Capítulo 8 · 29 min de lectura · 38 min de escucha
El vino adobado de mi granada
O LA COMUNIÓN DE LA COMUNICACIÓN. Yo te haría beber vino adobado del mosto de mis granadas»—Cantares 8:2.Y de su plenitud tomamos todos, y gracia por gracia»—Juan 1:16.
EL VINO ADOBADO DE MI GRANADA.
Puesto ya desde antiguo el fundamento inamovible de la comunión en la unión eterna que existía entre Cristo y sus escogidos, solo hacía falta una ocasión propicia para que se manifestara en un desarrollo activo. El Señor Jesús se había deleitado desde siempre en los hijos de los hombres, y estuvo siempre dispuesto a revelar y comunicar ese deleite a su pueblo; pero ellos eran incapaces de corresponder a su afecto o de disfrutar de su comunión, pues habían caído en un estado tan bajo y degradado que estaban muertos para él e indiferentes hacia él. Era necesario, por tanto, que se hiciera algo por ellos, y en ellos, antes de que pudieran conversar con Jesús o sentirse en concordia con él. Siendo esta preparación una obra de gracia y fruto de una unión previa, Jesús determinó que, aun en la preparación para la comunión, hubiera comunión. Si debían ser lavados antes de poder conversar plenamente con él, él tendría comunión con ellos en el lavamiento; y si debían ser enriquecidos con dones antes de tener pleno acceso a él, tendría comunión con ellos en la dádiva. Por eso ha establecido una comunión en el impartir su gracia y en el participar de ella.
A este orden de comunión lo hemos llamado «La comunión de la comunicación», y creemos que unas pocas observaciones demostrarán que no vamos más allá de lo que la Escritura autoriza.
La palabra koinonía, o comunión, la emplean con frecuencia los escritores inspirados en el sentido de comunicación o contribución. Cuando en nuestra versión inglesa leemos: «Porque Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una colecta para los pobres de los santos que están en Jerusalén» (Romanos 15:26), es interesante saber que la palabra empleada es koinonían, como para mostrar que los generosos donativos de la iglesia de Acaya a su iglesia hermana de Jerusalén fueron una comunión. Calvino quiere que reparemos en esto, porque, dice él: «La palabra aquí empleada expresa bien el sentimiento con que nos corresponde socorrer las necesidades de nuestros hermanos, precisamente porque ha de haber una consideración común y mutua a causa de la unión del cuerpo». No habría forzado el texto si hubiera dicho que en la contribución estaba la esencia misma de la comunión. Gill, en su comentario sobre el versículo citado, observa muy atinadamente: «Contribución, o comunión, como significa la palabra, pues es una parte de la comunión de las iglesias y de los santos socorrer a sus pobres comunicándoles de lo suyo». La misma palabra se emplea en Hebreos 13:16, y allí se traduce por «comunicación»: «Y de hacer bien y de la comunicación no os olvidéis, porque de tales sacrificios se agrada Dios». Aparece de nuevo en 2 Corintios 9:13: «y por la bondad de contribuir para ellos y para todos»; y en otros muchos pasajes el estudiante atento observará la palabra en diversas formas, presentando el ministerio de los santos unos para con otros como un acto de comunión. De hecho, en la Cena del Señor, que es la encarnación misma de la comunión, hemos acostumbrado siempre hacer una ofrenda especial para los pobres del rebaño, y creemos que en la colecta hay un elemento de comunión tan verdadero y real como en la participación del pan y del vino. El que da tiene comunión con el que recibe cuando otorga su beneficio por amor del Señor y a causa de la hermandad que existe entre él y sus amigos necesitados. El maestro tiene comunión con el joven discípulo cuando se afana por instruirle en la fe, movido a ello por un espíritu de amor cristiano. El que intercede por un santo porque desea su bien como miembro de la única familia entra en comunión con su hermano al ofrecer la oración. El servicio amoroso y mutuo de los miembros de la iglesia es comunión de un grado elevado. Y recordemos que el que recibe tiene comunión con su benefactor: la comunión no se limita al que da, sino que al corazón que rebosa de liberalidad le sale al encuentro el corazón colmado de gratitud, y el amor manifestado al otorgar es correspondido al aceptar. Cuando la mano alimenta la boca o sostiene la cabeza, los diversos miembros sienten su unión y se compadecen unos de otros; y así sucede con las diversas partes del cuerpo de Cristo, pues tienen comunión en actos mutuos de amor.
Ahora bien, este significado de la palabra comunión nos ofrece mucha instrucción, pues indica la manera en que se inicia y se mantiene una comunión reconocida con Jesús, a saber, dando y recibiendo, comunicando y aceptando. La Cena del Señor es la representación de la comunión ordenada por Dios, y por eso en ella se parte el pan y se derrama el vino, para pintar el don gratuito del cuerpo y la sangre del Salvador a nosotros; y también se come el uno y se bebe el otro, para representar que nosotros recibimos estos dones inestimables. Así como sin pan y sin vino no podría haber Cena del Señor, así sin las bondadosas dádivas de Jesús para con nosotros no habría habido comunión entre él y nuestras almas; y así como la participación es necesaria para que los elementos representen de verdad el sentido de la ordenanza del Señor, así también es preciso que recibamos sus bondades y nos alimentemos de su persona antes de poder tener comunión con él.
Es una rama de esta comunicación mutua la que hemos escogido como tema de esta plática. «Puestos los ojos en Jesús», que nos ha librado de nuestro estado de enemistad y nos ha traído a la comunión consigo mismo, pedimos la rica ayuda del Espíritu Santo, para que seamos refrescados en espíritu y animados a sacar con más abundancia del almacén del pacto de Cristo Jesús el Señor.
Tomaremos un texto y procederemos enseguida a nuestra deliciosa tarea. «Y de su plenitud tomamos todos, y gracia por gracia». (Juan 1:16.)
Así como la vida de la gracia es engendrada primero en nosotros por el Señor Jesús, así también es sostenida constantemente por él. Siempre estamos sacando de esta fuente sagrada, siempre recibiendo savia de esta raíz divina; y como Jesús tiene comunión con nosotros al otorgarnos sus misericordias, es nuestro privilegio tener comunión con él al recibirlas.
Hay esta diferencia entre Cristo y nosotros: él nunca da sin manifestar comunión, pero nosotros con frecuencia recibimos de manera tan torpe que la comunión no es correspondida, y por eso perdemos la oportunidad celestial de disfrutarla. A menudo recibimos la gracia sin darnos cuenta; es decir, el aceite sagrado corre por el conducto y mantiene encendida nuestra lámpara, mientras nosotros no reparamos en esa influencia secreta. También podemos ser partícipes de muchas misericordias que, por nuestra torpeza, no percibimos en absoluto como misericordias; y otras veces reconocemos como tales bendiciones bien conocidas, pero somos remisos en remontarlas hasta su fuente en el pacto hecho con Cristo Jesús.
Siguiendo la sugerencia de nuestro prefacio explicativo, bien podemos creer que, cuando los santos pobres recibieron la contribución de sus hermanos, muchos de ellos reconocieron de veras la comunión que se ilustraba en aquella generosa ofrenda, pero es probable que algunos se fijaran solo en la materia del don y no vieran el espíritu que se movía en él. Es posible que, en el tiempo en que se repartió la contribución, los pensamientos carnales de algunos de los que la recibían perjudicaran dañinamente el ejercicio de la espiritualidad; pues es posible que, tras un período de pobreza, se inclinaran a dar mayor relieve al hecho de que su necesidad había sido remediada que al sentimiento de comunión con sus compasivos hermanos. Se alegrarían más del hambre evitada que de la comunión manifestada. No dudamos de que, en muchos casos, los beneficios mutuos de la iglesia no logran revelar nuestra comunión a nuestros hermanos pobres, ni producen en ellos sentimiento alguno de comunión con los que dan.
Pues bien, este triste hecho ilustra la afirmación, todavía más lamentable, que hemos hecho. Volvemos a afirmar que, así como muchos de los que participan de las limosnas de la iglesia no son sensibles a la comunión que estas encierran, así el pueblo del Señor nunca está lo bastante atento a la comunión con Jesús al recibir sus dones; antes bien, muchos se olvidan por completo de su privilegio, y todos lo tienen demasiado poco presente. Más aún, peor que esto: ¡cuántas veces el creyente convierte los dones de Jesús en alimento para su propio pecado y su lascivia! No estamos libres de la inconstancia del antiguo Israel, y bien podría nuestro Señor dirigirse a nosotros con el mismo lenguaje:
«Y pasé yo junto a ti, y te miré, y he aquí que tu tiempo era tiempo de amores; y extendí mi manto sobre ti, y cubrí tu desnudez; y te di juramento, y entré en pacto contigo, dice el Señor Dios, y fuiste mía. Y te lavé con agua, y lavé tu sangre de encima de ti, y te ungí con aceite; y te vestí de bordado, y te calcé de piel de tejón, y te ceñí de lino, y te cubrí de seda. Y te atavié con adornos, y puse brazaletes en tus manos y collar a tu cuello. Y puse joyas en tu nariz, y zarcillos en tus orejas, y una hermosa diadema en tu cabeza. Y fuiste adornada de oro y de plata, y tu vestido fue de lino, y seda, y bordado; comiste flor de harina, y miel, y aceite; y fuiste hermoseada en extremo, y prosperaste hasta reinar. Y salió tu fama entre las naciones a causa de tu hermosura; porque era perfecta, a causa de mi hermosura que yo puse sobre ti, dice el Señor Dios. Pero confiaste en tu hermosura, y te prostituiste a causa de tu fama». (Ezequiel 16:8-16. )
¿No debería la mayoría de los que profesan la fe confesar la verdad de esta acusación? ¿No nos hemos apartado casi todos, muy tristemente, de la pureza de nuestro amor? Nos gozamos, sin embargo, al observar un remanente de espíritus escogidos que viven cerca del Señor y conocen la dulzura de la comunión. Estos reciben la promesa y la bendición, y las digieren de tal modo que se convierten en buena sangre en sus venas; y de tal modo se alimentan de su Señor que crecen en él. Imitemos a esas almas elevadas y obtengamos sus altos deleites. No hay razón para que el más pequeño de nosotros no sea como David, y David como el siervo del Señor. Puede que ahora seamos enanos, pero el crecimiento es posible; aspiremos, pues, a una estatura más alta. Sígase el consejo que viene a continuación y, con la ayuda del Espíritu Santo, la habremos alcanzado.
Haz de cada tiempo de necesidad un tiempo de abrazar a tu Señor. No dejes el propiciatorio hasta que lo hayas estrechado entre tus brazos. Para todo tiempo de necesidad él ha prometido darte gracia para el oportuno socorro; ¿y qué te impide obtener una dulce comunión como precioso añadido a la ayuda prometida? No seas como el mendigo que se contenta con la limosna, por mezquinamente que se la arrojen; antes bien, puesto que eres pariente cercano, busca una sonrisa y un beso con cada bendición que él te da. ¿No es él mejor que sus misericordias? ¿Qué son ellas sin él? Clama a él en voz alta, y que tu petición llegue a sus oídos: «Oh Señor mío, no me basta con ser partícipe de tus bondades: ¡también he de tenerte a ti mismo! Si no te das a ti mismo junto con tus favores, ¡de poco me sirven! ¡Oh, sonríeme cuando me bendices, porque de lo contrario sigo sin bendición! Tú pones perfume en todas las flores de tu jardín, y fragancia en tus especias; si te retiras, ya no me son agradables. Ven, pues, Señor mío, y dame tu amor junto con tu gracia». Cuida bien, cristiano, de que tu propio corazón esté bien afinado, para que, cuando los dedos de la misericordia toquen sus cuerdas, resuenen con notas plenas de comunión. ¡Qué triste es participar del favor sin gozarse en él! Y, sin embargo, ese es a menudo el caso del creyente. El Señor arroja sus pródigas bondades a nuestras puertas, y nosotros, como patanes, apenas nos asomamos para darle las gracias. Nuestros corazones desagradecidos y nuestras lenguas ingratas estropean nuestra comunión, haciéndonos perder mil oportunidades de ejercitarla.
Si quieres disfrutar de la comunión con el Señor Jesús al recibir su gracia, procura estar siempre sacando provisiones de él de forma consciente. Pregona tus necesidades en las calles de tu corazón, y cuando se te conceda la provisión, que todas las facultades de tu alma estén presentes para recibirla. Que ninguna misericordia entre en tu casa sin ser cantada. Anota en tu memoria la lista de los beneficios de tu Maestro. ¿Por qué habrían de llevarse a escondidas las bondades del Señor, en la oscuridad, o sepultarse en el olvido? Mantén siempre abiertas las puertas de tu alma, y siéntate junto al camino para observar los tesoros de gracia que Dios el Espíritu lleva hora tras hora a tu corazón desde Jehová—Jesús, tu Señor.
No dejes pasar ni una hora sin girar contra el banco del cielo. Si todas tus carencias parecen satisfechas, mira con atención hasta que el momento siguiente traiga otra necesidad, y entonces no te demores, sino que, con esta orden de pago que es la necesidad, apresúrate a acudir de nuevo a tu tesoro. Tus necesidades son tan numerosas que nunca te faltará motivo para acudir a la plenitud de Jesús; pero si alguna vez se diera tal ocasión, ensancha tu corazón, y entonces hará falta más amor para llenar el espacio mayor. Pero no permitas que unas supuestas riquezas tuyas suspendan lo que cada día recibes del Señor Jesús. Lo necesitas constantemente. Necesitas su intercesión, su sostén, su santificación; necesitas que él haga en ti todas tus obras y que te guarde hasta el día de su aparición. No hay un solo momento de tu vida en que puedas prescindir de Cristo. Por tanto, permanece siempre a su puerta, y las carencias que lamentas serán recordatorios que vuelvan tu corazón hacia tu Salvador. La sed hace que el corazón brame por las corrientes de las aguas, y el dolor le recuerda al hombre al médico. Deja que tus carencias te conduzcan a Jesús, ¡y que el bendito Espíritu te lo revele mientras él, con amor, te concede las ricas provisiones de su amor! Ve, pobre santo, que tu pobreza sea la cuerda que te atraiga hacia tu rico Hermano. Gózate en la flaqueza que hace sitio para que la gracia repose sobre ti, y alégrate de tener necesidades constantes que te obligan a tener comunión perpetua con tu adorable Redentor.
Estúdiate a ti mismo, busca tus necesidades, como el ama de casa busca aposentos donde guardar sus frutos de verano. Considera tus carencias como habitaciones que han de llenarse con más de la gracia de Jesús, y no dejes ningún rincón desocupado. Anhela más de Jesús. Sé codicioso de él. Que todo el pasado te incite a buscar cosas mayores. Canta el cántico del corazón ensanchado:—
«Todo esto no es bastante: siento que me vuelvo
Más ávido al gozar; lo que recibo
Solo sirve de filo
Que aguza mi apetito;
Y cada don tuyo convida
Mis ruegos a pedir más».
Clama al Señor Jesús que llene los lechos secos de tus ríos hasta que se desborden, y luego vacía tú los cauces que hasta ahora han estado llenos de tu propia suficiencia, y suplícale que también los llene con su gracia sobreabundante. Si tus duras pruebas te hunden más hondo en el torrente de sus consolaciones, alégrate de ellas; y si tu nave se hunde hasta la misma borda, no temas. Yo me alegraría de sentir el tope del mástil de mi alma veinte brazas por debajo de la superficie de un océano así; porque, como dijo Rutherford: «¡Oh, estar hundido en este pozo por encima de las orejas! No quisiera que el amor de Cristo entrara en mí, sino entrar yo en él y ser tragado por ese amor». Cultiva un hambre insaciable y una sed inextinguible de esta comunión con Jesús por medio de sus comunicaciones. Que tu corazón clame para siempre: «Dame, dame», hasta que sea saciado en el Paraíso.
«Vencido por el amor condescendiente de Jesús,
Traído a la comunión con él y con los suyos,
Y banqueteando con él en su cámara del vino,
Estoy enfermo de amor,—y aun así anhelo más
Comunicaciones de mi amante Señor.
Susténtame con frascos del vino más selecto,
Exprimido de su corazón en el monte Calvario,
Para alegrar y consolar mi alma vencida por amor.
¡A ti mismo te anhelo!
Tu presencia es mi vida, mi gozo, mi cielo,
Y todo, sin ti mismo, está muerto para mí.
Susténtame con frascos, Salvador, oye mi clamor,
Que las promesas, cual manzanas, me conforten;
Aplica la sangre expiatoria y el amor del pacto,
Hasta que vea tu rostro entre los invitados
Que en el reino de tu Padre se banquetean».
(Nymphas, de JOSEPH IRONS.)
Esta es la única codicia lícita; pero esta no solo está por encima de todo reproche, sino que es digna de alabanza. ¡Oh santos, no estéis estrechos en vuestras propias entrañas, sino ensanchad vuestros deseos y recibid así más de la plenitud sin medida de vuestro Salvador! Te encargo, alma mía, que tengas así comunión continua con tu Señor, puesto que él te invita y te manda participar de este modo de sus riquezas.
Gózate en los beneficios recibidos. Que la satisfacción de tu espíritu se desborde en corrientes de gozo. Cuando el creyente deposita toda su confianza en Cristo y se deleita en él, hay un ejercicio de comunión. Si olvida su libro de salmos y, en vez de cantar, se le halla lamentándose, las misericordias del día no le traerán comunión alguna. ¡Despierta, oh música! ¡Despiértate, alma mía, alégrate en el Señor y gózate en gran manera! Mira sus favores, ricos, gratuitos y continuos: ¿serán sepultados en el desagradecimiento? ¿Serán envueltos en un sudario de ingratitud? ¡No! Lo alabaré. Tengo que ensalzarlo. Dulce Señor Jesús, déjame besar el polvo de tus pies, déjame perderme en acción de gracias, porque tus pensamientos para conmigo son preciosos, ¡cuán grande es la suma de ellos! ¡He aquí que te abrazo con los brazos del gozo y la gratitud, y en ello siento mi alma atraída hacia ti!
Este es un bendito método de comunión. Es besar el labio divino de la bendición con el labio santificado del afecto. ¡Oh, que tengamos más gracia que se regocija, más cánticos del corazón, más melodía del alma!
Procura reconocer que la fuente de tus misericordias está solo en aquel que es nuestra Cabeza. Imita al pollito que, cada vez que bebe del arroyo, alza la cabeza al cielo, como si quisiera dar gracias por cada gota. Si tenemos algo digno de alabanza y lleno de gracia, ha de venir del Espíritu Santo, y ese Espíritu se otorga primero a Jesús, y luego, por medio de él, a nosotros. El óleo se derramó primero sobre la cabeza de Aarón, y de allí descendió hasta sus vestiduras. Mira las gotas de gracia, y recuerda que destilan de la Cabeza, Cristo Jesús. Todos tus rayos son engendrados por este Sol de justicia, todos tus aguaceros se derraman desde este cielo, todas tus fuentes brotan de este grande e inmensurable abismo. ¡Oh, gracia para ver la mano de Jesús en cada favor! Así estará la comunión constante y firmemente en ejercicio. Que el gran Maestro nos dirija perpetuamente a Jesús, haciendo de las misericordias del pacto los postes indicadores del camino que lleva a él. Dichoso el creyente que sabe hallar la morada secreta de su Amado siguiendo las huellas de su amorosa providencia: en esto hay una sabiduría que el observador casual de las meras causas segundas jamás alcanzará. ¡Esfuérzate, oh cristiano, por seguir cada pista que te ofrece la gracia de tu Maestro!
Esfuérzate por mantener el sentido de tu entera dependencia de su buena voluntad y beneplácito para que continúen tus más ricos deleites. Nunca intentes vivir del maná viejo, ni busques ayuda en Egipto. Todo ha de venir de Jesús, o estás perdido para siempre. Las unciones viejas no bastarán para impartir unción a nuestro espíritu; tu cabeza ha de recibir aceite fresco derramado del cuerno de oro del santuario, o perderá su gloria. Hoy puedes estar en la cumbre del monte de Dios; pero el que te puso allí tiene que mantenerte allí, o te hundirás mucho más deprisa de lo que imaginas. Tu monte solo se mantiene firme cuando él lo asienta en su lugar; si él esconde su rostro, pronto serás turbado. Si el Salvador lo tuviera a bien, no hay una sola ventana por la que veas la luz del cielo que él no pudiera oscurecer en un instante. Josué mandó al sol que se detuviera, pero Jesús puede envolverlo en total oscuridad. Él puede retirar el gozo de tu corazón, la luz de tus ojos y la fuerza de tu vida; en su mano están tus consuelos, y a su voluntad pueden apartarse de ti. ¡Oh, cuán rica es la gracia que nos provee tan continuamente y no se retiene a causa de nuestra ingratitud! ¡Oh Señor Jesús, queremos inclinarnos a tus pies, conscientes de nuestra total incapacidad para hacer nada sin ti, y en cada favor que tenemos el privilegio de recibir queremos adorar tu bendito nombre y reconocer tu amor inagotable!
Cuando hayas recibido mucho, admira la suficiencia absoluta que aún permanece sin mengua; así tendrás comunión con Cristo, no solo en lo que obtienes de él, sino también en la sobreabundancia que permanece atesorada en él. Recordemos siempre que dar no empobrece a nuestro Señor. Cuando las nubes, esas cisternas errantes de los cielos, han derramado torrentes sobre la tierra seca, aún queda abundancia en el depósito de la lluvia: así en Cristo hay siempre una provisión sin límites, aunque los más generosos aguaceros de gracia han estado cayendo desde la fundación de la tierra. El sol brilla tanto como siempre después de todo su resplandor, y el mar está igual de lleno después de que de él se han sacado todas las nubes: así es nuestro Señor Jesús siempre la misma fuente desbordante de plenitud. Todo esto es nuestro, y podemos hacer de ello motivo de gozosa comunión. Ven, creyente, recorre la tierra a lo largo y a lo ancho, porque hasta donde alcanza la vista la tierra es tuya, y mucho más allá del límite último de tu mirada también es tuya, don lleno de gracia de tu misericordioso Redentor y Amigo. ¿No hay aquí amplio espacio para la comunión?
Considera toda misericordia espiritual como una garantía de la comunión del Señor contigo. Cuando el joven da joyas a la doncella con quien está prometido, ella las considera muestras de su deleite en ella. Creyente, haz lo mismo con los preciosos regalos de tu Señor. De las bondades comunes de la providencia participan todos los hombres, pues el buen Padre de familia provee agua para sus cerdos tanto como para sus hijos; tales cosas, por tanto, no son prueba del agrado divino. Pero tú tienes un alimento más rico que comer: «el pan de los hijos» está en tu alforja, y la heredad de los justos está reservada para ti. Mira, pues, cada movimiento de la gracia en tu corazón como prenda y señal del movimiento del corazón de tu Salvador hacia ti. Todo su corazón está en las entrañas de cada misericordia que te envía. Ha estampado un beso de amor en cada dádiva, y quiere que creas que cada joya de misericordia es una muestra de su amor sin límites. Mira tu adopción, tu justificación y tu preservación como dulces invitaciones a la comunión. Que cada nota de la promesa suene en tus oídos como el repique de las campanas de la casa de tu Señor, invitándote a venir a los banquetes de su amor. José envió a su padre asnos cargados de lo mejor de Egipto, y el buen anciano Jacob sin duda los tuvo por prendas del amor del corazón de su hijo: guárdate de tener en menos las bondades de Jesús.
Procura conocer el valor de sus favores. No son cosas ordinarias, ni joyas de pasta, ni oropel: cada una de ellas es tan costosa que, aunque se hubiera vaciado el cielo entero de sus tesoros, aparte de la preciosa ofrenda del Redentor, no habría podido comprar ni el menor de sus beneficios. Cuando contemples tu perdón, ¡considera cuán grande don encierra! ¡Piensa que el infierno habría sido tu porción eterna si Cristo no te hubiera arrebatado del incendio! Cuando se te conceda verte vestido de la justicia imputada de Jesús, admira la profusión de cosas preciosas de que está hecha tu túnica. Piensa cuántas veces el Varón de dolores se fatigó en aquel telar de la obediencia en que tejió esa vestidura incomparable; ¡y calcula, si puedes, cuántos mundos de mérito se echaron en la tela a cada pasada de la lanzadera! Recuerda que todos los ángeles del cielo no habrían podido proporcionarle un solo hilo lo bastante rico para entretejerlo en la trama de su perfecta justicia. Considera lo que cuesta tu sustento durante una hora; recuerda que tus necesidades son tan grandes que todos los graneros de gracia que todos los santos pudieran llenar no podrían alimentarte ni un momento.
¡Qué dependiente tan costoso eres! El rey Salomón hizo una provisión maravillosa para su casa (1 Reyes 4:22), pero todos sus bueyes y su flor de harina serían como la gota de un cubo comparados con tus necesidades diarias. Ríos de aceite y diez mil carneros o animales engordados no bastarían para suplir las necesidades de tu alma hambrienta. Tu más pequeña necesidad espiritual exige lo infinito para ser satisfecha; ¡y cuál no será el asombroso total de tus giros, perpetuamente repetidos, contra tu Señor! Levántate, pues, y bendice a tu amante Emanuel por las riquezas inestimables con que te ha dotado. Mira qué dote ha traído tu Esposo a su pobre esposa sin un céntimo. Él conoce el valor de las bendiciones que te trae, porque las ha pagado con la sangre más rica de su corazón; no seas tú tan mezquino que las pases por alto como si valieran poco. Los pobres conocen mejor el valor del dinero que quienes siempre se han regalado en la abundancia de riquezas. ¿No debería tu antigua pobreza enseñarte lo precioso de la gracia que Jesús te da? Porque recuerda que hubo un tiempo en que habrías dado mil mundos, si hubieran sido tuyos, por conseguir la más pequeña de sus abundantes misericordias.
Recuerda cuán imposible te habría sido recibir una sola bendición espiritual si no hubieras estado en Jesús. Sobre nadie de la raza de Adán puede posarse el amor de Dios a menos que se le vea en unión con su Hijo. Nunca se ha hecho excepción alguna a la maldición universal que pesa sobre los de la descendencia del primer Adán que no tienen parte en el segundo Adán. Cristo es el único Zoar en que los Lots de Dios pueden hallar refugio de la destrucción de Sodoma. Fuera de él, el viento abrasador del horno ardiente de la ira de Dios consume toda hierba verde, y solo en él puede vivir el alma. Es como cuando arde la pradera: los hombres ven los cielos envueltos en sábanas de llamas y huyen a toda prisa delante del elemento devorador. Solo tienen una esperanza. A lo lejos hay un lago. Lo alcanzan, se zambullen en él y están a salvo. Aunque los cielos se derritan con el calor, el sol se oscurezca con el humo y la tierra quede del todo consumida por el fuego, saben que están seguros mientras las aguas frescas los envuelven. Cristo Jesús es la única escapatoria para el pecador perseguido por la ira ardiente de Dios, y quisiéramos que el creyente recordara esto. Nuestras propias obras nunca podrían habernos cobijado, pues han resultado no ser más que refugios de mentira. Aunque hubieran sido mil veces más numerosas y mejores, no habrían sido sino como la tela de araña, demasiado frágil para colgar de ella intereses eternos. No había más que un nombre, un sacrificio, una sangre, por los cuales pudiéramos escapar. Todos los demás intentos de salvación fueron un fracaso lamentable. Porque, «aunque un hombre pudiera azotar de su cuerpo ríos de sangre, y, descuidándose de sí mismo, pudiera ayunar más que Moisés o Elías; aunque pudiera gastar sus rodillas en oración y tuviera los ojos clavados en el cielo; aunque pudiera edificar hospitales para todos los pobres de la tierra y agotar en limosnas las minas de la India; aunque pudiera andar como un ángel de luz y con el brillo de una santidad exterior deslumbrar los ojos de todos los que lo miran; más aún (si fuera posible concebirlo), aunque viviera mil años en una observancia perfecta y perpetua de toda la ley de Dios, si la única excepción a su perfección fuera la más mínima desviación de la ley, aun así un hombre semejante no podría comparecer ante el tribunal de la justicia de Dios más que la estopa ante un fuego consumidor». ¿Cómo, pues, con tus innumerables pecados, podrías haber escapado de la condenación del infierno, y mucho menos llegar a recibir bondades tan ricas y abundantes? Bendita ventana del cielo, dulce Señor Jesús, que tu iglesia te adore para siempre como el único conducto por el que pueden fluir hacia ella las misericordias. Alma mía, dale alabanza continua, porque sin él habrías sido más pobre que un mendigo. ¡Ten presente, oh heredero del cielo, que no habrías podido tener un solo rayo de esperanza ni una sola palabra de consuelo si no hubieras estado en unión con Cristo Jesús! Las migajas que caen de tu mesa son más de lo que la gracia misma te habría dado si no hubieras estado en Jesús, amado y aprobado.
Todo lo que tienes, lo tienes en él: en él escogido, en él redimido, en él justificado, en él aceptado. Has resucitado en él, pero sin él habrías sufrido la muerte segunda. En él has sido levantado a los lugares celestiales, pero fuera de él habrías sido condenado eternamente. Bendícelo, pues. Pide a los ángeles que lo bendigan. Despierta a todas las edades a una armonía de alabanza por su amor condescendiente al tomar a pobres nadas culpables en unidad con su persona toda adorable. Este es un bendito medio de fomentar la comunión, si el sagrado Consolador se complace en tomar de las cosas de Cristo y revelárnoslas como nuestras, pero nuestras solo en cuanto estamos en él. Tres veces bendito Jesús, que nunca olvidemos que somos miembros de tu cuerpo místico, y que por esta razón somos bendecidos y preservados.
Medita en los actos de gracia que te procuraron tus bendiciones. Considera los pesados trabajos que tu Señor soportó por ti, y los inmensos sufrimientos con que compró las misericordias que te otorga. ¿Qué lengua humana puede expresar la miseria indecible de su corazón, o describir siquiera una de las agonías que se agolparon sobre su alma? ¡Cuánto menos llegará comprensión finita alguna a hacerse idea del vasto total de su dolor! Pero todos sus dolores eran necesarios para tu bien, y sin ellos no se te habría podido otorgar ni una sola de tus innumerables misericordias. No olvides que—
«No hay un solo don que su mano otorgue
Que a su corazón no costara un gemido».
¡Mira el suelo helado de Getsemaní, y contempla el sudor de sangre que manchó la tierra! ¡Vuélvete al tribunal de Gabata, y ve a la víctima de la justicia perseguida por sus vociferantes enemigos! ¡Entra en el cuerpo de guardia de los pretorianos, y mira los escupitajos y cómo le arrancan el cabello!, y luego concluye tu repaso en el Gólgota, el monte de la condenación, donde la muerte consumó sus tormentos; y si, con la ayuda divina, logras entrar en alguna humilde medida en las profundidades de los sufrimientos de tu Señor, estarás mejor preparado para tener comunión con él la próxima vez que recibas sus inestimables dones. En proporción a tu sentido de lo que costaron será tu capacidad de disfrutar del amor que en ellos se concentra.
Por encima de todo, y lo principal de todo, nunca olvides que Cristo es tuyo. En medio de la profusión de sus dones, nunca olvides que el don principal es él mismo, y no olvides que, al fin y al cabo, sus dones no son sino él mismo. Él te viste, pero es de sí mismo, de su propia justicia y carácter sin mancha. Él te lava, pero lo más íntimo de su ser, la sangre de su propio corazón, es la corriente con que rebosa la fuente. Él te alimenta con el pan del cielo, pero no olvides que ese pan es él mismo, su propio cuerpo, que él da como alimento de las almas. Nunca te conformes con una comunicación menor que un Cristo entero. Una esposa no se dará por satisfecha con sustento, joyas y vestidos; todo eso no será nada para ella si no puede llamar suyos el corazón y la persona de su marido. Era del cordero pascual del que se alimentaba el antiguo israelita en aquella noche que jamás había de olvidarse. Aliméntate tú así de Jesús, y de nada menos que Jesús, porque algo menos sería un alimento demasiado ligero para saciar tu alma. ¡Oh, cuida de comer su carne y beber su sangre, y recibirle así en ti de manera real y espiritual, porque nada menos que esto será evidencia de vida eterna en tu alma!
¿Qué más añadiremos a las reglas que aquí hemos dado? Queda solo una gran exhortación que no debe omitirse. Buscad la ayuda abundante del Espíritu Santo para que os capacite para poner en práctica lo que hemos dicho, porque sin su ayuda todo lo que hemos hablado no será más que atormentar al cojo con reglas para andar, o al moribundo con normas para conservar la salud. ¡Oh tú, Espíritu divino, mientras disfrutamos de la gracia de Jesús, llévanos a la morada secreta de nuestro Señor, para que cenemos con él, y él con nosotros, y concédenos gracia hora tras hora para que permanezcamos en compañía de nuestro Señor desde el nacimiento del sol hasta donde se pone! Amén.
Capítulo 8 completado
El vino adobado de mi granada