La vid verdadera ·Mucho fruto

Capítulo 13 · 3 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Mucho fruto

El que está en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto—Juan 15.5

Nuestro Señor había hablado de fruto, de más fruto. Ahora añade el pensamiento: mucho fruto. Hay en la Vid tal plenitud, y el cuidado del divino Labrador está tan seguro del éxito, que el mucho fruto no es una exigencia, sino la sencilla promesa de lo que ha de venir al pámpano que vive en la doble permanencia: él en Cristo, y Cristo en él. “Éste lleva mucho fruto”. Es cosa cierta.

¿Has notado alguna vez la diferencia que hay en la vida cristiana entre el trabajo y el fruto? Una máquina puede trabajar; solo la vida puede llevar fruto. Una ley puede imponer trabajo; solo el amor puede espontáneamente dar fruto. El trabajo supone esfuerzo y fatiga; la idea esencial del fruto es que es el producto silencioso, natural y reposado de nuestra vida interior. El hortelano puede afanarse en dar a su manzano la cava y el abono, el riego y la poda que necesita; nada puede hacer para producir la manzana: “El fruto del Espíritu es amor, paz, gozo”. La vida sana lleva mucho fruto. La conexión entre el trabajo y el fruto se ve quizá mejor en la expresión “fructíferos en toda buena obra” (Col. 1.10). Solo cuando las buenas obras vienen como fruto del Espíritu que mora en nosotros son aceptables a Dios. Bajo la coacción de la ley y de la conciencia, o por el influjo de la inclinación y del celo, los hombres pueden ser muy diligentes en buenas obras y, con todo, hallar que tienen muy poco resultado espiritual. No puede haber otra razón sino esta: sus obras son esfuerzo del hombre, en vez de ser el fruto del Espíritu, el reposado y natural resultado de la operación del Espíritu dentro de nosotros.

Vengan todos los obreros y escuchen a nuestra santa Vid mientras revela la ley de la fructificación segura y abundante: “El que está en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto”. El hortelano se cuida de una sola cosa: del vigor y de la vida sana de su árbol; el fruto viene por sí solo. Si quieres llevar fruto, cuida de que la vida interior esté perfectamente en orden, de que tu relación con Cristo Jesús sea clara y estrecha. Comienza cada día con Él por la mañana, para saber en verdad que estás permaneciendo en Él y Él en ti. Cristo dice que nada menos bastará. No es de vuestro querer ni de vuestro correr, no es por vuestro poder ni por vuestra fuerza, sino “con mi Espíritu, ha dicho Jehová”. Sal al encuentro de cada nuevo compromiso, emprende cada nueva obra, con el oído y el corazón abiertos a la voz del Maestro: “El que está en mí, lleva mucho fruto”. Cuida tú del permanecer; Él cuidará del fruto, porque Él lo dará en ti y por medio de ti.

¡Oh hermano mío, es Cristo quien lo ha de hacer todo! La Vid provee la savia, y la vida, y la fuerza; el pámpano espera, y descansa, y recibe, y lleva el fruto. ¡Oh, la bienaventuranza de ser solamente pámpanos, a través de los cuales fluye el Espíritu y lleva la vida de Dios a los hombres!

Te ruego que tomes tiempo y pidas al Espíritu Santo que te haga comprender el lugar indeciblemente solemne que ocupas en la mente de Dios. Él te ha plantado en su Hijo, con el llamamiento y el poder de llevar mucho fruto. Acepta ese lugar. Mira mucho a Dios y a Cristo, y espera con gozo ser lo que Dios ha dispuesto hacer de ti: un pámpano fructífero.

¡Mucho fruto! Así sea, bendito Señor Jesús. Puede serlo, porque tú eres la Vid. Lo será, porque yo permanezco en ti. Ha de serlo, porque tu Padre es el Labrador que limpia el pámpano. Sí, mucho fruto, de la abundancia de tu gracia.

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La vid verdadera Andrew Murray

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