Unión y comunión ·Apéndice

Capítulo 10 · 2 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Apéndice

Las hijas de Jerusalén

Con frecuencia se hace la pregunta: ¿A quiénes representan las hijas de Jerusalén?

Claramente no son la esposa, y sin embargo no están lejos de ella. Saben dónde hace el Esposo reposar su rebaño al mediodía; el Esposo les encarga que no despierten ni recuerden a su amor mientras ella reposa, permaneciendo en él; llaman la atención hacia el Esposo cuando, con dignidad y pompa, sube del desierto; sus dones de amor adornan su carroza de estado; la esposa acude a ellas en busca de ayuda para hallar a su Amado, y, conmovidas por su apasionada descripción de la hermosura de él, desean buscarlo con ella; describen muy por extenso la hermosura de la esposa, pero, por otra parte, nunca las hallamos ocupadas con la persona del Esposo; él no lo es todo en todo para ellas; ponen su mente en las cosas externas y terrenales.

¿No representan acaso a aquellos que, si no están realmente salvos, están muy cerca de estarlo; o, si están salvos, solo lo están a medias? ¿que por ahora se preocupan más de las cosas de este mundo que de las cosas de DIOS? Adelantar sus propios intereses, asegurar su propia comodidad, les importa más que agradar en todo al SEÑOR. Puede que lleguen a formar parte de aquella gran compañía de que se habla en Ap. vii. 9-17, que sale de la gran tribulación, pero no formarán parte de los 144.000, “las primicias para DIOS y para el CORDERO” (Ap. xiv. 1-5). Han olvidado la advertencia de nuestro SEÑOR en Lucas xxi. 34-36; y por eso no son “tenidos por dignos de evitar todas estas cosas que han de venir, y de estar en pie delante del HIJO del Hombre.” No han contado, con Pablo, “todas las cosas por pérdida por la excelencia del conocimiento de CRISTO JESÚS el SEÑOR”, y por eso no “llegan a” aquella resurrección de entre los muertos, que Pablo temía poder perder, pero que aspiraba a alcanzar.

Deseamos dejar constancia de nuestra solemne convicción de que no todos los que son cristianos, o se tienen por tales, llegarán a aquella resurrección de que habla San Pablo en Fil. iii. 11, ni así recibirán al SEÑOR en el aire. A aquellos que por vidas de consagración manifiestan que no son del mundo, sino que le esperan, “aparecerá sin pecado para salvación.”

Unión y comunión Hudson Taylor

Página 1 / 1 · 2 min restantes en el capítulo