Esperando en Dios ·Por Más de lo que Sabemos

Capítulo 15 · 4 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Por Más de lo que Sabemos

Día Decimotercero. ESPERANDO EN DIOS: Por más de lo que sabemos.

«Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti. Líbrame de todas mis transgresiones.»—Sal. 39:7,8.

PUEDE haber ocasiones en que nos parezca que no sabemos qué es lo que esperamos. Puede haber otras en que pensemos que sí lo sabemos, y en que nos haría muchísimo bien darnos cuenta de que no sabemos pedir como conviene. Dios es poderoso para hacer por nosotros todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, y corremos el peligro de limitarle cuando encerramos nuestros deseos y nuestras oraciones dentro de nuestros propios pensamientos acerca de ellos. Es cosa grande decir a veces, como dice nuestro salmo: «Y ahora, Señor, ¿qué esperaré?» Apenas lo sé ni lo puedo decir; solo esto puedo decir: «Mi esperanza está en ti.»

¡Cómo vemos esta limitación de Dios en el caso de Israel! Cuando Moisés les prometió carne en el desierto, dudaron, diciendo: «¿Podrá Dios poner mesa en el desierto? Hirió la peña, y brotaron las aguas; ¿podrá dar también pan? ¿Podrá proveer carne para su pueblo?» Si se les hubiera preguntado si Dios podía dar corrientes de agua en el desierto, habrían respondido que sí. Dios lo había hecho: podía hacerlo de nuevo. Pero cuando surgió la idea de que Dios hiciera algo nuevo, le limitaron; su expectativa no podía elevarse más allá de su experiencia pasada, ni de sus propios pensamientos sobre lo que era posible. Así también nosotros podemos estar limitando a Dios con nuestras ideas de lo que Él ha prometido o puede hacer. Guardémonos, pues, de limitar al Santo de Israel en nuestra oración misma. Creamos que cada promesa de Dios que alegamos tiene un sentido divino, infinitamente más allá de nuestros pensamientos acerca de ella. Creamos que su cumplimiento puede darse con un poder y una abundancia de gracia que sobrepasan el alcance más amplio de nuestro pensamiento. Y cultivemos, por tanto, el hábito de esperar en Dios, no solo por lo que creemos necesitar, sino por todo lo que su gracia y su poder están prontos a hacer por nosotros.

En toda oración verdadera hay dos corazones en ejercicio. El uno es tu corazón, con sus pensamientos humanos, pequeños y oscuros, acerca de lo que necesitas y de lo que Dios puede hacer. El otro es el gran corazón de Dios, con sus propósitos infinitos y divinos de bendición. ¿Qué te parece? ¿A cuál de los dos se le debería dar el lugar más amplio cuando te acercas a Él? Sin duda, al corazón de Dios: todo depende de conocerlo y de ocuparse de él. Pero ¡qué poco se hace esto! Esto es lo que el esperar en Dios ha de enseñarte. Piensa tan solo en el amor y la redención maravillosos de Dios, en el sentido que estas palabras han de tener para Él. Confiesa cuán poco entiendes lo que Dios está dispuesto a hacer por ti, y di cada vez que ores: «Y ahora, ¿qué esperaré?» Mi corazón no lo sabe decir. El corazón de Dios lo sabe y aguarda para dar. «Mi esperanza está en ti.» Espera en Dios para que haga por ti más de lo que puedes pedir o entender.

Aplica esto a la oración que sigue: «Líbrame de todas mis transgresiones.» Has orado para ser librado del mal genio, o del orgullo, o de la propia voluntad. Y es como si fuera en vano. ¿No será que has tenido tus propios pensamientos acerca del modo o la medida en que Dios lo haría, y que nunca has esperado en el Dios de gloria, conforme a las riquezas de su gloria, para que haga por ti lo que no ha subido al corazón del hombre concebir? Aprende a adorar a Dios como el Dios que hace maravillas, que quiere probar en ti que puede hacer algo sobrenatural y divino. Inclínate delante de Él, espera en Él, hasta que tu alma comprenda que estás en las manos de un obrero divino y todopoderoso. Consiente en no saber qué hará ni cómo obrará; espera que sea algo enteramente propio de Dios, algo que se ha de aguardar en profunda humildad y que solo se recibe por su poder divino. Que aquel «Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti» llegue a ser el espíritu de todo anhelo y de toda oración. Él hará su obra a su tiempo.

Alma querida, al esperar en Dios muchas veces estarás a punto de cansarte, porque apenas sabes qué has de esperar. Te ruego que tengas buen ánimo: esa ignorancia es muchas veces una de las mejores señales. Él te está enseñando a dejarlo todo en sus manos, y a esperar solo en Él. «¡Espera en el Señor! Esfuérzate, y aliéntese tu corazón. Sí, espera en el Señor.»

«¡Alma mía, espera solamente en Dios!»

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Esperando en Dios Andrew Murray

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