Capítulo 8 · 11 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Sección V
Frutos de la unión reconocida
Cantares vi. 11-viii. 4.
En las secciones segunda y cuarta de este libro hallamos quebrantada la comunión de la esposa; en la primera por una recaída en la mundanalidad, y en la segunda por perezosa comodidad y satisfacción propia. La presente sección, como la tercera, es de comunión ininterrumpida. La abren las palabras de la esposa:—
Descendí al huerto de los nogales,
para ver los frutos del valle,
para ver si brotaban las vides,
y si florecían los granados.
No lo supe, y mi alma me puso
entre los carros de mi pueblo voluntario.
Como al comienzo de la Sección III., la esposa, en comunión ininterrumpida con su SEÑOR, estaba presente aunque no mencionada, hasta que hizo evidente su presencia con su discurso a las hijas de Sión; así en esta sección la presencia del REY pasa inadvertida hasta que él mismo se dirige a su esposa. ¡Pero ella es una con su SEÑOR mientras se ocupa en su servicio! Su promesa, “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días”, se le cumple siempre; y ya no tiene él que atraerla a que se levante y venga; a decirle que su “cabeza está llena de rocío”, sus “cabellos de las gotas de la noche”; ni a instarla, si le ama, a apacentar sus ovejas y cuidar sus corderos. Siendo ella misma su huerto, no se olvida de cultivarlo, ni guarda las viñas de otros mientras la suya está descuidada. Con él tanto como para él, va al huerto de los nogales. Tan cabal es la unión entre ellos que muchos comentaristas han sentido dificultad para decidir si era la esposa o el Esposo quien hablaba, y en verdad es punto de poca importancia; pues, como hemos dicho, ambos estaban allí, y de un mismo sentir; con todo, creemos estar en lo cierto al atribuir estas palabras a la esposa, ya que es a ella a quien se dirigen las hijas de Jerusalén, y es ella quien les responde.
La esposa y el Esposo parecen haber sido descubiertos por su pueblo voluntario mientras estaban así ocupados en la feliz comunión del servicio fecundo, y la esposa, sin darse cuenta, se halló sentada entre los carros de su pueblo—su pueblo tanto como de él.
Las hijas de Jerusalén de buena gana la harían volver:—
Vuélvete, vuélvete, oh Sulamita;
vuélvete, vuélvete, para que te miremos.
No hay ya duda alguna de quién es ella, ni de por qué su Amado es más que otro amado; él es reconocido como el rey Salomón, y a ella se le da el mismo nombre, solo que en su forma femenina (Sulamita).
Algunos han visto en estas palabras, “Vuélvete, vuélvete”, un indicio del arrebatamiento de la Iglesia; y explican algunas partes del contexto siguiente, que parecen incompatibles con esta idea, como presuntivas más que progresivas. Por interesante que sea este pensamiento, y por bien que explicaría la ausencia de referencia al REY en los versículos precedentes, no nos inclinamos a aceptarlo; sino que consideramos todo el cántico como progresivo, y sus últimas palabras como equivalentes a las palabras finales del libro del Apocalipsis: “Ciertamente vengo en breve. Amén. Sea así, ven, SEÑOR JESÚS.” No consideramos, por tanto, que la partida de la esposa de su huerto sea otra cosa que temporal.
La esposa responde a las hijas de Jerusalén:—
¿Por qué miraréis a la Sulamita?
o, como en la Versión Autorizada,
¿Qué veréis en la Sulamita?
En presencia del REY, ella no puede concebir por qué se le haya de prestar atención alguna. Como Moisés, al descender del monte, no sabía que su rostro resplandecía con una gloria divina, así sucedió aquí con la esposa. Pero podemos aprender esta importantísima lección: que muchos que no ven la hermosura del SEÑOR no dejarán de admirar su hermosura reflejada en su esposa. La ávida mirada de las hijas de Jerusalén sorprendió a la esposa, y ella dice: Bien podríais estar mirando “la danza de Mahanaim”—la danza de dos coros de las más hermosas hijas de Israel—en vez de a una que no tiene derecho alguno a ser atendida, salvo que es la escogida, aunque indigna, esposa del glorioso REY.
Las hijas de Jerusalén no tienen dificultad en responder a su pregunta, y, reconociéndola de estirpe real—“oh hija de príncipe”—así como de dignidad de reina, describen en verdadero lenguaje oriental las diez hermosuras de su persona; desde sus pies hasta su cabeza no ven sino belleza y perfección. ¡Qué contraste con su estado por naturaleza! Antes, “desde la planta del pie hasta la cabeza” no había “sino herida, hinchazón y podrida llaga”; ahora sus pies están “calzados con el apresto del Evangelio de la paz”, y hasta el cabello de la cabeza la proclama en verdad nazarea; “el REY” mismo “está preso en sus trenzas.”
Pero Uno, más para ella que las hijas de Jerusalén, respondió a su sencilla pregunta, “¿Qué veréis en la Sulamita?” El Esposo mismo la responde:—
¡Cuán hermosa eres, y cuán suave,
oh amor deleitoso!
Ve en ella las hermosuras y la fecundidad de la palmera alta y erguida, de la vid graciosa y trepadora, del cidro fragante y siempre verde. La gracia la ha hecho semejante a la palmera, emblema a la vez de rectitud y de fecundidad. El fruto de la palmera datilera es más apreciado que el pan por el viajero oriental, tan grande es su poder de sustento; y las facultades fructíferas del árbol no se marchitan; a medida que aumenta la edad, el fruto se vuelve más perfecto y más abundante.
El justo florecerá como la palmera:
crecerá como cedro en el Líbano.
Plantados en la casa de Jehová,
en los atrios de nuestro Dios florecerán.
Aun en la vejez fructificarán;
estarán vigorosos y verdes.
Pero ¿por qué son hechos los justos tan rectos y florecientes?
Para anunciar que Jehová es recto;
él es mi Roca, y en él no hay injusticia.
Siendo uno con nuestro SEÑOR, nos toca manifestar sus gracias y virtudes, reflejar su hermosura, ser sus fieles testigos.
La palmera es también emblema de victoria; levanta su hermosa copa hacia los cielos, sin temer el calor del sol abrasador, ni el viento ardiente del desierto. Por su belleza fue uno de los ornamentos del templo de Salomón, como lo será del de Ezequiel. Cuando nuestro SALVADOR fue recibido en Jerusalén como el REY de Israel, el pueblo tomó ramos de palmas y salió a su encuentro; y en el glorioso día de su desposorio, “una grande multitud, la cual ninguno” puede “contar, de todas naciones y linajes y pueblos y lenguas”, estará “delante del trono y en la presencia del CORDERO, vestidos de ropas blancas”; y con palmas de victoria en sus manos atribuirán la “salvación a nuestro DIOS que está sentado sobre el trono, y al CORDERO.”
Pero si se asemeja a la palmera, también se asemeja a la vid. Mucho necesita el cultivo del Labrador, y bien se lo recompensa. Permaneciendo en CRISTO, la verdadera fuente de la fecundidad, produce racimos de uvas, deliciosas y refrescantes, además de sustentadoras, como el fruto de la palmera—deliciosas y refrescantes para él mismo, dueño de la viña, como también para el mundo cansado y sediento en que él la ha plantado.
La vid tiene sus propias lecciones sugestivas: necesita y busca sostén; el afilado cuchillo del podador a menudo corta sin miramientos sus tiernos sarmientos, y afea su apariencia, mientras aumenta su fecundidad. Bellamente se ha escrito:—
La Vid viviente, Cristo la escogió para sí:—
Dios dio al hombre, para su uso y sustento,
trigo, vino y aceite, y cada uno de ellos es bueno:
y Cristo es Pan de vida y Luz de vida.
Mas no escogió el trigo del verano,
que se alza recto y libre en un rápido crecer,
y tiene su día, se acaba, y no retoña más;
ni tampoco el olivo, cuyas ramas todas se extienden
en el aire suave, y jamás pierden una hoja,
floreciente y fructífero en perpetua paz;
sino solo ésta, pues él y los suyos son uno,—
aquella Vid eterna, siempre vivificante,
que da el ardor y la pasión del mundo,
por su propia sangre vital, siempre renovada y derramada.
* * * * * * *
La Vid de cada rama viva sangra vino;
¿es acaso más pobre por ese licor derramado?
El borracho y el disoluto beben de él;
¿son acaso más ricos por el exceso de ese don?
Mide tu vida por lo perdido, no por lo ganado;
no por el vino bebido, sino por el vino derramado;
pues la fuerza del amor está en el sacrificio del amor;
y quien más sufre, más tiene que dar.
Aún una figura más emplea el Esposo: “El olor de tu aliento (es) como de manzanas”, o más bien de cidras. En la primera sección la esposa exclama:—
Como el cidro entre los árboles del bosque,
así es mi Amado entre los jóvenes.
Bajo su sombra me deleité y me senté,
y su fruto fue dulce a mi paladar.
Aquí hallamos el fruto de aquella comunión. Las cidras de las que se había alimentado perfumaron su aliento, y le impartieron su delicioso olor. El Esposo concluye su descripción:—
Tu paladar (es) como el buen vino,
que se entra suavemente—
por mi Amado—
interrumpe la esposa,
que hace hablar los labios de los que duermen.
¡Cuán maravillosa la gracia que ha hecho a la esposa de CRISTO ser todo esto para su Amado! Erguida como la palmera, victoriosa y cada vez más fructífera a medida que crece hacia el cielo; apacible y tierna como la Vid, olvidada de sí y abnegada, no solo dando fruto a pesar de la adversidad, sino dando por medio de ella sus más ricos frutos;—festejándose con su Amado mientras reposa bajo su sombra, y participando así de su fragancia;—¡qué no ha hecho la gracia por ella! ¡Y cuál debe ser su gozo al hallar, cada vez más plenamente, la satisfacción del glorioso Esposo en la humilde flor silvestre que él ha hecho su esposa, y hermosa con sus propias gracias y virtudes!
Yo soy de mi Amado,
y conmigo tiene su contentamiento,
exclama ella gozosa. Ahora nada es del yo ni para el yo, sino todo de ti y para ti. Y si tales son los dulces frutos de descender al huerto de los nogales, y de cuidar su huerto con él, no necesitará constreñimiento alguno para continuar en este bendito servicio.
Ven, Amado mío, salgamos al campo;
moremos en las aldeas.
No se avergüenza de su humilde origen, pues no teme vergüenza alguna: el perfecto amor ha echado fuera el temor. El real esplendor del Rey, con su pompa y grandeza, podrá gozarse más adelante: ahora es más dulce tenerlo a su lado para hacer fructífero el huerto; para darle toda suerte de frutos preciosos, nuevos y viejos, que ella ha guardado para él; y, mejor que todo, para satisfacerlo con su propio amor. No solo está contenta con esta comunión de servicio, sino que casi desearía que no hubiera honores ni deberes que reclamaran su atención, y que por un momento disminuyeran el gozo de su presencia.
¡Oh, si tú fueras como mi hermano,
que mamó los pechos de mi madre!
Cuando te hallase fuera, te besaría;
y nadie me menospreciaría.
Ojalá pudiera cuidarlo, y reclamar toda su atención, como una hermana podría cuidar a un hermano. Es profundamente consciente de que él la ha dotado con riqueza, y de que ella no es nada comparada con él; pero en vez de detenerse orgullosamente en lo que ha hecho por medio de él, casi desearía que le fuese posible ser ella la que da y él el que recibe. Muy lejos está esto del pensamiento mezquino, que tanto ha de herir el corazón de nuestro SEÑOR, “No creo que DIOS me exija esto”; o, “¿He de renunciar a aquello, si he de ser cristiano?” La verdadera devoción pedirá más bien que se le permita dar, y contará como pérdida todo lo que no pueda entregarse por causa del SEÑOR—“Todo lo tengo por pérdida por la excelencia del conocimiento de CRISTO JESÚS mi SEÑOR.”
Este anhelante deseo de ser más para él no la ciega, sin embargo, a la conciencia de que necesita su guía, y de que él es su verdadero, su único Instructor.
Yo te llevaría, y te metería en casa de mi madre,
para que me instruyeses;
yo te haría beber vino aromático,
del mosto de mis granadas.
Yo te daría lo mejor de mí, y sin embargo buscaría todo mi reposo y satisfacción en ti.
Su izquierda estaría bajo mi cabeza,
y su derecha me abrazaría.
Y así se cierra la sección. No hay nada más dulce para el Esposo ni para la esposa que esta consagrada y libre comunión; y de nuevo conjura a las hijas de Jerusalén, en forma algo diferente:—
¿Por qué habéis de despertar, o por qué recordar a mi amor,
hasta que ella quiera?
¡Comunión consagrada en verdad! Ojalá la disfrutemos siempre; y, permaneciendo en CRISTO, cantaremos, en las conocidas palabras del célebre himno—
Ambos tus brazos me rodean,
y mi cabeza está en tu pecho;
y mi alma cansada te ha hallado
¡tan perfecto, perfecto reposo!
Bendito Jesús,
ahora sé que soy bienaventurada.