Capítulo 17 · 3 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Si estuviereis en mí
Si estuviereis en mí, y mis palabras estuvieren en vosotros, pedid todo lo que quisiereis, y os será hecho—Juan 15.7
La razón por la cual la Vid y sus pámpanos son una parábola tan verdadera de la vida cristiana es que toda la naturaleza tiene una sola fuente y respira un mismo espíritu. El mundo vegetal fue creado para ser al hombre una lección viva que le enseñara su entera dependencia de Dios, y su seguridad dentro de esa dependencia. El que viste los lirios mucho más nos vestirá a nosotros. El que da a los árboles y a las vides su hermosura y sus frutos, haciendo de cada uno lo que se propuso que fuese, con mayor certeza aún hará de nosotros lo que Él quiere que seamos. La única diferencia está en que lo que Dios obra en los árboles lo hace por un poder del cual ellos no tienen conciencia. A nosotros quiere obrarnos con nuestro consentimiento. En esto está la nobleza del hombre: en que tiene una voluntad que puede cooperar con Dios, comprendiendo, aprobando y aceptando lo que Él se ofrece a hacer.
Si estuviereis en mí—Aquí está la diferencia entre el pámpano de la vid natural y el pámpano de la Vid espiritual. El primero permanece por la fuerza de la naturaleza; el segundo permanece, no por la fuerza de la voluntad, sino por un poder divino concedido al consentimiento de la voluntad. Tal es la maravillosa provisión que Dios ha hecho: que lo que el poder de la naturaleza hace en el uno, el poder de la gracia lo hará en el otro. El pámpano puede permanecer en la Vid.
Si estuviereis en mí... pedid todo lo que quisiereis—Si hemos de vivir una verdadera vida de oración, marcada por el amor, el poder y la experiencia de la oración, no ha de quedar duda alguna acerca del permanecer. Y si permanecemos, tampoco ha de quedar duda acerca de la libertad de pedir lo que queramos, ni acerca de la certeza de que será hecho. Esta es la única condición: “Si estuviereis en mí”. No ha de haber vacilación alguna en cuanto a su posibilidad ni a su certeza. Hemos de contemplar aquel pequeño pámpano y su maravilloso poder de llevar fruto tan hermoso, hasta que verdaderamente aprendamos a permanecer.
¿Y cuál es su secreto? Estar enteramente ocupado con Jesús. Hunde las raíces de tu ser —en fe, en amor y en obediencia— hasta lo más hondo de Él. Sal de todo otro lugar para permanecer aquí. Renuncia a todo por el inconcebible privilegio de ser, en la tierra, un pámpano del glorificado Hijo de Dios en el cielo. Sea Cristo el primero. Sea Cristo el todo. No te ocupes del permanecer: ¡ocúpate de Cristo! Él te sostendrá, Él te guardará permaneciendo en Él. Él permanecerá en ti.
Si estuviereis en mí, y mis palabras estuvieren en vosotros—Esto lo da como equivalente de aquella otra expresión: “yo en vosotros. Si mis palabras estuvieren en vosotros”; es decir, no solo en la meditación, en la memoria, en el amor, en la fe, sino que todas estas palabras entren en tu voluntad, en tu ser, y constituyan tu vida; si transforman tu carácter a semejanza de ellas mismas, y llegas a ser y eres lo que ellas dicen y significan, pide lo que quieras, y te será hecho. Tus palabras a Dios en la oración serán el fruto de Cristo y de sus palabras viviendo en ti.
Pedid todo lo que quisiereis, y os será hecho—Cree en la verdad de esta promesa. Disponte a ser un intercesor por los hombres; un intercesor que lleva fruto, que sin cesar hace descender más bendición. Tal fe y tal oración te ayudarán maravillosamente a permanecer plena e incesantemente.
Si estuviereis en mí. Sí, Señor, el poder para orar y el poder para prevalecer han de depender de este permanecer en Ti. Por cuanto Tú eres la Vid, Tú eres el Intercesor divino, que respiras tu Espíritu en nosotros. ¡Oh, dame gracia para permanecer sencilla y enteramente en Ti, y pedir grandes cosas!