Hasta que él venga
Las almas redimidas, libres del temor

Capítulo 10 · 14 min de lectura · 18 min de escucha

Las almas redimidas, libres del temor

PLÁTICA CON UNOS POCOS AMIGOS EN MENTONE. «No temas, porque yo te redimí».—Isaías 43:1.

LAS ALMAS REDIMIDAS, LIBRES DEL TEMOR.

ESTA mañana me lamentaba de mi falta de aptitud para mi obra, y especialmente para la batalla a la que he sido llamado. Me sobrevino una sensación de pesadumbre, pero el alivio llegó muy pronto, y por ello doy gracias al Señor. En verdad, estaba muy agobiado, pero el Señor me socorrió. El primer versículo que se leyó en el culto de la mañana del día del Señor respondía exactamente a mi caso. Está en Isaías 43:1: «Ahora, así dice el Señor, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas». Me dije: «Soy lo que Dios creó, y soy lo que él formó; por lo tanto, después de todo, he de ser el hombre adecuado para el lugar en que él me ha puesto». No podemos culpar a nuestro Creador, ni sospechar que erró el blanco al formar un instrumento para su obra. Así nos llega nuevo consuelo. No solo las operaciones de la gracia en el mundo espiritual nos dan consolación, sino que aun lo que el Señor ha hecho en la creación nos consuela. Se nos dice que dejemos nuestros temores; y lo hacemos, pues vemos que es el Señor quien nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos, y él justificará su propia destreza creadora cumpliendo por medio de nosotros los propósitos de su amor. Orad, os lo ruego, por mí, el más débil de los siervos de mi Señor, para que esté a la altura de la abrumadora tarea que se me ha impuesto.

La frase siguiente del capítulo suele ser la más consoladora para mi alma, aunque en esta ocasión la primera fue para mí un cordial especialmente reanimador. El versículo continúa diciendo:

«No temas, porque yo te redimí».

Pensemos unos minutos en la maravillosa profundidad de consolación que encierra este hecho. Hemos sido redimidos por el Señor mismo, y esta es una razón poderosa para que nunca más estemos sujetos al temor. ¡Ojalá la lógica de este hecho pudiera convertirse en práctica, de modo que en adelante nos regocijáramos, o al menos sintiéramos la paz de Dios!

Estas palabras pueden aplicarse, en primer lugar, a esas frecuentes ocasiones en que el Señor ha redimido a su pueblo de la angustia. Muchas y muchas veces podría nuestro Señor decirnos a cada uno: «Yo te redimí». De seis pruebas, y aun de seis mil, nos ha sacado con la diestra de su poder. Nos ha librado de nuestras aflicciones y nos ha sacado a la abundancia. Al recordar todas estas redenciones, el Señor parece decirnos: «Lo que hice antes, lo haré otra vez. Te he redimido, y aún te redimiré. Te he sacado de debajo de la mano del opresor; te he librado de la lengua del calumniador; te he sostenido bajo la carga de la pobreza, y te he sustentado en los dolores de la enfermedad; y todavía puedo hacer lo mismo: ¿por qué, pues, temes? ¿Por qué has de tener miedo, si ya una y otra vez te he redimido? Cobra ánimo y ten confianza; porque aun hasta la vejez y hasta la muerte misma seguiré siendo tu fuerte Redentor».

Supongo que aquí habría una referencia a la gran redención de Egipto. Esta palabra va dirigida al pueblo de Dios cautivo en Babilonia, y sabemos que el Señor se refería a la redención de Egipto; porque dice en el versículo tercero: «a Egipto he dado por tu rescate». Egipto era un país grande y un país rico, pues leemos de «todos los tesoros de Egipto», pero Dios los dio por sus escogidos: habría dado todas las naciones de la tierra por su Israel. Esto fue un apoyo maravilloso para el pueblo de Dios: constantemente recordaban Egipto y el mar Rojo, e hicieron de ello su canto nacional. En todos los tiempos de desastre, de calamidad y de prueba de Israel, recordaban con gozo que el Señor los había redimido cuando eran una cuadrilla de esclavos, sin ayuda y sin esperanza, bajo un tirano que arrojaba al Nilo a sus primogénitos, un tirano cuyo poder era tan tremendo que todos los ejércitos del mundo no habrían podido librarlos de su mano de hierro. A los habitantes de Egipto, el simple gesto de Faraón les parecía omnipotente; era constructor de pirámides, dueño de todas las ciencias de la paz y de las artes de la guerra. ¿Qué podían hacer los israelitas contra él? El Señor vino en su socorro en su extrema necesidad. Sus plagas se sucedieron con rapidez. Las terribles descargas de la artillería del Señor confundieron a sus enemigos. Por fin hirió a todos los primogénitos de Egipto, lo principal de toda su fuerza. Entonces Egipto se alegró de que Israel saliera, y el Señor sacó a su pueblo con plata y oro. Toda la caballería de Egipto fue derribada y destruida en el mar Rojo, y los panderos de las hijas de Israel resonaron con gozo en sus orillas. Esta redención de Egipto es tan notable que se recuerda aun en el cielo. El canto del Antiguo Testamento está entretejido con el del Nuevo Pacto; porque allí «cantan el cántico de Moisés siervo de Dios, y el cántico del Cordero». La primera redención fue un tipo y una profecía tan maravillosos de la otra que no es aleación alguna en el áureo himno de la gloria eterna, sino que se funde sin esfuerzo en el mismo canto celestial. Otros tipos podrán dejar de recordarse, pero este fue tanto un hecho como un tipo, de modo que será recordado por los siglos de los siglos. Todo israelita debería haber tenido confianza en Dios después de lo que él había hecho por el pueblo al redimirlo de Egipto. Para cada uno de la descendencia de Jacob era un argumento poderoso con que hacer valer el precepto: «No temas».

Pero entiendo que la referencia principal de estas palabras es a la redención que ha obrado por nosotros aquel que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su propia sangre. Pensemos en ella un minuto o dos antes de partir el pan y beber de la copa de la comunión.

El recuerdo de esta redención trascendente debería consolarnos en todos los tiempos de perplejidad. Cuando no vemos nuestro camino, o no acertamos a saber qué hacer, no tenemos por qué inquietarnos en absoluto; porque Dios el Señor puede ver una salida de todo enredo. Nunca hubo un problema tan difícil de resolver como el que se resuelve en la redención. Aquí estaba la tremenda dificultad: ¿cómo puede Dios ser justo, y a la vez el Salvador de los pecadores? ¿Cómo puede cumplir sus amenazas, y aun así perdonar el pecado? Si ese problema se hubiera dejado a los ángeles y a los hombres, jamás lo habrían resuelto en toda la eternidad; pero Dios lo ha resuelto entregando libremente a su propio Hijo. En el glorioso sacrificio de Jesús vemos engrandecida la justicia de Dios; porque él cargó el pecado sobre el bendito Señor, que se había hecho uno con sus escogidos. Jesús se identificó con su pueblo, y por eso el pecado de ellos fue puesto sobre él, y la espada del Señor se despertó contra él. No fue tomado arbitrariamente como víctima, sino que fue un Sufriente voluntario. Su relación equivalía a una unidad de pacto con su pueblo, y «era necesario que el Cristo padeciese». He aquí una sabiduría que ha de bastar con creces para todas las perplejidades menores. ¡Oye esto, pues, oh pobre alma en suspenso! El Señor dice: «Yo te redimí. Ya te he sacado del laberinto en que estabas perdida por el pecado, y por tanto te sacaré de las mallas de la red de la tentación, y te guiaré por el dédalo de la prueba; guiaré a los ciegos por camino que no sabían, y los haré andar por sendas que no habían conocido. De Basán haré volver; haré volver a mi pueblo de los profundos del mar». Encomendemos al Señor nuestro camino. El mío es particularmente difícil, pero yo sé que mi Redentor vive, y él me guiará por camino derecho. Él será nuestro guía aun hasta la muerte; y después de la muerte nos guiará por las sendas desconocidas de la región misteriosa, y nos hará descansar con él para siempre.

Así también, si en algún momento estamos en gran pobreza, o en gran escasez de medios para la obra del Señor, y por ello tememos que nuestras necesidades nunca serán suplidas, desechemos tales temores al escuchar la música de estas palabras: «No temas, porque yo te redimí». Dios mismo miró desde el cielo, y vio que no había hombre que pudiera darle rescate por su hermano, y que cada uno, por su parte, estaba en una bancarrota sin remedio; y entonces, a pesar de nuestra mendicidad espiritual, halló el medio de nuestra redención. ¿Y qué, entonces? Oigamos el uso que el Espíritu Santo hace de este hecho: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?». No podemos tener una necesidad que el Señor no supla. Puesto que Dios nos ha dado a Jesús, nos dará, no algunas cosas, sino «todas las cosas». En verdad, todas las cosas son nuestras en Cristo Jesús. Ninguna necesidad de su vida puede compararse ni por un instante con aquella terrible necesidad que el Señor ya ha suplido. El don infinito del propio Hijo de Dios es mucho mayor que todo lo que pueda incluirse en la expresión «todas las cosas»; por tanto, es un argumento poderoso para el pobre y el necesitado: «No temas, porque yo te redimí». Así quedan eficazmente respondidas la perplejidad y la pobreza.

A veces nos turba el sentimiento de nuestra insignificancia personal. Parece demasiado esperar que la mente infinita de Dios se ocupe de nuestros pobres asuntos. Aunque David dijo: «Aunque afligido yo y necesitado, el Señor pensará en mí», no siempre estamos del todo dispuestos a decir lo mismo. Agrandamos nuestras penas con la vana idea de que son demasiado pequeñas para que el Señor se fije en ellas. Creo que nuestras mayores desdichas brotan de esas pequeñas preocupaciones que dudamos en llevar a nuestro Padre celestial. Nuestro Dios lleno de gracia pone fin a todos esos pensamientos diciendo: «No temas, porque yo te redimí». No eres tan poca cosa como supones. El Señor jamás malgastaría su sagrado desembolso.

Él te compró por precio, y por eso te tiene en gran estima. Escucha lo que dice el Señor: «Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé; daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu vida». Es asombroso que el Señor piense tanto en nosotros como para dar a Jesús por nosotros. «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?». Sin embargo, la mente de Dios está llena de pensamientos de amor hacia el hombre. ¿No sabéis que su Hijo unigénito entró en este mundo y se hizo hombre? El hombre Cristo Jesús tiene un nombre ante el cual se doblará toda rodilla, y es tan amado por el Padre que, por amor de él, sus escogidos son aceptados y se les concede gozar del más libre acceso a él. Con verdad cantamos:

«Tan cerca, tan cerca de Dios,

más cerca no podemos estar,

pues en la persona de su Hijo

tan cerca estamos como él».

Y ahora aun los cabellos de nuestra cabeza están todos contados, y aun la carga más pequeña podemos echarla sobre el Señor. Los afanes que no deberíamos tener bien pueden cesar, porque «él tiene cuidado de nosotros». El que nos redimió nunca nos olvida: sus heridas nos han esculpido en las palmas de sus manos y han escrito hondo nuestros nombres en su costado. Jesús se inclina hasta nuestro nivel, pues se inclinó a llevar la cruz para redimirnos. No volváis, pues, a tener miedo a causa de vuestra insignificancia. «¿Por qué dices, oh Jacob, y hablas tú, Israel: Mi camino está escondido del Señor, y de mi Dios pasó mi juicio? ¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es el Señor, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance. Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas». La memoria del Señor se vuelve hacia los pequeños de Israel. Él lleva los corderos en su seno.

Tendemos a inquietarnos un poco cuando pensamos en nuestra inconstancia. Si en algo os parecéis a mí, estaréis muy lejos de ser siempre iguales; a veces me veo elevado hasta los mismos cielos, y luego desciendo a los abismos; en un momento estoy radiante de gozo y de confianza, y en otro, oscuro como la medianoche por las dudas y los temores. Aun Elías, que era tan valiente, tuvo sus desmayos. Somos culpables de ello, y sin embargo el hecho permanece: nuestra experiencia es como un día de abril, en que el chubasco y el sol se turnan. En medio de nuestros tristes cambios nos regocijamos al oír la voz del Señor mismo que dice: «No temas, porque yo te redimí». No todo es ola cambiante; en algún lugar hay roca. La redención es un hecho consumado.

«La cruz permanece firme. ¡Aleluya!»

El precio está pagado, el rescate aceptado. Esto está hecho, y nunca podrá deshacerse. Jesús dice: «Yo te redimí». Los cambios de sentimiento interiores no alteran el hecho de que el creyente ha sido comprado por precio, y hecho propiedad del Señor por la preciosa sangre de Jesús. El Señor Dios ya ha hecho tanto por nosotros que nuestra salvación es segura en Cristo Jesús. ¿Comenzará a edificar y no podrá acabar? ¿Pondrá el fundamento en el pacto eterno? ¿Dedicará los muros con el sacrificio infinito del Cordero de Dios? ¿Entregará el tesoro más escogido que jamás tuvo, el escogido de Dios y precioso, para que sea la piedra angular, y luego no acabará la obra que ha comenzado? Es imposible. Si nos ha redimido, nos ha dado, en ese mismo acto, la prenda de todas las cosas.

Mirad cómo los dones de Dios están unidos a esta redención. «Yo te redimí. Te llamé». «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó». He aquí una cadena en la que cada eslabón está unido a todos los demás, de modo que no puede separarse. Si Dios hubiera llegado solo a hacer una promesa, no se habría echado atrás; si Dios hubiera llegado a jurar por sí mismo, no habría dejado de cumplirlo; pero cuando fue más allá de la promesa y del juramento, y de hecho el sacrificio fue inmolado y el pacto ratificado, entonces sería una blasfemia imaginar que después lo anularía y se apartaría de su solemne prenda. No hay vuelta atrás por parte de Dios, y en consecuencia su redención redimirá, y al redimir nos asegurará todas las cosas. «¿Quién nos separará del amor de Cristo?». Con la marca de la sangre sobre nosotros, bien podemos dejar de temer. ¿Cómo podremos perecer? ¿Cómo podremos ser abandonados en la hora de la necesidad? Hemos sido comprados a un precio demasiado alto para que nuestro Redentor nos deje escapar. Marchemos, pues, con confianza, oyendo a nuestro Redentor que nos dice: «Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti». Respecto a sus redimidos, el Señor dirá al enemigo: «No toquéis a mis ungidos, ni hagáis mal a mis profetas». Las estrellas desde sus órbitas pelean por los rescatados del Señor. Si se les abrieran los ojos, verían el monte lleno de caballos de fuego y de carros de fuego alrededor de ellos. ¡Oh, cuánto aprecia mi cansado corazón el amor redentor! Si no fuera por él, me acostaría y moriría. Los amigos me abandonan, los enemigos me rodean, estoy colmado de menosprecio y atormentado por una astucia que no logro burlar; pero así como el Señor de todo sacó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, así por la sangre de su pacto suelta a sus presos, y sostiene el corazón de los que tiemblan a su palabra. «Oh alma mía, has hollado la fortaleza», porque el Señor te ha dicho: «No temas, porque yo te redimí».

Capítulo 10 completado

Las almas redimidas, libres del temor

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