Capítulo 12 · 4 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Vosotros los pámpanos
Yo soy la vid, vosotros los pámpanos—Juan 15.5
Cristo ya había hablado mucho del pámpano; aquí llega a la aplicación personal: “Vosotros sois los pámpanos de que he estado hablando. Así como yo soy la Vid, comprometida a ser y a hacer todo cuanto los pámpanos necesitan, así ahora os pido, en la nueva dispensación del Espíritu Santo que os he venido prometiendo, que aceptéis el lugar que os doy y que seáis mis pámpanos en la tierra”. La relación que busca establecer es intensamente personal: todo pende de dos pequeñas palabras: yo y tú. Y para nosotros es tan intensamente personal como para los primeros discípulos. Presentémonos delante de nuestro Señor, hasta que hable a cada uno de nosotros con poder, y toda nuestra alma lo sienta: “Yo soy la Vid; tú eres el pámpano”.
Querido discípulo de Jesús, por joven o débil que seas, oye la voz: “Tú eres el pámpano”. No has de ser nada menos. Que ninguna falsa humildad, ningún temor carnal al sacrificio, ninguna duda incrédula acerca de aquello para lo que te sientes capaz, te impida decir: “Seré un pámpano, con todo lo que ello pueda significar: un pámpano muy débil, pero tan semejante a la Vid como sea posible, porque soy de la misma naturaleza y recibo del mismo espíritu. Un pámpano totalmente incapaz, y sin embargo tan manifiestamente apartado delante de Dios y de los hombres, tan enteramente entregado a la obra de llevar fruto, como la Vid misma. Un pámpano que no es nada en sí mismo, y que sin embargo descansa y se regocija en la fe que sabe que Él proveerá para todo. Sí, por su gracia seré nada menos que un pámpano, y todo cuanto Él quiere que sea, para que por medio de mí Él dé su fruto”.
Tú eres el pámpano. No necesitas ser nada más. No necesitas, ni por un solo momento del día, cargar sobre ti la responsabilidad de la Vid. No necesitas abandonar el lugar de entera dependencia y de confianza ilimitada. Menos que nada necesitas inquietarte acerca de cómo has de comprender el misterio, o cumplir sus condiciones, o realizar su bienaventurado fin. La Vid lo dará todo y lo obrará todo. El Padre, el Labrador, vela sobre tu unión con la Vid y tu crecimiento en ella. No necesitas ser nada más que un pámpano. ¡Solo un pámpano! Sea esa tu consigna; te conducirá por la senda de la continua entrega a la obra de Cristo, de la verdadera obediencia a cada uno de sus mandatos, de la gozosa expectación de toda su gracia.
¿Hay alguien que ahora pregunte: “¿Cómo puedo aprender a decir esto rectamente —‘¡Sé solamente un pámpano!’— y a vivirlo?”? Querida alma, el carácter de un pámpano, su fuerza y el fruto que lleva dependen enteramente de la Vid. Y tu vida como pámpano depende enteramente de cuánto captes lo que nuestro Señor Jesús es. Por eso, nunca separes las dos palabras: “Yo la Vid; tú el pámpano”. ¡Tu vida, tu fuerza y tu fruto dependen de lo que tu Señor Jesús es! Adóralo, pues, y confía en Él; sea Él tu único deseo y la única ocupación de tu corazón. Y cuando sientas que no le conoces ni puedes conocerle rectamente, recuerda entonces que es parte de su responsabilidad como Vid darse a conocer a ti. Y lo hace, no en pensamientos y conceptos —no—, sino en un crecimiento escondido dentro de la vida que humilde, reposada y enteramente se ha entregado a esperar en Él. La Vid se revela dentro del pámpano; de allí vienen el crecimiento y el fruto; Cristo mora y obra dentro de su pámpano; sé solamente un pámpano, esperando que Él lo haga todo, y Él será para ti la Vid verdadera. El Padre mismo, el divino Labrador, es poderoso para hacerte un pámpano digno de la Vid celestial. No serás defraudado.
Vosotros los pámpanos. ¡También esta palabra, Señor! Oh, dila con poder en mi alma. Que el pámpano de la vid terrenal no me avergüence; antes bien, así como él solo vive para llevar el fruto de la vid, no tenga mi vida en la tierra otro deseo ni otro fin que dejarte dar fruto por medio de mí.