La vid verdadera ·El Labrador

Capítulo 3 · 3 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

El Labrador

Y mi Padre es el labrador—Juan 15.1

Una vid ha de tener un labrador que la plante y vele por ella, que reciba su fruto y se goce en él. Jesús dice: “Mi Padre es el labrador.” Él era “la vid del plantío de Dios.” Todo lo que era y hacía, lo debía al Padre; en todo buscaba únicamente la voluntad y la gloria del Padre. Se había hecho hombre para mostrarnos lo que una criatura debe ser para con su Creador. Tomó nuestro lugar, y el espíritu de su vida delante del Padre fue siempre el que Él procura hacer nuestro: “Porque de él, y por él, y en él son todas las cosas.” Se hizo la vid verdadera, para que nosotros fuéramos verdaderos pámpanos. Tanto respecto de Cristo como de nosotros mismos, estas palabras nos enseñan las dos lecciones de la dependencia absoluta y la perfecta confianza.

Mi Padre es el labrador.—Cristo vivió siempre en el espíritu de lo que una vez dijo: “El Hijo no puede hacer nada de sí mismo.” Tan dependiente como una vid lo es del labrador para el lugar donde ha de crecer, para su cerca, su riego y su poda, así Cristo se sentía enteramente dependiente del Padre cada día, para la sabiduría y la fuerza de hacer la voluntad del Padre. Como dijo en el capítulo anterior (14:10): “Las palabras que yo os hablo, no las hablo de mí mismo; mas el Padre que está en mí, él hace sus obras.” Esta dependencia absoluta tenía como bendito contrapeso la bienaventurada confianza de que nada tenía que temer: el Padre no podía defraudarle. Con un Labrador tal como su Padre, podía entrar en la muerte y en el sepulcro. Podía confiar en que Dios le resucitaría. Todo lo que Cristo es y tiene, lo tiene, no en Sí mismo, sino del Padre.

Mi Padre es el labrador.—Esto es tan bienaventuradamente cierto para nosotros como lo fue para Cristo. Cristo está a punto de enseñar a sus discípulos acerca de su condición de pámpanos. Antes de emplear siquiera la palabra, o de hablar en absoluto de permanecer en Él o de llevar fruto, dirige sus ojos al cielo, al Padre que vela por ellos y que obra todo en ellos. En la raíz misma de toda la vida cristiana está el pensamiento de que Dios ha de hacerlo todo, de que nuestra obra es entregarnos y dejarnos en sus manos, en la confesión de una total impotencia y dependencia, en la confianza segura de que Él da todo lo que necesitamos. La gran carencia de la vida cristiana es que, aun allí donde confiamos en Cristo, dejamos a Dios fuera de la cuenta. Cristo vino para llevarnos a Dios. Cristo vivió la vida de un hombre exactamente como nosotros hemos de vivirla. Cristo la Vid señala a Dios el Labrador. Como Él confió en Dios, confiemos también nosotros en Dios, en que todo lo que debemos ser y tener, como quienes pertenecemos a la Vid, nos será dado de lo alto.

Isaías dijo: “Viña de vino tinto; yo Jehová la guardo; cada momento la regaré: guardaréla de noche y de día, porque nadie la visite.” Antes de que comencemos a pensar en el fruto o en los pámpanos, tengamos el corazón lleno de esta fe: tan glorioso como la Vid es el Labrador. Tan alto y santo como es nuestro llamamiento, así de poderoso y amoroso es el Dios que lo obrará todo. Tan ciertamente como el Labrador hizo de la Vid lo que había de ser, hará de cada pámpano lo que ha de ser. Nuestro Padre es nuestro Labrador, la Garantía de nuestro crecimiento y de nuestro fruto.

Bendito Padre, nosotros somos tu labranza. ¡Oh, que recibas honra de la obra de tus manos! Oh Padre mío, deseo abrir mi corazón al gozo de esta verdad admirable: Mi Padre es el labrador. Enséñame a conocerte y a confiar en Ti, y a ver que el mismo profundo interés con que cuidaste de la Vid y te deleitaste en ella, se extiende a cada pámpano, también a mí.

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La vid verdadera Andrew Murray

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