Capítulo 18 · 3 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
El Padre glorificado
En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto—Juan 15.8
¿Cómo podemos glorificar a Dios? No añadiendo nada a su gloria, ni trayéndole alguna gloria nueva que no tenga. Sino sencillamente dejando que su gloria resplandezca a través de nosotros, entregándonos a Él, para que su gloria se manifieste en nosotros y por medio de nosotros al mundo. En una viña o en una vid que lleva mucho fruto, el dueño es glorificado, porque ello habla de su pericia y de su cuidado. En el discípulo que lleva mucho fruto, el Padre es glorificado. Ante los hombres y los ángeles se da prueba de la gloria de la gracia y del poder de Dios; la gloria de Dios resplandece a través de él.
Esto es lo que Pedro quiere decir cuando escribe: “El que ministra, minístre conforme a la capacidad que Dios da, para que en todas las cosas sea Dios glorificado por Jesucristo”. Cuando un hombre trabaja y sirve en un poder que viene de Dios solamente, Dios recibe toda la gloria. Cuando confesamos que la capacidad vino de Dios solamente, tanto el que hace la obra como los que la ven glorifican por igual a Dios. Fue Dios quien lo hizo. Los hombres juzgan por el fruto de un huerto cómo es el hortelano. Los hombres juzgan de Dios por el fruto que llevan los pámpanos de la Vid que Él ha plantado. Poco fruto trae poca gloria a Dios. No trae honra ni a la Vid ni al Labrador. “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto”.
A veces hemos lamentado nuestra falta de fruto como una pérdida para nosotros mismos y para nuestros semejantes, quejándonos de nuestra flaqueza como la causa. Antes bien, pensemos en el pecado y la vergüenza de llevar poco fruto, que roba a Dios la gloria que Él debiera recibir de nosotros. Aprendamos el secreto de dar gloria a Dios: servir conforme a la capacidad que Dios da. La plena aceptación de la Palabra de Cristo, “nada podéis hacer”; la sencilla fe en Dios, que obra todo en todos; el permanecer en Cristo, por medio de quien el divino Labrador hace su obra y obtiene mucho fruto: esta es la vida que dará gloria a Dios.
Mucho fruto—Dios lo pide; procura darlo. Dios no puede contentarse con menos; no te contentes tú con menos. Deja que estas palabras de Cristo —fruto, más fruto, mucho fruto— permanezcan en ti, hasta que pienses como Él piensa, y estés dispuesto a recibir de Él, la Vid celestial, lo que tiene para ti. Mucho fruto: en esto es glorificado mi Padre. Sea la misma altura de la demanda tu aliento. Está tan enteramente por encima de tu poder, que te arroja más enteramente sobre Cristo, tu verdadera Vid. Él puede, y Él hará, que sea verdad en ti.
Mucho fruto—Dios lo pide porque lo necesita. No pide fruto de los pámpanos de su Vid para ostentación, para demostrar lo que puede hacer. No; lo necesita para la salvación de los hombres: en eso ha de ser glorificado. Arrójate en mucha oración sobre tu Vid y tu Labrador. Clama a Dios y Padre tuyo que te dé fruto para llevar a los hombres. Toma sobre ti la carga de los hambrientos y de los que perecen, como lo hizo Jesús cuando fue movido a compasión, y tu poder en la oración, y tu permanecer, y tu llevar mucho fruto para la gloria del Padre tendrán una realidad y una certeza que nunca antes conociste.
El Padre glorificado. Bendita perspectiva: Dios glorificándose a sí mismo en mí, manifestando la gloria de su bondad y de su poder en lo que obra en mí y por medio de mí. ¡Qué motivo para llevar mucho fruto, tanto cuanto Él obre en mí! Padre, glorifícate a Ti mismo en mí.