La vid verdadera ·Nada podéis hacer

Capítulo 14 · 3 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Nada podéis hacer

Sin mí nada podéis hacer—Juan 15.5

En todo, la vida del pámpano ha de ser la exacta contraparte de la de la Vid. De sí mismo había dicho Jesús: “No puede el Hijo hacer nada de sí mismo”. Como fruto de aquella entera dependencia, pudo añadir: “Todo lo que el Padre hace, esto también hace el Hijo juntamente”. Como Hijo, no recibió su vida del Padre una vez para siempre, sino momento a momento. Su vida era un continuo esperar en el Padre para todo cuanto había de hacer. Y así dice Cristo de sus discípulos: “Sin mí nada podéis hacer”. Lo dice literalmente. A todo el que quiere vivir la verdadera vida de discípulo, llevar fruto y glorificar a Dios, le llega el mensaje: Nada podéis hacer. Lo que se había dicho —“El que está en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto”— se refuerza aquí con el más sencillo y poderoso de los argumentos: “El permanecer en mí es indispensable, porque, ya lo sabéis, de vosotros mismos nada podéis hacer para mantener ni para vivir la vida celestial”.

Una profunda convicción de la verdad de esta palabra está en la raíz misma de una vida espiritual fuerte. Tan poco como me creé a mí mismo, tan poco como podría resucitar a un muerto, puedo darme a mí mismo la vida divina. Y tan poco como puedo dármela, puedo mantenerla o acrecentarla: todo movimiento es obra de Dios por medio de Cristo y de su Espíritu. Es a medida que un hombre cree esto que tomará aquella posición de entera y continua dependencia que es la esencia misma de la vida de fe. Con el ojo espiritual ve a Cristo supliendo a cada momento la gracia para cada respiro y cada ahondamiento de la vida espiritual. Todo su corazón dice Amén a la palabra: Nada podéis hacer. Y precisamente porque lo hace, también puede decir: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. El sentido de impotencia, y el permanecer al que este obliga, conducen a la verdadera fructificación y a la diligencia en las buenas obras.

Sin mí nada podéis hacer. ¡Qué ruego y qué llamado, a cada momento, a permanecer en Cristo! No tenemos sino que volver a la vid para ver cuán cierto es. Mira otra vez aquel pequeño pámpano, totalmente incapaz e infructuoso salvo cuando recibe la savia de la vid, y aprende que la plena convicción de no poder hacer nada sin Cristo es precisamente lo que necesitas para que te enseñe a permanecer en tu Vid celestial. Esto es lo que constituye el gran sentido de la poda de que Cristo habló: todo lo que es propio ha de ser abatido, para que nuestra confianza esté solo en Cristo. “Estad en mí”: ¡mucho fruto! “Sin mí”: ¡nada! ¿Cabe alguna duda sobre lo que hemos de escoger?

La única lección de la parábola es esta: tan segura, tan naturalmente como el pámpano permanece en la vid, tú puedes permanecer en Cristo. Para esto es Él la Vid verdadera; para esto es Dios el Labrador; para esto eres tú un pámpano. ¿No clamaremos a Dios que nos libre para siempre del “sin mí” y que haga del “estad en mí” una realidad incesante? Que tu corazón se vuelva hacia lo que Cristo es y puede hacer, hacia su poder divino y su tierno amor por cada uno de sus pámpanos, y dirás cada vez con más confianza: “¡Señor! Estoy permaneciendo; llevaré mucho fruto. Mi impotencia es mi fuerza. Así sea. Sin ti, nada. En ti, mucho fruto”.

Sin mí, tú nada. Señor, acepto de buen grado el arreglo: yo nada; tú, todo. Mi nada es mi más alta bendición, porque tú eres la Vid, que da y obra todo. ¡Así sea, Señor! Yo, nada, esperando siempre en tu plenitud. Señor, revélame la gloria de esta bienaventurada vida.

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La vid verdadera Andrew Murray

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