Capítulo 9 · 13 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Sección VI
Comunión sin trabas
Cantares viii. 5-14.
Hemos llegado ahora a la sección final de este libro, el cual, como hemos visto, es un poema que describe la vida de un creyente en la tierra. Comenzando en la Sección I. (Cant. i. 2-ii. 7) con los anhelos insatisfechos de una desposada—anhelos que solo podían saciarse con su entrega sin reservas al Esposo de su alma—hallamos que, cuando se hizo la entrega, en lugar de la cruz que tanto había temido, encontró un Rey, el REY del AMOR, quien a la vez satisfizo sus más hondos anhelos y halló su propia satisfacción en ella.
La segunda sección (Cant. ii. 8-iii. 5) mostró falla de parte de ella; fue atraída de nuevo al mundo, y pronto descubrió que su Amado no podía seguirla allí; luego, saliendo a buscarlo con pleno propósito de corazón, y confesando su nombre, su búsqueda tuvo éxito, y su comunión fue restaurada.
La tercera sección (Cant. iii. 6-v. 1) habló de comunión ininterrumpida. Permaneciendo en Cristo, era partícipe de su seguridad y de su gloria. Sin embargo, aparta la atención de las hijas de Jerusalén de estas cosas externas hacia su REY mismo. Y, mientras está así ocupada con él, y quisiera que otros lo estuvieran también, halla que su real Esposo se deleita en ella, y la invita a la comunión del servicio, sin temor de guaridas de leones ni montes de leopardos.
La cuarta sección (Cant. v. 2-vi. 10), en cambio, muestra de nuevo falla; no como antes por mundanalidad, sino más bien por orgullo espiritual y pereza. La restauración fue ahora mucho más difícil; pero de nuevo, cuando salió con diligencia a buscar a su SEÑOR, y así lo confesó que llevó a otros a anhelar hallarlo con ella, él se reveló y la comunión fue restaurada, para no ser interrumpida más.
La quinta sección (Cant. vi. 11-viii. 4), como hemos visto, describe no solo la mutua satisfacción y el deleite de la esposa y el Esposo el uno en el otro, sino también el reconocimiento de su posición y su hermosura por parte de las hijas de Jerusalén.
Y ahora, en la sexta sección (Cant. viii. 5-14), llegamos a la escena final del libro. En ella se ve a la esposa recostada sobre su Amado, pidiéndole que la una aún más firmemente a sí mismo, y ocupándose en su viña, hasta que él la llame del servicio terrenal. A esta última sección dedicaremos ahora nuestra atención más en particular.
Se abre, como la tercera, con una pregunta o exclamación de las hijas de Jerusalén. Allí preguntaban: “¿Quién es ésta que sube del desierto como columnas de humo, etc.?”; pero entonces su atención la reclamaba la pompa y el esplendor del REY, no su persona, ni la de su esposa. Aquí las atrae la feliz posición de la esposa en relación con su Amado, y no lo que las rodea.
¿Quién es ésta que sube del desierto,
recostada sobre su Amado?
Es por medio de la esposa que se atrae la atención hacia el Esposo; su unión y su comunión son ahora abiertas y manifiestas. Por última vez se menciona el desierto; pero, dulcemente consolada por la presencia del Esposo, no es desierto para esta esposa. Con toda la confianza del amor que se fía, se la ve recostada sobre su Amado. Él es su fuerza, su gozo, su orgullo y su premio; mientras que ella es su tesoro peculiar, el objeto de su más tierno cuidado. Todos sus recursos de sabiduría y poder son de ella; aunque va de viaje, está en reposo; aunque está en el desierto, está satisfecha, mientras se recuesta sobre su Amado.
Con todo, por maravillosas que sean las revelaciones de gracia y amor al corazón enseñado por el ESPÍRITU SANTO mediante la relación de esposa y Esposo, el CRISTO de DIOS es más que Esposo para su pueblo. Aquel que, estando en la tierra, pudo decir: “Antes que Abraham fuese, yo soy”, aquí reclama a su esposa desde su mismísimo nacimiento, y no solo desde su desposorio. Antes de que ella lo conociera, él la conocía; y de esto le recuerda con las palabras:—
Debajo del cidro te desperté;
allí tu madre te dio a luz.
Él se deleita en su hermosura, pero eso no es tanto la causa como el efecto de su amor; pues la tomó cuando no tenía atractivo alguno. El amor que la ha hecho lo que es, y ahora se deleita en ella, no es un amor voluble, ni necesita ella temer que cambie.
Con gozo reconoce la esposa esta verdad, que es en verdad suya, y exclama:
Ponme como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu brazo:
porque fuerte es como la muerte el amor;
los celos (el amor ardiente) son crueles (tenaces) como el sepulcro;
sus centellas son centellas de fuego,
llama del mismo Jehová.
El Sumo Sacerdote llevaba los nombres de las doce tribus sobre su corazón, grabado cada nombre como un sello en la costosa e imperecedera piedra escogida por Dios, engastado cada sello o piedra en el oro más puro; llevaba asimismo los mismos nombres sobre sus hombros, indicando que tanto el amor como la fuerza del Sumo Sacerdote estaban empeñados en favor de las tribus de Israel. Así sería la esposa sostenida en alto por Aquel que es a la vez su Profeta, Sacerdote y Rey, porque fuerte es como la muerte el amor; y los celos, o amor ardiente, tenaces como el sepulcro. No es que dude de la constancia de su Amado, sino que ha aprendido, ¡ay!, la inconstancia de su propio corazón; y quisiera ser atada al corazón y al brazo de su Amado con cadenas y engastes de oro, siempre emblema de la divinidad. Así oró el Salmista: “Atad la víctima con cuerdas, aun a los cuernos del altar.”
Es comparativamente fácil poner el sacrificio sobre el altar que santifica el don, pero se requiere una compulsión divina—las cuerdas del amor—para retenerlo allí. Así aquí la esposa quisiera ser puesta y fijada en el corazón y en el brazo de Aquel que en adelante ha de ser su todo en todo, para que confíe siempre solo en aquel amor, y sea sostenida solo por aquel poder.
¿No necesitamos todos aprender una lección de esto? ¿y orar para ser guardados de volvernos a Egipto en busca de ayuda, de confiar en caballos y carros, de poner nuestra confianza en los príncipes, o en el hijo de hombre, antes que en el DIOS vivo? ¡Cómo los reyes de Israel, que habían ganado grandes triunfos por la fe, a veces se desviaron a las naciones paganas en sus últimos años! El SEÑOR guarde a su pueblo de este lazo.
La esposa continúa: “Las centellas del amor son centellas de fuego, llama del mismo Jehová.” Es digno de notar que ésta es la única vez que aparece la palabra “Jehová” en este libro. Pero ¿cómo podría omitirse aquí? Pues el amor es de DIOS, y DIOS es amor.
A su petición responde el Esposo con palabras que la tranquilizan:
Las muchas aguas no pueden apagar el amor,
ni lo ahogarán los ríos:
si diese el hombre toda la hacienda de su casa por este amor,
de cierto lo menospreciarían.
El amor que la gracia ha engendrado en el corazón de la esposa es él mismo divino y persistente; las muchas aguas no pueden apagarlo, ni los ríos ahogarlo. El sufrimiento y el dolor, la aflicción y la pérdida pueden probar su constancia, pero no lo apagarán. Su origen no es humano ni natural; como el fuego, está escondido con CRISTO en DIOS. ¿Qué “nos apartará del amor de CRISTO? ¿tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o cuchillo?. . .Antes, en todas estas cosas hacemos más que vencer por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna otra criatura (margen de la V.R.), nos podrá apartar del amor de Dios, que es en CRISTO JESÚS SEÑOR nuestro.” Nuestro amor a DIOS queda asegurado por el amor de DIOS hacia nosotros. Para el alma verdaderamente rescatada por la gracia, ningún soborno para abandonar el amor de DIOS tendrá éxito al fin. “Si diese el hombre toda la hacienda de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarían.”
Libre ya de ansiedad por sí misma, la feliz esposa pide luego guía, y comunión en el servicio con su SEÑOR, en favor de aquellos que aún no han alcanzado su privilegiada posición.
Tenemos una hermana pequeña,
que no tiene pechos:
¿qué haremos a nuestra hermana
cuando de ella se hablare?
¡Cuán hermosamente aparece en sus expresiones su consciente unión con el Esposo! “Nosotros tenemos una hermana pequeña,” no yo tengo, etc.; “¿qué haremos nosotros por nuestra hermana,” etc.? No tiene ya relaciones ni intereses privados; en todas las cosas es una con él. Y vemos un desarrollo mayor de la gracia en la pregunta misma. Hacia el final de la última sección reconoció al Esposo como su Instructor. Ya no hará sus propios planes acerca de su hermana pequeña, para pedirle luego que él consienta en ellos; más bien aprenderá cuáles son sus pensamientos, y tendrá comunión con él en sus planes.
¡Cuánta ansiedad y desvelo se ahorrarían los hijos de Dios si aprendieran a obrar de este modo! ¿No es demasiado común hacer los mejores planes que podamos, y llevarlos a cabo lo mejor que podamos, sintiendo todo el tiempo una gran carga de responsabilidad, y pidiendo fervientemente al SEÑOR que nos ayude a nosotros? Mientras que si dejáramos siempre que él fuera nuestro Instructor en el servicio, y dejáramos la responsabilidad con él, nuestras fuerzas no se agotarían con la preocupación y la ansiedad, sino que estarían todas a su disposición, y cumplirían sus fines.
En la hermana pequeña, aún inmadura, ¿no podemos ver a los elegidos de DIOS, dados a CRISTO en el propósito de Dios, pero no aún llevados a relación salvadora con él? ¿Y quizá también a aquellos niños en CRISTO que aún necesitan ser alimentados con leche y no con vianda, pero que, con tal cuidado, llegarán a su tiempo a ser creyentes experimentados, aptos para el servicio del SEÑOR? Entonces se hablará de ellos, y serán llamados a aquel ramo del servicio para el cual él los ha preparado.
El Esposo responde:—
Si ella es muro,
edificaremos sobre ella almenas de plata;
y si es puerta,
la guarneceremos con tablas de cedro.
En esta respuesta reconoce el Esposo dulcemente su unidad con su esposa, del mismo modo que ella ha mostrado su consciente unidad con él. Como ella dice: “¿qué haremos nosotros por nuestra hermana?”, así responde él: “Nosotros edificaremos . . . nosotros guarneceremos,” etc. No llevará a cabo sus propósitos de gracia con independencia de su esposa, sino que obrará con ella y por medio de ella. Sin embargo, lo que pueda hacerse por esta hermana dependerá de lo que ella llegue a ser. Si es muro, edificado sobre el verdadero fundamento, fuerte y estable, será adornada y hermoseada con almenas de plata; pero si es inestable y fácilmente movida de un lado a otro como una puerta, tal trato será tan imposible como impropio; necesitará ser guarnecida con tablas de cedro, cercada con restricciones, para su propia protección.
La esposa responde gozosa: “Yo soy muro”; conoce el fundamento sobre el cual está edificada, no hay “si” en su caso; es consciente de haber hallado gracia a los ojos de su Amado. La bendición de Neftalí es suya: está “saciada de favor, y llena de la bendición de Jehová.”
Pero ¿qué enseña la conexión de esta feliz conciencia con las líneas que siguen?
Salomón tuvo una viña en Baal-hamón;
entregó la viña a guardas;
cada uno debía traer por su fruto mil piezas de plata.
Mi viña, que es mía, está delante de mí;
las mil serán tuyas, oh Salomón,
y doscientas para los que guardan su fruto.
La conexión es, según creemos, de gran importancia, pues nos enseña que lo que ella era (por gracia) era más importante que lo que ella hacía; y que no trabajaba para ganar favor, sino que, segura del favor, dio a su amor plena libertad para mostrarse en el servicio. La esposa conocía su relación con su SEÑOR, y el amor de él hacia ella; y en su determinación de que él tuviera las mil piezas de plata, su afán era que su viña no produjera menos para su Salomón que la viña de él en Baal-hamón; su viña era ella misma, y deseaba para su SEÑOR mucho fruto. Cuidaría, además, de que los guardas de la viña, los que eran sus compañeros en su cultivo, y que ministraban en palabra y doctrina, fuesen bien recompensados; no pondría bozal al buey que trilla; un diezmo entero, más aún, un doble diezmo, había de ser la porción de los que guardaban el fruto y trabajaban con ella en la viña.
Cuánto tiempo continúa este feliz servicio, y cuán pronto ha de terminar, no podemos decirlo; Aquel que llama a sus siervos a morar en los huertos, y a cultivarlos para él—como Adán fue puesto antaño en el paraíso de DIOS—solo él conoce el límite de este servicio. Tarde o temprano vendrá el reposo, se habrá llevado la carga y el calor del último día, habrá pasado el último conflicto, y se oirá la voz del Esposo dirigiéndose a su amada:—
Oh tú que moras en los huertos,
los compañeros escuchan tu voz:
hazme oírla.
Tu servicio entre los compañeros ha terminado; has peleado la buena batalla, has guardado la fe, has acabado tu carrera; en adelante te está guardada la corona de justicia, ¡y el Esposo mismo será tu galardón sobremanera grande!
Bien puede la esposa dejarle oír su voz, y, saliendo con el corazón a su encuentro, clamar:—
Apresúrate, Amado mío,
y sé semejante al gamo, o al cervatillo,
sobre los montes de los aromas!
Ya no le pide, como en la segunda sección:—
Vuélvete, Amado mío, y sé semejante al gamo, o al cervatillo,
sobre los montes de Beter (separación).
Nunca más ha deseado que él se aparte de ella, pues no hay montes de Beter para los que permanecen en CRISTO; ahora hay montes de aromas. Aquel que habita entre las alabanzas de Israel, que se elevan, como el incienso de los aromas, desde los corazones de su pueblo, es invitado por su esposa a apresurarse, a venir pronto, y a ser como un gamo o un cervatillo sobre los montes de los aromas.
Muy dulce es la presencia de nuestro SEÑOR, cuando por su ESPÍRITU mora entre su pueblo, mientras le sirven aquí abajo; pero aquí hay muchas espinas en cada senda que reclaman un cuidado vigilante; y conviene que ahora padezcamos con nuestro SEÑOR, para que seamos después juntamente glorificados. El día, sin embargo, viene pronto en que él nos sacará de los huertos y compañías terrenales al palacio del gran REY. Allí su pueblo “no tendrá más hambre, ni sed, ni el sol caerá más sobre ellos, ni calor alguno. Porque el CORDERO que está en medio del trono los apacentará, y los guiará á fuentes vivas de aguas; y DIOS enjugará toda lágrima de los ojos de ellos.”
El ESPÍRITU y la Esposa dicen: ¡Ven!. . .
Ciertamente vengo en breve.
Amén; sea así, ¡ven, SEÑOR JESÚS!