Capítulo 31 · 3 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
El fruto que permanece
Yo os elegí á vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca—Juan 15.16
Hay frutos que no se conservan. Cierta clase de peras o manzanas ha de usarse en seguida; otra clase puede guardarse hasta el año siguiente. Así también hay en la obra cristiana cierto fruto que no dura. Puede haber mucho que agrade y edifique y, sin embargo, no dejar impresión permanente alguna en el poder del mundo ni en el estado de la Iglesia. Por otra parte, hay obra que deja su huella por generaciones o por la eternidad. En ella el poder de Dios se hace sentir de manera duradera. Es el fruto del que habla Pablo cuando describe los dos estilos de ministerio: “Mi predicación no fue en palabras persuasivas de humana sabiduría, sino en demostración del Espíritu y de poder; para que vuestra fe no estuviese fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.” Cuanto más del hombre, con su sabiduría y su poder, menos estabilidad; cuanto más del Espíritu de Dios, más de una fe fundada en el poder de Dios.
El fruto revela la naturaleza del árbol del que procede. ¿Cuál es el secreto de llevar fruto que permanezca? La respuesta es sencilla. Es a medida que nuestra vida permanece en Cristo, a medida que permanecemos en él, que el fruto que llevamos permanecerá. Cuanto más dejemos que todo lo que es de la voluntad y del esfuerzo humanos sea cortado y limpiado por el divino Labrador, cuanto más intensamente se retire nuestro ser de lo exterior para que Dios obre en nosotros por su Espíritu; es decir, cuanto más enteramente permanezcamos en Cristo, tanto más permanecerá nuestro fruto.
¡Qué bendito pensamiento! Él te escogió, y te puso para que llevaras fruto, y para que tu fruto permaneciera. Nunca quiso que uno de sus pámpanos produjera fruto que no permaneciera. Cuanto más hondo entro en el propósito de esta su gracia electora, tanto más segura se hará mi confianza de que puedo producir fruto para vida eterna, para mí mismo y para otros. Cuanto más hondo entro en este propósito de su amor elector, tanto más comprenderé cuál es el vínculo entre el propósito desde la eternidad y el fruto para la eternidad: el permanecer en él. El propósito es suyo, él lo llevará a cabo; el fruto es suyo, él lo producirá; el permanecer es suyo, él lo mantendrá.
Deténgase todo el que se precie de ser un obrero cristiano. Pregúntate si estás dejando tu huella para la eternidad en los que te rodean. No es tu predicación ni tu enseñanza, ni tu fuerza de voluntad ni tu poder de influencia, lo que asegurará esto. Todo depende de tener tu vida llena de Dios y de su poder. Y eso, a su vez, depende de que vivas la vida verdaderamente propia del pámpano, la del permanecer: una comunión con Cristo muy estrecha e ininterrumpida. Es el pámpano que permanece en él el que produce mucho fruto, fruto que permanecerá.
Bendito Señor, revela a mi alma, te lo ruego, que me has escogido para llevar mucho fruto. Sea esta mi confianza: que tu propósito puede realizarse, pues tú me escogiste. Sea este mi poder para dejarlo todo y entregarme a ti. Tú mismo perfeccionarás lo que has comenzado. Atráeme de tal modo a morar en el amor y en la certeza de aquel eterno propósito, que el poder de la eternidad me posea, y el fruto que lleve permanezca.
Para que llevéis fruto. Oh Vid celestial mía, comienza a amanecer en mi alma que el fruto, más fruto —mucho fruto—, fruto que permanece, es lo único que tú tienes que darme, y lo único que yo, como pámpano, tengo que darte a ti. Aquí estoy. Bendito Señor, cumple tu propósito en mí; haz que lleve mucho fruto, fruto que permanezca, para tu gloria.