La vid verdadera ·Si no permanecéis

Capítulo 10 · 4 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Si no permanecéis

Como el pámpano no puede llevar fruto de sí mismo, si no estuviere en la vid; así ni vosotros, si no estuviereis en mí—Juan 15.4

Conocemos el sentido de la expresión si no. Expresa alguna condición indispensable, alguna ley ineludible. “El pámpano no puede llevar fruto de sí mismo, si no estuviere en la vid. Así ni vosotros, si no estuviereis en mí.” No hay sino un solo camino para que el pámpano lleve fruto; no hay otra posibilidad: ha de permanecer en comunión ininterrumpida con la vid. No de sí mismo, sino solo de la vid, viene el fruto. Cristo ya había dicho: “Estad en mí”; en la naturaleza, el pámpano nos enseña la lección con tanta claridad; es tan maravilloso privilegio ser llamados y admitidos a permanecer en la Vid celestial, que se habría podido pensar innecesario añadir estas palabras de advertencia. Pero no: Cristo sabe muy bien cuánta renuncia de sí mismo va implicada en esto: “Estad en mí”; cuán fuerte y universal sería la tendencia a buscar llevar fruto por nuestros propios esfuerzos; cuán difícil sería llevarnos a creer que el permanecer real y continuo en Él es una necesidad absoluta. Él insiste en la verdad: No de sí mismo puede el pámpano llevar fruto; si no estuviere, no puede llevar fruto. “Así ni vosotros, si no estuviereis en mí.”

Pero ¿ha de tomarse esto al pie de la letra? ¿He de estar yo tan exclusiva, tan manifiesta, tan incesante y tan absolutamente entregado a hallar toda mi vida solo en Cristo, como el pámpano permanece en la vid? Ciertamente que sí. El si no estuviereis es tan universal como el si no estuviere. El así ni vosotros no admite excepción ni modificación. Si he de ser un pámpano verdadero, si he de llevar fruto, si he de ser lo que Cristo como Vid quiere que yo sea, toda mi existencia ha de estar tan exclusivamente consagrada a permanecer en Él, como la del pámpano natural lo está a permanecer en su vid.

Aprenda yo la lección. El permanecer ha de ser un acto de la voluntad y de todo el corazón. Así como hay grados en buscar y servir a Dios —“no con corazón perfecto” o “de todo corazón”—, así puede haber grados en el permanecer. En la regeneración, la vida divina entra en nosotros, pero no domina ni llena de una vez todo nuestro ser. Esto viene por vía de mandato y de obediencia. Hay un peligro indecible en no entregarnos con todo el corazón a permanecer. Hay un peligro indecible en entregarnos a trabajar para Dios y a llevar fruto con muy poco del verdadero permanecer, del perdernos de todo corazón en Cristo y en su vida. Hay un peligro indecible en mucho trabajo con muy poco fruto, por falta de esta única cosa necesaria. Hemos de dejar que las palabras “no de sí mismo”, “si no estuviere”, hagan su obra de escudriñar y poner al descubierto, de podar y limpiar, todo cuanto hay de propia voluntad y de propia confianza en nuestra vida; esto nos librará de este gran mal, y así nos preparará para su enseñanza, dando en nosotros el pleno sentido de la palabra: “Estad en mí, y yo en vosotros”.

Nuestro bendito Señor desea apartarnos de nosotros mismos y de nuestra propia fuerza, para llevarnos a Él mismo y a su fuerza. Aceptemos la advertencia y volvámonos a Él, con gran temor y desconfianza de nosotros mismos, para que Él haga su obra. “¡Nuestra vida está escondida con Cristo en Dios!” Esa vida es un misterio celestial, escondido de los sabios aun entre los cristianos, y revelado a los niños. El espíritu semejante al de un niño aprende que la vida se da desde el cielo cada día y cada momento al alma que acepta la enseñanza “no de sí mismo”, “si no estuviere”, y que busca su todo en la Vid. Permanecer en la Vid llega a ser entonces nada más y nada menos que la entrega reposada del alma para dejar que Cristo lo tenga todo y lo obre todo, tan enteramente como en la naturaleza el pámpano no conoce ni busca sino la vid.

Estad en mí. He oído, Señor mío, que con cada mandato das también el poder para obedecer. Con tu “levántate y anda”, el cojo saltó; acepto tu palabra “Estad en mí” como una palabra de poder, que da poder, y aun ahora digo: Sí, Señor, quiero; permanezco en ti.

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La vid verdadera Andrew Murray

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