Esperando en Dios ·Por Su Consejo

Capítulo 17 · 4 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Por Su Consejo

Día Decimoquinto. ESPERANDO EN DIOS: Por Su Consejo.

«Pronto olvidaron sus obras: no esperaron su consejo.»—Sal. 106:13.

ESTO se dice del pecado del pueblo de Dios en el desierto. Él los había redimido de manera maravillosa, y estaba dispuesto a suplir con la misma maravilla cada una de sus necesidades. Pero, cuando llegó el tiempo de la necesidad, «no esperaron su consejo». No pensaron que el Dios Todopoderoso era su Guía y su Proveedor; no preguntaron cuáles podrían ser sus planes. Simplemente pensaron los pensamientos de su propio corazón, y tentaron y provocaron a Dios con su incredulidad. «No esperaron su consejo.»

¡Cómo ha sido este el pecado del pueblo de Dios en todas las épocas! En la tierra de Canaán, en los días de Josué, los únicos tres fracasos de que leemos se debieron a este solo pecado. Al subir contra Hai, al hacer pacto con los gabaonitas, al establecerse sin subir a poseer toda la tierra, no esperaron su consejo. Y así, aun el creyente adelantado corre peligro ante esta, la más sutil de las tentaciones: tomar la palabra de Dios y pensar sobre ella sus propios pensamientos, y no esperar su consejo. Tomemos la advertencia y veamos lo que Israel nos enseña. Y considerémosla muy especialmente no solo como un peligro al que está expuesto el individuo, sino como uno del cual el pueblo de Dios, en su carácter colectivo, necesita guardarse.

Toda nuestra relación con Dios está arraigada en esto: que su voluntad ha de hacerse en nosotros y por nosotros como se hace en el cielo. Él ha prometido darnos a conocer su voluntad por su Espíritu, el Guía a toda verdad. Y nuestra posición ha de ser la de esperar su consejo, como única guía de nuestros pensamientos y de nuestras acciones. En el culto de nuestra iglesia, en nuestras reuniones de oración, en nuestras convenciones, en todas nuestras asambleas como administradores, o directores, o comités, o colaboradores en cualquier parte de la obra para Dios, nuestro primer objetivo debiera ser siempre discernir el sentir de Dios. Dios obra siempre conforme al consejo de su voluntad; cuanto más se busca, se halla y se honra ese consejo de su voluntad, tanto más segura y poderosamente hará Dios su obra por nosotros y a través de nosotros.

El gran peligro en todas esas asambleas es que, conscientes de tener nuestra Biblia, y nuestra experiencia pasada de la dirección de Dios, y nuestro credo sano, y nuestro deseo sincero de hacer la voluntad de Dios, confiamos en estas cosas y no nos damos cuenta de que a cada paso necesitamos —y podemos tener— una guía celestial. Puede haber elementos de la voluntad de Dios, aplicaciones de la palabra de Dios, experiencias de la presencia cercana y de la dirección de Dios, manifestaciones del poder de su Espíritu, de los cuales nada sabemos todavía. Dios puede estar dispuesto —no, Dios está dispuesto— a abrir estas cosas a las almas que se han propuesto de todo corazón dejarle a Él el camino por entero, y que están dispuestas a esperar con paciencia a que Él lo dé a conocer. Cuando nos reunimos alabando a Dios por todo lo que ha hecho, enseñado y dado, podemos al mismo tiempo estar limitándole al no esperar cosas mayores. Fue cuando Dios había dado el agua de la peña cuando no confiaron en Él para el pan. Fue cuando Dios había entregado Jericó en sus manos cuando Josué pensó que la victoria sobre Hai era segura; ya sabía lo que Dios podía hacer, y no esperó consejo de Dios. Y así, mientras pensamos que conocemos y confiamos en el poder de Dios para lo que podemos esperar, quizá le estemos estorbando al no darle tiempo y al no cultivar de manera decidida el hábito de esperar su consejo.

Un ministro no tiene deber más solemne que el de enseñar a la gente a esperar en Dios. ¿Por qué fue que en casa de Cornelio, «hablando aún Pedro estas palabras, cayó el Espíritu Santo sobre todos los que le oían»? Ellos habían dicho: «Todos nosotros estamos aquí delante de Dios para oír todo lo que te ha sido mandado de Dios.» Podemos reunirnos para dar y para escuchar la más ferviente exposición de la verdad de Dios con poco provecho espiritual, si no hay una espera del consejo de Dios. En todas nuestras reuniones necesitamos creer en el Espíritu Santo como el Guía y Maestro de los santos de Dios cuando esperan ser llevados por Él a las cosas que Dios ha preparado, y que el corazón no puede concebir.

Más quietud del alma para percibir la presencia de Dios; más conciencia de nuestra ignorancia de cuáles puedan ser los grandes planes de Dios; más fe en la certeza de que Dios tiene cosas mayores que mostrarnos; más anhelo de que Él mismo sea revelado en nueva gloria: estas han de ser las marcas de las asambleas de los santos de Dios, si han de evitar el reproche: «No esperaron su consejo.»

«¡Alma mía, espera solamente en Dios!»

Índice

Esperando en Dios Andrew Murray

Página 1 / 1 · 4 min restantes en el capítulo