Hasta que él venga
La viña del Amado

Capítulo 9 · 18 min de lectura · 23 min de escucha

La viña del Amado

DISCURSO A UN PEQUEÑO GRUPO DE CREYENTES,

EN LA HABITACIÓN DEL SR. SPURGEON EN MENTONE.«Mi Amado tenía una viña en una ladera muy fértil».—Isaías 5:1.

LA VIÑA DEL AMADO.

ENSEGUIDA reconocemos que Jesús está aquí. ¿A quién sino a él puede referirse «mi Amado»? He aquí una palabra de posesión y una palabra de afecto: él es mío, y es mi Amado. Él es la hermosura misma, el más amante y el más amable de los seres; y nosotros, personalmente, lo amamos con todo nuestro corazón, y mente, y alma, y fuerzas: él es nuestro, nuestro Amado, nuestro muy Amado; no podemos decir menos.

La deliciosa relación de nuestro Señor con nosotros va acompañada de palabras que nos recuerdan nuestra relación con él: «Mi Amado tenía una viña»; ¿y qué viña es esa sino nuestro corazón, nuestra naturaleza, nuestra vida? Somos suyos, y lo somos por la misma razón por la que cualquier otra viña pertenece a su dueño. Él nos hizo viña. Por naturaleza, espinos y zarzas eran todo lo que crecía en nosotros; pero él nos compró por precio, nos cercó de vallado y nos apartó para sí, y luego nos plantó y nos cultivó. Todo lo que hay en nosotros capaz de dar buen fruto es obra de su creación, de su cuidado y de su preservación; de modo que, si somos viñas en algún sentido, hemos de ser viñas suyas. Gustosamente aceptamos que así sea. Pido no tener un solo cabello en la cabeza que no pertenezca a Cristo, y todos vosotros pedís que cada latido y cada aliento vuestro sean del Señor.

En esta tarde feliz quiero que notéis que de esta viña se dice que está en «una ladera muy fértil». He estado pensando en las ventajas de mi propia posición respecto al Señor, y lamentando con gran vergüenza que no estoy dando para él el fruto que mi posición exige. Considerando nuestros privilegios, ventajas y oportunidades, temo que muchos de nosotros tenemos motivo para hacer grandes examinaciones de corazón. Quizá a los tales el texto les sea de ayuda, y no dejará de ser provechoso para ninguno de nosotros, si el Señor bendice nuestra meditación en él.

I. Nuestro primer pensamiento, al considerar estas palabras, es que nuestra posición como viña del Señor es muy favorable: «Mi Amado tenía una viña en una ladera muy fértil». Nadie podría estar mejor situado para servir a Cristo que nosotros. Apenas creo que haya hombre alguno mejor situado para glorificar a Dios que yo. No creo que mujer alguna pudiera estar en mejor posición para servir a Cristo que la que ocupan ahora algunas de vosotras, queridas hermanas. Nuestro Padre celestial nos ha colocado justo donde él puede hacer más por nosotros, y donde nosotros podemos hacer más por él. La sabiduría infinita se ha ocupado de escoger con cuidado el suelo, el lugar y la orientación de cada cepa de la viña. Somos muy distintos, y necesitamos situaciones distintas para dar fruto: el lugar que conviene a uno podría ser demasiado duro para otro. Amigo, el Señor te ha plantado en el sitio justo: tu puesto quizá no sea el mejor en sí mismo, pero es el mejor para ti. En este momento estamos en la mejor posición posible para algún servicio presente; la providencia de Dios nos ha puesto en terreno ventajoso para nuestro deber inmediato: «Mi Amado tenía una viña en una ladera muy fértil».

Pensemos que los tiempos en que vivimos nos llaman a ser muy fructíferos, si los comparamos con los años pasados. Hubo un tiempo en que no habríamos podido reunirnos así, felizmente, en nuestra propia habitación: si nos hubieran sorprendido partiendo el pan o leyendo la Palabra de Dios, nos habrían arrastrado a la cárcel, y quizá nos habrían dado muerte. Nuestros antepasados apenas se atrevían a alzar la voz en un salmo de alabanza, por temor a que el enemigo cayera sobre ellos. En verdad, las cuerdas nos cayeron en lugares deleitosos; sí, es hermosa la heredad que nos ha tocado, en una ladera muy fértil.

Ni siquiera vivimos en tiempos en que el error esté tan desatado que llegue a dominar. Hay demasiado de él por ahí; pero, mirando las cosas con amplitud, me atrevo a decir que nunca hubo un tiempo en que la verdad tuviera un dominio más extenso que ahora, ni en que el evangelio se predicara más plenamente, ni en que hubiera más actividad espiritual. Negras nubes de error se ciernen sobre nosotros; pero al mismo tiempo nos regocijamos de que, desde John o’ Groat’s House hasta Land’s End, Cristo sea predicado por diez mil voces, y aun en los lugares oscuros de la tierra el nombre de Jesús brille como una vela en la casa. Si pudiéramos escoger la época en que vivir, no habríamos podido elegir un tiempo mejor para dar fruto que el presente: esta época es «una ladera muy fértil».

Que así es, algunos de nosotros lo sabemos con certeza, porque hemos sido fructíferos. Mirad atrás, hermanos y hermanas, a los tiempos en que vuestro corazón ardía, vuestro celo era ferviente y servíais al Señor con alegría. Yo me uno a vosotros en esos felices recuerdos. Entonces podíamos correr con los más veloces, luchar con los más valientes, trabajar con los más fuertes, sufrir con los más pacientes. La gracia de Dios ha estado sobre algunos de nosotros de un modo tan inconfundible que hemos dado todos los frutos del Espíritu. Quizá hoy miramos atrás con hondo pesar porque no somos tan fructíferos como lo fuimos un día: si es así, bien está que nuestros pesares se multipliquen, pero hemos de convertir cada uno de ellos en una oración llena de esperanza. Recordad: la vid puede haber cambiado, pero el suelo es el mismo. Seguimos teniendo los mismos motivos para dar fruto, y aun más de los que solíamos tener. ¿Por qué no somos más útiles? ¿Se ha apoderado de las vides alguna filoxera espiritual, o nos ha quemado la helada, o nos ha abrasado el sol? ¿Qué es lo que retiene la vendimia? Ciertamente, si una vez fuimos fructíferos, ahora deberíamos serlo más. La ladera fértil no se ha agotado; ¿qué nos pasa, que nuestras uvas son tan pocas?

Estamos plantados en una ladera fértil, porque estamos llamados a la obra que, de todas, es la más fructífera. Bienaventurado y dichoso el hombre llamado al ministerio cristiano; porque este servicio ha traído más gloria a Cristo que ningún otro. Vosotros, amados amigos, no estáis llamados a ser gobernantes de naciones, ni inventores de máquinas, ni maestros de ciencias, ni matadores de hombres; sino que somos ganadores de almas: nuestra obra es llevar a los hombres a Jesús. La nuestra es, de todas las ocupaciones del mundo, la más fructífera en beneficios para los hombres y en gloria para Dios. Si no estamos sirviendo a Dios en el evangelio de su Hijo con todas nuestras fuerzas y capacidades, pesa sobre nosotros una grave responsabilidad. «Nuestro Amado tenía una viña en una ladera muy fértil»: no hay un trozo de suelo más rico fuera de la tierra de Emanuel que el santo ministerio a favor de las almas. Algunos de nosotros somos maestros, y reunimos a los jóvenes a nuestro alrededor mientras les hablamos de Jesús. Este también es un suelo escogido. Muchos maestros han recogido una vendimia espléndida entre los pequeños, y no se han quedado en nada atrás de pastores y evangelistas en la gloria de ganar almas. Queridos maestros, vuestras vides están plantadas en una ladera muy fértil. Pero no me limito a predicadores y maestros; porque todos nosotros, en cuanto tenemos oportunidades de hablar por el Señor Jesucristo y de conversar en privado con las personas, tenemos también un suelo fértil en que crecer. Si no glorificamos a Dios ganando almas, seremos muy dignos de reproche, puesto que, de todas las formas de servicio, es la más prolífica en alabanza a Dios.

Y, lo que es más, las mismas circunstancias que nos rodean contribuyen todas a hacer nuestra posición sumamente favorable para dar fruto. En este pequeño grupo no tenemos a ningún amigo que sea extremadamente pobre; pero, si lo hubiera entre nosotros, diría lo mismo. Cristo ha recogido algunos de sus racimos más escogidos en el valle de la pobreza. Muchos santos eminentes nunca poseyeron un palmo de tierra, sino que vivieron de su jornal semanal, y aun así con escaso sustento. Sí, por la gracia de Dios, el valle de la pobreza ha florecido como la rosa. Sucede, sin embargo, que la mayoría de los que estamos aquí tenemos lo suficiente: todo lo que necesitamos, y algo de sobra para dar a los pobres y a la causa de Dios. Ciertamente deberíamos ser fructíferos en limosnas, en el cuidado de los enfermos y en toda clase de influencias dulces y fragantes. «No me des pobreza ni riquezas» es una oración que ha sido contestada para la mayoría de nosotros; y si ahora no damos honra a Dios, ¿qué excusa podremos dar por nuestra esterilidad? Hablo a algunos que gozan de una salud singular, a quienes nunca estorban achaques ni dolores; y a otros que han prosperado en los negocios durante veinte años seguidos: grande es vuestra deuda con vuestro Señor; en vuestro caso, «Mi Amado tenía una viña en una ladera muy fértil». Da a Dios tu fuerza y tu riqueza, hermano mío, mientras duren: procura que todo su cuidado de ti no se eche a perder. Otros de nosotros rara vez conocemos muchos meses seguidos de salud, sino que a menudo hemos tenido que sufrir duramente en el cuerpo; esto debería hacernos fructíferos, porque mucho es el fruto que da la labranza de la aflicción. ¿No ha obtenido el Maestro el más rico de todos los frutos de vides que sangran? ¿No vienen sus racimos más pesados de vides que han sido cortadas a fondo y podadas hasta el suelo? Los sabores escogidos, los jugos delicados y los aromas deliciosos provienen sobre todo del uso del cuchillo afilado de la prueba. Algunos de nosotros estamos en nuestro mejor momento para dar fruto cuando en otros aspectos estamos en el peor. Así podría decir con verdad que, sean cuales sean nuestras circunstancias, pobres o ricos, sanos o afligidos, cada uno de nuestros casos tiene sus ventajas, y estamos plantados «en una ladera muy fértil».

Además, cuando miro nuestra condición espiritual, debo decir por mí mismo, y creo que también por vosotros: «Mi Amado tenía una viña en una ladera muy fértil». Porque, ¿qué ha hecho Dios por nosotros? O, cambiando la pregunta: ¿qué no ha hecho Dios por nosotros? ¿Qué más podía decirnos de lo que ya nos ha dicho? ¿Qué más podía hacer por nosotros de lo que ya ha hecho? Nos ha tratado como Dios. Con su amor nos ha sacado del abismo, con su amor nos ha llevado hasta la cruz, y hasta las puertas del cielo; nos ha vivificado, perdonado y renovado; mora en nosotros, nos consuela, nos instruye, nos sostiene, nos preserva, nos guía, nos conduce, y ciertamente nos perfeccionará. Si no somos fructíferos, para su alabanza, ¿cómo nos excusaremos? ¿Dónde esconderemos nuestras culpables cabezas? ¿Bastará aquel mar para prestarnos lágrimas saladas con que llorar nuestra ingratitud?

II. Doy un paso más, con vuestro permiso, y digo que nuestra posición, como viña del Señor, es favorable para producir el fruto que él más ama. Creo que mi propia posición es la más favorable para producir el fruto que el Señor más ama en mí, y que la vuestra lo es igualmente. ¿Cuál es ese fruto?

En primer lugar, es la fe. Nuestro Señor se deleita mucho en ver fe en su pueblo. La confianza que se aferra a él con seguridad de niño es grata a su corazón amoroso. Nuestra posición es tal que la fe debería ser para nosotros la cosa más fácil del mundo. Mirad las promesas que nos ha dado en su Palabra: ¿no podemos creerlas? Mirad lo que el Padre ha hecho por nosotros al darnos a su amado Hijo: ¿no podemos confiar en él después de eso? Toda nuestra experiencia diaria tiende a fortalecer nuestra confianza en Dios. Cada misericordia pregunta: «¿No confiarás en él?». Cada necesidad suplida clama: «¿No puedes confiar en él?». Cada pena enviada por el gran Padre pone a prueba nuestra fe, y nos empuja hacia aquel en quien descansamos, y así fortalece y confirma nuestra confianza en Dios. Misericordias y miserias obran por igual para el crecimiento de la fe. A algunos de nosotros se nos ha llamado a confiar en Dios a gran escala, y esa necesidad ha sido una gran ayuda para dar fruto. Cuantas más aflicciones tenemos, más se cava alrededor de nuestra vid, y más alimento se pone en sus raíces. Si la fe no madura bajo la prueba, ¿cuándo madurará? Nuestras aflicciones abonan el suelo en que la fe puede crecer.

Otro fruto escogido es el amor. Jesús se deleita en el amor. Su tierno corazón se deleita en ver correspondido su amor. ¿No soy yo, de todos los hombres, el más obligado a amar al Señor? Hablo por cada hermano y hermana aquí: ¿no es ese vuestro lenguaje? ¿No decís todos: «¿Vive bajo aquel cielo azul una persona que deba amar a Jesús más que yo?». Cada hermana dice para sí: «¿Se sentó jamás una mujer en su aposento que tuviera más razones para amar a Dios que yo?». No; el pecado que se nos ha perdonado debería hacernos amar a nuestro Salvador en gran manera. El pecado que en otros casos se ha impedido debería hacernos amar mucho a nuestro Preservador. La ayuda que Dios nos ha enviado en horas de necesidad, la dirección que nos ha dado en tiempos de dificultad, el gozo que ha derramado en nosotros en días de comunión, y la quietud que ha soplado sobre nosotros en tiempos de prueba: todo debería movernos a amarlo. A lo largo del camino de nuestra vida, las razones para amar a Dios son más numerosas que las hojas de los olivos. Nos ha cercado con su bondad, así como los montes y el mar rodean nuestro actual lugar de descanso. Mirad hacia atrás hasta donde alcanza el tiempo, y luego mirad mucho más allá, a la eternidad que ha sido, y veréis el gran amor del Señor puesto sobre nosotros: a lo largo de todo el tiempo y de la eternidad se han ido acumulando razones que nos constriñen a amar a nuestro Señor. Volveos ahora de golpe, mirad delante de vosotros, y a lo largo de todo el porvenir la fe puede ver razones para amar a Dios, mojones de oro en el camino que aún falta recorrer, y todos ellos reclaman nuestro amoroso deleite en Dios.

A Cristo le agrada mucho también el fruto de la esperanza, y nuestras circunstancias son tales que deberíamos producirlo en abundancia. Los ancianos deberían mirar adelante, pues no pueden esperar ver mucho más en la tierra. El tiempo es corto, y la eternidad está cerca: ¡qué preciosa es una buena esperanza por gracia! Los que aún no somos viejos deberíamos estar sumamente llenos de esperanza; y los más jóvenes, que apenas comienzan la vida espiritual, deberían abundar en una esperanza fresquísima y radiante. Si hay algún hombre cuyas expectativas sean mayores que las mías, me gustaría verlo. Tenemos las mayores expectativas. ¿No os habéis sentido nunca como Misericordia en su sueño, cuando se reía, y Cristiana le preguntó qué la hacía reír, y ella dijo que había tenido una visión de cosas que aún habían de revelarse?

Escoged el fruto del Espíritu que queráis, y sostengo que nuestras circunstancias son favorables para producirlo; estamos plantados en una ladera muy fértil. ¡Qué ladera tan fértil es aquella en que vivimos en lo que toca al trabajo por Cristo! Cada uno de nosotros puede encontrar trabajo para el Maestro; hay magníficas oportunidades a nuestro alrededor. Nunca hubo época en que un hombre consagrado a Dios pudiera hacer tanto como en este tiempo. No hay nada que refrene el celo más ardiente. Vivimos en tiempos tan dichosos que, si nos lanzamos a un mar de trabajo, podemos nadar, y nadie puede estorbarnos. Además, por la gracia de Dios, nuestro trabajo se nos hace muy agradable. Ningún verdadero siervo de Cristo se cansa de la obra, aunque pueda cansarse en la obra: no es de la obra de lo que jamás se cansa, porque quisiera poder hacer diez veces más. Y nuestro Señor hace que nuestro trabajo tenga éxito. Traemos un alma a Jesús, y esa trae a cien. A veces, cuando pescamos para Jesús, quizá haya pocos peces; pero, bendito sea su nombre, la mayoría de ellos entran en la red; y hemos de vivir alabando y bendiciendo a Dios por todo el favor con que mira nuestro trabajo de amor. Creo de veras que tengo razón al decir que, para dar el fruto que Jesús más ama, nuestra posición es sumamente favorable.

III. Y ahora, esta tarde, en esta mesa, nuestra posición aquí es favorable, aun ahora, para que produzcamos inmediatamente, y en el acto, el fruto más rico, más maduro y más raro para nuestro Amado. Aquí, en la mesa de la comunión, estamos en el centro de la verdad y en el manantial de la consolación. Ahora entramos en el lugar santísimo, y llegamos al lugar de encuentro más sagrado entre nuestras almas y Dios.

Vista desde esta mesa, la viña desciende hacia el sur, porque todo mira hacia Cristo, nuestro Sol. Este pan, este vino, todo inclina nuestras almas hacia Jesucristo, y él brilla de lleno sobre nuestros corazones, y mentes, y almas, para hacernos dar mucho fruto. ¿No estamos plantados en una ladera muy fértil?

Al pensar en su pasión por nosotros, sentimos que se ha levantado un muro a nuestro alrededor por el norte, para detener toda ráfaga cortante que pudiera destruir las tiernas uvas. Ya no se teme ninguna ira, porque Jesús la llevó por nosotros: ¡he aquí las señales de su sacrificio todosuficiente! Ningún enojo del Señor vendrá sobre nuestros espíritus en reposo, porque el Señor dice: «He jurado que no me enojaré contra ti, ni te reñiré». Aquí, sobre esta mesa, están las prendas de su amor inefable, y estas, como un alto muro, detienen los vientos ásperos. Ciertamente estamos plantados en una ladera muy fértil.

Además, el Amado mismo está entre nosotros. No nos ha dado a renta a labradores, sino que él mismo se encarga de cuidarnos; y estamos seguros de que está aquí, porque aquí está su carne, y aquí está su sangre. Veis las señales exteriores; ojalá sintáis la realidad invisible; porque creemos en su presencia real, aunque no en el burdo sentido corporal con que se ciegan los espíritus mundanos. El Rey ha venido a su huerto: agasajémoslo con nuestros frutos. Aquel que por esta viña derramó un sudor de sangre está ahora contemplando las vides; ¿no darán ellas en este instante buen olor? La presencia de nuestro Señor hace de esta asamblea una ladera muy fértil: donde él pone sus pies, florece todo lo bueno.

Alrededor de esta mesa estamos en un lugar donde otros han dado buen fruto. Nuestra literatura no contiene palabras más preciosas que las pronunciadas en tiempo de comunión. Quizá conozcáis y apreciéis los discursos de Willison, pronunciados en ocasiones sacramentales. Los sermones de comunión de Rutherford tienen sobre sí una sagrada unción. Los poemas de George Herbert, me parece, fueron inspirados en su mayoría por la visión de Cristo en esta ordenanza. Pensad en los cánticos del santo Bernardo: ¡cómo arden de devoción! Santos y mártires se han nutrido en esta mesa de bendición. Esta santa ordenanza, estoy seguro, es un lugar donde las esperanzas se avivan, los corazones se encienden, las resoluciones se afirman y las vidas se vuelven fructíferas, y todos los racimos del fruto de nuestra alma maduran para el Señor.

Bendito sea Dios, estamos donde nosotros mismos hemos crecido a menudo. Hemos disfrutado de nuestros mejores tiempos al celebrar esta sagrada Eucaristía. ¡Dios quiera que vuelva a ser así! Produzcamos ahora de nuestro corazón, en serena meditación y pensamiento interior, dulces frutos de amor, y celo, y esperanza, y paciencia; demos grandes racimos como los de Escol, todo para Jesús, y solo para Jesús. Aun ahora, entreguémonos a la meditación, la gratitud, la adoración, la comunión, el arrobamiento; y pasemos el resto de nuestra vida glorificando y engrandeciendo el nombre siempre bendito de nuestro Amado, cuya viña somos.

«Mientras tal escena de gozo sagrado

embarga nuestros ojos y almas extasiados,

aquí quisiéramos sentarnos a contemplar

un largo, un sempiterno día.

«Pronto cruzaremos la noche

hacia las bellas costas de la luz perfecta;

allí nuestros sentidos gozosos vagarán

sobre el amado objeto de nuestro amor.

«Allí beberemos plenos sorbos de dicha,

y tomaremos vida nueva de árboles celestiales.

Mas de vez en cuando, amado Señor, concede

una gota de cielo a los gusanos de aquí abajo.»

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