Unión y comunión ·Introducción

Capítulo 2 · 6 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Introducción

El gran propósito hacia el cual tienden todos los tratos dispensacionales de Dios se nos revela en el capítulo quince de la Primera Epístola de Pablo a los Corintios: “Para que Dios sea todo en todos.” Con esto concuerda la enseñanza de nuestro Señor en Juan xvii. 3: “Y esta es (el objeto de) la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a JESUCRISTO, a quien has enviado.” Siendo así, ¿no obraremos sabiamente manteniendo siempre este fin a la vista en nuestra vida diaria y en el estudio de la santa Palabra de Dios?

Toda la Escritura es inspirada por Dios y es útil, y por tanto ninguna parte de ella es, ni puede ser, descuidada sin pérdida. Pocas porciones de la Palabra ayudarán más al devoto estudiante en la búsqueda de este importantísimo “conocimiento de Dios” que el demasiado descuidado “Cantar de Salomón.” Como otras porciones de la Palabra de Dios, este libro tiene sus dificultades. Pero también las tienen todas las obras de Dios. ¿No es acaso el hecho de que sobrepasan nuestras facultades de comprensión e investigación, cuando no cuentan con ayuda, un “sello” de divinidad? ¿Puede el hombre débil pretender abarcar el poder divino, o entender e interpretar las obras o las providencias del Todo-sabio? Y si no puede, ¿es de extrañar que también su Palabra necesite de una sabiduría sobrehumana para su interpretación? Gracias sean dadas a Dios: la iluminación del ESPÍRITU SANTO está prometida a todos los que la buscan; ¿qué más podemos desear?

Leído sin la clave, este libro resulta especialmente ininteligible; pero esa clave se halla con facilidad en las enseñanzas explícitas del Nuevo Testamento. La Palabra Encarnada es la verdadera clave de la Palabra escrita; pero aun antes de la encarnación, el devoto estudiante del Antiguo Testamento hallaría en los escritos proféticos mucha ayuda para comprender los sagrados misterios de este libro; pues allí se enseñaba a Israel que su HACEDOR era su ESPOSO. Juan el Bautista, el último de los profetas, reconoció al Esposo en la persona de CRISTO, y dijo: “El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido.” Pablo, en el capítulo quinto de la Epístola a los Efesios, va aún más lejos, y enseña que la unión de CRISTO con su Iglesia, y la sujeción de ella a Él, subyace a la relación misma del matrimonio, y ofrece el modelo para toda unión piadosa.

En Salomón, el rey esposo y a la vez autor de este poema, tenemos un tipo de nuestro SEÑOR, el verdadero Príncipe de paz, en su reinado venidero. Entonces se hallará no solo su esposa, la Iglesia, sino también un pueblo dispuesto, sus súbditos, sobre quienes reinará gloriosamente. Entonces potentados lejanos traerán sus riquezas, y contemplarán la gloria del REY entronizado, probándole con preguntas difíciles, como una vez vino la Reina de Sabá al Rey Salomón; y bienaventurados serán aquellos a quienes se conceda este privilegio. Una breve mirada les bastará para toda una vida; ¡pero cuál será la dignidad real y la bienaventuranza de la esposa resucitada y exaltada! Para siempre con su SEÑOR, para siempre semejante a su SEÑOR, para siempre consciente de que el deseo de Él es hacia ella, compartirá por igual su corazón y su trono. ¿Puede el estudio del libro que nos ayuda a entender estos misterios de gracia y de amor ser otra cosa que sumamente provechoso?

Es interesante notar el contraste entre este libro y el que le precede. El Libro de Eclesiastés enseña con énfasis que “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”; y así es la introducción necesaria al Cantar de Salomón, que muestra cómo pueden poseerse la verdadera bendición y satisfacción. De igual modo, la enseñanza de nuestro SALVADOR en el capítulo cuarto de Juan señala en una palabra la impotencia de las cosas terrenales para dar satisfacción duradera, en notable contraste con el caudal de bendición que resulta de la presencia del ESPÍRITU SANTO (cuya obra no es revelarse a sí mismo, sino a CRISTO como el Esposo del alma): “Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte”—rebosante, sin cesar—“para vida eterna.”

Nos será útil considerar el libro en seis secciones:—

  • I. La vida insatisfecha y su remedio.
  • Capítulo i. 2-ii. 7.
  • II. Comunión quebrantada. Restauración.
  • Capítulo ii. 8-iii. 5.
  • III. Comunión ininterrumpida.
  • Capítulo iii. 6-v. 1.
  • IV. Comunión de nuevo quebrantada. Restauración
  • Capítulo v. 2-vi. 10.
  • V. Frutos de la unión reconocida.
  • Capítulo vi. 11-viii. 4.
  • VI. Comunión sin restricciones.
  • Capítulo viii. 5-14.

En cada una de estas secciones hallaremos que quienes hablan son: la esposa, el Esposo y las hijas de Jerusalén; por lo general no es difícil determinar quién habla, aunque en algunos versículos se ha llegado a conclusiones distintas. La esposa habla del Esposo como “su amado”; el Esposo habla de ella como “su amada”, mientras que la forma en que se dirigen a ella las hijas de Jerusalén es más variada. En las últimas cuatro secciones la llaman “la más hermosa entre las mujeres”, pero en la quinta se habla de ella como “la Sulamita”, o la esposa del Rey, y también como la “hija del Príncipe”.

El estudiante de este libro hallará gran ayuda en un adecuado señalamiento de su Biblia. Sería útil una línea horizontal que delimite el discurso de cada interlocutor, con una doble línea para dividir las secciones, así como líneas verticales en el margen para indicar quién habla. Nosotros mismos hemos trazado una sola línea para enlazar los versículos que contienen las palabras de la esposa; una doble línea para indicar las del Esposo, y una línea ondulada para indicar los discursos de las hijas de Jerusalén.

Se observará que la esposa es la que más habla en las Secciones I y II, y está muy ocupada consigo misma; pero en la Sección III, donde la comunión no se ha quebrantado, tiene poco que decir, y aparece como la que escucha; las hijas de Jerusalén pronuncian un largo discurso, y el Esposo el suyo más extenso. En esa sección, por primera vez, Él la llama su esposa, y la atrae a la comunión en el servicio. En la Sección IV, la esposa vuelve a ser la que más habla, pero después de su restauración el Esposo habla largamente, y “no zahiere”. En la Sección V, como notamos, ya no se llama a la esposa “la más hermosa entre las mujeres”, sino que ella misma reclama serlo, y es reconocida como la esposa real. En la Sección VI, el Esposo la reclama desde su mismo nacimiento, y no solo desde sus desposorios, como DIOS en Ezequiel xvi. reclamó a Israel.

En el secreto de su presencia

¡cómo se deleita mi alma en esconderse!

¡Oh, cuán preciosas son las lecciones

que aprendo al lado de JESÚS!

Los cuidados terrenales jamás podrán turbarme,

ni las pruebas abatirme;

porque cuando Satanás viene a inquietarme,

al lugar secreto me voy.

Índice

Unión y comunión Hudson Taylor

Página 1 / 1 · 6 min restantes en el capítulo