Capítulo 20 · 3 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
El amor maravilloso
Como el Padre me amó, también yo os he amado—Juan 15.9
Aquí Cristo deja el lenguaje de la parábola y habla llanamente acerca del Padre. Por mucho que la parábola pudiera enseñar, no podía enseñar la lección del amor. Todo lo que la vid hace por el pámpano, lo hace bajo la compulsión de una ley de la naturaleza: no hay amor personal y vivo hacia el pámpano. Corremos el peligro de mirar a Cristo como un Salvador y un proveedor de toda necesidad, designado por Dios, aceptado por nosotros y objeto de nuestra confianza, sin ningún sentido de la intensidad del afecto personal con que Cristo nos abraza, y en el cual únicamente puede nuestra vida hallar su verdadera felicidad. Cristo procura señalarnos esto.
¿Y cómo lo hace? Nos conduce una vez más a sí mismo, para mostrarnos cuán idéntica es su propia vida a la nuestra. Así como el Padre le amó, así Él nos ama. Su vida como vid dependiente del Padre fue una vida en el amor del Padre; ese amor era su fortaleza y su gozo; en el poder de aquel amor divino que reposaba sobre Él, vivió y murió. Si hemos de vivir como Él, para ser, como pámpanos, verdaderamente semejantes a nuestra Vid, también en esto hemos de participar. Nuestra vida ha de tener su aliento y su ser en un amor celestial, tanto como la suya. Lo que el amor del Padre fue para Él, su amor será para nosotros. Si aquel amor le hizo la Vid verdadera, su amor puede hacernos pámpanos verdaderos. “Como el Padre me amó, también yo os he amado”.
Como el Padre me amó—¿Y cómo amó el Padre al Hijo? El infinito deseo y deleite de Dios de comunicar al Hijo todo lo que Él mismo tenía, de llevar al Hijo a la más completa igualdad consigo mismo, de vivir en el Hijo y de que el Hijo viviese en Él: esto era el amor de Dios a Cristo. Es un misterio de gloria del cual no podemos formarnos concepto alguno; solo podemos inclinarnos y adorar mientras procuramos pensar en él. Y con tal amor, con este mismísimo amor, Cristo anhela, con infinito deseo y deleite, comunicarnos todo lo que Él es y tiene, hacernos partícipes de su propia naturaleza y bienaventuranza, vivir en nosotros y que nosotros vivamos en Él.
Y ahora, si Cristo nos ama con un amor divino tan intenso, tan infinito, ¿qué es lo que le impide triunfar sobre todo obstáculo y tomar plena posesión de nosotros? La respuesta es sencilla. Así como el amor del Padre a Cristo, así su amor a nosotros es un misterio divino, demasiado alto para que lo comprendamos o lo alcancemos por esfuerzo propio alguno. Solo el Espíritu Santo puede derramar y revelar, en su poder que todo lo vence y sin interrupción, este amor maravilloso de Dios en Cristo. Es la vid misma la que ha de dar al pámpano su crecimiento y su fruto, haciendo subir su savia. Es Cristo mismo quien, por su Espíritu Santo, ha de morar en el corazón; entonces conoceremos y tendremos en nosotros el amor que excede a todo conocimiento.
Como el Padre me amó, también yo os he amado—¿No hemos de acercarnos al Cristo vivo y personal, y confiar en Él, y entregárselo todo, para que ame este amor dentro de nosotros? Así como Él supo y se regocijó a cada hora —el Padre me ama—, también nosotros podemos vivir en la conciencia incesante: como el Padre le amó, así Él me ama.
Como el Padre me amó, también yo os he amado. Amado Señor, apenas comienzo a comprender cuán exactamente la vida de la Vid ha de ser también la del pámpano. Tú eres la Vid, porque el Padre te amó y derramó su amor a través de Ti. Y así Tú me amas, y mi vida de pámpano ha de ser como la tuya: un recibir y un dar de amor celestial.