La vid verdadera ·Permaneced

Capítulo 9 · 3 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Permaneced

Estad en mí, y yo en vosotros—Juan 15.4

Cuando un nuevo injerto se coloca en una vid y permanece allí, tiene lugar un doble proceso. El primero ocurre en la madera. El injerto hunde sus pequeñas raíces y fibras en el tronco, y el tronco crece hacia dentro del injerto, y se produce lo que se ha llamado la unión estructural. El injerto permanece y se hace uno con la vid, y aunque la vid llegara a morir, seguiría siendo una sola madera con ella. Luego viene el segundo proceso, en el cual la savia de la vid entra en la nueva estructura y la emplea como un conducto por donde la savia puede subir para manifestarse en renuevos, en hojas y en fruto. He aquí la unión vital. En el injerto que permanece en la cepa, la cepa entra con su savia para permanecer en él.

Cuando nuestro Señor dice: “Estad en mí, y yo en vosotros”, señala algo análogo a esto. “Estad en mí”: esto se refiere más bien a lo que nosotros hemos de hacer. Hemos de confiar y obedecer, de desprendernos de todo lo demás, de extendernos hacia Él y asirnos de Él, de hundirnos en Él. A medida que hacemos esto, mediante la gracia que Él da, se forma un carácter y se prepara un corazón para la experiencia más plena: “yo en vosotros”. Dios nos fortalece con poder por su Espíritu en el hombre interior, y Cristo habita por la fe en el corazón.

Muchos creyentes oran y anhelan con gran fervor la plenitud del Espíritu y la morada interior de Cristo, y se extrañan de no avanzar más. La razón suele ser esta: el “yo en vosotros” no puede llegar porque no se mantiene el “estad en mí”. “Un cuerpo hay, y un Espíritu”; antes de que el Espíritu pueda llenar, ha de haber un cuerpo preparado. El injerto ha de haber crecido en el tronco y estar permaneciendo en él antes de que la savia pueda fluir a través de él para llevar fruto. Es al seguir a Cristo en humilde obediencia, aun en las cosas externas, negándonos a nosotros mismos, abandonando el mundo, y procurando aun en el cuerpo ser conformes a Él; es al buscar así permanecer en Él, cuando podremos recibir y gozar el “yo en vosotros”. La obra que se nos manda, “Estad en mí”, nos preparará para la obra que Él emprende: “yo en vosotros”.

En. Las dos partes del mandato hallan su unidad en aquella palabra central y de profundo sentido: “en”. No hay palabra más honda en la Escritura. Dios está en todo. Dios mora en Cristo. Cristo vive en Dios. Nosotros estamos en Cristo. Cristo está en nosotros: nuestra vida asumida en la suya; su vida recibida en la nuestra; en una realidad divina que las palabras no pueden expresar, nosotros estamos en Él y Él en nosotros. Y las palabras “Estad en mí, y yo en vosotros” no hacen sino decirnos que lo creamos, este divino misterio, y que contemos con nuestro Dios, el Labrador, y con Cristo, la Vid, para que lo hagan divinamente verdadero. Ningún pensar, ni enseñar, ni orar puede abarcarlo; es un divino misterio de amor. Tan poco como podemos efectuar la unión, podemos comprenderla. Contemplemos tan solo a esta Vid infinita, divina y omnipotente que nos ama, nos sostiene y obra en nosotros. En la fe de su obrar, permanezcamos y descansemos en Él, volviendo siempre el corazón y la esperanza solo a Él. Y contemos con que Él cumplirá en nosotros el misterio: “vosotros en mí, y yo en vosotros”.

Bendito Señor, tú me mandas permanecer en ti. ¿Cómo podré, Señor, si no te muestras a mí, dispuesto a recibirme, acogerme y guardarme? Te ruego que me muestres cómo tú, como Vid, te encargas de hacerlo todo. Estar ocupado contigo es permanecer en ti. Aquí estoy, Señor, un pámpano limpio y que permanece, descansando en ti y esperando la corriente de tu vida y de tu gracia.

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La vid verdadera Andrew Murray

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