Capítulo 11 · 4 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La Vid (Juan 15:5)
Yo soy la vid, vosotros los pámpanos—Juan 15.5
En el versículo anterior, Cristo acababa de decir: “Estad en mí”. Había anunciado entonces la gran ley inmutable de toda vida de pámpano, en la tierra o en el cielo: “no de sí mismo”; “si no estuviere”. En las primeras palabras de la parábola ya había dicho: “Yo soy la vid”. Ahora repite las palabras. Quiere que comprendamos —nótese bien la lección, pues, por sencilla que parezca, es la llave de la vida de permanencia— que la única manera de obedecer el mandato “Estad en mí” es tener el ojo y el corazón fijos en Él mismo. “Estad en mí... Yo soy la vid verdadera”. Sí, estudia este santo misterio hasta que veas a Cristo como la Vid verdadera, que lleva, fortalece, sustenta e inspira a todos sus pámpanos, siendo y haciendo en cada pámpano todo cuanto necesita, y el permanecer vendrá por sí solo. Sí, contémplalo como la Vid verdadera, hasta que sientas qué misterio celestial es, y te veas obligado a pedir al Padre que te lo revele por su Espíritu Santo. Aquel a quien Dios revela la gloria de la Vid verdadera, el que ve lo que Jesús es y espera hacer a cada momento, no puede menos que permanecer. La visión de Cristo es una atracción irresistible; nos atrae y nos sostiene como un imán. Escucha siempre al Cristo vivo, que aún te habla y espera mostrarte el sentido y el poder de su Palabra: “Yo soy la vid”.
¡Cuánto fatigoso trabajo ha habido en el afán por comprender qué es el permanecer, cuánto esfuerzo infructuoso en el intento de alcanzarlo! ¿Por qué fue así? Porque la atención se dirigía al permanecer como una obra que nosotros hemos de hacer, en vez de dirigirse al Cristo vivo, en quien habíamos de ser guardados permaneciendo, y que Él mismo había de asirnos y guardarnos. Pensábamos en el permanecer como una tensión y un esfuerzo continuos; olvidamos que significa descanso del esfuerzo para quien ha hallado el lugar de su morada. Nota bien cómo dijo Cristo: “Estad en mí; yo soy la Vid que produce, y sostiene, y fortalece, y hace fructíferos a los pámpanos. Estad en mí, descansad en mí, y dejadme hacer mi obra. Yo soy la Vid verdadera; todo lo que soy, y hablo, y hago es verdad divina, que da la realidad misma de lo que se dice. Yo soy la Vid; solo consiente y entrégame todo tu ser, y yo lo haré todo en ti”.
Y así sucede a veces que almas que nunca se han ocupado especialmente del pensamiento de permanecer, están permaneciendo todo el tiempo, porque están ocupadas con Cristo. No es que la palabra permanecer no sea necesaria; Cristo la usó tan a menudo porque es la llave misma de la vida cristiana. Pero Él quiere que la entendamos en su verdadero sentido: “Sal de todo otro lugar, y de toda otra confianza y ocupación; sal de ti mismo, con tus razonamientos y esfuerzos; ven y descansa en lo que yo haré. Vive fuera de ti mismo; permanece en mí. Sabe que estás en mí; no necesitas más; quédate allí, en mí”.
“Yo soy la Vid”. Cristo no mantuvo este misterio oculto a sus discípulos. Se lo reveló, primero en palabras aquí, y luego en poder cuando descendió el Espíritu Santo. También a nosotros nos lo revelará: primero en los pensamientos, las confesiones y los deseos que estas palabras despiertan, y luego en poder por el Espíritu. Esperemos, pues, en Él para que nos muestre todo el celestial sentido del misterio. Sea cada día, en nuestro tiempo a solas, en el aposento interior con Él y con su Palabra, nuestro principal pensamiento y anhelo el fijar el corazón en Él, con la certeza de que todo cuanto una vid puede hacer por sus pámpanos, mi Señor Jesús lo hará, lo está haciendo, por mí. Dale tiempo, préstale tu oído, para que susurre y explique el secreto divino: “Yo soy la vid”.
Sobre todo, recuerda: Cristo es la Vid que Dios plantó, y tú eres un pámpano que Dios injertó. Preséntate siempre delante de Dios, en Cristo; espera siempre toda gracia de Dios, en Cristo; entrégate siempre a llevar el más fruto que el Labrador pide, en Cristo. Y ora mucho por la revelación del misterio de que todo el amor y el poder de Dios que reposaron sobre Cristo obran también en ti. “Yo soy la Vid de Dios —dice Jesús—; todo lo que soy lo tengo de Él; todo lo que soy es para ti; Dios lo obrará en ti”.
Yo soy la Vid. Bendito Señor, di tú esa palabra en mi alma. Entonces sabré que toda tu plenitud es para mí, y que puedo contar con que la harás fluir en mí, y que mi permanecer es tan fácil y tan seguro cuando me olvido y me pierdo en la fe adoradora de que la Vid sostiene al pámpano y suple toda su necesidad.