Capítulo 2 · 3 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La Vid (Juan 15:1)
Yo soy la vid verdadera—Juan 15.1
Todas las cosas terrenales son sombras de las realidades celestiales: la expresión, en formas creadas y visibles, de la gloria invisible de Dios. La Vida y la Verdad están en el Cielo; en la tierra tenemos figuras y sombras de las verdades celestiales. Cuando Jesús dice: “Yo soy la vid verdadera”, nos declara que todas las vides de la tierra son imágenes y emblemas de Sí mismo. Él es la realidad divina, de la cual ellas son la expresión creada. Todas ellas le señalan, le predican y le revelan. Si quieres conocer a Jesús, estudia la vid.
¡Cuántos ojos han contemplado y admirado una gran vid con su hermoso fruto! Ven y contempla la Vid celestial hasta que tu mirada se aparte de todo lo demás para admirarle a Él. ¡Cuántos, en un clima soleado, se sientan y descansan bajo la sombra de una vid! Ven y reposa en quietud bajo la sombra de la vid verdadera, y descansa en ella del calor del día. ¡Qué muchedumbre incontable se regocija en el fruto de la vid! Ven, toma y come del fruto celestial de la vid verdadera, y diga tu alma: “Debajo de la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce á mi paladar.”
Yo soy la vid verdadera.—Este es un misterio celestial. La vid terrenal puede enseñarte mucho acerca de esta Vid del Cielo. Se ofrecen a la mente muchos puntos de comparación, interesantes y hermosos, que nos ayudan a formarnos ideas de lo que Cristo quiso decir. Pero tales pensamientos no nos enseñan a conocer lo que la Vid celestial realmente es, en su sombra refrescante y en su fruto que da vida. La experiencia de esto es parte del misterio escondido que nadie sino Jesús mismo, por su Espíritu Santo, puede desplegar e impartir.
Yo soy la vid verdadera.—La vid es el Señor vivo, que Él mismo habla, y da, y obra todo lo que tiene para nosotros. Si quieres conocer el sentido y el poder de esa palabra, no pienses hallarlo por el razonamiento ni por el estudio; estos pueden ayudarte a mostrar lo que has de recibir de Él, para despertar el deseo, la esperanza y la oración, pero no pueden mostrarte la Vid. Solo Jesús puede revelarse a Sí mismo. Él da su Espíritu Santo para abrir los ojos y contemplarle a Él, para abrir el corazón y recibirle a Él. Él mismo ha de hablarnos la palabra, a ti y a mí.
Yo soy la vid verdadera.—¿Y qué he de hacer yo, si deseo que el misterio, en toda su belleza y bendición celestiales, me sea abierto? Con lo que ya sabes de la parábola, inclínate y quédate quieto, adora y espera, hasta que la Palabra divina entre en tu corazón, y sientas su santa presencia contigo y en ti. La sombra amparadora de su santo amor te dará la calma y el reposo perfectos de saber que la Vid lo hará todo.
Yo soy la vid verdadera.—El que habla es Dios, capaz, en su infinito poder, de entrar en nosotros. Es hombre, uno con nosotros. Es el Crucificado, que por su muerte nos ganó una justicia perfecta y una vida divina. Es el Glorificado, que desde el trono da su Espíritu para hacer real y verdadera su presencia. Él habla—oh, escucha, no solo sus palabras, sino a Él mismo, mientras susurra en secreto día tras día: “¡Yo soy la vid verdadera! Todo lo que la Vid pueda llegar a ser para su pámpano, “eso seré yo para ti.”
Santo Señor Jesús, Vid celestial plantada por Dios mismo, te ruego que te reveles a mi alma. Que el Espíritu Santo, no solo en el pensamiento sino en la experiencia, me haga conocer todo lo que Tú, el Hijo de Dios, eres para mí como la vid verdadera.