Capítulo 24 · 4 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
El gozo
Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido—Juan 15.11
Si alguno hace la pregunta: “¿Cómo puedo ser un cristiano feliz?”, la respuesta de nuestro Señor es muy sencilla: “Estas cosas”, acerca de la Vid y los pámpanos, “os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido”. “No podéis tener mi gozo sin mi vida. Estad en mí, y dejad que yo esté en vosotros, y mi gozo estará en vosotros”. Toda vida sana es cosa de gozo y de hermosura; vive sin división la vida del pámpano, y tendrás su gozo en plena medida.
Para muchos cristianos, el pensamiento de una vida enteramente permaneciendo en Cristo es cosa de tensión y de penoso esfuerzo. No alcanzan a ver que la tensión y el esfuerzo solo vienen mientras no nos entregamos sin reservas a la vida de Cristo en nosotros. Las primerísimas palabras de la parábola aún no se les han abierto: “Yo soy la Vid verdadera; yo lo emprendo todo y proveo para todo; nada pido al pámpano sino que se entregue enteramente a mí y me permita hacerlo todo. Yo me comprometo a hacer del pámpano, y a conservarlo, todo lo que debe ser.” ¿No habría de ser un gozo infinito e incesante que la Vid obre así todas las cosas, y saber que no es otro sino el bendito Hijo de Dios en su amor quien a cada momento nos sostiene y mantiene nuestra vida?
Para que mi gozo esté en vosotros—Hemos de tener en nosotros el gozo propio de Cristo. ¿Y cuál es el gozo propio de Cristo? No hay gozo como el amor. No hay más gozo que el amor. Cristo acababa de hablar del amor del Padre y de su propio permanecer en él, y de que nos había amado con ese mismo amor. Su gozo no es sino el gozo del amor, de ser amado y de amar. Era el gozo de recibir el amor de su Padre y de permanecer en él, y luego el gozo de transmitir ese amor y de derramarlo sobre los pecadores. Es este gozo el que quiere que compartamos: el gozo de ser amados del Padre y de Él; el gozo de amar, a nuestra vez, y de vivir para los que nos rodean. Este es precisamente el gozo de ser verdaderamente pámpanos: permanecer en su amor, y luego entregarnos en amor para llevar fruto para otros. Aceptemos su vida, tal como Él la da en nosotros siendo la Vid, y su gozo será nuestro: el gozo de permanecer en su amor, el gozo de amar como Él, de amar con su amor.
Y para que vuestro gozo sea cumplido—Para que sea completo, para que quedéis llenos de él. ¡Cuán triste que necesitemos tanto que se nos recuerde que, siendo Dios el único manantial de todo gozo —“Dios, alegría de nuestro gozo”—, el único modo de ser perfectamente felices es tener tanto de Dios, tanto de su voluntad y de su comunión, como sea posible! La religión está destinada a ser, en la vida diaria, cosa de gozo inefable. ¿Y por qué tantos se quejan de que no es así? Porque no creen que no hay gozo como el gozo de permanecer en Cristo y en su amor, y de ser pámpanos por medio de los cuales Él pueda derramar su amor sobre un mundo que perece.
¡Oh, que la voz de Cristo pudiera llegar al corazón de todo joven cristiano, y persuadirlo a creer que su gozo es el único gozo verdadero, que su gozo puede llegar a ser el nuestro y llenarnos de veras, y que la manera segura y sencilla de vivir en él es —solo esto— permanecer como pámpanos en Él, nuestra Vid celestial! Que la verdad entre hondamente en nosotros: mientras nuestro gozo no sea pleno, es señal de que aún no conocemos rectamente a nuestra Vid celestial; todo deseo de un gozo más pleno solo ha de impulsarnos a permanecer más sencilla y más plenamente en su amor.
Mi gozo... vuestro gozo. También en esto es: como la Vid, así el pámpano; toda la Vid en el pámpano. Tu gozo es nuestro gozo: tu gozo en nosotros, y nuestro gozo cumplido. Bendito Señor, lléname de tu gozo: el gozo de ser amado y bendecido con un amor divino; el gozo de amar y de bendecir a los demás.