Capítulo 32 · 4 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La oración que prevalece
Os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca: para que todo lo que pidiereis del Padre en mi nombre, él os lo dé—Juan 15.16
En el primer versículo de nuestra parábola, Cristo se reveló a sí mismo como la vid verdadera, y al Padre como el labrador, y pidió para sí y para el Padre un lugar en el corazón. Aquí, en el versículo final, resume toda su enseñanza acerca de sí mismo y del Padre en el doble propósito para el cual los había escogido. Con referencia a sí mismo, la Vid, el propósito era que llevaran fruto. Con referencia al Padre, era que todo cuanto pidieran en su nombre les fuese hecho por el Padre en el cielo. Así como el fruto es la gran prueba de la verdadera relación con Cristo, así la oración lo es de nuestra relación con el Padre. Un permanecer fructífero en el Hijo, y una oración que prevalece ante el Padre, son los dos grandes factores de la verdadera vida cristiana.
Para que todo lo que pidiereis del Padre en mi nombre, él os lo dé.—Estas son las palabras finales de la parábola de la Vid. Todo el misterio de la Vid y sus pámpanos conduce a este otro misterio: que ¡todo lo que pedimos en su nombre, el Padre lo da! Ve aquí la razón de la falta de oración, y de la falta de poder en la oración. Es porque tan poco vivimos la verdadera vida del pámpano, porque tan poco nos perdemos en la Vid, permaneciendo enteramente en él, que nos sentimos tan poco constreñidos a mucha oración, tan poco confiados en que seremos oídos, y así no sabemos usar su nombre como la llave del granero de Dios. La Vid, plantada en la tierra, ha llegado hasta el cielo; solo el alma que permanece en ella entera e intensamente puede llegar hasta el cielo con poder para prevalecer mucho. Nuestra fe en la enseñanza y en la verdad de la parábola, en la verdad y en la vida de la Vid, debe probarse a sí misma por el poder en la oración. La vida de permanecer y de obedecer, de amor y de gozo, de limpieza y de llevar fruto, conducirá de seguro al poder de la oración que prevalece.
Todo lo que pidiereis—La promesa fue dada a discípulos que estaban dispuestos a entregarse, a semejanza de la vid verdadera, por sus semejantes. Esta promesa era toda su provisión para su obra; la tomaron literalmente, la creyeron, la usaron, y la hallaron verdadera. Entreguémonos, como pámpanos de la vid verdadera y a semejanza suya, a la obra de salvar a los hombres, de llevar fruto para la gloria de Dios, y hallaremos una nueva urgencia y un nuevo poder para orar y para reclamar el “todo lo que pidiereis.” Despertaremos a nuestra maravillosa responsabilidad de tener, en semejante promesa, las llaves de los graneros del Rey puestas en nuestras manos, y no descansaremos hasta haber recibido pan y bendición para los que perecen.
“Yo os elegí, para que llevéis fruto, y para que vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis del Padre en mi nombre, él os lo dé.” Amado discípulo, procura por encima de todo ser un hombre de oración. Aquí está el ejercicio más alto de tu privilegio como pámpano de la Vid; aquí está la plena prueba de que estás siendo renovado a la imagen de Dios y de su Hijo; aquí está tu poder para mostrar cómo tú, como Cristo, no vives para ti mismo, sino para otros; aquí entras en el cielo para recibir dones para los hombres; aquí tu permanecer en Cristo ha llevado a que él permanezca en ti, para usarte como el canal y el instrumento de su gracia. El poder de llevar fruto para los hombres ha sido coronado con el poder de prevalecer ante Dios.
“Yo soy la vid, mi Padre es el labrador.” La obra de Cristo en ti es llevarte de tal modo al Padre que su Palabra se cumpla en ti: “En aquel día pediréis en mi nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros; pues el mismo Padre os ama.” El poder de acceso directo al Padre en favor de los hombres, la libertad de la intercesión que reclama y recibe bendición para ellos por la fe, es el ejercicio más alto de nuestra unión con Cristo. Que todos los que quieran ser pámpanos verdadera y plenamente se entreguen a la obra de la intercesión. Es la única gran obra de Cristo, la Vid, en el cielo, la fuente de poder para toda su obra. Hazla tu única gran obra como pámpano: será el poder de toda tu obra.
En mi nombre. Sí, Señor, en tu nombre, el nuevo nombre que aquí te has dado a ti mismo, la vid verdadera. Como pámpano, permaneciendo en ti en entera devoción, en plena dependencia, en perfecta conformidad, en fructificación permanente, vengo al Padre, en ti, y él dará lo que yo pida. ¡Oh, que mi vida sea una intercesión incesante y que prevalece! ¡Amén!