Capítulo 25 · 3 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Amaos los unos á los otros
Este es mi mandamiento: Que os améis los unos á los otros—Juan 15.12
Dios es amor. Toda su naturaleza y su perfección son amor: no vive para sí mismo, sino para dispensar vida y bendición. En su amor engendró al Hijo, para darle a él todas las cosas. En su amor hizo surgir a las criaturas, para hacerlas partícipes de su bienaventuranza.
Cristo es el Hijo del amor de Dios: el portador, el revelador, el comunicador de ese amor. Su vida y su muerte fueron todas amor. El amor es su vida, y la vida que él da. Solo vive para amar, para vivir su vida de amor en nosotros, para entregarse a sí mismo en todos los que quieran recibirle. El primer pensamiento de la vid verdadera es el amor: vivir únicamente para impartir su vida a los pámpanos.
El Espíritu Santo es el Espíritu de amor. No puede impartir la vida de Cristo sin impartir su amor. La salvación no es otra cosa que el amor que nos conquista y entra en nosotros; tenemos tanto de salvación como tenemos de amor. La salvación plena es el amor perfecto.
No es de extrañar que Cristo dijera: “Un mandamiento nuevo os doy”; “Este es mi mandamiento” —el único mandamiento que todo lo abarca— “que os améis los unos á los otros”. El pámpano no solo es uno con la vid, sino con todos los demás pámpanos; beben un mismo espíritu, forman un mismo cuerpo, llevan un mismo fruto. Nada puede ser más contrario a la naturaleza que el que los cristianos no se amen los unos á los otros, así como Cristo los amó. La vida que recibieron de su Vid celestial no es otra cosa que amor. Esto es lo único que él pide por encima de todo lo demás. “En esto conocerán todos que sois mis discípulos... que os améis los unos á los otros”. Así como la clase particular de vid se conoce por el fruto que lleva, la naturaleza de la Vid celestial ha de juzgarse por el amor que sus discípulos se tienen los unos á los otros.
Cuida de obedecer este mandamiento. Que tu “obedecer y permanecer” se muestre en esto. Ama a tus hermanos como el camino para permanecer en el amor de tu Señor. Que tu voto de obediencia comience aquí. Amaos los unos á los otros. Que tu trato con los cristianos de tu propia familia sea amor santo, tierno, semejante al de Cristo. Que tus pensamientos hacia los cristianos que te rodean estén, ante todo, en el espíritu del amor de Cristo. Que tu vida y tu conducta sean el sacrificio del amor: entrégate a pensar en sus pecados o en sus necesidades, a interceder por ellos, a ayudarlos y a servirlos. Sé, en tu iglesia o en tu círculo, la encarnación del amor de Cristo. La vida que Cristo vive en ti es amor; que la vida en la que la vives sea toda amor.
Pero, hombre, escribes como si todo esto fuera tan natural, tan sencillo y tan fácil. ¿Es en verdad posible vivir así y amar así? Mi respuesta es: Cristo lo manda; debes obedecer. Cristo lo dice en serio; debes obedecer, o no podrás permanecer en su amor.
Pero lo he intentado y he fracasado. No veo perspectiva alguna de vivir como Cristo. ¡Ah! Eso es porque no has captado la primera palabra de la parábola: “Yo soy la vid verdadera: te doy todo lo que necesitas como pámpano, te doy todo lo que yo mismo tengo”. Te ruego que dejes que el sentimiento del fracaso pasado y de la debilidad presente te empuje hacia la Vid. Él es todo amor. Le encanta dar. Da amor. Te enseñará a amar, así como él amó.
Amaos los unos á los otros. Amado Señor Jesús, tú eres todo amor; la vida que nos diste es amor; tu nuevo mandamiento, y la insignia de tu discipulado, es: “Amaos los unos á los otros”. Acepto el encargo: con el amor con que tú me amas, y con que yo te amo, amaré a mis hermanos.