Capítulo 23 · 4 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
El Todopoderoso
Día Vigésimo Primero. ESPERANDO EN DIOS: El Todopoderoso.
«Los que esperan al Señor renovarán sus fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán.»—Isa. 40:31.
ESPERAR participa siempre del carácter de lo que pensamos de aquel en quien esperamos. Nuestra espera en Dios dependerá en gran manera de nuestra fe acerca de lo que Él es. En nuestro texto tenemos el final de un pasaje en el que Dios se revela como el Eterno y Todopoderoso. Es a medida que esa revelación entra en nuestra alma que la espera llega a ser la expresión espontánea de lo que sabemos que Él es: un Dios enteramente digno de que se espere en Él.
Escucha las palabras: «¿Por qué dices, oh Jacob, mi camino está escondido del Señor?» ¿Por qué hablas como si Dios no oyera ni ayudara?
«¿No has sabido, no has oído, que el Eterno, el Señor, el Creador de los confines de la tierra, no se fatiga ni se cansa?» Lejos de eso: «Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Aun los muchachos»—«la gloria de los jóvenes es su fuerza»—«aun los muchachos se cansarán, y los jóvenes caerán del todo»: todo lo que entre los hombres se tiene por fuerte vendrá a nada. «Pero los que esperan al Señor», en el Eterno, que no se fatiga ni se cansa, ellos «renovarán sus fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán y»—escucha ahora: serán fuertes con la fuerza de Dios y, como Él, «no se cansarán; caminarán y», como Él, «no se fatigarán».
Sí: «levantarán alas como las águilas». Ya sabes lo que significan las alas de águila. El águila es la reina de las aves; se remonta más alto que ninguna en los cielos. Los creyentes han de vivir una vida celestial, en la Presencia misma y el Amor y el Gozo de Dios. Han de vivir donde Dios vive; necesitan la fuerza de Dios para elevarse allí. A los que esperan en Él les será dada.
Ya sabes cómo se obtienen las alas de águila. De un solo modo: naciendo águila. Tú has nacido de Dios. Tienes las alas de águila. Puede que no lo hayas sabido; puede que no las hayas usado; pero Dios puede enseñarte a usarlas, y lo hará.
Ya sabes cómo se enseña a las águilas el uso de sus alas. Mira aquel acantilado que se levanta mil pies sobre el mar. Mira, muy arriba, una repisa en la roca, donde hay un nido de águila con su tesoro de dos aguiluchos. Mira a la madre venir y revolver su nido, y con el pico empujar a las tímidas crías por el precipicio. Mira cómo aletean y caen y se hunden hacia el abismo. Mira ahora (Deut. 32:11) «cómo revolotea sobre sus polluelos, extiende sus alas, los toma, los lleva sobre sus alas», y así, mientras cabalgan sobre sus alas, los pone a salvo. Y así lo hace una y otra vez, arrojándolos cada vez sobre el precipicio, y tomándolos y llevándolos de nuevo. «Así el Señor solo lo guio». Sí, el instinto de aquella águila madre fue don de Dios, un solo rayo de aquel amor con que el Todopoderoso adiestra a su pueblo para remontarse como sobre alas de águila.
Él revuelve tu nido. Frustra tus esperanzas. Derriba tu confianza. Te hace temer y temblar, mientras toda tu fuerza falla y te sientes del todo cansado y desvalido. Y todo ese tiempo Él está extendiendo sus alas fuertes para que descanses en ellas tu debilidad, y ofreciendo su eterna fuerza de Creador para obrar en ti. Y todo lo que pide es que te dejes caer en tu cansancio y esperes en Él, y que le permitas llevarte con su fuerza de Jehová, mientras cabalgas sobre las alas de su Omnipotencia.
¡Querido hijo de Dios! Te ruego: ¡levanta tus ojos y contempla a tu Dios! Escucha a Aquel que dice que Él no se fatiga ni se cansa; que promete que tampoco tú te fatigarás ni te cansarás; que no pide sino esta sola cosa: que esperes en Él. Y sea tu respuesta: con un Dios así, tan poderoso, tan fiel, tan tierno,
«¡Alma mía, espera solamente en Dios!»