La vid verdadera ·El Pámpano

Capítulo 4 · 3 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

El Pámpano

Todo pámpano que en mí no lleva fruto, le quitará—Juan 15.2

Aquí tenemos una de las palabras principales de la parábola: pámpano. Una vid necesita pámpanos: sin pámpanos nada puede hacer, ningún fruto puede llevar. Tan importante como conocer a la Vid y al Labrador es darse cuenta de lo que es el pámpano. Antes de escuchar lo que Cristo tiene que decir acerca de él, comprendamos primero qué es un pámpano y qué nos enseña de nuestra vida en Cristo. Un pámpano no es más que un trozo de madera, producido por la vid con el único fin de servirle para llevar su fruto. Es de la misma naturaleza que la vid, y tiene una sola vida y un solo espíritu con ella. Piensa un momento en las lecciones que esto sugiere.

Está la lección de la consagración total. El pámpano tiene un solo objeto por el cual existe, un solo propósito al que se entrega por entero: llevar el fruto que la vid desea producir. Y así el creyente tiene una sola razón para ser pámpano—una sola razón para su existencia en la tierra —que la Vid celestial produzca por medio de él su fruto. Feliz el alma que sabe esto, que ha consentido en ello, y que dice: He sido redimido y vivo para una sola cosa; tan exclusivamente como el pámpano natural existe únicamente para dar fruto, así también yo; tan exclusivamente como la Vid celestial existe para dar fruto, así también yo. Como Dios me ha plantado en Cristo, me he entregado por completo a llevar el fruto que la Vid desea producir.

Está la lección de la perfecta conformidad. El pámpano es exactamente como la vid en todo aspecto: la misma naturaleza, la misma vida, el mismo lugar, la misma obra. En todo esto son inseparablemente uno. Y así el creyente necesita saber que es partícipe de la naturaleza divina, y que tiene en sí la naturaleza y el espíritu mismos de Cristo, y que su único llamamiento es entregarse a una perfecta conformidad con Cristo. El pámpano es una perfecta semejanza de la vid; la única diferencia es que la una es grande y fuerte, y la fuente de la fuerza, y el otro pequeño y débil, siempre necesitando y recibiendo fuerza. Así también el creyente es, y ha de ser, la perfecta semejanza de Cristo.

Está la lección de la dependencia absoluta. La vid guarda sus reservas de vida, savia y fuerza, no para sí misma, sino para los pámpanos. Los pámpanos no son ni tienen nada sino lo que la vid les provee e imparte. El creyente es llamado a una vida de entera e incesante dependencia de Cristo, y su mayor bienaventuranza es entrar en ella. De día y de noche, a cada momento, Cristo ha de obrar en él todo lo que necesita.

Y luego la lección de la confianza sin dudas. El pámpano no tiene afán alguno; la vid lo provee todo; solo ha de entregarse y recibir. Es la visión de esta verdad la que conduce al bendito reposo de la fe, el verdadero secreto del crecimiento y de la fuerza: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.”

¡Qué vida sería la nuestra si tan solo consintiéramos en ser pámpanos! Amado hijo de Dios, aprende la lección. Tienes una sola cosa que hacer: ¡Sé únicamente un pámpano, nada más y nada menos! Sé solo un pámpano; Cristo será la Vid que todo lo da. Y el Labrador, el Dios poderoso, que hizo de la Vid lo que es, hará con igual certeza que el pámpano sea lo que debe ser.

Señor Jesús, te ruego que me reveles el misterio celestial del pámpano, en su unión viva con la Vid, en su derecho a toda su plenitud. Y que tu plena suficiencia, sosteniendo y llenando a tus pámpanos, me lleve al reposo de la fe que sabe que Tú lo obras todo.

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La vid verdadera Andrew Murray

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