Esperando en Dios ·El Camino al Cántico Nuevo

Capítulo 16 · 4 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

El Camino al Cántico Nuevo

Día Decimocuarto. ESPERANDO EN DIOS: El Camino al Cántico Nuevo.

«Esperé pacientemente al Señor, y él se inclinó a mí, y oyó mi clamor. . . . Y ha puesto en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios.»—Sal. 40:1-3.

VEN y escucha el testimonio de uno que puede hablar por experiencia del resultado seguro y bendito de esperar en Dios con paciencia. La verdadera paciencia es tan ajena a nuestra naturaleza confiada en sí misma, tan indispensable en nuestro esperar en Dios, un elemento tan esencial de la fe verdadera, que bien podemos meditar una vez más en lo que la palabra tiene que enseñarnos.

La palabra paciencia se deriva del vocablo latino que significa padecer. Sugiere la idea de estar bajo la sujeción de algún poder del cual queremos vernos libres. Al principio nos sometemos contra nuestra voluntad; la experiencia nos enseña que, cuando resistir es en vano, soportar con paciencia es lo más sabio. Al esperar en Dios es de infinita importancia que no nos sometamos solo porque nos vemos obligados, sino porque consentimos con amor y con gozo en estar en las manos de nuestro bendito Padre. Entonces la paciencia llega a ser nuestra más alta bienaventuranza y nuestra más alta gracia. Honra a Dios, y le da tiempo para hacer su voluntad con nosotros. Es la expresión más alta de nuestra fe en su bondad y su fidelidad. Trae al alma un descanso perfecto en la seguridad de que Dios está llevando adelante su obra. Es la señal de nuestro pleno consentimiento en que Dios trate con nosotros del modo y en el tiempo que Él juzgue mejor. La verdadera paciencia es la pérdida de nuestra propia voluntad en su voluntad perfecta.

Tal paciencia se necesita para el verdadero y pleno esperar en Dios. Tal paciencia es el crecimiento y el fruto de nuestras primeras lecciones en la escuela de la espera. A más de uno le parecerá extraño lo difícil que es esperar verdaderamente en Dios. La gran quietud del alma delante de Dios, que se hunde en su propia impotencia y aguarda a que Él se revele; la profunda humildad que teme dejar que su propia voluntad o su propia fuerza obren nada, sino conforme Dios obra así el querer como el hacer; la mansedumbre que se contenta con no ser ni saber nada sino según Dios da su luz; la entera resignación de la voluntad, que solo quiere ser un vaso en el cual pueda moverse y modelar su santa voluntad: todos estos elementos de la paciencia perfecta no se hallan de una vez. Pero irán llegando en la medida en que el alma mantenga su posición y diga una y otra vez: «Ciertamente mi alma espera en Dios; de él viene mi salvación: él solamente es mi roca y mi salvación.»

¿Has notado alguna vez qué prueba tenemos de que la paciencia es una gracia para la cual se da una gracia muy especial, en estas palabras de Pablo: «Fortalecidos con todo poder, conforme a su glorioso poder, para toda»—¿qué?—«paciencia y longanimidad con gozo»? Sí, necesitamos ser fortalecidos con todo el poder de Dios, y eso conforme a la medida de su glorioso poder, si hemos de esperar en Dios con toda paciencia. Es Dios revelándose en nosotros como nuestra vida y nuestra fuerza lo que nos capacitará para dejarlo todo en sus manos con perfecta paciencia. Si algunos se inclinan al desaliento porque no tienen semejante paciencia, tengan buen ánimo: es en el curso de nuestra espera débil y muy imperfecta donde Dios mismo, con su poder escondido, nos fortalece y obra en nosotros la paciencia de los santos, la paciencia de Cristo mismo.

Escucha la voz de uno que fue profundamente probado: «Esperé pacientemente al Señor, y él se inclinó a mí, y oyó mi clamor.» Oye por lo que pasó: «Me hizo subir del pozo horrible, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Y ha puesto en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios.» El esperar en Dios con paciencia trae rica recompensa; la liberación es segura; Dios mismo pondrá un cántico nuevo en tu boca. ¡Oh alma! No seas impaciente, ya sea que te resulte difícil esperar en el ejercicio de la oración y la adoración, ya sea en la demora de peticiones concretas, ya sea en el cumplimiento del deseo de tu corazón por la revelación de Dios mismo en una vida espiritual más profunda: no temas, sino descansa en el Señor, y espera en él con paciencia. Y si a veces sientes que la paciencia no es tu don, recuerda entonces que es don de Dios, y haz tuya aquella oración (2 Tes. 3:5): «El Señor encamine vuestros corazones a la paciencia de Cristo.» A la paciencia con que has de esperar en Dios, Él mismo te guiará.

«¡Alma mía, espera solamente en Dios!»

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Esperando en Dios Andrew Murray

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