Capítulo 21 · 3 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Estad en mi amor
Como el Padre me amó, también yo os he amado: estad en mi amor—Juan 15.9
Estad en mi amor—Llamamos morada al hogar de un hombre. Nuestra morada, el hogar de nuestra alma, ha de ser el amor de Cristo. Allí hemos de vivir nuestra vida, allí hemos de estar como en casa todo el día: esto es lo que Cristo quiere que sea nuestra vida, y verdaderamente puede hacerla así. Nuestro permanecer continuo en la Vid ha de ser un permanecer en su amor.
Probablemente has oído o leído de lo que se llama la vida más alta, o la vida más honda, la vida más rica o más plena, la vida abundante. Y quizá sepas que algunos han contado de un cambio maravilloso por el cual su vida de continuo fracaso y tropiezo fue transformada en una experiencia muy bendita de ser guardados, fortalecidos y llenados de sumo gozo. Si les preguntaras cómo les llegó esta gran bendición, muchos te dirían que fue sencillamente esto: que fueron llevados a creer que este permanecer en el amor de Cristo estaba destinado a ser una realidad, y que fueron hechos dispuestos a renunciar a todo por ello, y luego capacitados para confiar en que Cristo lo haría verdad en ellos.
El amor del Padre al Hijo no es un sentimiento: es una vida divina, una energía infinita, un poder irresistible. Llevó a Cristo a través de la vida, de la muerte y del sepulcro. El Padre le amó y moró en Él, y todo lo hizo por Él. Así también el amor de Cristo hacia nosotros es un poder vivo e infinito que obrará en nosotros todo lo que Él se complace en darnos. La flaqueza de nuestra vida cristiana está en que no tomamos tiempo para creer que este amor divino realmente se deleita en nosotros, y que ha de poseernos y obrarlo todo en nosotros. No tomamos tiempo para contemplar cómo la Vid sostiene al pámpano tan enteramente, obrándolo todo en él tan completamente. Nos esforzamos por hacer por nosotros mismos lo que solo Cristo puede hacer, lo que Cristo, oh, tan amorosamente, anhela hacer por nosotros.
Y este es, pues, el secreto del cambio del que hablamos, y el comienzo de una vida nueva: cuando el alma ve este amor infinito dispuesto a hacerlo todo, y se entrega a él. “Estad en mi amor”. Creer que es posible vivir así, momento tras momento; creer que todo lo que lo hace difícil o imposible será vencido por Cristo mismo; creer que el Amor significa verdaderamente un anhelo infinito de darse enteramente a nosotros y de no dejarnos jamás; y, en esta fe, arrojarnos sobre Cristo para que lo obre en nosotros: este es el secreto de la verdadera vida cristiana.
¿Y cómo llegar a esta fe? Apártate de lo visible si quieres ver y poseer lo invisible. Toma más tiempo con Jesús, contemplándolo como la Vid celestial, que vive en el amor del Padre y quiere que tú vivas en su amor. Apártate de ti mismo, de tus esfuerzos y de tu fe, si quieres tener el corazón lleno de Él y la certeza de su amor. Permanecer significa salir de todo lo demás, para ocupar un solo lugar y quedarse allí. Aléjate de todo lo demás, y pon tu corazón en Jesús y en su amor; ese amor despertará tu fe y la fortalecerá. Ocúpate de ese amor, adóralo, espéralo. Puedes estar seguro de que se extenderá hacia ti, y de que, por su poder, te alzará dentro de sí mismo como tu morada y tu hogar.
Estad en mi amor. Señor Jesús, lo veo: fue tu permanecer en el amor de tu Padre lo que te hizo la Vid verdadera, con tu divina plenitud de amor y de bendición para nosotros. ¡Oh, que también yo, como pámpano, permanezca en tu amor, para que su plenitud me llene y se derrame sobre cuantos me rodean!