Hay una doble respuesta. La primera es esta: Dios es un labrador sabio, «que espera el precioso fruto de la tierra, aguardándolo con paciencia». No puede recoger el fruto hasta que esté maduro. Él sabe cuándo estamos espiritualmente listos para recibir la bendición para nuestro provecho y para su gloria. Esperar bajo el sol de su amor es lo que madurará el alma para su bendición. Esperar bajo la nube de la prueba, que se rompe en lluvias de bendición, es igualmente necesario. Ten por seguro que si Dios espera más de lo que tú quisieras, es solo para hacer doblemente preciosa la bendición. Dios esperó cuatro mil años, hasta el cumplimiento del tiempo, antes de enviar a su Hijo; nuestros tiempos están en sus manos; Él vengará pronto a sus escogidos; se apresurará a socorrernos, y no tardará ni una hora de más.

La otra respuesta apunta a lo que ya se ha dicho. El dador es más que el don; Dios es más que la bendición; y el que se nos mantenga esperando en Él es el único camino para que aprendamos a hallar nuestra vida y nuestro gozo en Él mismo. Oh, si los hijos de Dios supieran qué Dios tan glorioso tienen, y qué privilegio es estar unidos en comunión con Él mismo, entonces se regocijarían en Él aun cuando los tenga esperando. Aprenderían a entender mejor que nunca: «Por tanto, el Señor esperará para tener piedad de vosotros». Su esperar será la más alta prueba de su gracia.

«Bienaventurados todos los que esperan en Él». Nuestra reina tiene sus damas de honor, que la asisten en espera. La posición es de subordinación y de servicio, y sin embargo se la tiene por una de las de más alta dignidad y privilegio, porque una soberana sabia y bondadosa las hace compañeras y amigas. ¡Qué dignidad y qué bienaventuranza ser servidores en espera del Dios Eterno, siempre atentos a cualquier indicación de su voluntad o de su favor, siempre conscientes de su cercanía, de su bondad y de su gracia! «El Señor es bueno a los que esperan en Él». «Bienaventurados todos los que esperan en Él». Sí, bienaventurado el momento en que un alma que espera y un Dios que espera se encuentran. Dios no puede hacer su obra sin que Él espere y nosotros esperemos su tiempo; sea la espera nuestra obra, como lo es la suya. Y si su esperar no es sino bondad y gracia, sea el nuestro nada más que un regocijarse en esa bondad, y una confiada expectación de esa gracia. Y que todo pensamiento de espera llegue a ser para nosotros simplemente la expresión de una bienaventuranza pura e indecible, porque nos lleva a un Dios que espera para darse a conocer a nosotros perfectamente como el Clemente.

«¡Alma mía, espera solamente en Dios!»

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Esperando en Dios Andrew Murray

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