Capítulo 5 · 3 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
El Fruto
Todo pámpano que en mí no lleva fruto, le quitará—Juan 15.2
Fruto.—Esta es la siguiente gran palabra que tenemos: la Vid, el Labrador, el pámpano, el fruto. ¿Qué tiene nuestro Señor que decirnos acerca del fruto? Sencillamente esto: que el fruto es aquello para lo cual existe el pámpano, y que si no lleva fruto, el labrador lo quita. La vid es la gloria del labrador; el pámpano es la gloria de la vid; el fruto es la gloria del pámpano; si el pámpano no produce fruto, no hay en él gloria ni valor alguno; es un estorbo y una ofensa; el labrador lo quita. La única razón de la existencia de un pámpano, la única señal de ser un verdadero pámpano de la Vid celestial, la única condición para que el divino Labrador le permita compartir la vida de la Vid, es: llevar fruto.
¿Y qué es el fruto? Algo que el pámpano lleva, no para sí mismo, sino para su dueño; algo que ha de ser recogido y llevado. Cierto que el pámpano recibe de la savia de la vid para su propia vida, por la cual se hace más grueso y más fuerte. Pero esta provisión para su propio sostenimiento está enteramente subordinada al cumplimiento del propósito de su existencia: llevar fruto. Es porque los cristianos no entienden ni aceptan esta verdad que fracasan tanto en sus esfuerzos y oraciones por vivir la vida del pámpano. A menudo lo desean con gran fervor; leen, meditan y oran, y sin embargo fracasan, y se preguntan por qué. La razón es muy sencilla: no saben que el llevar fruto es aquello para lo cual han sido salvos. Tan enteramente como Cristo llegó a ser la vid verdadera con un solo objeto, así también tú has sido hecho pámpano con el único objeto de llevar fruto para la salvación de los hombres. La Vid y el pámpano están igualmente bajo la ley inmutable del llevar fruto como la única razón de su ser. Cristo y el creyente, la Vid celestial y el pámpano, tienen por igual su lugar en el mundo exclusivamente para un propósito: llevar a los hombres el amor salvador de Dios. De ahí la solemne palabra: Todo pámpano que no lleva fruto, le quita.
Guardémonos especialmente de un gran error. Muchos cristianos piensan que su propia salvación es lo primero; su vida temporal y su prosperidad, junto con el cuidado de su familia, lo segundo; y que el tiempo e interés que quede puede dedicarse a llevar fruto, a la salvación de los hombres. No es de extrañar que, en la mayoría de los casos, apenas pueda hallarse tiempo o interés. No, cristiano, el único objeto por el cual has sido hecho miembro del Cuerpo de Cristo es que la Cabeza te tenga para llevar a cabo su obra salvadora. El único objeto que Dios tuvo al hacerte pámpano es que Cristo dé vida a los hombres por medio de ti. Tu salvación personal, tus negocios y el cuidado de tu familia, están enteramente subordinados a esto. Tu primer propósito en la vida, tu primer propósito cada día, debe ser conocer cómo desea Cristo llevar a cabo su propósito en ti.
Comencemos a pensar como Dios piensa. Aceptemos la enseñanza de Cristo y respondamos a ella. El único objeto de mi ser pámpano, la única señal de ser un verdadero pámpano, la única condición de mi permanecer y crecer fuerte, es que lleve el fruto de la Vid celestial para que los hombres que mueren coman y vivan. Y aquello de lo cual puedo tener la más perfecta seguridad es que, teniendo a Cristo por Vid y al Padre por Labrador, en verdad puedo ser un pámpano fructífero.
Padre nuestro, Tú vienes buscando fruto. Enséñanos, te rogamos, a comprender cuán verdaderamente este es el único objeto de nuestra existencia y de nuestra unión con Cristo. Haz que el único deseo de nuestro corazón sea ser pámpanos, tan llenos del Espíritu de la Vid que llevemos fruto en abundancia.