Capítulo 22 · 3 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Obedece y permanece
Si guardareis mis mandamientos, estaréis en mi amor—Juan 15.10
En nuestra meditación anterior se hizo referencia a la entrada en una vida de reposo y de fortaleza que a menudo ha venido por una verdadera comprensión del amor personal de Cristo, y por la seguridad de que ese amor significaba, en verdad, que Él guardaría al alma. En relación con esa transición, y con la fe que la ve y la acepta, se emplea con frecuencia la palabra entrega o consagración. El alma ve que no puede reclamar el amparo de este amor maravilloso a menos que se entregue a una vida de entera obediencia. Ve también que la fe que puede confiar en Cristo para ser guardada de pecar ha de probar su sinceridad atreviéndose de inmediato a confiar en Él para recibir fuerzas para obedecer. En esa fe se atreve a renunciar y a cortar todo lo que hasta entonces la había estorbado, y a prometer y esperar vivir una vida que sea grata a Dios.
Este es el pensamiento que tenemos aquí ahora en la enseñanza de nuestro Salvador. Después de haber hablado, en las palabras “estad en mi amor”, de una vida en su amor como una necesidad —porque es a la vez una posibilidad y una obligación—, declara cuál es su única condición: “Si guardareis mis mandamientos, estaréis en mi amor”. Esto no está destinado, por cierto, a cerrar la puerta de la morada de su amor que Él acababa de abrir. De ningún modo, ni el más remoto, sugiere el pensamiento que algunos están demasiado prontos a acoger: que, por cuanto no podemos guardar sus mandamientos, no podemos permanecer en su amor. No; el precepto es una promesa: “estad en mi amor” no podría ser un precepto si no fuese una promesa. Y así, la instrucción sobre el camino que atraviesa esta puerta abierta no señala un ideal inalcanzable; el amor que invita a su bendita morada tiende la mano y nos capacita para guardar los mandamientos. No temamos, en la fortaleza de nuestro Señor ascendido, hacer el voto de obediencia y entregarnos a guardar sus mandamientos. Por su voluntad, amada y cumplida, corre el camino hacia su amor.
Solamente entendamos bien lo que ello significa. Se refiere a nuestro cumplimiento de todo lo que sabemos que es la voluntad de Dios. Puede haber cosas dudosas, de las que no estamos seguros. Un pecado de ignorancia tiene todavía en sí la naturaleza de pecado. Puede haber pecados involuntarios, que se levantan en la carne, y que no podemos dominar ni vencer. Con estos tratará Dios a su debido tiempo, por la vía del escudriñar y del humillar, y, si somos sencillos y fieles, nos dará una liberación mayor de la que nos atrevemos a esperar. Pero todo esto puede hallarse en un alma verdaderamente obediente. La obediencia tiene que ver con el guardar positivamente los mandamientos de nuestro Señor, y con el cumplimiento de su voluntad en todo aquello en que la conocemos. Este es un grado de gracia posible, y es la aceptación, en la fortaleza de Cristo, de tal obediencia como propósito de nuestro corazón, de lo cual habla aquí nuestro Salvador. La fe en Cristo como nuestra Vid, en su poder que capacita y santifica, nos habilita para esta obediencia de fe, y asegura una vida de permanecer en su amor.
Si guardareis mis mandamientos, estaréis en mi amor—Es la Vid celestial desplegando el misterio de la vida que Él da. Es a los que permanecen en Él a quienes descubre el secreto del pleno permanecer en su amor. Es la entrega de todo corazón, en todas las cosas, a hacer su voluntad, lo que da acceso a una vida en el gozo permanente de su amor.
Obedece y permanece. Bondadoso Señor, enséñame esta lección: que solo conociendo tu voluntad puede uno conocer tu corazón, y solo haciendo esa voluntad puede uno permanecer en tu amor. Señor, enséñame que, tan inútil como es el hacer en mis propias fuerzas, así de esencial y absolutamente indispensable es el hacer de la fe en tu fortaleza, si he de permanecer en tu amor.