La vid verdadera ·Discípulos verdaderos

Capítulo 19 · 3 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Discípulos verdaderos

En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos—Juan 15.8

¿Y acaso los que no llevan mucho fruto no son discípulos? Puede que lo sean, pero en una etapa atrasada e inmadura. De los que llevan mucho fruto, Cristo dice: “Estos son mis discípulos, tales como yo los quisiera; estos son verdaderos discípulos”. Así como decimos de aquel en quien se realiza la idea de la hombría: ¡Ese sí que es un hombre! Así nuestro Señor declara quiénes son los discípulos conforme a su corazón, dignos de ese nombre: los que llevan mucho fruto. Hallamos este doble sentido de la palabra discípulo en el Evangelio. A veces se aplica a todos los que aceptaron la enseñanza de Cristo. Otras veces abarca solo el círculo íntimo de los que siguieron a Cristo enteramente y se entregaron a su adiestramiento para el servicio. La diferencia ha existido a lo largo de todas las edades. Siempre ha habido un número más reducido del pueblo de Dios que ha procurado servirle con todo su corazón, mientras que la mayoría se ha contentado con una medida muy pequeña del conocimiento de su gracia y de su voluntad.

¿Y cuál es la diferencia entre este círculo íntimo más reducido y los muchos que no buscan ser admitidos en él? La hallamos en las palabras: mucho fruto. En muchos cristianos el pensamiento de la seguridad personal, que en su primer despertar era legítimo, permanece hasta el fin como el único fin de su religión. La idea del servicio y del fruto es siempre secundaria y muy subordinada. El anhelo sincero de mucho fruto no los inquieta. Las almas que han oído el llamado a vivir enteramente para su Señor, a dar su vida por Él como Él dio la suya por ellas, jamás pueden contentarse con esto. Su clamor es llevar todo el fruto que les sea posible, tanto cuanto su Señor pueda desear o dar en ellas.

Llevad mucho fruto, y seréis así mis discípulos—Ruego a cada lector que considere estas palabras con la mayor seriedad. No te contentes con el pensamiento de ir haciendo, poco a poco, un trabajo algo mayor o algo mejor. Por ese camino tal vez nunca llegue. Toma las palabras mucho fruto como la revelación que tu Vid celestial te hace de lo que has de ser, de lo que puedes ser. Acepta plenamente la imposibilidad, la total insensatez de intentarlo en tus propias fuerzas. Deja que las palabras te llamen a mirar de nuevo a la Vid, comprometida a vivir en ti su celestial plenitud. Deja que despierten en ti una vez más la fe y la confesión: “Soy un pámpano de la Vid verdadera; puedo llevar mucho fruto para su gloria y para la gloria del Padre”.

No necesitamos juzgar a los demás. Pero vemos por todas partes en la Palabra de Dios dos clases de discípulos. Que no haya vacilación en cuanto al lugar donde nos situamos. Pidámosle que nos revele cómo pide y reclama una vida enteramente entregada a Él, para estar tan llenos de su Espíritu como Él pueda hacernos. No sea nuestro deseo nada menos que la limpieza perfecta, el permanecer sin quebranto, la comunión más estrecha, la fructificación abundante: verdaderos pámpanos de la Vid verdadera.

El mundo perece, la iglesia desfallece, la causa de Cristo padece, Cristo se aflige a causa de la falta de cristianos de todo corazón que lleven mucho fruto. Aunque apenas alcances a ver lo que ello implica o cómo ha de venir, dile a Él que eres su pámpano para llevar mucho fruto; que estás dispuesto a ser su discípulo en el sentido que Él mismo da a la palabra.

Mis discípulos. Bendito Señor, el mucho fruto es la prueba de que Tú, la Vid verdadera, tienes en mí un pámpano verdadero, un discípulo enteramente a tu disposición. Dame, te ruego, la conciencia sencilla de niño de que mi fruto te es grato, de que es lo que Tú tienes por mucho fruto.

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La vid verdadera Andrew Murray

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